Tulio: El hombre que cae. Y se levanta

Actor, estrella de la radio juvenil, cantante con buenas ventas internacionales, mecánico, foodie, conferencista. Esta es la historia de Tulio Zuloaga, un hombre que ha caído muchas veces y se ha levantado otras tantas.
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—Tulio pidió un racimo de uvas, cuatro manzanas, media botella de vodka y un par de toallas blancas antes de subirse a la tarima. Esa tarde iba a animar una miniteca en el barrio Venecia, en el sur de Bogotá, pero cuando vio que las toallas que le llevaron no eran blancas sino cafés, dio media vuelta y se fue.

La escena la recuerda su buen amigo Chucho Benavides, alguna vez estrella de la radio juvenil, que en ciertas ocasiones ejercía como una especie de manager de “Tu-Tu-Tu-Tulio”, apelativo con el que Tulio Zuloaga se había hecho conocer por los oyentes de la Superestación 88.9.

—Se me olvidó que tenían que ser blancas las hijueputas toallas, y el güevón ese canceló la presentación porque eran cafés —cuenta Chucho en uno de los cuatro restaurantes que tiene en Bogotá.

El Tulio Zuloaga de 1990 era un niño mimado por los medios. Rondaba los veinte años. Lo acompañaba un aura de ganador y lo precedía su reputación de precoz actor y disc jockey. El mundo estaba en sus manos. Desde antes de salirle barba le pedían autógrafos en la calle. Hubo una época en que sus padres preferían pedir comida a domicilio que ir a un restaurante a sufrir el asedio de hordas de niños y madres que reconocían a Tulito por su papel de Sergio en Pequeños gigantes, la popular serie televisiva infantil que se emitía de lunes a viernes a las cinco de la tarde.

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—Yo me creía un chacho —dice Tulio Zuloaga frente al timón de su camioneta—. Un peladito viviendo ese mundo de fama desde los doce años se cree el cuento. Tenía toda la actitud de sobrado —continúa, mientras consulta en Waze la ruta más expedita hasta la Central Mayorista, la principal plaza de mercado en Medellín.

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En tres horas ha visitado varios puestos de comida callejera junto a un equipo de Televisión Española que lo invitó a presentar un capítulo de una serie sobre gastronomía. En El Hueco, una zona céntrica en la que hierve toda clase de comercio, comió plátano con queso y probó un batido afrodisiaco.

Y ahora, en un puesto a la intemperie de la Central Mayorista, bajo un toldo que a duras penas lo protege de la lluvia, saborea suculentos bocados de mondongo, lengua, fríjoles y chicharrón, al tiempo que respira hondo, en un intento por transmitir el apetito que le provocan los aromas de esta fonda ambulante.

—Estoy una vez más absolutamente maravillado con la comida de La Churris —dice mirando a la cámara, con la tapa de un perol en la mano.

El de La Churris es uno de los tantos puestos callejeros de comida que Tulio Zuloaga ha popularizado a través de “Tulio Recomienda”, su exitoso canal en YouTube. Gracias a la publicidad gratuita que les ha hecho a estos manjares, cuyos precios no superan los 5000 pesos, en el último año han venido decenas de turistas y seguidores de “Tulio Recomienda” a este tenderete que lleva veinte años sirviéndoles comida a coteros y marchantas de la Plaza Mayorista.

Por eso, al despedirse, La Churris abraza a Tulio y llorando le entrega una botella de Buchanan’s y una camisa envueltas en papel regalo. Salta a la vista la gratitud que le guarda.

—No, no, Churris, para qué te pusiste en esas —le dice Tulio, sonrojado, visiblemente incómodo.

De regreso a la camioneta, Camila, su mano derecha, recuerda que Tulio alguna vez fue vegetariano. Y él sigue con el cuento:

—Antes de dedicarme a esto fui vegetariano durante trece años. Iba donde el médico y siempre me decía: “Tu salud es una verraquera, me voy a volver vegetariano”.

Con “esto” se refiere al competido mundo de la gastronomía, al que arribó hace casi una década, persuadido por el dueño de un canal regional que en una charla informal en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia le dijo: “Ve, Tulio, vos con toda esa experiencia en los medios por qué no volvés a la televisión”. Y le propuso crear un magazín de gastronomía a su medida. La idea de presentar un programa dedicado a una de sus pasiones le dio vueltas en la cabeza por unos días. Cuando aceptó la propuesta de volver al ruedo de las luces y las cámaras, el productor del magazín le sugirió fingir que comía carne, a lo que Tulio respondió: “No, no, cómo voy a fingir el gusto; cómo voy a hablar de restaurantes fingiendo que como carne”. Entonces volvió a consumir proteína animal. No hubo golpes de pecho, ni una transición traumática: simplemente un día se llevó a la boca una ración de carne que estaba servida en el set de grabación y lo siguió haciendo, delante y detrás de las cámaras.   

—Gracias a Dios nunca pontifiqué con el vegetarianismo ni ataqué a los que comen carne, porque si no me la hubieran montado. Aunque no sería la primera vez que me harían matoneo…

Este hombre con cara de niño bonito y peinado formal, de baja estatura y cintura rolliza, de labia y sonrisa fácil, ha tenido, como el camaleón, la energía suficiente para cambiar de piel cuando el viento se ha empeñado en soplar en contra. Fanático de los carros desde niño, coleccionista de cómics, aficionado al rock y a la música evangélica, seguidor de los sutras de Buda, lector de fábulas indias y escritor de canciones, poemas y cartas de amor, Tulio Ernesto Zuloaga Pérez ha reinventado varias veces su destino: de actor, animador y locutor carismático pasó a cantante de baladas románticas y vallenatos pop, luego a mecánico y vendedor de carros, más tarde a catador de vinos y, hoy, a punto de cumplir 48 años, a influenciador de prestigio entre las casi 500.000 personas que lo siguen en sus redes sociales y ayudan a difundir la invitación a sus eventos gastronómicos, a cuál más concurrido: Burger Master, Pizza Master o Callejeros con pedigree.       

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Charles Dickens escribió que cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender. En 1998, año de una debacle sin precedentes en la economía nacional, Tulio Zuloaga estaba luchando contra el fracaso. Su casa disquera le había dado la espalda, sus discos no se vendían tan bien como esperaba, la oportunidad de firmar un contrato con un afamado productor musical se había ido al traste, su estilo —para algunos cursi y chabacano— provocaba las rechiflas de los agitadores de la radio y la televisión. Su bancarrota era ya un hecho.

Perder los ahorros, el carro y el apartamento significaba, más que una quiebra económica, un derrumbe moral, el primer gran revés de su vida.

—Ese ha sido mi momento más doloroso. Creo que fue la última vez que lloré por algo material. Me tocó empezar de cero.

Aunque no aguantó hambre porque sus padres y sus suegros le tendieron la mano, tardó dos años en levantarse de esas cenizas. Se empezó a ganar precariamente la vida con la mecánica automotriz.

Alejandra, su esposa, la linda paisa que le presentó una amiga en un café del Parque Lleras, la madre de tres de sus cuatro hijos, la mujer a la que sigue escribiéndole poemas y regalándole peluches después de más de veinte años de convivencia feliz, no lo desamparó ni un segundo.    

—Fue muy duro para él —dice ella—, que estaba tan alto en su momento musical. Caer así tan bajito económicamente… fue muy triste.

Dos años antes de esa crisis, Tulio había dicho en una entrevista: “Me he prometido no moverme del folclor urbano”, y había lanzado su tan sonada versión de “La cachucha bacana”, una adaptación moderna del paseo vallenato del viejo juglar Alejo Durán. Un tema suyo había formado parte de la banda sonora de Curdled, una comedia negra producida por Quentin Tarantino, que empezaba sus andares en Hollywood. Lo invitaban desde Jorge Barón a su Show de las Estrellas, hasta Don Francisco a Sábado Gigante. Había cantado con aforo completo en la plaza de toros de Bogotá y en el Madison Square Garden de Nueva York.

—Tulio andaba muy bien de plata. Cada semana cambiaba de carro. Pero si hubiera seguido como iba, no tendría un peso hoy. Dejó el vallenato y no volvió a cantar nunca. Nunca es nunca.

Esto lo dice su padre, que se llama igual y tiene en Google casi tantas entradas como el hijo. Este Tulio Zuloaga preside Asopartes, el gremio que representa a los vendedores de autopartes en Colombia.

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Tulio Zuloaga ha sufrido en su vida varios episodios de bullying. El primero fue en Barranquilla, ciudad donde nació, de la que se fue antes de empezar a caminar y a la que volvió para terminar la primaria cuando a su padre lo trasladaron una vez más de la empresa en la que trabajaba. Saber que llegaba de Bogotá les bastó a sus compañeros para bautizarlo con el despectivo mote de “cachaco”. “Ahí va el cachaco”, “no dejen entrar al cachaco”, gritaban los pequeños diablos de ese colegio de jesuitas.

—Y yo siendo de Barranquilla, dizque cachaco. Me sacaban de las filas, me daban calvazos, matoneo puro. Entonces empecé a reprimirme mucho. Fue una vaina horrible. Pa’ montadores, los barranquilleros somos de los más duros.

Con un amiguito cuyo malestar no provenía del colegio sino de la casa, fraguó un plan de fuga. Quería dejar atrás Barranquilla y volverse cantante en Panamá, “que para mí era como Estados Unidos”, dice. Ahorró unos pesos, le escribió una carta a su familia explicando la decisión de irse, compró dos pasajes en un bus de flota Brasilia y se fue.

—Si te quieres ir de la casa, dímelo, pero no tienes necesidad de volarte así —fue el reproche de su padre cuando lo encontró en el terminal de buses de Sincelejo, adonde fue a recogerlo cuando la policía lo ubicó.

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Tulio Zuloaga se la pasa corriendo de un lado para el otro. No para. Dice que vive cansado, que duerme poco, que se levanta muy temprano y a las once de la noche todavía está trabajando. Y ha sido así siempre, a juzgar por lo que le dijo a un redactor de El Tiempo en 1992: “De un tiempo para acá no duermo bien. He tenido que correr de un lado para otro y ni siquiera la noche me alcanza para cumplir con el cúmulo de trabajo”.

Por aquellos días interpretaba a un disc jockey en la mini serie FM Stereo, animaba minitecas y era una de las joyas de la corona de Fernando Pava, el creador de ese laboratorio radial que fue la Superestación 88.9, una emisora de la cadena Súper que en 1982 dejó de programar música tropical (Los Hispanos, Los Graduados, Pastor López…) para volcarse a la música disco, al pop y al rock.

La Superestación escaló pronto al primer lugar de sintonía. Hasta que, a mediados de los ochenta, se asomó al dial una competidora feroz: Stereo 1-95.

Un día Fernando Pava le dijo a Chucho Benavides, cuya primera función en la emisora había sido contestar llamadas de los oyentes: —Nos estamos yendo de culo en la sintonía, porque esa gente tiene más música que nosotros.

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—Consigámonos un disc jockey bonito para sacarlo a la calle en La Móvil —propuso Chucho, entre otras tácticas de salvación.

Hicieron un casting y Tulio Zuloaga —16 años, apuesto, arrollador, hábil contador de chistes y de cuentos, con experiencia frente a cámaras y micrófonos— quedó fichado en la nómina de la emisora. Había llevado al casting un demo casero de su autoría, pero Fernando Pava no le prestó mayor atención.

Disco Nice, un programa para prender motores antes de la rumba, inauguró la historia de Tulio Zuloaga en la radio. Se emitía los viernes y sábados, comenzaba a las ocho y terminaba a la medianoche, hora en la que Tulio salía a rumbear. A la casa llegaba al amanecer. Como grababa cuñas de Keops, la discoteca de moda de Bogotá, sus dueños le pagaban con trago.

—En esa época todos manejábamos borrachos. Mi mamá me dejaba manejar así porque decía, como todas las mamás, que uno tenía mejores reflejos borracho, que dizque manejaba mejor. No usábamos cinturón de seguridad. Como tantos de mi generación, soy un sobreviviente.    

La Superestación entró recargada a la década del noventa. La casa radial de Tulio volvía a ser un fenómeno de masas. El público les daba trato de rockstars a sus locutores, cuyas caras aparecían hasta en las monitas de un álbum de Panini. Fernando Pava tuvo que ponerle rejas al edificio desde donde transmitían para contener a los jovencitos que llegaban en tropel a conocer a sus ídolos en persona, a llamarlos a gritos, a pedir canciones o boletas para las minitecas o las disco parties que organizaban.

—Yo tenía un guardaespaldas al que le decíamos Pulgarcito. Era un man gigante y yo un peladito —cuenta Tulio.   

En la cabina, Tu-Tu-Tu-Tulio amenizaba sus locuciones al aire con tragos de brandy Domecq y caladas de Pielroja, dos gustos que había adquirido desde los catorce años. Combinaba la conducción de Disco Nice con la reportería para el Zoológico de la Mañana, el espacio estelar de la emisora. Con base en informes que recogía por teléfono, reportaba el estado de las vías como si estuviera sobrevolando la ciudad. Con efectos de sonido, el jefe de consola creaba el ambiente de un helicóptero en vuelo. En la calle, provisto de medias de aguardiente o ron que administraba Chucho Benavides, Tulio transmitía con un receptor inalámbrico desde La Móvil, una camioneta como la de Los Magníficos, que al cabo de un tiempo desaparecería en un retén de la guerrilla.

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—Detrás de La Móvil iba muchas veces un camión de Néctar o de Ron Tres Esquinas, nuestros patrocinadores. Éramos totalmente irresponsables —dice Chucho.      

Una vez ganado el respeto de Pava, el gran jefe, Tulio prensó un disco con la canción del demo casero que había llevado al casting. Montada sobre una pista de techno de la banda Aleph, la canción alcanzó a ser, de una manera inusitada, un pequeño éxito. De ese, su primer sencillo, se imprimieron mil copias. Salió el disco a la venta y Tulio se fue, almacén por almacén, a comprarlo en secreto absoluto. Tenía un Renault 18 y lo vendió para sufragar esa inversión en su naciente carrera musical. Con el disco casi agotado en las tiendas, a la semana tenía detrás a varios sellos discográficos pidiéndole que firmara con ellos. Había sido una estrategia de marketing desde el principio.

—A los quince días firmé con Discos Rodven para sacar otro supersencillo, que se llamó “Para ti”, una balada muy bonita que había escrito.

Pero no pasó nada con ese segundo disco porque nadie lo compró, y Tulio ya no tenía plata para agotar las copias que se apilaban en las discotiendas.

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A los trece años fue víctima de un segundo periodo de matoneo. Vivía en Bogotá y era famoso. Su actuación en Pequeños gigantes le granjeaba la inquina de sus compañeros del Liceo Cervantes, que cuando salían al recreo le gritaban “mariquita, mariquita”.

—Te voy a contar el peor de todos los bullyings que viví. Era la época de las pandillas de niños. El colegio organizó un festival de porristas y a mí se me ocurrió la gran idea de cantar una balada que había escrito sobre una pista que encontré en un disco de 33 revoluciones de mi papá. Yo estaba vestido de blanco de la cabeza a los pies. Iba a darles la bienvenida a las porristas. Salí a cantar y a las dos frases me empezaron a chiflar. Seguí cantando y me lanzaron una moneda. La levanté como agradeciendo, queriendo decir que me importaba un carajo. Enseguida recibí otras monedas, y luego una lluvia de monedazos.

En la mitad de la canción, un cura subió al escenario a sacarlo. Y cuando terminó el festival la pandilla de “los Chiquitiendos” lo empotró contra una pared. Ese momento nunca se le va a olvidar, dice. Eran como quince. Le tocaban la cara, le jalaban la ropa.

—A la quinta cachetada dejaron de pegarme, porque no les respondí.

No se frustró por eso. Al contrario, poco después montó un grupo musical. El bullying lo hizo valorar la soledad. Nunca tuvo buenos amigos en ese colegio. Ni en Unicentro ni en la Alhambra, los barrios bogotanos donde vivió hasta que se independizó a los diecisiete años.

—Yo prefería estar en la biblioteca, leyendo sobre religiones y espiritualidad. O ensayando.

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Desde niño escribió canciones. Baladas, sobre todo. Con una ganó un concurso intercolegiado de música. A los once o doce años comenzó a encerrarse en el baño a gesticular como si estuviera cantando. Un cepillo le servía de micrófono. Se amarraba una toalla en la cabeza y la dejaba caer por detrás de las orejas, simulando la melena que su papá no le dejaba tener, y cantaba frente al espejo baladas de Raphael, José Luis Perales y Franco de Vita.

—Era un tarro, no cogía una nota —dice su papá, elegantemente vestido con saco, corbata y un abrigo de paño que lo protege del frío bogotano que se cuela a media tarde en su oficina.   

Tulio hijo, que escuchaba a Tulio padre cantar vallenatos, rancheras y boleros, quiso aprender a tocar guitarra. El maestro —impaciente, algo autoritario— fue el papá.

—Una vez fue tal mi desesperación porque no cogía ninguna nota, que casi le pongo la guitarra en la cabeza. Y no le enseñé más.

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Un mediodía de noviembre de 2017, ojeando álbumes con recortes de prensa de sus tiempos de astro pop, Tulio comentó:

—Mientras todos los jovencitos estaban jugando, yo ya tenía carro. Fue una locura. Comencé a vivir en un mundo de grandes desde que estaba muy peladito. Viví una vida muy desordenada. Llegaba jincho a todos los trabajos. Pero nunca me enganché a ninguna droga. Probé la marihuana, claro, pero no me gustó. Le di un chupón una vez, escalando en Suesca.

El grueso de esos álbumes de recuerdos lo conforman entrevistas, portadas y chismes de farándula en revistas y periódicos. Las fotos lo muestran con camisas abiertas, esqueletos, chaquetas de cuero; en botas tejanas o Reebok con la lengüeta afuera; sonriendo, carcajeándose, o “con cara de antipático”, como él mismo dice; abrazado a la que fue su esposa por menos de un año, posando con estrellas locales y extranjeras, confesando su inclinación a la oscuridad, o declarando, circunspecto, en una portada de Tv y Novelas: “Tengo que hacer las cosas rápido porque yo me voy a morir a los 32 años… yo eso lo tengo clarísimo”.

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En una foto de 1983 sale con sus compañeros de Pequeños gigantes, cuyo elenco lo formaban veinticinco niños. A Tony Navia, la directora del programa, le pareció, desde que lo vio, un niño de un temperamento especial.

—Era muy seguro. Él quería cantar, pero yo le decía: “Tulito, tú tienes un don muy especial, que es tu voz, pero no para cantar, sino como un magnífico maestro de ceremonias, o podrías hacer radio”. Manejaba el público como le daba la gana. En un estadio yo lo vi y casi no creía el poder de convocatoria que mostraba.

De haberle hecho caso a Tony Navia, Tulio Zuloaga se hubiera evitado otro período de matoneo cuando salió al mercado Sudores, su primer LP, o cuando empezó a cantar vallenato con un aire entre galán y pirata, mitad Carlos Vives mitad Bon Jovi. Pero también se hubiera perdido la oportunidad de saborear tanto la fama como el fracaso, y el aprendizaje que viene con el fracaso. No hubiera sido el hazmerreír de muchos, pero tampoco habría visitado tantos países cantando líricas propias y ajenas. Su video de “La cachucha bacana” no hubiera estado en MTV, no hubiera recibido palmaditas en el hombro de Diomedes Díaz y Celia Cruz, ni se hubiera ganado un premio de la Asociación de Cronistas del Espectáculo en Nueva York.

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Con Sudores, los tomates le cayeron como un aguacero. La andanada incluyó mofas tan ácidas como las de Martín de Francisco y Santiago Moure en La Tele y El siguiente programa. Con ese disco el paso de Tulio por la música adquiría, según los comentaristas más virulentos, ribetes de patetismo, melodrama y farsa. El tercer matoneo del que era víctima en su vida detonó tan pronto salió al mercado “ese famoso disco por el que me dieron tanto palo y hoy me siguen criticando”.

Ricardo Montaner fue el padrino de Sudores y el productor, un hombre de negocios que dijo: “Quiero revolucionar este país”, para lo cual convenció a Tulio de grabar la balada erótica de Félix Madrigal que le dio nombre al disco, y de salir en la carátula con una mujer pegada a su torso desnudo y empapado en sudor.

—¿Le afectaron mucho las críticas?

—No, porque para mí lo más importante siempre ha sido no desfallecer. Jamás me he detenido ni llorado sobre la leche derramada. Para mí fracasar en algo significa empezar con una cosa completamente nueva.

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Tulio llegó a vivir a Medellín en la cúspide de su estrellato. Había trabajado en una docena de programas de televisión y su cara había estado en las portadas de todas las revistas que hablaban del mundo del espectáculo. Escogió Medellín para vivir porque no lo abordaban en la calle, y los medios locales no le disparaban rayos ni centellas. Se sentía uno más y eso empezó a gustarle.

—Desde que llegué aquí me sentí muy antioqueño. Mi abuelo, a quien no conocí, era de acá, y yo desarrollé un amor profundo por los paisas, por su forma de ser. Para mí esta es mi patria —dice Tulio sentado de espaldas al barbecue de su casa en Medellín, construida sobre un promontorio desde donde se divisa todo el Valle de Aburrá. Cuando compró el terreno, la hojarasca esparcida desde la verja hasta el último lindero les daba a los jardines y a la casa un aspecto abandonado. En pocos meses convirtió una construcción vieja y desaliñada en un flamante y moderno rectángulo blanco de 400 metros cuadrados.

Los tres años siguientes a su llegada a Medellín fueron agridulces. En ese lapso tuvo un hijo, pero también un progresivo desencanto con la música que desembocó en su descalabro financiero del 98.

Según Hernán Uzquiano, “los últimos discos que grabó Tulio fueron más tropicales, perdieron la esencia de Folklor urbano y no funcionaron en ventas”. Pero la responsabilidad, reconoce, fue de la disquera, por no haber escogido el repertorio adecuado para él.

—Si hubiéramos seguido con la esencia del primer disco, quizás Tulio no habría vivido ese fracaso con la música —remata Uzquiano.

Fue con la mecánica y la venta de carros que logró salir a flote. Los carros le gustaron desde niño, quizá desde que acompañaba a su papá a visitar fábricas de baterías y almacenes de repuestos para vehículos.

Con dinero prestado se matriculó en Ingeniería Automotriz. En Barrio Triste, un sector deprimido de Medellín atiborrado de talleres de mecánica, hizo las prácticas, y con otro préstamo montó un taller pequeño en San Diego, otro sector de talleres y tiendas de autopartes. Allí la revista Cromos le tomó una foto cambiándole el aceite a un carro, con toda la pinta de mecánico. Todavía tenía el pelo largo, como en las épocas de cantante.
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—La gente no creía. A muchos les parecía extraño: ¿cómo así que este tipo se ganó hace poco un premio en Nueva York y ahora está de mecánico? Creían que yo tenía un doble.

Se hizo experto en Fiat. Llegó a conocer tan bien la marca que convenció a sus representantes en Colombia de que le prestaran un carro para exhibirlo en un rincón que el centro comercial El Tesoro le cedió debajo de unas escaleras eléctricas. En pocas semanas vendió 54 carros. Montó entonces el primer concesionario de la Fiat en Medellín y abrió otro taller más grande. Transcurridos diez años de prosperidad tuvo que cerrar ambos, empujado por la competencia desleal que le puso una gran marca. A diferencia del anterior viraje profesional, esta vez su patrimonio estaba a salvo.   

Cuando había jurado no regresar a la escena pública, el canal antioqueño Cosmovisión consiguió llevarlo de vuelta al firmamento televisivo, luego de una conversación desprevenida en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia. Tulio Zuloaga retornaba a las cámaras con la presentación del magazín gastronómico La buena vida, un espacio que le permitió volver a su elemento esencial, a sentirse en su salsa. Un Tulio maduro, más aplacado y curado de vanidad volvió a asomar su carisma a los televisores de miles de personas. La rueda del destino daba un nuevo giro en su vida.

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María, una amiga de su mamá con fama de bruja, más por la cara y la pinta que por lo asertiva, profirió una vez, en el comedor de los Zuloaga, un vaticinio que cuarenta años más tarde se ha hecho una verdad redonda: —Para lo único que servirá este niño será para comer.

El poeta de la gastronomía” —sobrenombre que él mismo se puso— recorre ciudades a la caza de restaurantes o comederos callejeros para recomendarles a las miles de bocas que confían en su criterio. Si no recomienda un lugar es porque no le gustó la comida. Tiene acumuladas más de 700 invitaciones a restaurantes en todo el país.

—Semanalmente visito ocho o diez restaurantes, y escribo únicamente sobre dos o tres.

Pasar un día con él es asistir al vértigo de su agenda. Entre llamadas y mensajes de Whatsapp que van y vienen, transmisiones en vivo de sus recetas y sugerencias culinarias a través de Facebook Live, entrevistas para radio, televisión o prensa escrita, visitas a restaurantes y quioscos de la calle, reuniones con su equipo de trabajo, actualizaciones de su app, puede transcurrir una jornada usual de Tulio Zuloaga. En Medellín juega de local. Lo reconocen en la calle, lo saludan con afecto amigos y transeúntes, le sonríen lindas chicas y hay hombres que le extienden la mano con el dedo pulgar arriba.    

Todo el tiempo está cavilando ideas, concretando proyectos, imaginando nuevas líneas de negocio para su empresa digital. El olfato de Tulio para los negocios podría rastrearse en su rama materna: la primera peluquería a todo dar en Barranquilla la montó su tío Pepe, y el primer almacén grande de video juegos en la ciudad lo puso el tío Mingo.

Tulio tiene una chispa de comerciante turco increíble —me dijo en una sala de redacción desocupada del diario El Mundo, de Medellín, su amiga Carmen Vásquez, editora y comentarista de gastronomía.   

Zuloaga no se jacta de tener un paladar exquisito. Es más, en Facebook ha reiterado varias veces que él no es un crítico, sino “un contador de experiencias culinarias”. No les cobra nada a los restaurantes que reseña, y si uno le pregunta por las ganancias de su app Tulio Recomienda, se limita a decir que es un buen negocio. Ante la insistencia, le abre un grifo al hermetismo para asegurar que por vía de patrocinios recibe en promedio diez o doce millones de pesos de marcas grandes que encuentran en él un vehículo confiable para mercadear sus productos. En un buen mes puede trabajar con tres clientes, pero no le gusta firmar contratos a largo plazo.

Cuenta con una estructura corporativa liviana: catorce personas que trabajan desde la casa “con buenos sueldos”, aclara. Así reduce los costos de funcionamiento y mejora el margen de utilidad. Su mediano y eficiente equipo de trabajo se distribuye en las áreas comercial, de diseño, de edición de video y fotografía, de mercadeo, de programación y actualización de la app, de logística y de relaciones públicas. Su esposa lleva la contabilidad del negocio. Al menos una vez a la semana se reúne con sus colaboradores en una oficina minimalista adecuada en el primer piso de su casa. Según Daniel García, director comercial de Tulio Recomienda, sus patrocinadores son, entre otros, una marca de azafrán, una de arroz y una de ollas, e insiste en dejar claro que por principio ético y política de la empresa Tulio no recibe un solo peso de los restaurantes que recomienda. El único aporte que recibe al mes la empresa por parte de los restaurantes es una módica cuota de $160.0000 por anunciarse en la app, que tiene dos componentes: un directorio de restaurantes y una interfaz con notas de los descubrimientos gastronómicos que cada semana hace Tulio. Aunque ya más de 400.000 usuarios han descargado la aplicación en sus dispositivos, y cada día la consultan alrededor de 5000 personas, reconoce que “por el momento el negocio no está en la app”, sino en los patrocinios.
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El año pasado, 2017, fue un buen año para Tulio Zuloaga. Se inventó tres eventos gastronómicos con los que demostró su capacidad de convocatoria: Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree. Y del caudal de propuestas que dice tener en remojo, recibió una de un banco que quiere sacar la tarjeta de crédito Tulio Recomienda, para comprar, acumular puntos o recibir descuentos en restaurantes y tiendas de alimentos.

Para los colombianos que le habían perdido la pista a Tulio Zuloaga, Burger Master fue el reencauche con el que volvieron a tener noticias suyas. La primera edición de este evento, que espera seguir produciendo cada año con el mismo éxito, rebasó sus cálculos y lo catapultó al Olimpo local de los emprendedores digitales y los influenciadores del sector de la comida.

—Yo había conocido las competencias de hamburguesas que se hacen en Brasil, Panamá y Nueva York, y se me ocurrió organizar algo similar acá. Llamé a un grupo de hamburgueseros de Medellín y les propuse la idea.

El “chispazo” de Tulio cristalizó en el compromiso de un gremio y el plan se echó a andar. Los restaurantes ofrecerían su mejor hamburguesa a un precio especial, y los comensales votarían por la mejor a través de las redes de Tulio Recomienda. Al mediodía del lunes 5 de junio arrancó en Medellín el primer Burger Master, un concurso que, según anunciaba Tulio Recomienda y los muchos medios que hicieron eco del suceso, premiaba la mejor hamburguesa de la ciudad. Tulio y su equipo creyeron que se venderían 5000 hamburguesas entre los treinta restaurantes que participaron. Pero durante los once días que duró el evento se vendieron más de 198.000.

Tres meses después, la fortuna volvió a sonreírle a Zuloaga en Bogotá. Con la versión capitalina del Burger Master se apuntó un jonrón: 277.000 hamburguesas vendidas en seis días. Felipe Giraldo, uno de los dueños de Bícono, el restaurante bogotano de la hamburguesa ganadora, le dijo a Bacánika, que calculaban vender 400 hamburguesas el primer día, pero esa cantidad se esfumó en tan solo dos horas. En total, Bícono vendió 7500 hamburguesas, una suma impensable para una semana normal en el restaurante. “Fue una locura”, dijo Giraldo.    

—Yo tenía una buena intención, pero no me imaginé lo que iba a pasar. Podría inventarme la mentira de que lo planeé así, pero no.

Las ganancias no fueron a dar al bolsillo de Tulio, advierten él y el director comercial de su empresa, sino a la caja de cada restaurante. Su papel en este tipo de eventos es el de articulador  y multiplicador del mensaje, y sus ingresos los percibe por conducto de los patrocinadores.

¿Qué otra comida “democrática” despierta tanta fascinación y tanto apetito en las papilas gustativas de grandes y chicos como la hamburguesa? La respuesta le llegó a Tulio en forma de masa circular, delgada y crujiente, y sin dudarlo puso en marcha Pizza Master, el segundo gran evento creado por Tulio Recomienda. En Medellín se sirvieron 98.000 pizzas, y en Bogotá más de 100.000.
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Casi un año antes, en enero de 2017, preocupado porque la mayoría de restaurantes que recomendaba eran costosos, Tulio había empezado a incubar la idea de producir un festival con comida a bajo precio. “Quiero ayudar a la gente”, pensó. “Qué tal si llevamos a los mejores cocineros callejeros a un solo lugar para que nuestros seguidores los conozcan”, les planteó a sus colaboradores. Y empezó preguntar, a través de las redes sociales, cuáles son las comidas callejeras preferidas por la gente en Medellín. El primer fin de semana de diciembre de 2017 hizo realidad el proyecto.
A pesar de la lluvia intensa que no dejó de caer sobre la capital antioqueña, 10.000 personas asistieron a Callejeros con pedigree en el Parque Gabriel García Márquez. Los precios asequibles de las comidas, la expectativa que Tulio generó en sus redes y el voz a voz que se regó como pólvora atrajeron a gente de diferentes partes de la ciudad. A lo largo de un corredor al aire libre y bajo toldos coloridos, saltimbanquis, músicos y treinta chefs ambulantes seleccionados por Tulio y sus seguidores le dieron forma a un festival inédito en Medellín.

—Esto fue una suerte de graduación para mí. Esto vuelve a cambiar mi historia. Este puede ser el inicio de un festival gastronómico internacional tan grande como Mixtura, el más grande de Latinoamérica y el responsable, en gran medida, del boom gastronómico de Perú. Eso es lo que estoy visualizando: un festival enorme de comida popular.

Con esos tres proyectos Tulio Zuloaga ha conseguido lo que muchos blogueros no han podido lograr: convertir al espectador pasivo en participante, o “prosumer”, como llama el gurú de la comunicación Henry Jenkins al consumidor que no se limita a recibir un mensaje, sino que actúa luego de recibirlo. Entre Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree se generaron ventas por más de 12.500 millones de pesos.

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Hace nueve años Tulio Zuloaga vive con su familia en una casa-finca como de revista en la Loma del Chocho, un tramo alto a las afueras de Envigado, más parecido hoy a un barrio anexado a Medellín que a ese “pueblo de cantinas, de borrachos, de serenatas” que describe Fernando Vallejo en su novela Los días azules. En el perímetro próximo a su casa, la norma urbanística no permite levantar edificios. Justo al frente del portón que abre y cierra Tulio a control remoto desde su camioneta, quedaba una hacienda inmensa que el Estado le expropió a Pablo Escobar.

Es un típico día soleado. El césped y las plantas de los jardines parecen recién podados. Al final de una rampa curvilínea hay un trampolín para niños. Más arriba, un espejo de agua corre a los pies de la casa.    

—Yo era muy bravo y antipático. Era muy explosivo. Ahora pienso antes de hablar, generalmente, aunque todavía meto la pata muchas veces. Puede que me haya ayudado la meditación, pero sobre todo haber leído tanta filosofía india.

Lo dice Tulio en su garaje, donde guarda un impecable Fiat clásico que compró en sus mejores días de comerciante de carros.     

Tulio Zuloaga pasa sus días hablando de comida a través de una camarita de video que él mismo opera, cultivando su influencia en el mundo digital, del que cada día le resulta más difícil abstraerse. “Desconéctate. Nunca dejas de trabajar”, le ha reprochado más de una vez su esposa. Hay días en los que atraviesa Medellín en una bicicleta eléctrica buscando tesoros culinarios. Otros en los que viaja fuera de Colombia a comer hamburguesas exóticas, ceviches o cuanta delicia lo inviten a degustar. Otros en los que dicta conferencias sobre cómo hacer dinero en las redes sociales. En esas charlas les recomienda a sus colegas blogueros no pensar tanto en el número de seguidores como en la credibilidad que generan entre su comunidad.

En las charlas que ofrece siempre menciona su Manual del eterno emprendedor, un texto que aún no ha llevado a imprenta y en el que, no obstante ciertas perogrulladas y no pocos arrebatos de sentimentalismo propio de los libros de autoayuda, ha consignado en un lenguaje coloquial honestas reflexiones como esta: “Si no has aprendido esto estarás frito: el fracaso construye mil veces más que el éxito. Cada caída, bien entendida, será alimento para tus ideas, callo para tus heridas e inspiración para tu vida”.

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Muchos de quienes vivieron en la década del noventa recuerdan a Tulio Zuloaga con una mezcla de burla y simpatía. Ya no es el muchachito con ínfulas de divo que pataleaba si no eran blancas las toallas que había pedido. Muy atrás quedaron los años de su participación efímera en el primer boom del tropipop colombiano. Si en los noventa le hacían bullying por querer montarle competencia a Carlos Vives, últimamente le han caído piedras por “comer de gorra” o hablar únicamente de los restaurantes que le gustan, y lo han llamado “el Arjona de los foodies”, mientras que sus redes se llenan de likes y comentarios amables de usuarios que lo quieren.

Tulio Zuloaga se ha curtido en el fracaso. Y ha paladeado —está paladeando— el éxito. Su nombre es una marca capaz de renovarse de tanto en tanto. Siempre se las ha arreglado para capotear los temporales. Su reacción ante los escollos ilustra la parábola del colombiano echado para delante. Con cada revés, ha sido consciente de que algo necesitaba aprender.

—Hay que aprender a fracasar con tranquilidad, porque se aprende más del fracaso que de los éxitos. Me he caído no una sino muchas veces. Por eso prefiero ser consciente de que debo estar siempre listo, en pie de lucha para arrancar de nuevo si es necesario.

Fotografía: Natalia Zuluaga / Ilustración: Versión Vadi

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Actor, estrella de la radio juvenil, cantante con buenas ventas internacionales, mecánico, foodie, conferencista. Esta es la historia de Tulio Zuloaga, un hombre que ha caído muchas veces y se ha levantado otras tantas.
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—Tulio pidió un racimo de uvas, cuatro manzanas, media botella de vodka y un par de toallas blancas antes de subirse a la tarima. Esa tarde iba a animar una miniteca en el barrio Venecia, en el sur de Bogotá, pero cuando vio que las toallas que le llevaron no eran blancas sino cafés, dio media vuelta y se fue.

La escena la recuerda su buen amigo Chucho Benavides, alguna vez estrella de la radio juvenil, que en ciertas ocasiones ejercía como una especie de manager de “Tu-Tu-Tu-Tulio”, apelativo con el que Tulio Zuloaga se había hecho conocer por los oyentes de la Superestación 88.9.

—Se me olvidó que tenían que ser blancas las hijueputas toallas, y el güevón ese canceló la presentación porque eran cafés —cuenta Chucho en uno de los cuatro restaurantes que tiene en Bogotá.

El Tulio Zuloaga de 1990 era un niño mimado por los medios. Rondaba los veinte años. Lo acompañaba un aura de ganador y lo precedía su reputación de precoz actor y disc jockey. El mundo estaba en sus manos. Desde antes de salirle barba le pedían autógrafos en la calle. Hubo una época en que sus padres preferían pedir comida a domicilio que ir a un restaurante a sufrir el asedio de hordas de niños y madres que reconocían a Tulito por su papel de Sergio en Pequeños gigantes, la popular serie televisiva infantil que se emitía de lunes a viernes a las cinco de la tarde.

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—Yo me creía un chacho —dice Tulio Zuloaga frente al timón de su camioneta—. Un peladito viviendo ese mundo de fama desde los doce años se cree el cuento. Tenía toda la actitud de sobrado —continúa, mientras consulta en Waze la ruta más expedita hasta la Central Mayorista, la principal plaza de mercado en Medellín.

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En tres horas ha visitado varios puestos de comida callejera junto a un equipo de Televisión Española que lo invitó a presentar un capítulo de una serie sobre gastronomía. En El Hueco, una zona céntrica en la que hierve toda clase de comercio, comió plátano con queso y probó un batido afrodisiaco.

Y ahora, en un puesto a la intemperie de la Central Mayorista, bajo un toldo que a duras penas lo protege de la lluvia, saborea suculentos bocados de mondongo, lengua, fríjoles y chicharrón, al tiempo que respira hondo, en un intento por transmitir el apetito que le provocan los aromas de esta fonda ambulante.

—Estoy una vez más absolutamente maravillado con la comida de La Churris —dice mirando a la cámara, con la tapa de un perol en la mano.

El de La Churris es uno de los tantos puestos callejeros de comida que Tulio Zuloaga ha popularizado a través de “Tulio Recomienda”, su exitoso canal en YouTube. Gracias a la publicidad gratuita que les ha hecho a estos manjares, cuyos precios no superan los 5000 pesos, en el último año han venido decenas de turistas y seguidores de “Tulio Recomienda” a este tenderete que lleva veinte años sirviéndoles comida a coteros y marchantas de la Plaza Mayorista.

Por eso, al despedirse, La Churris abraza a Tulio y llorando le entrega una botella de Buchanan’s y una camisa envueltas en papel regalo. Salta a la vista la gratitud que le guarda.

—No, no, Churris, para qué te pusiste en esas —le dice Tulio, sonrojado, visiblemente incómodo.

De regreso a la camioneta, Camila, su mano derecha, recuerda que Tulio alguna vez fue vegetariano. Y él sigue con el cuento:

—Antes de dedicarme a esto fui vegetariano durante trece años. Iba donde el médico y siempre me decía: “Tu salud es una verraquera, me voy a volver vegetariano”.

Con “esto” se refiere al competido mundo de la gastronomía, al que arribó hace casi una década, persuadido por el dueño de un canal regional que en una charla informal en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia le dijo: “Ve, Tulio, vos con toda esa experiencia en los medios por qué no volvés a la televisión”. Y le propuso crear un magazín de gastronomía a su medida. La idea de presentar un programa dedicado a una de sus pasiones le dio vueltas en la cabeza por unos días. Cuando aceptó la propuesta de volver al ruedo de las luces y las cámaras, el productor del magazín le sugirió fingir que comía carne, a lo que Tulio respondió: “No, no, cómo voy a fingir el gusto; cómo voy a hablar de restaurantes fingiendo que como carne”. Entonces volvió a consumir proteína animal. No hubo golpes de pecho, ni una transición traumática: simplemente un día se llevó a la boca una ración de carne que estaba servida en el set de grabación y lo siguió haciendo, delante y detrás de las cámaras.   

—Gracias a Dios nunca pontifiqué con el vegetarianismo ni ataqué a los que comen carne, porque si no me la hubieran montado. Aunque no sería la primera vez que me harían matoneo…

Este hombre con cara de niño bonito y peinado formal, de baja estatura y cintura rolliza, de labia y sonrisa fácil, ha tenido, como el camaleón, la energía suficiente para cambiar de piel cuando el viento se ha empeñado en soplar en contra. Fanático de los carros desde niño, coleccionista de cómics, aficionado al rock y a la música evangélica, seguidor de los sutras de Buda, lector de fábulas indias y escritor de canciones, poemas y cartas de amor, Tulio Ernesto Zuloaga Pérez ha reinventado varias veces su destino: de actor, animador y locutor carismático pasó a cantante de baladas románticas y vallenatos pop, luego a mecánico y vendedor de carros, más tarde a catador de vinos y, hoy, a punto de cumplir 48 años, a influenciador de prestigio entre las casi 500.000 personas que lo siguen en sus redes sociales y ayudan a difundir la invitación a sus eventos gastronómicos, a cuál más concurrido: Burger Master, Pizza Master o Callejeros con pedigree.       

***

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Charles Dickens escribió que cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender. En 1998, año de una debacle sin precedentes en la economía nacional, Tulio Zuloaga estaba luchando contra el fracaso. Su casa disquera le había dado la espalda, sus discos no se vendían tan bien como esperaba, la oportunidad de firmar un contrato con un afamado productor musical se había ido al traste, su estilo —para algunos cursi y chabacano— provocaba las rechiflas de los agitadores de la radio y la televisión. Su bancarrota era ya un hecho.

Perder los ahorros, el carro y el apartamento significaba, más que una quiebra económica, un derrumbe moral, el primer gran revés de su vida.

—Ese ha sido mi momento más doloroso. Creo que fue la última vez que lloré por algo material. Me tocó empezar de cero.

Aunque no aguantó hambre porque sus padres y sus suegros le tendieron la mano, tardó dos años en levantarse de esas cenizas. Se empezó a ganar precariamente la vida con la mecánica automotriz.

Alejandra, su esposa, la linda paisa que le presentó una amiga en un café del Parque Lleras, la madre de tres de sus cuatro hijos, la mujer a la que sigue escribiéndole poemas y regalándole peluches después de más de veinte años de convivencia feliz, no lo desamparó ni un segundo.    

—Fue muy duro para él —dice ella—, que estaba tan alto en su momento musical. Caer así tan bajito económicamente… fue muy triste.

Dos años antes de esa crisis, Tulio había dicho en una entrevista: “Me he prometido no moverme del folclor urbano”, y había lanzado su tan sonada versión de “La cachucha bacana”, una adaptación moderna del paseo vallenato del viejo juglar Alejo Durán. Un tema suyo había formado parte de la banda sonora de Curdled, una comedia negra producida por Quentin Tarantino, que empezaba sus andares en Hollywood. Lo invitaban desde Jorge Barón a su Show de las Estrellas, hasta Don Francisco a Sábado Gigante. Había cantado con aforo completo en la plaza de toros de Bogotá y en el Madison Square Garden de Nueva York.

—Tulio andaba muy bien de plata. Cada semana cambiaba de carro. Pero si hubiera seguido como iba, no tendría un peso hoy. Dejó el vallenato y no volvió a cantar nunca. Nunca es nunca.

Esto lo dice su padre, que se llama igual y tiene en Google casi tantas entradas como el hijo. Este Tulio Zuloaga preside Asopartes, el gremio que representa a los vendedores de autopartes en Colombia.

***

Tulio Zuloaga ha sufrido en su vida varios episodios de bullying. El primero fue en Barranquilla, ciudad donde nació, de la que se fue antes de empezar a caminar y a la que volvió para terminar la primaria cuando a su padre lo trasladaron una vez más de la empresa en la que trabajaba. Saber que llegaba de Bogotá les bastó a sus compañeros para bautizarlo con el despectivo mote de “cachaco”. “Ahí va el cachaco”, “no dejen entrar al cachaco”, gritaban los pequeños diablos de ese colegio de jesuitas.

—Y yo siendo de Barranquilla, dizque cachaco. Me sacaban de las filas, me daban calvazos, matoneo puro. Entonces empecé a reprimirme mucho. Fue una vaina horrible. Pa’ montadores, los barranquilleros somos de los más duros.

Con un amiguito cuyo malestar no provenía del colegio sino de la casa, fraguó un plan de fuga. Quería dejar atrás Barranquilla y volverse cantante en Panamá, “que para mí era como Estados Unidos”, dice. Ahorró unos pesos, le escribió una carta a su familia explicando la decisión de irse, compró dos pasajes en un bus de flota Brasilia y se fue.

—Si te quieres ir de la casa, dímelo, pero no tienes necesidad de volarte así —fue el reproche de su padre cuando lo encontró en el terminal de buses de Sincelejo, adonde fue a recogerlo cuando la policía lo ubicó.

***

Tulio Zuloaga se la pasa corriendo de un lado para el otro. No para. Dice que vive cansado, que duerme poco, que se levanta muy temprano y a las once de la noche todavía está trabajando. Y ha sido así siempre, a juzgar por lo que le dijo a un redactor de El Tiempo en 1992: “De un tiempo para acá no duermo bien. He tenido que correr de un lado para otro y ni siquiera la noche me alcanza para cumplir con el cúmulo de trabajo”.

Por aquellos días interpretaba a un disc jockey en la mini serie FM Stereo, animaba minitecas y era una de las joyas de la corona de Fernando Pava, el creador de ese laboratorio radial que fue la Superestación 88.9, una emisora de la cadena Súper que en 1982 dejó de programar música tropical (Los Hispanos, Los Graduados, Pastor López…) para volcarse a la música disco, al pop y al rock.

La Superestación escaló pronto al primer lugar de sintonía. Hasta que, a mediados de los ochenta, se asomó al dial una competidora feroz: Stereo 1-95.

Un día Fernando Pava le dijo a Chucho Benavides, cuya primera función en la emisora había sido contestar llamadas de los oyentes: —Nos estamos yendo de culo en la sintonía, porque esa gente tiene más música que nosotros.

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—Consigámonos un disc jockey bonito para sacarlo a la calle en La Móvil —propuso Chucho, entre otras tácticas de salvación.

Hicieron un casting y Tulio Zuloaga —16 años, apuesto, arrollador, hábil contador de chistes y de cuentos, con experiencia frente a cámaras y micrófonos— quedó fichado en la nómina de la emisora. Había llevado al casting un demo casero de su autoría, pero Fernando Pava no le prestó mayor atención.

Disco Nice, un programa para prender motores antes de la rumba, inauguró la historia de Tulio Zuloaga en la radio. Se emitía los viernes y sábados, comenzaba a las ocho y terminaba a la medianoche, hora en la que Tulio salía a rumbear. A la casa llegaba al amanecer. Como grababa cuñas de Keops, la discoteca de moda de Bogotá, sus dueños le pagaban con trago.

—En esa época todos manejábamos borrachos. Mi mamá me dejaba manejar así porque decía, como todas las mamás, que uno tenía mejores reflejos borracho, que dizque manejaba mejor. No usábamos cinturón de seguridad. Como tantos de mi generación, soy un sobreviviente.    

La Superestación entró recargada a la década del noventa. La casa radial de Tulio volvía a ser un fenómeno de masas. El público les daba trato de rockstars a sus locutores, cuyas caras aparecían hasta en las monitas de un álbum de Panini. Fernando Pava tuvo que ponerle rejas al edificio desde donde transmitían para contener a los jovencitos que llegaban en tropel a conocer a sus ídolos en persona, a llamarlos a gritos, a pedir canciones o boletas para las minitecas o las disco parties que organizaban.

—Yo tenía un guardaespaldas al que le decíamos Pulgarcito. Era un man gigante y yo un peladito —cuenta Tulio.   

En la cabina, Tu-Tu-Tu-Tulio amenizaba sus locuciones al aire con tragos de brandy Domecq y caladas de Pielroja, dos gustos que había adquirido desde los catorce años. Combinaba la conducción de Disco Nice con la reportería para el Zoológico de la Mañana, el espacio estelar de la emisora. Con base en informes que recogía por teléfono, reportaba el estado de las vías como si estuviera sobrevolando la ciudad. Con efectos de sonido, el jefe de consola creaba el ambiente de un helicóptero en vuelo. En la calle, provisto de medias de aguardiente o ron que administraba Chucho Benavides, Tulio transmitía con un receptor inalámbrico desde La Móvil, una camioneta como la de Los Magníficos, que al cabo de un tiempo desaparecería en un retén de la guerrilla.

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—Detrás de La Móvil iba muchas veces un camión de Néctar o de Ron Tres Esquinas, nuestros patrocinadores. Éramos totalmente irresponsables —dice Chucho.      

Una vez ganado el respeto de Pava, el gran jefe, Tulio prensó un disco con la canción del demo casero que había llevado al casting. Montada sobre una pista de techno de la banda Aleph, la canción alcanzó a ser, de una manera inusitada, un pequeño éxito. De ese, su primer sencillo, se imprimieron mil copias. Salió el disco a la venta y Tulio se fue, almacén por almacén, a comprarlo en secreto absoluto. Tenía un Renault 18 y lo vendió para sufragar esa inversión en su naciente carrera musical. Con el disco casi agotado en las tiendas, a la semana tenía detrás a varios sellos discográficos pidiéndole que firmara con ellos. Había sido una estrategia de marketing desde el principio.

—A los quince días firmé con Discos Rodven para sacar otro supersencillo, que se llamó “Para ti”, una balada muy bonita que había escrito.

Pero no pasó nada con ese segundo disco porque nadie lo compró, y Tulio ya no tenía plata para agotar las copias que se apilaban en las discotiendas.

***

A los trece años fue víctima de un segundo periodo de matoneo. Vivía en Bogotá y era famoso. Su actuación en Pequeños gigantes le granjeaba la inquina de sus compañeros del Liceo Cervantes, que cuando salían al recreo le gritaban “mariquita, mariquita”.

—Te voy a contar el peor de todos los bullyings que viví. Era la época de las pandillas de niños. El colegio organizó un festival de porristas y a mí se me ocurrió la gran idea de cantar una balada que había escrito sobre una pista que encontré en un disco de 33 revoluciones de mi papá. Yo estaba vestido de blanco de la cabeza a los pies. Iba a darles la bienvenida a las porristas. Salí a cantar y a las dos frases me empezaron a chiflar. Seguí cantando y me lanzaron una moneda. La levanté como agradeciendo, queriendo decir que me importaba un carajo. Enseguida recibí otras monedas, y luego una lluvia de monedazos.

En la mitad de la canción, un cura subió al escenario a sacarlo. Y cuando terminó el festival la pandilla de “los Chiquitiendos” lo empotró contra una pared. Ese momento nunca se le va a olvidar, dice. Eran como quince. Le tocaban la cara, le jalaban la ropa.

—A la quinta cachetada dejaron de pegarme, porque no les respondí.

No se frustró por eso. Al contrario, poco después montó un grupo musical. El bullying lo hizo valorar la soledad. Nunca tuvo buenos amigos en ese colegio. Ni en Unicentro ni en la Alhambra, los barrios bogotanos donde vivió hasta que se independizó a los diecisiete años.

—Yo prefería estar en la biblioteca, leyendo sobre religiones y espiritualidad. O ensayando.

***

Desde niño escribió canciones. Baladas, sobre todo. Con una ganó un concurso intercolegiado de música. A los once o doce años comenzó a encerrarse en el baño a gesticular como si estuviera cantando. Un cepillo le servía de micrófono. Se amarraba una toalla en la cabeza y la dejaba caer por detrás de las orejas, simulando la melena que su papá no le dejaba tener, y cantaba frente al espejo baladas de Raphael, José Luis Perales y Franco de Vita.

—Era un tarro, no cogía una nota —dice su papá, elegantemente vestido con saco, corbata y un abrigo de paño que lo protege del frío bogotano que se cuela a media tarde en su oficina.   

Tulio hijo, que escuchaba a Tulio padre cantar vallenatos, rancheras y boleros, quiso aprender a tocar guitarra. El maestro —impaciente, algo autoritario— fue el papá.

—Una vez fue tal mi desesperación porque no cogía ninguna nota, que casi le pongo la guitarra en la cabeza. Y no le enseñé más.

***

Un mediodía de noviembre de 2017, ojeando álbumes con recortes de prensa de sus tiempos de astro pop, Tulio comentó:

—Mientras todos los jovencitos estaban jugando, yo ya tenía carro. Fue una locura. Comencé a vivir en un mundo de grandes desde que estaba muy peladito. Viví una vida muy desordenada. Llegaba jincho a todos los trabajos. Pero nunca me enganché a ninguna droga. Probé la marihuana, claro, pero no me gustó. Le di un chupón una vez, escalando en Suesca.

El grueso de esos álbumes de recuerdos lo conforman entrevistas, portadas y chismes de farándula en revistas y periódicos. Las fotos lo muestran con camisas abiertas, esqueletos, chaquetas de cuero; en botas tejanas o Reebok con la lengüeta afuera; sonriendo, carcajeándose, o “con cara de antipático”, como él mismo dice; abrazado a la que fue su esposa por menos de un año, posando con estrellas locales y extranjeras, confesando su inclinación a la oscuridad, o declarando, circunspecto, en una portada de Tv y Novelas: “Tengo que hacer las cosas rápido porque yo me voy a morir a los 32 años… yo eso lo tengo clarísimo”.

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En una foto de 1983 sale con sus compañeros de Pequeños gigantes, cuyo elenco lo formaban veinticinco niños. A Tony Navia, la directora del programa, le pareció, desde que lo vio, un niño de un temperamento especial.

—Era muy seguro. Él quería cantar, pero yo le decía: “Tulito, tú tienes un don muy especial, que es tu voz, pero no para cantar, sino como un magnífico maestro de ceremonias, o podrías hacer radio”. Manejaba el público como le daba la gana. En un estadio yo lo vi y casi no creía el poder de convocatoria que mostraba.

De haberle hecho caso a Tony Navia, Tulio Zuloaga se hubiera evitado otro período de matoneo cuando salió al mercado Sudores, su primer LP, o cuando empezó a cantar vallenato con un aire entre galán y pirata, mitad Carlos Vives mitad Bon Jovi. Pero también se hubiera perdido la oportunidad de saborear tanto la fama como el fracaso, y el aprendizaje que viene con el fracaso. No hubiera sido el hazmerreír de muchos, pero tampoco habría visitado tantos países cantando líricas propias y ajenas. Su video de “La cachucha bacana” no hubiera estado en MTV, no hubiera recibido palmaditas en el hombro de Diomedes Díaz y Celia Cruz, ni se hubiera ganado un premio de la Asociación de Cronistas del Espectáculo en Nueva York.

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Con Sudores, los tomates le cayeron como un aguacero. La andanada incluyó mofas tan ácidas como las de Martín de Francisco y Santiago Moure en La Tele y El siguiente programa. Con ese disco el paso de Tulio por la música adquiría, según los comentaristas más virulentos, ribetes de patetismo, melodrama y farsa. El tercer matoneo del que era víctima en su vida detonó tan pronto salió al mercado “ese famoso disco por el que me dieron tanto palo y hoy me siguen criticando”.

Ricardo Montaner fue el padrino de Sudores y el productor, un hombre de negocios que dijo: “Quiero revolucionar este país”, para lo cual convenció a Tulio de grabar la balada erótica de Félix Madrigal que le dio nombre al disco, y de salir en la carátula con una mujer pegada a su torso desnudo y empapado en sudor.

—¿Le afectaron mucho las críticas?

—No, porque para mí lo más importante siempre ha sido no desfallecer. Jamás me he detenido ni llorado sobre la leche derramada. Para mí fracasar en algo significa empezar con una cosa completamente nueva.

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***

Tulio llegó a vivir a Medellín en la cúspide de su estrellato. Había trabajado en una docena de programas de televisión y su cara había estado en las portadas de todas las revistas que hablaban del mundo del espectáculo. Escogió Medellín para vivir porque no lo abordaban en la calle, y los medios locales no le disparaban rayos ni centellas. Se sentía uno más y eso empezó a gustarle.

—Desde que llegué aquí me sentí muy antioqueño. Mi abuelo, a quien no conocí, era de acá, y yo desarrollé un amor profundo por los paisas, por su forma de ser. Para mí esta es mi patria —dice Tulio sentado de espaldas al barbecue de su casa en Medellín, construida sobre un promontorio desde donde se divisa todo el Valle de Aburrá. Cuando compró el terreno, la hojarasca esparcida desde la verja hasta el último lindero les daba a los jardines y a la casa un aspecto abandonado. En pocos meses convirtió una construcción vieja y desaliñada en un flamante y moderno rectángulo blanco de 400 metros cuadrados.

Los tres años siguientes a su llegada a Medellín fueron agridulces. En ese lapso tuvo un hijo, pero también un progresivo desencanto con la música que desembocó en su descalabro financiero del 98.

Según Hernán Uzquiano, “los últimos discos que grabó Tulio fueron más tropicales, perdieron la esencia de Folklor urbano y no funcionaron en ventas”. Pero la responsabilidad, reconoce, fue de la disquera, por no haber escogido el repertorio adecuado para él.

—Si hubiéramos seguido con la esencia del primer disco, quizás Tulio no habría vivido ese fracaso con la música —remata Uzquiano.

Fue con la mecánica y la venta de carros que logró salir a flote. Los carros le gustaron desde niño, quizá desde que acompañaba a su papá a visitar fábricas de baterías y almacenes de repuestos para vehículos.

Con dinero prestado se matriculó en Ingeniería Automotriz. En Barrio Triste, un sector deprimido de Medellín atiborrado de talleres de mecánica, hizo las prácticas, y con otro préstamo montó un taller pequeño en San Diego, otro sector de talleres y tiendas de autopartes. Allí la revista Cromos le tomó una foto cambiándole el aceite a un carro, con toda la pinta de mecánico. Todavía tenía el pelo largo, como en las épocas de cantante.
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—La gente no creía. A muchos les parecía extraño: ¿cómo así que este tipo se ganó hace poco un premio en Nueva York y ahora está de mecánico? Creían que yo tenía un doble.

Se hizo experto en Fiat. Llegó a conocer tan bien la marca que convenció a sus representantes en Colombia de que le prestaran un carro para exhibirlo en un rincón que el centro comercial El Tesoro le cedió debajo de unas escaleras eléctricas. En pocas semanas vendió 54 carros. Montó entonces el primer concesionario de la Fiat en Medellín y abrió otro taller más grande. Transcurridos diez años de prosperidad tuvo que cerrar ambos, empujado por la competencia desleal que le puso una gran marca. A diferencia del anterior viraje profesional, esta vez su patrimonio estaba a salvo.   

Cuando había jurado no regresar a la escena pública, el canal antioqueño Cosmovisión consiguió llevarlo de vuelta al firmamento televisivo, luego de una conversación desprevenida en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia. Tulio Zuloaga retornaba a las cámaras con la presentación del magazín gastronómico La buena vida, un espacio que le permitió volver a su elemento esencial, a sentirse en su salsa. Un Tulio maduro, más aplacado y curado de vanidad volvió a asomar su carisma a los televisores de miles de personas. La rueda del destino daba un nuevo giro en su vida.

***

María, una amiga de su mamá con fama de bruja, más por la cara y la pinta que por lo asertiva, profirió una vez, en el comedor de los Zuloaga, un vaticinio que cuarenta años más tarde se ha hecho una verdad redonda: —Para lo único que servirá este niño será para comer.

El poeta de la gastronomía” —sobrenombre que él mismo se puso— recorre ciudades a la caza de restaurantes o comederos callejeros para recomendarles a las miles de bocas que confían en su criterio. Si no recomienda un lugar es porque no le gustó la comida. Tiene acumuladas más de 700 invitaciones a restaurantes en todo el país.

—Semanalmente visito ocho o diez restaurantes, y escribo únicamente sobre dos o tres.

Pasar un día con él es asistir al vértigo de su agenda. Entre llamadas y mensajes de Whatsapp que van y vienen, transmisiones en vivo de sus recetas y sugerencias culinarias a través de Facebook Live, entrevistas para radio, televisión o prensa escrita, visitas a restaurantes y quioscos de la calle, reuniones con su equipo de trabajo, actualizaciones de su app, puede transcurrir una jornada usual de Tulio Zuloaga. En Medellín juega de local. Lo reconocen en la calle, lo saludan con afecto amigos y transeúntes, le sonríen lindas chicas y hay hombres que le extienden la mano con el dedo pulgar arriba.    

Todo el tiempo está cavilando ideas, concretando proyectos, imaginando nuevas líneas de negocio para su empresa digital. El olfato de Tulio para los negocios podría rastrearse en su rama materna: la primera peluquería a todo dar en Barranquilla la montó su tío Pepe, y el primer almacén grande de video juegos en la ciudad lo puso el tío Mingo.

Tulio tiene una chispa de comerciante turco increíble —me dijo en una sala de redacción desocupada del diario El Mundo, de Medellín, su amiga Carmen Vásquez, editora y comentarista de gastronomía.   

Zuloaga no se jacta de tener un paladar exquisito. Es más, en Facebook ha reiterado varias veces que él no es un crítico, sino “un contador de experiencias culinarias”. No les cobra nada a los restaurantes que reseña, y si uno le pregunta por las ganancias de su app Tulio Recomienda, se limita a decir que es un buen negocio. Ante la insistencia, le abre un grifo al hermetismo para asegurar que por vía de patrocinios recibe en promedio diez o doce millones de pesos de marcas grandes que encuentran en él un vehículo confiable para mercadear sus productos. En un buen mes puede trabajar con tres clientes, pero no le gusta firmar contratos a largo plazo.

Cuenta con una estructura corporativa liviana: catorce personas que trabajan desde la casa “con buenos sueldos”, aclara. Así reduce los costos de funcionamiento y mejora el margen de utilidad. Su mediano y eficiente equipo de trabajo se distribuye en las áreas comercial, de diseño, de edición de video y fotografía, de mercadeo, de programación y actualización de la app, de logística y de relaciones públicas. Su esposa lleva la contabilidad del negocio. Al menos una vez a la semana se reúne con sus colaboradores en una oficina minimalista adecuada en el primer piso de su casa. Según Daniel García, director comercial de Tulio Recomienda, sus patrocinadores son, entre otros, una marca de azafrán, una de arroz y una de ollas, e insiste en dejar claro que por principio ético y política de la empresa Tulio no recibe un solo peso de los restaurantes que recomienda. El único aporte que recibe al mes la empresa por parte de los restaurantes es una módica cuota de $160.0000 por anunciarse en la app, que tiene dos componentes: un directorio de restaurantes y una interfaz con notas de los descubrimientos gastronómicos que cada semana hace Tulio. Aunque ya más de 400.000 usuarios han descargado la aplicación en sus dispositivos, y cada día la consultan alrededor de 5000 personas, reconoce que “por el momento el negocio no está en la app”, sino en los patrocinios.
Aplicacion TULIO

El año pasado, 2017, fue un buen año para Tulio Zuloaga. Se inventó tres eventos gastronómicos con los que demostró su capacidad de convocatoria: Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree. Y del caudal de propuestas que dice tener en remojo, recibió una de un banco que quiere sacar la tarjeta de crédito Tulio Recomienda, para comprar, acumular puntos o recibir descuentos en restaurantes y tiendas de alimentos.

Para los colombianos que le habían perdido la pista a Tulio Zuloaga, Burger Master fue el reencauche con el que volvieron a tener noticias suyas. La primera edición de este evento, que espera seguir produciendo cada año con el mismo éxito, rebasó sus cálculos y lo catapultó al Olimpo local de los emprendedores digitales y los influenciadores del sector de la comida.

—Yo había conocido las competencias de hamburguesas que se hacen en Brasil, Panamá y Nueva York, y se me ocurrió organizar algo similar acá. Llamé a un grupo de hamburgueseros de Medellín y les propuse la idea.

El “chispazo” de Tulio cristalizó en el compromiso de un gremio y el plan se echó a andar. Los restaurantes ofrecerían su mejor hamburguesa a un precio especial, y los comensales votarían por la mejor a través de las redes de Tulio Recomienda. Al mediodía del lunes 5 de junio arrancó en Medellín el primer Burger Master, un concurso que, según anunciaba Tulio Recomienda y los muchos medios que hicieron eco del suceso, premiaba la mejor hamburguesa de la ciudad. Tulio y su equipo creyeron que se venderían 5000 hamburguesas entre los treinta restaurantes que participaron. Pero durante los once días que duró el evento se vendieron más de 198.000.

Tres meses después, la fortuna volvió a sonreírle a Zuloaga en Bogotá. Con la versión capitalina del Burger Master se apuntó un jonrón: 277.000 hamburguesas vendidas en seis días. Felipe Giraldo, uno de los dueños de Bícono, el restaurante bogotano de la hamburguesa ganadora, le dijo a Bacánika, que calculaban vender 400 hamburguesas el primer día, pero esa cantidad se esfumó en tan solo dos horas. En total, Bícono vendió 7500 hamburguesas, una suma impensable para una semana normal en el restaurante. “Fue una locura”, dijo Giraldo.    

—Yo tenía una buena intención, pero no me imaginé lo que iba a pasar. Podría inventarme la mentira de que lo planeé así, pero no.

Las ganancias no fueron a dar al bolsillo de Tulio, advierten él y el director comercial de su empresa, sino a la caja de cada restaurante. Su papel en este tipo de eventos es el de articulador  y multiplicador del mensaje, y sus ingresos los percibe por conducto de los patrocinadores.

¿Qué otra comida “democrática” despierta tanta fascinación y tanto apetito en las papilas gustativas de grandes y chicos como la hamburguesa? La respuesta le llegó a Tulio en forma de masa circular, delgada y crujiente, y sin dudarlo puso en marcha Pizza Master, el segundo gran evento creado por Tulio Recomienda. En Medellín se sirvieron 98.000 pizzas, y en Bogotá más de 100.000.
Tulio Zuloaga-43

Casi un año antes, en enero de 2017, preocupado porque la mayoría de restaurantes que recomendaba eran costosos, Tulio había empezado a incubar la idea de producir un festival con comida a bajo precio. “Quiero ayudar a la gente”, pensó. “Qué tal si llevamos a los mejores cocineros callejeros a un solo lugar para que nuestros seguidores los conozcan”, les planteó a sus colaboradores. Y empezó preguntar, a través de las redes sociales, cuáles son las comidas callejeras preferidas por la gente en Medellín. El primer fin de semana de diciembre de 2017 hizo realidad el proyecto.
A pesar de la lluvia intensa que no dejó de caer sobre la capital antioqueña, 10.000 personas asistieron a Callejeros con pedigree en el Parque Gabriel García Márquez. Los precios asequibles de las comidas, la expectativa que Tulio generó en sus redes y el voz a voz que se regó como pólvora atrajeron a gente de diferentes partes de la ciudad. A lo largo de un corredor al aire libre y bajo toldos coloridos, saltimbanquis, músicos y treinta chefs ambulantes seleccionados por Tulio y sus seguidores le dieron forma a un festival inédito en Medellín.

—Esto fue una suerte de graduación para mí. Esto vuelve a cambiar mi historia. Este puede ser el inicio de un festival gastronómico internacional tan grande como Mixtura, el más grande de Latinoamérica y el responsable, en gran medida, del boom gastronómico de Perú. Eso es lo que estoy visualizando: un festival enorme de comida popular.

Con esos tres proyectos Tulio Zuloaga ha conseguido lo que muchos blogueros no han podido lograr: convertir al espectador pasivo en participante, o “prosumer”, como llama el gurú de la comunicación Henry Jenkins al consumidor que no se limita a recibir un mensaje, sino que actúa luego de recibirlo. Entre Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree se generaron ventas por más de 12.500 millones de pesos.

***

Hace nueve años Tulio Zuloaga vive con su familia en una casa-finca como de revista en la Loma del Chocho, un tramo alto a las afueras de Envigado, más parecido hoy a un barrio anexado a Medellín que a ese “pueblo de cantinas, de borrachos, de serenatas” que describe Fernando Vallejo en su novela Los días azules. En el perímetro próximo a su casa, la norma urbanística no permite levantar edificios. Justo al frente del portón que abre y cierra Tulio a control remoto desde su camioneta, quedaba una hacienda inmensa que el Estado le expropió a Pablo Escobar.

Es un típico día soleado. El césped y las plantas de los jardines parecen recién podados. Al final de una rampa curvilínea hay un trampolín para niños. Más arriba, un espejo de agua corre a los pies de la casa.    

—Yo era muy bravo y antipático. Era muy explosivo. Ahora pienso antes de hablar, generalmente, aunque todavía meto la pata muchas veces. Puede que me haya ayudado la meditación, pero sobre todo haber leído tanta filosofía india.

Lo dice Tulio en su garaje, donde guarda un impecable Fiat clásico que compró en sus mejores días de comerciante de carros.     

Tulio Zuloaga pasa sus días hablando de comida a través de una camarita de video que él mismo opera, cultivando su influencia en el mundo digital, del que cada día le resulta más difícil abstraerse. “Desconéctate. Nunca dejas de trabajar”, le ha reprochado más de una vez su esposa. Hay días en los que atraviesa Medellín en una bicicleta eléctrica buscando tesoros culinarios. Otros en los que viaja fuera de Colombia a comer hamburguesas exóticas, ceviches o cuanta delicia lo inviten a degustar. Otros en los que dicta conferencias sobre cómo hacer dinero en las redes sociales. En esas charlas les recomienda a sus colegas blogueros no pensar tanto en el número de seguidores como en la credibilidad que generan entre su comunidad.

En las charlas que ofrece siempre menciona su Manual del eterno emprendedor, un texto que aún no ha llevado a imprenta y en el que, no obstante ciertas perogrulladas y no pocos arrebatos de sentimentalismo propio de los libros de autoayuda, ha consignado en un lenguaje coloquial honestas reflexiones como esta: “Si no has aprendido esto estarás frito: el fracaso construye mil veces más que el éxito. Cada caída, bien entendida, será alimento para tus ideas, callo para tus heridas e inspiración para tu vida”.

***


Muchos de quienes vivieron en la década del noventa recuerdan a Tulio Zuloaga con una mezcla de burla y simpatía. Ya no es el muchachito con ínfulas de divo que pataleaba si no eran blancas las toallas que había pedido. Muy atrás quedaron los años de su participación efímera en el primer boom del tropipop colombiano. Si en los noventa le hacían bullying por querer montarle competencia a Carlos Vives, últimamente le han caído piedras por “comer de gorra” o hablar únicamente de los restaurantes que le gustan, y lo han llamado “el Arjona de los foodies”, mientras que sus redes se llenan de likes y comentarios amables de usuarios que lo quieren.

Tulio Zuloaga se ha curtido en el fracaso. Y ha paladeado —está paladeando— el éxito. Su nombre es una marca capaz de renovarse de tanto en tanto. Siempre se las ha arreglado para capotear los temporales. Su reacción ante los escollos ilustra la parábola del colombiano echado para delante. Con cada revés, ha sido consciente de que algo necesitaba aprender.

—Hay que aprender a fracasar con tranquilidad, porque se aprende más del fracaso que de los éxitos. Me he caído no una sino muchas veces. Por eso prefiero ser consciente de que debo estar siempre listo, en pie de lucha para arrancar de nuevo si es necesario.

Fotografía: Natalia Zuluaga / Ilustración: Versión Vadi

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Actor, estrella de la radio juvenil, cantante con buenas ventas internacionales, mecánico, foodie, conferencista. Esta es la historia de Tulio Zuloaga, un hombre que ha caído muchas veces y se ha levantado otras tantas.
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—Tulio pidió un racimo de uvas, cuatro manzanas, media botella de vodka y un par de toallas blancas antes de subirse a la tarima. Esa tarde iba a animar una miniteca en el barrio Venecia, en el sur de Bogotá, pero cuando vio que las toallas que le llevaron no eran blancas sino cafés, dio media vuelta y se fue.

La escena la recuerda su buen amigo Chucho Benavides, alguna vez estrella de la radio juvenil, que en ciertas ocasiones ejercía como una especie de manager de “Tu-Tu-Tu-Tulio”, apelativo con el que Tulio Zuloaga se había hecho conocer por los oyentes de la Superestación 88.9.

—Se me olvidó que tenían que ser blancas las hijueputas toallas, y el güevón ese canceló la presentación porque eran cafés —cuenta Chucho en uno de los cuatro restaurantes que tiene en Bogotá.

El Tulio Zuloaga de 1990 era un niño mimado por los medios. Rondaba los veinte años. Lo acompañaba un aura de ganador y lo precedía su reputación de precoz actor y disc jockey. El mundo estaba en sus manos. Desde antes de salirle barba le pedían autógrafos en la calle. Hubo una época en que sus padres preferían pedir comida a domicilio que ir a un restaurante a sufrir el asedio de hordas de niños y madres que reconocían a Tulito por su papel de Sergio en Pequeños gigantes, la popular serie televisiva infantil que se emitía de lunes a viernes a las cinco de la tarde.

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—Yo me creía un chacho —dice Tulio Zuloaga frente al timón de su camioneta—. Un peladito viviendo ese mundo de fama desde los doce años se cree el cuento. Tenía toda la actitud de sobrado —continúa, mientras consulta en Waze la ruta más expedita hasta la Central Mayorista, la principal plaza de mercado en Medellín.

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En tres horas ha visitado varios puestos de comida callejera junto a un equipo de Televisión Española que lo invitó a presentar un capítulo de una serie sobre gastronomía. En El Hueco, una zona céntrica en la que hierve toda clase de comercio, comió plátano con queso y probó un batido afrodisiaco.

Y ahora, en un puesto a la intemperie de la Central Mayorista, bajo un toldo que a duras penas lo protege de la lluvia, saborea suculentos bocados de mondongo, lengua, fríjoles y chicharrón, al tiempo que respira hondo, en un intento por transmitir el apetito que le provocan los aromas de esta fonda ambulante.

—Estoy una vez más absolutamente maravillado con la comida de La Churris —dice mirando a la cámara, con la tapa de un perol en la mano.

El de La Churris es uno de los tantos puestos callejeros de comida que Tulio Zuloaga ha popularizado a través de “Tulio Recomienda”, su exitoso canal en YouTube. Gracias a la publicidad gratuita que les ha hecho a estos manjares, cuyos precios no superan los 5000 pesos, en el último año han venido decenas de turistas y seguidores de “Tulio Recomienda” a este tenderete que lleva veinte años sirviéndoles comida a coteros y marchantas de la Plaza Mayorista.

Por eso, al despedirse, La Churris abraza a Tulio y llorando le entrega una botella de Buchanan’s y una camisa envueltas en papel regalo. Salta a la vista la gratitud que le guarda.

—No, no, Churris, para qué te pusiste en esas —le dice Tulio, sonrojado, visiblemente incómodo.

De regreso a la camioneta, Camila, su mano derecha, recuerda que Tulio alguna vez fue vegetariano. Y él sigue con el cuento:

—Antes de dedicarme a esto fui vegetariano durante trece años. Iba donde el médico y siempre me decía: “Tu salud es una verraquera, me voy a volver vegetariano”.

Con “esto” se refiere al competido mundo de la gastronomía, al que arribó hace casi una década, persuadido por el dueño de un canal regional que en una charla informal en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia le dijo: “Ve, Tulio, vos con toda esa experiencia en los medios por qué no volvés a la televisión”. Y le propuso crear un magazín de gastronomía a su medida. La idea de presentar un programa dedicado a una de sus pasiones le dio vueltas en la cabeza por unos días. Cuando aceptó la propuesta de volver al ruedo de las luces y las cámaras, el productor del magazín le sugirió fingir que comía carne, a lo que Tulio respondió: “No, no, cómo voy a fingir el gusto; cómo voy a hablar de restaurantes fingiendo que como carne”. Entonces volvió a consumir proteína animal. No hubo golpes de pecho, ni una transición traumática: simplemente un día se llevó a la boca una ración de carne que estaba servida en el set de grabación y lo siguió haciendo, delante y detrás de las cámaras.   

—Gracias a Dios nunca pontifiqué con el vegetarianismo ni ataqué a los que comen carne, porque si no me la hubieran montado. Aunque no sería la primera vez que me harían matoneo…

Este hombre con cara de niño bonito y peinado formal, de baja estatura y cintura rolliza, de labia y sonrisa fácil, ha tenido, como el camaleón, la energía suficiente para cambiar de piel cuando el viento se ha empeñado en soplar en contra. Fanático de los carros desde niño, coleccionista de cómics, aficionado al rock y a la música evangélica, seguidor de los sutras de Buda, lector de fábulas indias y escritor de canciones, poemas y cartas de amor, Tulio Ernesto Zuloaga Pérez ha reinventado varias veces su destino: de actor, animador y locutor carismático pasó a cantante de baladas románticas y vallenatos pop, luego a mecánico y vendedor de carros, más tarde a catador de vinos y, hoy, a punto de cumplir 48 años, a influenciador de prestigio entre las casi 500.000 personas que lo siguen en sus redes sociales y ayudan a difundir la invitación a sus eventos gastronómicos, a cuál más concurrido: Burger Master, Pizza Master o Callejeros con pedigree.       

***

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Charles Dickens escribió que cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender. En 1998, año de una debacle sin precedentes en la economía nacional, Tulio Zuloaga estaba luchando contra el fracaso. Su casa disquera le había dado la espalda, sus discos no se vendían tan bien como esperaba, la oportunidad de firmar un contrato con un afamado productor musical se había ido al traste, su estilo —para algunos cursi y chabacano— provocaba las rechiflas de los agitadores de la radio y la televisión. Su bancarrota era ya un hecho.

Perder los ahorros, el carro y el apartamento significaba, más que una quiebra económica, un derrumbe moral, el primer gran revés de su vida.

—Ese ha sido mi momento más doloroso. Creo que fue la última vez que lloré por algo material. Me tocó empezar de cero.

Aunque no aguantó hambre porque sus padres y sus suegros le tendieron la mano, tardó dos años en levantarse de esas cenizas. Se empezó a ganar precariamente la vida con la mecánica automotriz.

Alejandra, su esposa, la linda paisa que le presentó una amiga en un café del Parque Lleras, la madre de tres de sus cuatro hijos, la mujer a la que sigue escribiéndole poemas y regalándole peluches después de más de veinte años de convivencia feliz, no lo desamparó ni un segundo.    

—Fue muy duro para él —dice ella—, que estaba tan alto en su momento musical. Caer así tan bajito económicamente… fue muy triste.

Dos años antes de esa crisis, Tulio había dicho en una entrevista: “Me he prometido no moverme del folclor urbano”, y había lanzado su tan sonada versión de “La cachucha bacana”, una adaptación moderna del paseo vallenato del viejo juglar Alejo Durán. Un tema suyo había formado parte de la banda sonora de Curdled, una comedia negra producida por Quentin Tarantino, que empezaba sus andares en Hollywood. Lo invitaban desde Jorge Barón a su Show de las Estrellas, hasta Don Francisco a Sábado Gigante. Había cantado con aforo completo en la plaza de toros de Bogotá y en el Madison Square Garden de Nueva York.

—Tulio andaba muy bien de plata. Cada semana cambiaba de carro. Pero si hubiera seguido como iba, no tendría un peso hoy. Dejó el vallenato y no volvió a cantar nunca. Nunca es nunca.

Esto lo dice su padre, que se llama igual y tiene en Google casi tantas entradas como el hijo. Este Tulio Zuloaga preside Asopartes, el gremio que representa a los vendedores de autopartes en Colombia.

***

Tulio Zuloaga ha sufrido en su vida varios episodios de bullying. El primero fue en Barranquilla, ciudad donde nació, de la que se fue antes de empezar a caminar y a la que volvió para terminar la primaria cuando a su padre lo trasladaron una vez más de la empresa en la que trabajaba. Saber que llegaba de Bogotá les bastó a sus compañeros para bautizarlo con el despectivo mote de “cachaco”. “Ahí va el cachaco”, “no dejen entrar al cachaco”, gritaban los pequeños diablos de ese colegio de jesuitas.

—Y yo siendo de Barranquilla, dizque cachaco. Me sacaban de las filas, me daban calvazos, matoneo puro. Entonces empecé a reprimirme mucho. Fue una vaina horrible. Pa’ montadores, los barranquilleros somos de los más duros.

Con un amiguito cuyo malestar no provenía del colegio sino de la casa, fraguó un plan de fuga. Quería dejar atrás Barranquilla y volverse cantante en Panamá, “que para mí era como Estados Unidos”, dice. Ahorró unos pesos, le escribió una carta a su familia explicando la decisión de irse, compró dos pasajes en un bus de flota Brasilia y se fue.

—Si te quieres ir de la casa, dímelo, pero no tienes necesidad de volarte así —fue el reproche de su padre cuando lo encontró en el terminal de buses de Sincelejo, adonde fue a recogerlo cuando la policía lo ubicó.

***

Tulio Zuloaga se la pasa corriendo de un lado para el otro. No para. Dice que vive cansado, que duerme poco, que se levanta muy temprano y a las once de la noche todavía está trabajando. Y ha sido así siempre, a juzgar por lo que le dijo a un redactor de El Tiempo en 1992: “De un tiempo para acá no duermo bien. He tenido que correr de un lado para otro y ni siquiera la noche me alcanza para cumplir con el cúmulo de trabajo”.

Por aquellos días interpretaba a un disc jockey en la mini serie FM Stereo, animaba minitecas y era una de las joyas de la corona de Fernando Pava, el creador de ese laboratorio radial que fue la Superestación 88.9, una emisora de la cadena Súper que en 1982 dejó de programar música tropical (Los Hispanos, Los Graduados, Pastor López…) para volcarse a la música disco, al pop y al rock.

La Superestación escaló pronto al primer lugar de sintonía. Hasta que, a mediados de los ochenta, se asomó al dial una competidora feroz: Stereo 1-95.

Un día Fernando Pava le dijo a Chucho Benavides, cuya primera función en la emisora había sido contestar llamadas de los oyentes: —Nos estamos yendo de culo en la sintonía, porque esa gente tiene más música que nosotros.

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—Consigámonos un disc jockey bonito para sacarlo a la calle en La Móvil —propuso Chucho, entre otras tácticas de salvación.

Hicieron un casting y Tulio Zuloaga —16 años, apuesto, arrollador, hábil contador de chistes y de cuentos, con experiencia frente a cámaras y micrófonos— quedó fichado en la nómina de la emisora. Había llevado al casting un demo casero de su autoría, pero Fernando Pava no le prestó mayor atención.

Disco Nice, un programa para prender motores antes de la rumba, inauguró la historia de Tulio Zuloaga en la radio. Se emitía los viernes y sábados, comenzaba a las ocho y terminaba a la medianoche, hora en la que Tulio salía a rumbear. A la casa llegaba al amanecer. Como grababa cuñas de Keops, la discoteca de moda de Bogotá, sus dueños le pagaban con trago.

—En esa época todos manejábamos borrachos. Mi mamá me dejaba manejar así porque decía, como todas las mamás, que uno tenía mejores reflejos borracho, que dizque manejaba mejor. No usábamos cinturón de seguridad. Como tantos de mi generación, soy un sobreviviente.    

La Superestación entró recargada a la década del noventa. La casa radial de Tulio volvía a ser un fenómeno de masas. El público les daba trato de rockstars a sus locutores, cuyas caras aparecían hasta en las monitas de un álbum de Panini. Fernando Pava tuvo que ponerle rejas al edificio desde donde transmitían para contener a los jovencitos que llegaban en tropel a conocer a sus ídolos en persona, a llamarlos a gritos, a pedir canciones o boletas para las minitecas o las disco parties que organizaban.

—Yo tenía un guardaespaldas al que le decíamos Pulgarcito. Era un man gigante y yo un peladito —cuenta Tulio.   

En la cabina, Tu-Tu-Tu-Tulio amenizaba sus locuciones al aire con tragos de brandy Domecq y caladas de Pielroja, dos gustos que había adquirido desde los catorce años. Combinaba la conducción de Disco Nice con la reportería para el Zoológico de la Mañana, el espacio estelar de la emisora. Con base en informes que recogía por teléfono, reportaba el estado de las vías como si estuviera sobrevolando la ciudad. Con efectos de sonido, el jefe de consola creaba el ambiente de un helicóptero en vuelo. En la calle, provisto de medias de aguardiente o ron que administraba Chucho Benavides, Tulio transmitía con un receptor inalámbrico desde La Móvil, una camioneta como la de Los Magníficos, que al cabo de un tiempo desaparecería en un retén de la guerrilla.

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—Detrás de La Móvil iba muchas veces un camión de Néctar o de Ron Tres Esquinas, nuestros patrocinadores. Éramos totalmente irresponsables —dice Chucho.      

Una vez ganado el respeto de Pava, el gran jefe, Tulio prensó un disco con la canción del demo casero que había llevado al casting. Montada sobre una pista de techno de la banda Aleph, la canción alcanzó a ser, de una manera inusitada, un pequeño éxito. De ese, su primer sencillo, se imprimieron mil copias. Salió el disco a la venta y Tulio se fue, almacén por almacén, a comprarlo en secreto absoluto. Tenía un Renault 18 y lo vendió para sufragar esa inversión en su naciente carrera musical. Con el disco casi agotado en las tiendas, a la semana tenía detrás a varios sellos discográficos pidiéndole que firmara con ellos. Había sido una estrategia de marketing desde el principio.

—A los quince días firmé con Discos Rodven para sacar otro supersencillo, que se llamó “Para ti”, una balada muy bonita que había escrito.

Pero no pasó nada con ese segundo disco porque nadie lo compró, y Tulio ya no tenía plata para agotar las copias que se apilaban en las discotiendas.

***

A los trece años fue víctima de un segundo periodo de matoneo. Vivía en Bogotá y era famoso. Su actuación en Pequeños gigantes le granjeaba la inquina de sus compañeros del Liceo Cervantes, que cuando salían al recreo le gritaban “mariquita, mariquita”.

—Te voy a contar el peor de todos los bullyings que viví. Era la época de las pandillas de niños. El colegio organizó un festival de porristas y a mí se me ocurrió la gran idea de cantar una balada que había escrito sobre una pista que encontré en un disco de 33 revoluciones de mi papá. Yo estaba vestido de blanco de la cabeza a los pies. Iba a darles la bienvenida a las porristas. Salí a cantar y a las dos frases me empezaron a chiflar. Seguí cantando y me lanzaron una moneda. La levanté como agradeciendo, queriendo decir que me importaba un carajo. Enseguida recibí otras monedas, y luego una lluvia de monedazos.

En la mitad de la canción, un cura subió al escenario a sacarlo. Y cuando terminó el festival la pandilla de “los Chiquitiendos” lo empotró contra una pared. Ese momento nunca se le va a olvidar, dice. Eran como quince. Le tocaban la cara, le jalaban la ropa.

—A la quinta cachetada dejaron de pegarme, porque no les respondí.

No se frustró por eso. Al contrario, poco después montó un grupo musical. El bullying lo hizo valorar la soledad. Nunca tuvo buenos amigos en ese colegio. Ni en Unicentro ni en la Alhambra, los barrios bogotanos donde vivió hasta que se independizó a los diecisiete años.

—Yo prefería estar en la biblioteca, leyendo sobre religiones y espiritualidad. O ensayando.

***

Desde niño escribió canciones. Baladas, sobre todo. Con una ganó un concurso intercolegiado de música. A los once o doce años comenzó a encerrarse en el baño a gesticular como si estuviera cantando. Un cepillo le servía de micrófono. Se amarraba una toalla en la cabeza y la dejaba caer por detrás de las orejas, simulando la melena que su papá no le dejaba tener, y cantaba frente al espejo baladas de Raphael, José Luis Perales y Franco de Vita.

—Era un tarro, no cogía una nota —dice su papá, elegantemente vestido con saco, corbata y un abrigo de paño que lo protege del frío bogotano que se cuela a media tarde en su oficina.   

Tulio hijo, que escuchaba a Tulio padre cantar vallenatos, rancheras y boleros, quiso aprender a tocar guitarra. El maestro —impaciente, algo autoritario— fue el papá.

—Una vez fue tal mi desesperación porque no cogía ninguna nota, que casi le pongo la guitarra en la cabeza. Y no le enseñé más.

***

Un mediodía de noviembre de 2017, ojeando álbumes con recortes de prensa de sus tiempos de astro pop, Tulio comentó:

—Mientras todos los jovencitos estaban jugando, yo ya tenía carro. Fue una locura. Comencé a vivir en un mundo de grandes desde que estaba muy peladito. Viví una vida muy desordenada. Llegaba jincho a todos los trabajos. Pero nunca me enganché a ninguna droga. Probé la marihuana, claro, pero no me gustó. Le di un chupón una vez, escalando en Suesca.

El grueso de esos álbumes de recuerdos lo conforman entrevistas, portadas y chismes de farándula en revistas y periódicos. Las fotos lo muestran con camisas abiertas, esqueletos, chaquetas de cuero; en botas tejanas o Reebok con la lengüeta afuera; sonriendo, carcajeándose, o “con cara de antipático”, como él mismo dice; abrazado a la que fue su esposa por menos de un año, posando con estrellas locales y extranjeras, confesando su inclinación a la oscuridad, o declarando, circunspecto, en una portada de Tv y Novelas: “Tengo que hacer las cosas rápido porque yo me voy a morir a los 32 años… yo eso lo tengo clarísimo”.

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En una foto de 1983 sale con sus compañeros de Pequeños gigantes, cuyo elenco lo formaban veinticinco niños. A Tony Navia, la directora del programa, le pareció, desde que lo vio, un niño de un temperamento especial.

—Era muy seguro. Él quería cantar, pero yo le decía: “Tulito, tú tienes un don muy especial, que es tu voz, pero no para cantar, sino como un magnífico maestro de ceremonias, o podrías hacer radio”. Manejaba el público como le daba la gana. En un estadio yo lo vi y casi no creía el poder de convocatoria que mostraba.

De haberle hecho caso a Tony Navia, Tulio Zuloaga se hubiera evitado otro período de matoneo cuando salió al mercado Sudores, su primer LP, o cuando empezó a cantar vallenato con un aire entre galán y pirata, mitad Carlos Vives mitad Bon Jovi. Pero también se hubiera perdido la oportunidad de saborear tanto la fama como el fracaso, y el aprendizaje que viene con el fracaso. No hubiera sido el hazmerreír de muchos, pero tampoco habría visitado tantos países cantando líricas propias y ajenas. Su video de “La cachucha bacana” no hubiera estado en MTV, no hubiera recibido palmaditas en el hombro de Diomedes Díaz y Celia Cruz, ni se hubiera ganado un premio de la Asociación de Cronistas del Espectáculo en Nueva York.

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Con Sudores, los tomates le cayeron como un aguacero. La andanada incluyó mofas tan ácidas como las de Martín de Francisco y Santiago Moure en La Tele y El siguiente programa. Con ese disco el paso de Tulio por la música adquiría, según los comentaristas más virulentos, ribetes de patetismo, melodrama y farsa. El tercer matoneo del que era víctima en su vida detonó tan pronto salió al mercado “ese famoso disco por el que me dieron tanto palo y hoy me siguen criticando”.

Ricardo Montaner fue el padrino de Sudores y el productor, un hombre de negocios que dijo: “Quiero revolucionar este país”, para lo cual convenció a Tulio de grabar la balada erótica de Félix Madrigal que le dio nombre al disco, y de salir en la carátula con una mujer pegada a su torso desnudo y empapado en sudor.

—¿Le afectaron mucho las críticas?

—No, porque para mí lo más importante siempre ha sido no desfallecer. Jamás me he detenido ni llorado sobre la leche derramada. Para mí fracasar en algo significa empezar con una cosa completamente nueva.

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***

Tulio llegó a vivir a Medellín en la cúspide de su estrellato. Había trabajado en una docena de programas de televisión y su cara había estado en las portadas de todas las revistas que hablaban del mundo del espectáculo. Escogió Medellín para vivir porque no lo abordaban en la calle, y los medios locales no le disparaban rayos ni centellas. Se sentía uno más y eso empezó a gustarle.

—Desde que llegué aquí me sentí muy antioqueño. Mi abuelo, a quien no conocí, era de acá, y yo desarrollé un amor profundo por los paisas, por su forma de ser. Para mí esta es mi patria —dice Tulio sentado de espaldas al barbecue de su casa en Medellín, construida sobre un promontorio desde donde se divisa todo el Valle de Aburrá. Cuando compró el terreno, la hojarasca esparcida desde la verja hasta el último lindero les daba a los jardines y a la casa un aspecto abandonado. En pocos meses convirtió una construcción vieja y desaliñada en un flamante y moderno rectángulo blanco de 400 metros cuadrados.

Los tres años siguientes a su llegada a Medellín fueron agridulces. En ese lapso tuvo un hijo, pero también un progresivo desencanto con la música que desembocó en su descalabro financiero del 98.

Según Hernán Uzquiano, “los últimos discos que grabó Tulio fueron más tropicales, perdieron la esencia de Folklor urbano y no funcionaron en ventas”. Pero la responsabilidad, reconoce, fue de la disquera, por no haber escogido el repertorio adecuado para él.

—Si hubiéramos seguido con la esencia del primer disco, quizás Tulio no habría vivido ese fracaso con la música —remata Uzquiano.

Fue con la mecánica y la venta de carros que logró salir a flote. Los carros le gustaron desde niño, quizá desde que acompañaba a su papá a visitar fábricas de baterías y almacenes de repuestos para vehículos.

Con dinero prestado se matriculó en Ingeniería Automotriz. En Barrio Triste, un sector deprimido de Medellín atiborrado de talleres de mecánica, hizo las prácticas, y con otro préstamo montó un taller pequeño en San Diego, otro sector de talleres y tiendas de autopartes. Allí la revista Cromos le tomó una foto cambiándole el aceite a un carro, con toda la pinta de mecánico. Todavía tenía el pelo largo, como en las épocas de cantante.
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—La gente no creía. A muchos les parecía extraño: ¿cómo así que este tipo se ganó hace poco un premio en Nueva York y ahora está de mecánico? Creían que yo tenía un doble.

Se hizo experto en Fiat. Llegó a conocer tan bien la marca que convenció a sus representantes en Colombia de que le prestaran un carro para exhibirlo en un rincón que el centro comercial El Tesoro le cedió debajo de unas escaleras eléctricas. En pocas semanas vendió 54 carros. Montó entonces el primer concesionario de la Fiat en Medellín y abrió otro taller más grande. Transcurridos diez años de prosperidad tuvo que cerrar ambos, empujado por la competencia desleal que le puso una gran marca. A diferencia del anterior viraje profesional, esta vez su patrimonio estaba a salvo.   

Cuando había jurado no regresar a la escena pública, el canal antioqueño Cosmovisión consiguió llevarlo de vuelta al firmamento televisivo, luego de una conversación desprevenida en la piscina de un hotel en Santa Fe de Antioquia. Tulio Zuloaga retornaba a las cámaras con la presentación del magazín gastronómico La buena vida, un espacio que le permitió volver a su elemento esencial, a sentirse en su salsa. Un Tulio maduro, más aplacado y curado de vanidad volvió a asomar su carisma a los televisores de miles de personas. La rueda del destino daba un nuevo giro en su vida.

***

María, una amiga de su mamá con fama de bruja, más por la cara y la pinta que por lo asertiva, profirió una vez, en el comedor de los Zuloaga, un vaticinio que cuarenta años más tarde se ha hecho una verdad redonda: —Para lo único que servirá este niño será para comer.

El poeta de la gastronomía” —sobrenombre que él mismo se puso— recorre ciudades a la caza de restaurantes o comederos callejeros para recomendarles a las miles de bocas que confían en su criterio. Si no recomienda un lugar es porque no le gustó la comida. Tiene acumuladas más de 700 invitaciones a restaurantes en todo el país.

—Semanalmente visito ocho o diez restaurantes, y escribo únicamente sobre dos o tres.

Pasar un día con él es asistir al vértigo de su agenda. Entre llamadas y mensajes de Whatsapp que van y vienen, transmisiones en vivo de sus recetas y sugerencias culinarias a través de Facebook Live, entrevistas para radio, televisión o prensa escrita, visitas a restaurantes y quioscos de la calle, reuniones con su equipo de trabajo, actualizaciones de su app, puede transcurrir una jornada usual de Tulio Zuloaga. En Medellín juega de local. Lo reconocen en la calle, lo saludan con afecto amigos y transeúntes, le sonríen lindas chicas y hay hombres que le extienden la mano con el dedo pulgar arriba.    

Todo el tiempo está cavilando ideas, concretando proyectos, imaginando nuevas líneas de negocio para su empresa digital. El olfato de Tulio para los negocios podría rastrearse en su rama materna: la primera peluquería a todo dar en Barranquilla la montó su tío Pepe, y el primer almacén grande de video juegos en la ciudad lo puso el tío Mingo.

Tulio tiene una chispa de comerciante turco increíble —me dijo en una sala de redacción desocupada del diario El Mundo, de Medellín, su amiga Carmen Vásquez, editora y comentarista de gastronomía.   

Zuloaga no se jacta de tener un paladar exquisito. Es más, en Facebook ha reiterado varias veces que él no es un crítico, sino “un contador de experiencias culinarias”. No les cobra nada a los restaurantes que reseña, y si uno le pregunta por las ganancias de su app Tulio Recomienda, se limita a decir que es un buen negocio. Ante la insistencia, le abre un grifo al hermetismo para asegurar que por vía de patrocinios recibe en promedio diez o doce millones de pesos de marcas grandes que encuentran en él un vehículo confiable para mercadear sus productos. En un buen mes puede trabajar con tres clientes, pero no le gusta firmar contratos a largo plazo.

Cuenta con una estructura corporativa liviana: catorce personas que trabajan desde la casa “con buenos sueldos”, aclara. Así reduce los costos de funcionamiento y mejora el margen de utilidad. Su mediano y eficiente equipo de trabajo se distribuye en las áreas comercial, de diseño, de edición de video y fotografía, de mercadeo, de programación y actualización de la app, de logística y de relaciones públicas. Su esposa lleva la contabilidad del negocio. Al menos una vez a la semana se reúne con sus colaboradores en una oficina minimalista adecuada en el primer piso de su casa. Según Daniel García, director comercial de Tulio Recomienda, sus patrocinadores son, entre otros, una marca de azafrán, una de arroz y una de ollas, e insiste en dejar claro que por principio ético y política de la empresa Tulio no recibe un solo peso de los restaurantes que recomienda. El único aporte que recibe al mes la empresa por parte de los restaurantes es una módica cuota de $160.0000 por anunciarse en la app, que tiene dos componentes: un directorio de restaurantes y una interfaz con notas de los descubrimientos gastronómicos que cada semana hace Tulio. Aunque ya más de 400.000 usuarios han descargado la aplicación en sus dispositivos, y cada día la consultan alrededor de 5000 personas, reconoce que “por el momento el negocio no está en la app”, sino en los patrocinios.
Aplicacion TULIO

El año pasado, 2017, fue un buen año para Tulio Zuloaga. Se inventó tres eventos gastronómicos con los que demostró su capacidad de convocatoria: Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree. Y del caudal de propuestas que dice tener en remojo, recibió una de un banco que quiere sacar la tarjeta de crédito Tulio Recomienda, para comprar, acumular puntos o recibir descuentos en restaurantes y tiendas de alimentos.

Para los colombianos que le habían perdido la pista a Tulio Zuloaga, Burger Master fue el reencauche con el que volvieron a tener noticias suyas. La primera edición de este evento, que espera seguir produciendo cada año con el mismo éxito, rebasó sus cálculos y lo catapultó al Olimpo local de los emprendedores digitales y los influenciadores del sector de la comida.

—Yo había conocido las competencias de hamburguesas que se hacen en Brasil, Panamá y Nueva York, y se me ocurrió organizar algo similar acá. Llamé a un grupo de hamburgueseros de Medellín y les propuse la idea.

El “chispazo” de Tulio cristalizó en el compromiso de un gremio y el plan se echó a andar. Los restaurantes ofrecerían su mejor hamburguesa a un precio especial, y los comensales votarían por la mejor a través de las redes de Tulio Recomienda. Al mediodía del lunes 5 de junio arrancó en Medellín el primer Burger Master, un concurso que, según anunciaba Tulio Recomienda y los muchos medios que hicieron eco del suceso, premiaba la mejor hamburguesa de la ciudad. Tulio y su equipo creyeron que se venderían 5000 hamburguesas entre los treinta restaurantes que participaron. Pero durante los once días que duró el evento se vendieron más de 198.000.

Tres meses después, la fortuna volvió a sonreírle a Zuloaga en Bogotá. Con la versión capitalina del Burger Master se apuntó un jonrón: 277.000 hamburguesas vendidas en seis días. Felipe Giraldo, uno de los dueños de Bícono, el restaurante bogotano de la hamburguesa ganadora, le dijo a Bacánika, que calculaban vender 400 hamburguesas el primer día, pero esa cantidad se esfumó en tan solo dos horas. En total, Bícono vendió 7500 hamburguesas, una suma impensable para una semana normal en el restaurante. “Fue una locura”, dijo Giraldo.    

—Yo tenía una buena intención, pero no me imaginé lo que iba a pasar. Podría inventarme la mentira de que lo planeé así, pero no.

Las ganancias no fueron a dar al bolsillo de Tulio, advierten él y el director comercial de su empresa, sino a la caja de cada restaurante. Su papel en este tipo de eventos es el de articulador  y multiplicador del mensaje, y sus ingresos los percibe por conducto de los patrocinadores.

¿Qué otra comida “democrática” despierta tanta fascinación y tanto apetito en las papilas gustativas de grandes y chicos como la hamburguesa? La respuesta le llegó a Tulio en forma de masa circular, delgada y crujiente, y sin dudarlo puso en marcha Pizza Master, el segundo gran evento creado por Tulio Recomienda. En Medellín se sirvieron 98.000 pizzas, y en Bogotá más de 100.000.
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Casi un año antes, en enero de 2017, preocupado porque la mayoría de restaurantes que recomendaba eran costosos, Tulio había empezado a incubar la idea de producir un festival con comida a bajo precio. “Quiero ayudar a la gente”, pensó. “Qué tal si llevamos a los mejores cocineros callejeros a un solo lugar para que nuestros seguidores los conozcan”, les planteó a sus colaboradores. Y empezó preguntar, a través de las redes sociales, cuáles son las comidas callejeras preferidas por la gente en Medellín. El primer fin de semana de diciembre de 2017 hizo realidad el proyecto.
A pesar de la lluvia intensa que no dejó de caer sobre la capital antioqueña, 10.000 personas asistieron a Callejeros con pedigree en el Parque Gabriel García Márquez. Los precios asequibles de las comidas, la expectativa que Tulio generó en sus redes y el voz a voz que se regó como pólvora atrajeron a gente de diferentes partes de la ciudad. A lo largo de un corredor al aire libre y bajo toldos coloridos, saltimbanquis, músicos y treinta chefs ambulantes seleccionados por Tulio y sus seguidores le dieron forma a un festival inédito en Medellín.

—Esto fue una suerte de graduación para mí. Esto vuelve a cambiar mi historia. Este puede ser el inicio de un festival gastronómico internacional tan grande como Mixtura, el más grande de Latinoamérica y el responsable, en gran medida, del boom gastronómico de Perú. Eso es lo que estoy visualizando: un festival enorme de comida popular.

Con esos tres proyectos Tulio Zuloaga ha conseguido lo que muchos blogueros no han podido lograr: convertir al espectador pasivo en participante, o “prosumer”, como llama el gurú de la comunicación Henry Jenkins al consumidor que no se limita a recibir un mensaje, sino que actúa luego de recibirlo. Entre Burger Master, Pizza Master y Callejeros con pedigree se generaron ventas por más de 12.500 millones de pesos.

***

Hace nueve años Tulio Zuloaga vive con su familia en una casa-finca como de revista en la Loma del Chocho, un tramo alto a las afueras de Envigado, más parecido hoy a un barrio anexado a Medellín que a ese “pueblo de cantinas, de borrachos, de serenatas” que describe Fernando Vallejo en su novela Los días azules. En el perímetro próximo a su casa, la norma urbanística no permite levantar edificios. Justo al frente del portón que abre y cierra Tulio a control remoto desde su camioneta, quedaba una hacienda inmensa que el Estado le expropió a Pablo Escobar.

Es un típico día soleado. El césped y las plantas de los jardines parecen recién podados. Al final de una rampa curvilínea hay un trampolín para niños. Más arriba, un espejo de agua corre a los pies de la casa.    

—Yo era muy bravo y antipático. Era muy explosivo. Ahora pienso antes de hablar, generalmente, aunque todavía meto la pata muchas veces. Puede que me haya ayudado la meditación, pero sobre todo haber leído tanta filosofía india.

Lo dice Tulio en su garaje, donde guarda un impecable Fiat clásico que compró en sus mejores días de comerciante de carros.     

Tulio Zuloaga pasa sus días hablando de comida a través de una camarita de video que él mismo opera, cultivando su influencia en el mundo digital, del que cada día le resulta más difícil abstraerse. “Desconéctate. Nunca dejas de trabajar”, le ha reprochado más de una vez su esposa. Hay días en los que atraviesa Medellín en una bicicleta eléctrica buscando tesoros culinarios. Otros en los que viaja fuera de Colombia a comer hamburguesas exóticas, ceviches o cuanta delicia lo inviten a degustar. Otros en los que dicta conferencias sobre cómo hacer dinero en las redes sociales. En esas charlas les recomienda a sus colegas blogueros no pensar tanto en el número de seguidores como en la credibilidad que generan entre su comunidad.

En las charlas que ofrece siempre menciona su Manual del eterno emprendedor, un texto que aún no ha llevado a imprenta y en el que, no obstante ciertas perogrulladas y no pocos arrebatos de sentimentalismo propio de los libros de autoayuda, ha consignado en un lenguaje coloquial honestas reflexiones como esta: “Si no has aprendido esto estarás frito: el fracaso construye mil veces más que el éxito. Cada caída, bien entendida, será alimento para tus ideas, callo para tus heridas e inspiración para tu vida”.

***


Muchos de quienes vivieron en la década del noventa recuerdan a Tulio Zuloaga con una mezcla de burla y simpatía. Ya no es el muchachito con ínfulas de divo que pataleaba si no eran blancas las toallas que había pedido. Muy atrás quedaron los años de su participación efímera en el primer boom del tropipop colombiano. Si en los noventa le hacían bullying por querer montarle competencia a Carlos Vives, últimamente le han caído piedras por “comer de gorra” o hablar únicamente de los restaurantes que le gustan, y lo han llamado “el Arjona de los foodies”, mientras que sus redes se llenan de likes y comentarios amables de usuarios que lo quieren.

Tulio Zuloaga se ha curtido en el fracaso. Y ha paladeado —está paladeando— el éxito. Su nombre es una marca capaz de renovarse de tanto en tanto. Siempre se las ha arreglado para capotear los temporales. Su reacción ante los escollos ilustra la parábola del colombiano echado para delante. Con cada revés, ha sido consciente de que algo necesitaba aprender.

—Hay que aprender a fracasar con tranquilidad, porque se aprende más del fracaso que de los éxitos. Me he caído no una sino muchas veces. Por eso prefiero ser consciente de que debo estar siempre listo, en pie de lucha para arrancar de nuevo si es necesario.

Fotografía: Natalia Zuluaga / Ilustración: Versión Vadi

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