Aya de Yopougon: recuerdos felices de una marfileña

La Feria del Libro de Cali tendrá una sustanciosa programación de novela gráfica y cómic, al igual que varios invitados del África francófona. Aya de Yopougon de la autora Marguerite Abouet conjuga ambos frentes. La autora habló con Bacánika sobre esta hermosa y profunda pieza editorial que se adentra en la africanidad con ilustraciones de Clément Oubrerie.

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[Aya de Yopougon 1, página 77. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. © Gallimard]

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acia el final del primer tomo, hay una viñeta preciosa. El mundo es magenta y se ve un local iluminado en medio del atardecer. Una chica en plena adolescencia se acerca a un joven que la espera a la entrada de un restaurante. Ella se llama Félicité. Luce un vestido corto y tacones por primera vez. Es su primera cita. Y lejos de los clichés del encantamiento, presenciamos el inicio de un encuentro cómico de inexperiencias.

Tal vez en esa escena entre dos personajes secundarios se insinúa una muy buena parte del universo de Aya de Yopougon. Se nos presenta desde la primera viñeta. En ella hay una familia que mira la tele. La narradora y protagonista, Aya, nos cuenta que en 1978 “Costa de Marfil, mi bello país, vio su primera campaña publicitaria por televisión”. En el cuadro aparecen unas diez personas, la mayor parte del elenco del cómic. Todos están vestidos con ropa común y corriente: blusas y faldas, las mujeres; camisas y pantalones, los hombres. Están en la sala de una casa en la que alcanzamos a ver retratos en uno de los muros. Nos instala en un ambiente doméstico que también contiene objetos que reconocemos y que con el paso de las páginas hacen su aparición discreta: vasos, televisores, cables o cuerdas para tender la ropa, banquillos, sofás, camas. Todo tan absolutamente normal que no sorprende, aunque debería y no debería sorprendernos.

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[Aya de Yopougon 1. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

Aya de Yopougon es un cómic escrito por Marguerite Abouet y dibujado por Clément Oubrerie sobre tres chicas entrando a la veintena en un barrio popular de Abiyán, llamado Yopougon. Se llaman Bintou, Adjoua y Aya, la protagonista. La trama de cada una de sus vidas gira en torno a los pequeños accidentes y deseos que se entretejen entre ellas, sus familias, amigos y levantes. Los deseos que las impulsan resultan tan familiares que también deberían y no deberían sorprendernos: estudiar, hacerse un futuro, encontrar pareja, salir a bailar. Y eso es todo. Pero, ¿por qué debería y no debería sorprendernos esa historia que ha vendido más de 700’000 ejemplares alrededor del mundo?

Marguerite Abouet, la autora, nació en 1971 en Abiyán, Costa de Marfil, y emigró a Francia a sus doce años; reside en la región parisina desde entonces. Estudió en el sistema educativo francés y descubrió los libros, por los que comenzó a profesar un verdadero amor. Mientras trabajaba en distintos oficios hasta hacer carrera como asistente jurídica, comenzó a escribir novelas que nunca le mostró a nadie, hasta que un buen día conoció a Clément Oubrerie, ilustrador. La animó a crear el primer cómic de Aya, inicio de una prolífica carrera que ya le ha valido premios e incursiones hacia lo infantil, lo policial y la adaptación cinematográfica.

“Al principio, Aya fue el deseo de narrar recuerdos felices, los de una chiquilla marfileña que partió muy temprano de su país para ir a Francia sin sus padres. Más adelante, mi escritura se convirtió naturalmente en un medio para combatir un cierto modo de hablar negativamente de África, destacando personajes más bien positivos, a veces llenos de defectos, pero dichosos y activos. Son personajes con los que cualquiera puede identificarse. Mis cómics dan una visión menos folclórica y exótica de África al mostrar el cotidiano real de una ciudad africana”, me dice Abouet.

En Aya no hay hambrunas, epidemias de SIDA o ébola, guerras que diezman las etnias o dictadores que oprimen a su población con los medios del Estado. No estamos ni en un documental de Discovery Channel sobre la fauna majestuosa del continente ni en El último rey de Escocia ni en Diamante de sangre ni en Hotel Rwanda. Estamos en un barrio que podría ser el Lemaitre o la Boquilla en Cartagena o Siloé en Cali, en un pueblo que puede ser cualquiera del Caribe o del Pacífico colombiano, donde la gente vive, trabaja, come, se molesta y se ama.

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[Aya de Yopougon 5, página 98. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

No se trata de una generalización descuidada: no podría ser cualquiera de esos lugares porque allí vivan negros.“De hecho, mis personajes son como cualquier otro, aventureros urbanos que deben vivir en el mundo que los rodea. Esto les exige una voluntad y una valentía enormes; el arte de vivir juntos, de tejer nuestros vínculos, de aceptarnos entre nosotros es una lucha cotidiana”, me dice Abouet. Y justamente creo que Yopougon podría ser cualquiera de esos barrios latinos porque en los dibujos es posible reconocer, más allá del color de piel, un paisaje urbano y una forma de vivir –de puertas abiertas hacia la calle, de familias extensas que circulan de casa en casa, de almuerzos de pollo con la mano y noches de baile– que no nos es ajena.

En una entrevista para Le Nouveau Magazine Littéraire, Abouet dijo que el cómic le pareció “más diciente que una novela”. Es una idea interesante. Si bien el dibujo le impide a la imaginación visualizar su propia versión del relato, permite imponer una visión, la del dibujante. No es la fotografía documental de National Geographic. Juega y no juega a imitar la realidad. Los dibujos de Oubrerie se mantienen muy cerca del realismo (las dimensiones del cuerpo, la forma de las cosas y la recreación de las mismas reglas de nuestro universo como la gravedad), pero a la vez, se mantienen en el filo de la caricatura: se revelan como dibujo, no tienen pretensiones fotográficas. Y desde esa ambivalencia visual, el universo de Aya de Yopougon muestra fábricas, autopistas atiborradas de vehículos y ventas ambulantes, mercados, pero también casas, condominios y hoteles lujosos en los que viven personas que presumen sus muebles y sus carros importados del primer mundo. Paisaje humano de contrastes reconocible para nosotros colombianos y en general, para cualquier latinoamericano. De hecho, en una entrevista, para Afribuku en 2018, Abouet cuenta que en varias de sus visitas a América Latina se ha sentido en casa. No sobra señalar que está invitada el próximo jueves 11 de octubre a la Feria Internacional del Libro de Cali.

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[Aya de Yopougon 1, página 14. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

En todas sus entrevistas, Marguerite Abouet ha insistido en que el deseo de ofrecer otra mirada a su país y a su continente vino del desconocimiento que se encontró en tantos de sus compañeros franceses de colegio, y podemos sospechar, en su día a día adulto también. No es la primera: otros escritores africanos también habían hecho carrera en la búsqueda de una narrativa propia sobre los países del África subsahariana, lejos del exotismo y de la miseria. Hay un par de casos icónicos en las letras de lengua inglesa: los de los nigerianos Chinua Achebe –en especial su novela Todo se desmorona, una denuncia cruda y visceral del colonialismo– o Chimamanda Ngozi Adichie. Le pregunto a Abouet si cree que sus cómics tienen mayor éxito debido a una apertura del público francés a miradas como la suya.

“Cerca de 68.199 libros son publicados en Francia cada año. Muchos son escritos por autores que provienen de otros continentes, y que viven en Francia o en otra parte. Algunos de estos autores también son africanos (y por citar solamente a los que conozco) como Alain Mabanckou, Koffi Efoui, Abdourahman A. Waberi, Marie Ndiaye, Léonora Miano, Dany Laferrière, etc. Ellos predican una literatura sin fronteras, que mira y va hacia el mundo. Hablan del lugar en el que viven con una misma unidad: la lengua francesa. Rompen las barreras y rechazan la regionalización de los imaginarios porque son conscientes de que su lugar, su futuro está en la escritura, lejos de una fraternidad fáctica establecida por el color de la piel o el clima de sus países de origen”, responde.

Uno de los rasgos más interesantes de Abouet es que no solo ha escrito sobre Costa de Marfil. Bienvenue, otro de sus cómics, es protagonizado por una chica blanca en París que estudia en Bellas Artes. “Cuento tan bien París como Abiyán. Tengo dos patrias culturales y esto me ha dado la capacidad de ir más allá, en mayor profundidad con cada una, de encontrarle su emoción poética más secreta. Tener una identidad múltiple es esencial para mí. Para eso, hay que encontrarse con identidades singulares; comprender, respetar, incluso apropiarse de la cultura de la gente que se cruza por nuestra vida. Mi madre decía: ‘Cuando estés con sapos, no pidas una silla: ponte en cuclillas’. Este gusto por los demás, esa identidad múltiple, es mi ‘genialidad’ (como decía Marcel Proust de la Princesa de Guermantes de En busca del tiempo perdido), la genialidad que me permite, por decirlo de algún modo, ser más africana que una africana, más francesa que una francesa.” Le pregunto si Bienvenue tuvo el mismo éxito de Aya. “No, simplemente porque la cubierta mostraba una jovencita blanca y los lectores no hicieron la conexión conmigo tan pronto. De todos modos, Bienvenue tuvo su horita de gloria”.

Lo que muestra la cubierta es interesante. En novela gráfica y cómic, es típico, clásico usar como carátula un retrato del protagonista (en fondo monocromático o en una escena o atmósfera). En el mundo francófono del cómic hay ejemplos de sobra que van desde Tintín a Titeuf. Y pensando que el personaje es el que crea el vínculo con el público –mucho más que en narrativa tradicional, en la que el autor personaliza, representa su obra– es muy diciente que el público haya privilegiado el cómic de la negra de Yopougon sobre el de la rubia parisina. Tal vez no sólo hay una apertura a otras miradas, sino predilección y mayor interés por otros personajes y sus mundos. Y los recursos de los que se vale Abouet –y el dibujante Oubrerie–, en ese sentido, son de un valor genial. Incluso para el que no se haya acercado a la novela gráfica, el cómic o el libro álbum.

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[Aya de Yopougon 6. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

Primero están los escenarios y los discretos objetos que ya perfilan una gama colorida y cálida de atmósferas. Luego, los personajes, y más exactamente sus perfiles. Ignace, el padre de Aya, trabaja en una compañía cervecera en la sección comercial. La protagonista y sus amigas son un trío de guapas jóvenes que ven Dallas en la televisión y piensan en su futuro: Bintou y Adjoua quieren buscar un marido que les ofrezca casa, carro y beca, y Aya quiere estudiar medicina. El patrón de Ignace, Bonaventure Sissoko, es un hombre de negocios rico y tenaz que se queja de su hijo, Moussa, un malcriado holgazán que solo presume de su Toyota. Bintou y Adjoua, además, son un par de rumberas que no escatiman en levantarse a todo potencial sugar daddy o casanova que les pase por delante. Y así con muchos otros.

También está el humor, puesto en buena parte en los personajes masculinos y sus deseos libidinosos: tipos que coquetean con pick up lines despreciables o tontas y que balbucean como idiotas frente a las respuestas ingeniosas o cortantes por parte de la chicas, padres borrachos que no sospechan de sus hijas fiesteras, jóvenes buenos para nada y tanto más. En suma, un elenco de masculinidades ridículas que aportan una buena dosis de gracia a la historia de las chicas. Y están las tragedias: la violencia intrafamiliar y de género, los embarazos no deseados, el capitalismo determinante, los padres con otras familias, la escasez de dinero, conjunto de conflictos que terminan de perfilar este cómic realista, panorámica de una sociedad bullente, viva.

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[Aya de Yopougon 5, página 7. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

Sin embargo, si usted llega a tener Aya de Yopougon en sus manos –cualquiera de los seis tomos que la componen–, se deleitará especialmente con el último fragmento: el “bonus marfileño”. Es una pequeña sección en la que algunos personajes explican y disponen para el lector léxicos, recetas de cocina, tutoriales para vestir los trajes de las mujeres, e incluso sencillas indicaciones para menear el tassaba (la cadera y las nalgas, claro). El color local, ese que sí resulta ser único, personal e intransferible, y que ya revelan las viñetas en detalles como las formas de cargar un bebé, las letras de las canciones que suenan en la pista y las numerosas expresiones coloquiales que le dan una vivacidad especial al diálogo. El cómic termina por desbordar su materialidad para de paso enseñarle algo de su cultura. Un verdadero caballito de Troya para trastocar lugares comunes sobre el África subsahariana.

Así que a parte de divertirse con la estupidez de los tipos, la coquetería de las chicas, y reconocerse con sus deseos y dificultades, el cómic terminará por enseñarle a preparar kédjénou de pollo acompañado de allocos para esperar a su amada o amado y compartir un plato desconocido que, si resulta tan irresistible como prometen los personajes, terminará por proverlo de dichosa velada y ploco-placa. Averigüe de qué le estoy hablando y seguro que no lo pensará dos veces.

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[Aya de Yopougon 6, página 15. Marguerite Abouet y Clément Oubrerie. ©Gallimard]

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