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La calle muda de Theatrón

Diversa, fiestera, sórdida, emocionante, así transcurría la noche en el corazón de Chapinero. Hoy, el eje de la rumba bogotana y el principal espacio de encuentro de la comunidad LGBTI se encuentra habitado por una población muy distinta. ¿Cómo transcurren las noches de cuarentena en esas calles ahora silenciosas y desoladas?

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osé Urrego atraviesa la puerta de un motel de la calle 58 con carrera décima. Son las siete y veinticinco de la noche de un miércoles que parece domingo. Todo alrededor está oscuro. A esta hora, desde hace 18 años y hasta hace tres meses, cuando comenzó el confinamiento en Bogotá, esta era una calle que se iba llenando en hora pico, obstaculizando el paso de quienes iban camino a su casa en la abarrotada carrera 13. Este siempre fue uno de los ejes de la vida nocturna de Bogotá, zona de rumba y punto de encuentro de la comunidad LGBTI.

Desde que empezó la cuarentena esta se ha convertido en una esquina solitaria en la que reposan los rastros de esa calle angosta que se debió siempre a los excesos: un arcoíris que apenas se divisa en una placa pegada a la pared; el rostro pixelado de una mujer trans en una valla, una luz de neón que por segundos es roja, otros azul, luego violeta.

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Además de José, en la calle muda de Theatrón ahora emergen algunos otros hombres mayores y un par de señoras que se asoman cada tanto desde otras puertas. Son los habitantes y protagonistas de la nueva cotidianidad en Chapinero, en esta época incierta para la noche y el comercio.

“Desde que cerró Theatrón la calle está así”, dice José, quien viste shorts y Crocs a pesar del frío que ronda los 10 grados. Parecía tener prisa pero, de pronto, se detiene. Iba a darle una vuelta al Parque de los Hippies, la plaza que siempre sirvió de previa a la fiesta que le daba vida a esa zona de bares y discotecas. Atravesarla en el presente es un juego de imaginación y nostalgia. Pocos vehículos la transitan. Ahora, quienes cruzan por ahí van solo a hacer mercado, olvidando los outfits siempre listos para la fiesta. Chapinero, apodado “Chapigay” –unas veces con orgullo y otras con sorna–, ahora duerme, se disuelve, se desdibuja: los gimnasios, establecimientos, sitios de encuentro, moteles y bares en los que se movía una intensa dinámica de la población LGBTI ya no están abiertos o funcionan subrepticiamente, en las fronteras mudas de la ilegalidad.

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Chapinero es considerado el epicentro de la vida comercial, financiera y de servicios de Bogotá. En 2013, esta zona llegó a aportar el 14% del PIB de Colombia según la alcaldía local y, para 2020, ya contaba con la mayoría de las 2.800 discotecas y 20.600 bares que están registrados en la Cámara de Comercio de Bogotá. Pero, al igual que en el resto de la ciudad, el panorama de este sector ha cambiado tras el aislamiento preventivo por el COVID-19. En esta zona la transformación de la cotidianidad ha sido especialmente profunda. En lugar de la agitación habitual que recorría estas calles, ahora aparecen personajes como José: un hombre de cincuentitantos años que sale de un motel de paso sin nombre –solo un cartel antiguo que pone “Baños Turcos”– para ir a hacer ejercicio en el horario en el que antes solía trabajar.

“Quizá la semana que viene activen las aplicaciones”, suspira. Se refiere a Uber, Didi, Cabify; los servicios con los que trabajaba en el carro particular que estaciona en un sótano público contiguo al motel. “El parqueadero sigue trabajando pero ya ni carros vienen, el mío está ahí guardado desde el 20 de marzo” dice, mientras pasa un muchacho con mascarilla y capucha. “Debes tener cuidado con las ratas” me advierte y hace un gesto. “Tranquilo, yo vivo en la esquina” le digo. Y se extraña. “¿Dónde?”, me prueba, como si no fuese posible.

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Las ratas son literales y metafóricas. Azotan las mismas bolsas de basura que de día picotean las palomas. De noche, la expresión se refiere a gente sospechosa de la que muchos por aquí tienen miedo. Para quienes venimos de ciudades violentas como Caracas, esta zona nos parece tranquila, aunque el confinamiento la haya enmudecido. Yo, que vivo a dos cuadras de José y me arrullaba con el sonido de los grupos que se despedían de la fiesta a las tres de la mañana cada fin de semana, ahora estoy alerta al peligro del silencio. Hace unos viernes, por ejemplo, se escucharon unos disparos. Al menos cinco. El segundo episodio parecido en tres meses de cuarentena y, en mi caso, en tres años viviendo en el barrio. Luego, un helicóptero atravesó las calles aledañas a mi edificio con una luz parecida a la batiseñal. El ruido era feroz y se calmó, después de tres horas, a las cuatro de la mañana. Fue un viernes en el que, si hubieran abierto los locales, nada de esto habría pasado. Sin embargo, ninguna autoridad se pronunció.

Theatrón era la fiesta semanal más grande de Colombia. La discoteca gay ícono del país. Algunos dicen que era la más grande y emblemática de América Latina. Es difícil confirmar ese dato, pero la calidad de su rumba sí es incuestionable: del millón y medio de personas que transitan Chapinero diariamente, seis mil se adentran en el edificio de un antiguo cine que tiene cinco pisos, 14 ambientes y la posibilidad de la imaginación: música pop pero también mexicana, champeta a la vez que baladas, una terraza cristal que una noche abre solo para mujeres, otra para hombres y pocas veces al tiempo. Por estos días, cuando hablé con José, Theatrón cumplió 18 años. La mayoría de edad de un negocio que esperaría botar la casa por la ventana este año, pero que ahora tiene sus puertas cerradas y transmite en vivo actividades gratuitas por sus redes sociales mientras sus gerentes se preguntan cómo será el futuro.

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William Díaz aparece en la calle como otro de esos rostros que transitaban camuflados y que ahora emergen como protagonistas de esta isla en el tiempo que es el confinamiento. Se deja ver desde la puerta, en el lugar donde iría la recepcionista, bromeando con otros hombres que están cenando en la pequeña barra del bar. “Yo siempre he sido portero, pero antes trabajaba en la 1º de Mayo con Boyacá”, apunta, dando la dirección de otro eje de la rumba. Díaz, el celador, que no usa tapabocas como el resto, empezó a trabajar en este motel contiguo a la discoteca tres días antes de que declararan la cuarentena.

“Gracias a Dios tengo camello y lo cuido. Solo puedo ir a mi casa un domingo cada quince días para no contagiarme”. “¿Y eso no es explotación laboral?”, intento preguntarle sin incomodarlo, pensando en el caso sonado en medios de la señora que fue obligada a permanecer un mes confinada en la recepción de un edificio cercano por un capricho clasista. “No, mejor así, porque los domingos no hay tanto tráfico”, me dice con una expresión amable, asumiendo que la orden de su jefa, que no vive ahí, es apropiada aunque esté preso, sin saberlo, en su propio trabajo.

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“Puro cucho”, dice. “Puros cuchos somos los que vivimos aquí”. Se ríe. Vuelvo la mirada a los tres señores que salieron del motel art decó y que fuman al otro lado de la calle. Cincuenta, sesenta años. Como las edades de José y William. Como la antigüedad del edificio donde está Theatrón. Señala la casa de enfrente, continuando su argumento, diciendo que allí viven los dueños de otro de los moteles de la calle, una pareja de personas mayores que –se adivina por la luz a través de la ventana– ahora ven TV. Cuando miro la puerta entreabierta de la otra esquina, forrada en pendones color fucsia con retratos de bailarinas sobre un tubo, le pregunto: “¿Será que trabajan en la clandestinidad?”. “No entres ahí, es mejor evitar”, me advierte.

Son más o menos cinco hoteles los de la 58 bis, pero solo en el suyo residen hombres mayores, según sabe. “Son 30 habitaciones, como cinco pisos. Viven siete personas que le pagan directamente a la jefa; yo ni sé cuánto cobra. No permitimos clientela, aunque muchas parejas han venido a preguntar si estamos ofreciendo servicio”. Entiendo por qué me atiende desde afuera. Hasta hace unos meses, estos hombres trabajaban como vendedores ambulantes o como conductores independientes. Durante esas horas de trabajo, descansaban de los gemidos que retumbaban en las habitaciones vecinas. Era el sonido de los mismos clientes que habían salido de la discoteca de la esquina y pagaban "ratos" de intimidad entre las paredes de este edificio desgastado.

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William se encoge de hombros y me señala una paradoja: esta zona, que además de disfrute le da trabajo a la comunidad LGBTI, tiene un pendón colgado que dice “Quiebra Total” en cada puerta de hotel, de bar, de tienda, que hace un llamado a la alcaldesa, que vive en la calle paralela, para que los ayude a no quebrar. “Eso es como en su país: los que no se pronuncian es porque saben que les puede afectar más la crisis”, declara el celador con tono de dirigente político de la calle fantasma. “No estamos dando entrevistas a ningún medio porque no sabemos qué va a pasar” me decía días atrás Koral, el gerente de Theatrón. La única discoteca que no tiene el pendón colgado.

Los medios le dan la razón: la alcaldesa no se ha pronunciado, y el bar tampoco. Sin embargo, los titulares desde mayo prevén una catástrofe: 11mil bares y restaurantes en Bogotá, que generan 200 mil empleos, no volverán a abrir sus puertas, porque el 80% no ha logrado una negociación en el pago de arriendo y servicios con los dueños de los locales.

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Ha habido un par de concentraciones para manifestar diferentes descontentos. Uno de ellos es el orgullo gay, que se celebra en junio, y que ahora mismo no cuenta con espacios dónde celebrarlo ni dónde trabajar. Por ahora, las manifestaciones han terminado en incumplimiento de los protocolos de bioseguridad, aglomeraciones y vandalismo a las estaciones de Transmilenio, pero la alcaldesa sigue sin pronunciarse más allá de eso, sobre la comunidad de la que es parte.

Días después, un sábado, mientras Theatrón emula su fiesta en el 2.0, se escucha un ruido en el motel donde vive José. Hay unos cuatro hombres afuera que no se parecen a sus vecinos. “¿Hay una fiesta aquí?”, le pregunto a uno de ellos. “No”, responde tajante. “¿Está William?”, pregunto por el celador. Me dicen que ahí no vive nadie llamado así. “Ellos ya no están aquí...”, me susurra otro de los hombres que, intuyo, me reconoce. Entonces se abre la puerta, que desde el lobby deja ver una luz tenue, de colores, y el eco de un sonido que no logro distinguir. Se estacionan dos taxis y un par de personas más entran en el motel que no presta servicio de manera oficial. Dos hombres tapan la puerta con el ancho de sus espaldas. El tapabocas les anula la identidad. Dos mujeres en la puerta del hotel contiguo me aclaran: “Nosotras no sabemos nada de lo que sucede allá”. “Y ustedes, ¿Viven aquí?”, pregunto. “¡Claro! Tenemos que quedarnos a cuidar”, me dicen. No tengo claro si es una reunión de los hombres que viven en el lugar o una fiesta clandestina. La atmósfera de la calle se vuelve tensa hasta que desaparezco.

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La policía ronda a media noche las calles aledañas a Theatrón como una rutina y los vecinos se aseguran de no darles motivos para que interactúen con ellos. Sin embargo, Chapinero de noche, en cuarentena, es una oda a la nostalgia. Es José buscándose la vida mientras pasa sus noches habitando un motel que antes vivía del sexo; es el celador que viene desde lejos a cuidar el escándalo; son extranjeros que no se hallan en el silencio. Es el ruido de las motos de los domiciliarios y la basura de las esquinas. Es Theatrón vacío y los demás bares en quiebra.

Pero hay una extraña razón por la cual esa luz que es neón, a veces roja y a veces violeta, sigue titilando en la puerta del edificio ícono de esa calle de moteles. Es el anuncio del futuro y su esperanza. Es la posibilidad de que, antes de extinguirse, esa luz reciba a toda la comunidad que espera a que esa calle, un poco sórdida pero también un poco extrañada por sus transeúntes, recobre su sentido y le dé vida, de nuevo, al corazón de Chapinero.separador

*Este texto es producto del Taller de Crónica-Ensayo dictado por Jorge Carrión y asistido por Jaime Rodríguez, patrocinado por la Fundación para la Cultura Urbana en mayo de 2020.
@MarcyAlejandraR

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