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Las mudanzas de la pandemia

La pandemia ha hecho que muchas personas se reubiquen. En lugares que eran desconocidos para ellos semanas atrás o reconociendo espacios abandonados hace tiempo, reflexionan sobre las conexiones tejidas, sus maneras de ocupar el espacio y la necesidad de moverse cuando todo está quieto.

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arolina se ha mudado 16 veces y esta es la primera vez que vive sola. Hasta hace unos días compartía un apartamento con una amiga suya, con quien pasó los primeros meses de aislamiento, trabajando (las dos) desde casa.

“Al principio era muy lindo porque estábamos acompañadas”, cuenta, pero la logística se empezó a complicar. El sistema que idearon para poder recibir visitas era tedioso y las videollamadas de una hacían que la otra perdiera concentración. La cocina, donde trabajaban por separado, se les quedó pequeña. “Surgieron un montón de vainas que antes no sabíamos que eran un problema. Y no es que estuviera viviendo una mala vida, pero las comodidades que podía tener y las decisiones que podía tomar no eran proporcionales a lo que estaba pagando”.

Mientras pensaba en la posibilidad de mudarse sola, Carolina salía a caminar, miraba avisos de arriendos y hacía cuentas. También se unió a un grupo de Facebook donde se publican avisos de arriendo en su localidad, pero no sabía cómo decirle a su amiga lo que estaba pensando. “Hubo unos días en que estuve tan ansiosa que me dio un tic en el ojo. Ella decía que era por las gafas, pero yo sabía que era porque tenía que decirle”. Cuando llegó el momento de confesarse, Carolina se sorprendió al saber que su amiga también lo estaba considerando. Desde ese momento, ambas empezaron a buscar. Compartían los datos de cualquier apartamento que se ajustara a los requerimientos de la otra, e iban a visitarlos juntas.

Así estuvieron dos meses, mientras se terminaba el contrato del apartamento compartido. Cuando se acercaba el día, se repartieron cosas que habían comprado entre las dos: cada una quedó con una silla, dos puestos de vajilla y de cubiertos. La licuadora se la quedó Carolina, y su amiga, el hervidor de agua. Las últimas semanas que pasaron juntas fueron especiales, y como decidieron mudarse tan cerca la una de la otra, hicieron “dos trasteos en uno”.

El día de la mudanza los encargados fueron primero al apartamento de la amiga de Carolina. Luego llegaron al suyo y descargaron todo con mucha agilidad. “Cuando yo compré mi cama, mi novio tuvo que amarrarla con una cuerda y jalarla por las escaleras hasta el séptimo piso porque no cabía en el ascensor. Yo les dije eso a los manes, y ellos le quitaron las patas y la subieron al ascensor”. “Fueron muy cuidadosos, salvo porque dejaron mi colchón en su casa y su colchón en mi casa, y nos percatamos como tres días después cuando yo estaba tendiendo mi cama y me di cuenta de que no conocía ese colchón”. Volvieron a llamar a “los manes”, que les cobraron $40.000 por intercambiar los colchones y dejarlos sucios (“no sé si fue de mala gana o porque estaban afanados”), pero en su lugar.

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En términos burocráticos, la mudanza de Carolina estuvo planeada meticulosamente: tenía que ser después de que terminara la cuarentena en Chapinero y hacerse a través de una empresa certificada. Ella y su amiga también tuvieron que esperar hasta que su contrato compartido se venciera, de manera que estuvieran dentro de las excepciones que el Distrito impuso para las mudanzas dentro de Bogotá.

Carolina es de Pereira y dice que cuando uno ya no vive en la misma ciudad que los papás, lo piensa dos veces antes de llenarse de cosas. El equipaje es reducido y las oportunidades de adquirir, comprar o heredar objetos, más significativas. Como este es el único apartamento que Carolina ha tenido que llenar sola, compró una nevera en la madrugada de un día sin IVA, su papá le mandó una hamaca y utensilios para la cocina desde Pereira, y su mamá y su hermana le ayudaron para comprar una arrocera y algunos sartenes. Ya tiene salero, pimentero, jarras para el jugo y la leche, pero siente que necesita algo donde poner los cubiertos porque los tiene en un tarro de galletas.

El apartamento donde vive ahora es el único que ha buscado pensando solo en ella y sus necesidades: que tenga una ventana por la que entre el sol, una habitación con puerta y un balcón para tomar aire (aunque en eso tuvo que ceder). Todavía teme alguna pesadilla nocturna, pero su apartamento es un lugar seguro en el que está “muy ilusionada” por quedarse sola.

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En abril de este año, el gobierno nacional expidió un decreto que ordenaba la suspensión de los desalojos, y permitió aplazar el reajuste anual de los arriendos y prorrogar los contratos de arrendamiento hasta el 30 junio. La medida incluía otras disposiciones, estuvo precedida por otras normativas de instituciones como la Alcaldía de Bogotá y la Alcaldía de Medellín.

Antes de que se emitieran dichas disposiciones, todo estuvo quieto durante semanas: nadie podía organizar una mudanza y nadie podía prestar el servicio. En Mudango, una plataforma en línea de mudanzas que opera hace más de un año en el país, las cotizaciones empezaron a aumentar. Mudango hace sus cotizaciones utilizando un algoritmo en su página web, y sin haberlo planeado, al inicio del aislamiento pasaron de tener “unas 700 cotizaciones en un mes, a tener unas 1200 en el siguiente”, como asegura Alfonso Barrero, Country Manager de Colombia para la compañía.

En mayo, cuando las normativas locales ya estaban claras y andando, Mudango hizo unas 300 mudanzas dentro de Bogotá y con destino a otros municipios, meta que esperaban cumplir entre noviembre y diciembre de este año. “Es evidente que esta situación ha obligado a que la gente se mude por muchas circunstancias, pero hemos sentido que nos ayudó ser la única empresa que daba una opción para que la gente cotizara una mudanza durante la etapa más fuerte del aislamiento”, dice Barrero.

Mudarse es logística, burocracia, tortura (leve, en algunos casos). Es adquirir nociones básicas sobre preavisos, prórrogas y propiedad horizontal, y no perder la cabeza con la manera en la que la pandemia afectó todo.

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Matías fue el primero de sus primos en irse del país para estudiar. A través de videos, desde Colombia, su familia vio cuando compró sus primeros platos, cubiertos y toallas, y cómo los acomodó en el estudio holandés en el que vivió por su cuenta durante siete meses. Mientras estuvo en Leeuwarden, la ciudad donde vivía, todo era noticia en Colombia: que le robaron su bicicleta y que la recuperó días después. Que consiguió un trabajo en un restaurante poco antes de que empezara la pandemia, y que un día los comensales se esfumaron. Luego lo dejó todo, menos un par de mudas de ropa, para regresar al país.

Una encuesta reciente, realizada por el Pew Research Center en Estados Unidos determinó que cerca del 20% de los adultos de ese país se mudaron o conocen a alguien que se mudó por la pandemia. La quinta parte de los encuestados aseguró que se mudaba porque quería estar con su familia, como Matías. “Me imagino pasando la cuarentena solo en Holanda, y creo que habría sido muy duro”. En cuestión de horas, Matías empacó, sus amigos le ayudaron a dejar su estudio en orden y se montó en el tren que lo llevó al aeropuerto. Aterrizó en Colombia a mediados de marzo y entró al país con una cédula expedida en el consulado en Ámsterdam.

Durante los cinco meses que ha pasado en La Calera, donde vive con sus papás, su hermana y sus dos perros, Matías terminó su semestre de manera remota y consiguió trabajo en un call center. También pasó de vivir en 19 metros cuadrados a una casa con un jardín al que le dio varias vueltas mientras hablábamos. 

En términos arquitectónicos y geográficos, él está en el lugar perfecto para pasar una pandemia: se ven montañas desde cualquier ventana, hay lugar para hacer ejercicio e incluso para cocinar al aire libre. Pero todas esas comodidades son compartidas. “Acá tengo mucho más espacio para estar, pero al mismo tiempo tengo menos espacio para mí. Ya no vivo solo y no puedo poner música para bañarme ni para lavar los platos. Tengo que respetar el espacio de los demás y acostumbrarme a que no respeten tanto mi espacio”.

Matías se movía por toda la casa para las videollamadas de su trabajo y sus compañeros notaban que cada vez aparecía en un lugar nuevo. Ahora tiene un escritorio en su cuarto, pero comparado a cómo vivía en Holanda, valora estar en un lugar con más espacio. Cuando vuelva, dice, le gustaría aplicar eso: “con un amigo hablamos sobre mudarnos juntos y buscar un lugar donde podamos tener una sala. Que nos podamos sentar y reunir sin sentirnos encerrados en un cuarto”.

Para dejar de utilizar los uniformes del colegio –las únicas prendas de vestir que dejó en Colombia– Matías compró algo de ropa, y luego de pagar varios meses de arriendo en Leeuwarden, aceptó que una familiar que vive en los Países Bajos fuera por sus platos y toallas. Su relación con el único espacio donde ha vivido solo hizo que Matías volviera a Colombia dejando cabos sueltos atrás, aterrizando en una realidad alterada y temporal. “No pude cerrar el ciclo. Que alguien más se haya encargado de la mudanza… debí haberlo hecho yo”.

Examinar nuestras posesiones y categorizarlas es el paso siguiente, el más natural, a vaciar los cajones y los armarios donde antes guardábamos todo. Aplicar ese filtro no solo garantiza que avanzaremos más ligeros, sino que tendremos control sobre qué llevamos con nosotros para enfrentar lo que sigue. Matías pensó que solo estaría dos semanas en Colombia y trajo su ropa en una maleta de mano. Nunca se enfrentó a todos los objetos que había acumulado durante los meses que vivió solo, ni decidió con qué debía quedarse, qué podía regalar y qué era basura. Tal vez por haberse saltado ese paso dice que todavía vive en los Países Bajos. Que esto es solo una pausa.

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Mirando hacia atrás, Barrero, de la plataforma de mudanzas Mudango, asegura que al principio eran más estudiantes que se estaban devolviendo, pero “también vimos personas que venían a la capital para trabajar y poder sustentar a sus familias. Nos llamaban de tiendas, restaurantes, personas que estaban haciendo su vida, creciendo sus negocios y a quienes les tocó cerrar e irse”.

Mudarse a la gran ciudad es un paso que asociamos con progresar y avanzar. De ahí que empacar nuestras cosas y marcharnos sea en muchos casos liberador, y que culturalmente hayamos creado dinámicas en torno a ese sentimiento: en países donde está normalizado reubicarse para estudiar, abandonar la casa de los papás es un acontecimiento anticipado e incluso fabricado; un hito necesario que culmina con el movimiento de una persona y sus posesiones.

Mudarse durante la pandemia, para muchos, es retroceder.

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Laura vivía en Envigado, en un apartamento que compartía con tres personas más. “Hablábamos y hacíamos planes juntos, aunque normalmente estábamos cada uno en su cuarto entre semana. Era muy chévere tener con quién compartir cuando uno está solo en una ciudad donde uno no conoce a nadie”.

Llevaba siete meses ahí y más de cuatro años viviendo en la zona cuando empezaron a registrarse los primeros casos de COVID-19 en el país. Cuando ya veía venir el aislamiento, la convivencia en el apartamento le hizo pensar si debería regresar a Pereira, donde sus papás. “Yo procuraba seguir las recomendaciones que veía en las noticias, pero uno no puede pretender que los demás hagan lo mismo. En ese momento estaba solo con una de las inquilinas, y ella no era tan cuidadosa. Eso me empezó a incomodar”. Tomó un vuelo a Pereira pensando en pasar un par de semanas, pero dos meses después, todavía seguía allá.

Una compañera del trabajo le ayudó a desocupar su habitación en Envigado, pero primero sorteó una pista de obstáculos burocráticos: tuvo que pedir un permiso a la Alcaldía de Medellín para que la dejaran salir de su casa y un permiso en el edificio de Laura para que la dejaran entrar. La Alcaldía negó el permiso una vez, pero luego cedió y permitió que Laura pudiera tener, a la distancia, una mudanza.

La pasada por las pertenencias de Laura fue más bien práctica, atravesada por el afán/miedo con el que hacemos todo durante la pandemia: entrar, hacer la vuelta y volver a salir. Sin tocarse la cara, sin quitarse el tapabocas y sin invertir más tiempo del que era estrictamente necesario, su amiga envolvió en plástico la cajonera donde Laura tenía su ropa, y ella la recibió en Pereira tal como la había dejado hacía dos meses. Decidieron dejar atrás cosas de aseo que Laura no necesitaba donde sus papás. La amiga de Laura empacó el colchón, las tablas de la cama y eso fue todo.

Laura se fue de Pereira porque quería independencia y mejores opciones laborales. Su regreso a la ciudad fue diferente a todas las mudanzas que ha tenido antes porque no fue premeditado. Aparte de que no había pensado en volver a la ciudad, “mucho menos había pensado que iba a tener que vivir en la casa de mis papás. Es lo último que las personas que nos independizamos quisiéramos hacer”.

En el caso de Laura, el encierro al que muchos estamos sometidos por la pandemia se acentuó por el cambio entre los espacios: el apartamento de Envigado tiene balcón y está en un piso alto; en Pereira, está en un segundo piso con rejas en las ventanas. Sin embargo, Laura se ha sentido acompañada. Y tal vez por eso mismo no extraña la independencia: no hay mucho que hacer por estos días. Antes de entrevistarla, le pregunté a su prima (quien nos puso en contacto) si sabía cómo se sentía Laura en la casa de sus papás. Ella contestó: “Está feliz, aparentemente. Salen a montar en bici los domingos”.

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Mudanza”, un poema de Fabio Morábito, dice:
A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.

Una mudanza es enfrentarse a las raíces que hemos echado en un lugar. Desenterrarlas y enterrarlas con cuidado en un lugar nuevo, confiando en que no se habrán estropeado, para repetir el proceso en un año, en 25, para que otros lo hagan con nuestras pertenencias y nuestros espacios cuando ya no estemos. Una mudanza es llegar a un lugar nuevo “viendo por dónde habré de irme”, como dice uno de los versos siguientes del mismo poema.

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La mudanza de María Alejandra empezó lejos de casa, en Barcelona. Se fue a estudiar una maestría y a vivir fuera de la casa de sus papás por primera vez. Durante cuatro meses estuvo en la residencia de la universidad, compartiendo cuarto con una estudiante mexicana y replicando “la experiencia gringa”. Después vivió cuatro meses con una compañera de apartamento en el centro de la ciudad.

María Alejandra estaba lista para mudarse a un apartamento más grande dentro de Barcelona, con todo empacado y a pocas horas de firmar el contrato, cuando la llamaron del consulado colombiano. Había aplicado para regresar en un vuelo humanitario y le habían otorgado un cupo. Para ese momento la pandemia había mermado en España, pero dado que su plan inicial era volver a Colombia en cuanto terminara de estudiar, tomó el vuelo. Pagó para traer la mayoría de sus cosas en cuatro maletas de bodega, pero tuvo que dejar muchas de sus pertenencias detrás. Ayudó que una prima suya viviera en la ciudad: se quedó con algunos zapatos, un cubrecama y otras cosas de las que María Alejandra se tuvo que desprender.

En Bogotá decidió pasar la cuarentena en el apartamento donde su novio vivía solo, pero cuando terminaron los 14 días de aislamiento, la pareja decidió que iban a compartir el espacio de manera permanente.

Comparando con las experiencias que tuvo en Barcelona, viviendo con personas en principio extrañas, mudarse con su novio fue más sencillo. “Psicológicamente es un proceso más fácil porque ya conoces a la persona”, dice María Alejandra. El apartamento en el que viven es pequeño, pero a la vez es el espacio más grande que ella ha habitado desde que se fue del país, el año pasado. También es un espacio “que ya estaba habitado por él y que estaba hecho a su manera, pero decidimos que yo me iba a quedar porque también puede ser un espacio de los dos y donde nos podemos acomodar para convivir. Sabía que iba a ser bonito y flexible, y que nos íbamos a entender porque él me hizo sentir parte del entorno y no como si yo estuviera de visita”.

Como María Alejandra dejó muchas de sus cosas en Barcelona y nunca antes había vivido en un espacio que no estuviera amoblado, llegó al apartamento donde vive con su novio únicamente con su ropa. Por ahora él se está encargando de los gastos, pero para ella, lo ideal y lo más cómodo es que dividan todo cuando estén más acomodados.

María Alejandra descartó la idea de quedarse en España “probando suerte” y se encaminó hacia un futuro más prometedor y certero: regresar al país y utilizar lo que aprendió en la maestría para hacerse cargo de la empresa de su familia. Aunque quería regresar a Colombia después de su grado, terminar sus estudios desde el apartamento que ahora comparte con su novio no alteró mucho los planes. Ella se fue del país para volver.

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Mudarse es vivir a medias mientras se desempaca: comer de pie porque la mesa sigue desarmada, tener los libros en el piso porque todavía no he conseguido el taladro para poner las repisas, acabarse los datos del celular porque el internet lo ponen el miércoles a las 3:00. Pero también recordar lo urgente e imprescindible: comprar papel higiénico, crema dental y café. Tal vez unas arepas.

Mudarse es aprender cuánta fuerza se necesita para abrir la puerta nueva, qué tan paciente es el vecino de abajo, los días en los que pasa el camión de la basura y entender que el perro de al frente ladra todo el día porque lo dejan solo. Acostumbrar al cuerpo y al cerebro a un lugar nuevo, y vivir con la certeza de que algún día habrá que hacer todo otra vez.

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