Cómo es trabajar con Uber, Airbnb y Rappi

¿Se ha preguntado qué tal es trabajar en Uber, Airbnb o Rappi? Le contamos sobre las finanzas y experiencias de quienes ya participan de estos modelos de consumo colaborativo en Colombia.

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N
inguna de las personas que aparece en este artículo se imaginó que terminaría trabajando con compañías como Uber, Airbnb o Rappi, y mucho menos con lo que se iban a encontrar en el camino. Daniel nunca pensó que tendría que pedirle disculpas a todo un edificio por una rumba en la que él ni siquiera estuvo; Carlos, que ejercería la psicología con varios de sus pasajeros, y Víctor, que tendría que ir a comprar juguetes sexuales para alguien más.

Pero esas anécdotas ocurrieron, de una u otra manera, por cuenta de algo más grande que los cobija a todos ellos: la economía colaborativa, un modelo de intercambio que reemplaza el concepto de propiedad por el de compartir.

Vista así, la economía colaborativa también pretende disminuir la producción y el desperdicio, y hacerle frente a la cultura de trabajo de las empresas tradicionales, aquella de horarios y metas fijas. Por eso, en la economía colaborativa reina la autonomía: cada quien maneja su tiempo y trabaja para sí mismo a través de plataformas cuyo negocio es ser el punto de encuentro entre oferta y demanda, entre proveedores y usuarios. El asunto funciona a partir de la confianza entre pares y a través de plataformas tecnológicas, ampliando la idea de aquello que se puede compartir: transporte para viajes largos (BlaBlaCar), parqueaderos (JustPark), bicicletas, equipo de surf o de esquí (Spinlister), paseadores de perros (MyWak), ropa usada (Vinted) y hasta cualquier servicio que su casa pueda necesitar (TaskRabbit).

¿Pero es una alternativa laboral real? Para responder esa pregunta nos sentamos a charlar con nueve personas que reciben ingresos a través de Uber, Airbnb y Rappi, tres compañías que son los ejemplos más populares de consumo colaborativo en Colombia. A ellos, que reciben dinero por compartir sus vehículos, sus propiedades y su tiempo, les preguntamos sobre finanzas, las condiciones reales de su trabajo y si se le recomendarían a alguien más este estilo de vida. Para evitarles problemas, no utilizamos sus nombres completos.

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separador2.RappiRappi

Rappi es una compañía colombiana que se fundó a mediados de 2015. La empresa tiene presencia en al menos 22 ciudades de Colombia, y en México, Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, donde iniciaron operaciones en julio de este año. Su negocio consiste en aprovechar la vida ocupada de sus usuarios y el caos de las ciudades donde viven para disponer una red de personas que está dispuesta a llevarles lo que quieran, cuando quieran. Según CNN, a mayo del año pasado, la plataforma ya contaba con más de un millón de usuarios, y el diario Portafolio registró que planean cerrar este año con 11.000 pedidos por hora en todas las ciudades donde operan.

Los rappitenderos, que según El Espectador son cerca de 6000, no tienen una vinculación laboral con la empresa y son contratistas independientes de Rappi. Para empezar a trabajar con la empresa deben asistir a una capacitación, pasar un examen que demuestre que prestaron atención en la capacitación y comprar su dotación y distintivos. En entrevista con el periódico La República, Simón Borrero, uno de los fundadores de la empresa aseguró que una vez empiezan a trabajar todos los rappitenderos están afiliados a una Administradora de Riesgos Laborales (ARL). El Espectador, además, replicó en 2016 un comunicado donde la empresa asegura que también cuenta con “un seguro de responsabilidad contractual que cubre daños a terceros”.

Los rappitenderos están organizados por categorías o niveles que limitan el tipo de pedidos que pueden tomar, pero pueden escalar según su desempeño y las calificaciones que les den los usuarios. Pueden activarse o conectarse a la plataforma para trabajar cuando quieran y sus ingresos son las propinas y el valor del domicilio. Ese último monto cambia según la distancia que deba recorrer el rappitendero y según el tipo de pedido. Rappi, por su parte, cobra sus ganancias dependiendo únicamente del pedido: puede cobrarle al cliente o al establecimiento donde se realizó la compra.

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● Nombre: Víctor
● Edad: 29 años
● Lleva un año trabajando en Rappi
● Gana entre 200.000 y 250.000 pesos en una semana, trabajando entre 2 y cuatro horas diarias
● Se mueve en moto

A pesar de que lo que más le piden son medicamentos y comida, Víctor dice que varias veces le han pedido ir a sex shops a comprar vibradores y lubricantes, y que en una ocasión tuvo que entregar una prueba de embarazo. Cuenta también, dejando ver que le causa curiosidad, que la mayoría de clientes que hacen ese tipo de pedidos son mujeres.

Dice que le gusta trabajar en Rappi, sobre todo porque la compañía obtiene sus ganancias a través de sus aliados (restaurantes, supermercados, etcétera) o de sus clientes, y nunca toca el dinero del rappitendero. También le gusta porque maneja tarifas base (para un domicilio es de 3500 pesos, por ejemplo) que le dan certeza sobre lo mínimo que va a ganar con cada pedido. Eso, sumado a que andar en moto le permite aceptar más pedidos, entregarlos más rápido y cubrir más zonas de la ciudad, es una combinación ganadora para él.

Víctor se enteró de que Rappi existía porque tiene otro trabajo en una compañía de mensajería, y uno de sus compañeros hacía de rappitendero en sus tiempos libres. Le preguntó cómo hacía para inscribirse, y después de pasar un día en una de las oficinas de Rappi aprendiendo a utilizar la aplicación, entre otras cosas, empezó a trabajar como rappitendero. El proceso solo demoró un día.

Ahora, como su compañero, Víctor cumple con las rutas de su trabajo “principal” y se activa en Rappi cada vez que puede. Comparando los dos trabajos, se siente seguro laborando como rappitendero, pero porque en su trabajo de mensajero tiene un contrato laboral y por cuenta de este tiene un sueldo fijo, está afiliado a una ARL, una EPS y a un fondo de pensiones. Rappi le da ingresos extra, pero tal vez no saldría a buscarlos si no tuviera las garantías de su otro trabajo.

● Nombre: Gerson
● Edad: 22 años
● Lleva 8 meses trabajando en Rappi
● Gana entre 300.000 y 350.000 pesos en una semana, trabajando en las tardes y noches
● Se mueve en moto

Gerson empezó a trabajar como rappitendero en cuestión de horas. Solo tuvo que ir a una charla, aprobar un examen para demostrar que había puesto atención y comprar una maleta para transportar los pedidos, como las que llevan todos los rappitenderos. La maleta le costó 60.000 pesos, y como todos los rappitenderos son contratistas independientes, tienen que comprar sus implementos de trabajo o, como lo pone el artículo 34 del Código Sustantivo del Trabajo, ejecutar sus funciones “con sus propios medios”.

Para él, Rappi es bueno con “la familia” de rappitenderos porque tiene buenas tarifas que les generan a ellos buenos ingresos y porque les permite decidir si quieren tomar los pedidos o no. Y sabe que es un trabajo que hay que cuidar, porque cada vez hay más trabajadores como él y menos espacio para ellos dentro de la compañía.

En los meses que lleva en Rappi, Gerson ha tenido que ingeniárselas para llevar en su moto muletas, escobas y osos de peluche gigantes. Para pedidos más grandes, como mercados completos, ha sacado provecho de una alianza que la compañía tiene con Cabify, una empresa de economía colaborativa que presta servicios de transporte en carros particulares, y que le permite a él pedir un carro para que lleve el pedido hasta el cliente final. Durante ese tiempo tampoco ha sufrido accidentes laborales, pero es una preocupación constante: no sabe si la empresa lo tiene afiliado a una ARL o si cuenta con una póliza para accidentes, a pesar de que, como decimos al inicio de este apartado, sí está afiliado y sí hay una póliza.

De Rappi no cambiaría nada, aunque le gustaría que hubiera cobertura en el sur de Bogotá, donde él vive. Así, dice, usaría la bicicleta, porque no tendría que atravesar toda la ciudad para llegar a donde hay trabajo.

Nombre: Jesús
Edad: 18 años
Lleva 1 mes trabajando en Rappi
Calcula que puede ganar 400.000 pesos por semana
Se mueve en bicicleta

Jesús no ha hecho el cálculo de cuántos kilómetros recorre en su bici todos los días, pero dice que fácilmente pasa unas seis horas diarias pedaleando, y eso que él vive al noroccidente de la ciudad, donde Rappi tiene cobertura.

Para Jesús, Rappi es una plataforma buena porque le permite trabajar cuando él quiere y de manera flexible. Y aunque por eso no le ponía mucho empeño al principio, ahora que está empezando a ver las ganancias, decidió dedicarse a ser rappitendero a tiempo completo.

Conoció la compañía por avisos en Facebook y en YouTube, y decidió postularse para trabajar como rappitendero porque le daba curiosidad saber cuánto dinero podría ganar. Ahora que está dentro, le recomienda esta plataforma a personas que sean activas y que, como a él, les guste usar la bicicleta. También a personas que no tengan problema con interactuar, porque ahí están las propinas. Sin embargo, dice que entrar ya no es tan fácil como antes: a varios amigos suyos los han dejado activarse nada más para trabajar los fines de semana o por horas, a pesar de que Rappi dice que los rappitenderos se pueden activar cuando quieran. Según Jesús, eso solo aplica para quienes tienen más antigüedad en la compañía.

Jesús no tiene ninguna mala experiencia que contar, pero asegura que lo que menos le gusta de Rappi es tener que contactar a soporte porque “tardan mucho en responder”. Dice que a veces los rappitenderos necesitan solucionar temas como que una tarjeta de crédito no pasa, y que pierden la oportunidad de tomar otros domicilios mientras esperan a que les den respuesta.
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3.UberUber

Uber se fundó en San Francisco en 2009 e inició operaciones en Colombia en octubre de 2013. Está presente en al menos 15 ciudades del país y en otras 617 en todo el mundo. La compañía presta servicios de transporte bajo demanda a través de una aplicación que conecta a conductores y pasajeros, y su situación legal en Colombia no está resuelta.

En el país, la compañía le retiene a los conductores de UberX (aquellos que conducen carros particulares) el 25 % del costo total del viaje, y el 30 % cuando prestan un servicio colectivo (UberPool), que requiere recoger varios pasajeros en distintos puntos de encuentro. Los carros con los que se puede trabajar deben ser modelo 2006 en adelante, contar con aire acondicionado, espacio para cuatro pasajeros y tener cuatro puertas.

Según El Tiempo, Uber tiene más de 83.000 “socios conductores” en el país que realizan más de dos millones de viajes al mes. La compañía dice no tiene ninguna relación laboral con ellos (es decir, los conductores son contratistas independientes) y que no está obligada a pagarles prestaciones de ningún tipo. Los únicos tipos de garantías que la compañía ofrece son “un seguro con cobertura de responsabilidad civil y accidentes personales para la protección de conductores, pasajeros y terceros en todas las ciudades en que Uber está disponible en Colombia”, además de una opción para compartir la ubicación durante un viaje que funciona para usuarios y conductores y la identificación de usuarios a través de sus tarjetas de crédito, sus números de celular y sus perfiles de Facebook.

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● Nombre: Carlos
● Edad: 28 años
● Profesión: Psicólogo y comunicador social
● Lleva 3 años trabajando como conductor de UberX
● En un día gana 120.000 pesos y gasta 56.000 en gasolina, aproximadamente
● Su carro es modelo 2015

Carlos no llevaba ni dos semanas como conductor de UberX cuando recogió a tres pasajeros que aspiraron cocaína dentro de su carro. Por miedo a una mala calificación no les dijo nada, pero fue el viaje más angustiante que ha hecho. Debido a situaciones como esa, y también por miedo a los taxistas, dejó de trabajar en las noches. Con el tiempo adoptó otras estrategias como unirse a grupos de conductores en WhatsApp y no recoger usuarios con calificación de cinco estrellas, porque significa que no han tomado viajes y que pueden ser desde alguien con malas intenciones hasta un taxista haciéndose pasar por pasajero para perseguir al conductor o entregarlo a la Policía.

Carlos empezó a manejar en Uber cuando estudiaba psicología, y siguió durante sus prácticas profesionales. Todavía lo hace, ahora que está buscando empleo. Lo que gana con la plataforma le alcanza para cumplir con sus obligaciones financieras (el internet de la casa, su línea de celular y los gastos suyos y del carro), pero piensa que cualquier trabajo estable, con un contrato laboral y un salario constante, sería mucho mejor.

En sus inicios, Uber le descontaba el 20 % de cada viaje a sus conductores, y él sigue con esa tarifa, pero a quienes se han inscrito más recientemente les quita el 25 %. Con el tiempo Carlos ha visto cómo se han perdido estímulos que la compañía otorgaba (como un mínimo de dinero para los conductores si completaban cierta cantidad de viajes) y cómo la seguridad del servicio “se fue para el piso” después de la entrada del efectivo como medio de pago. El argumento que respalda eso último funciona así: al no registrar una tarjeta de crédito, es muy difícil verificar la identidad del usuario y este puede pedir el servicio desde cualquier dispositivo sin dejar rastro, registrándose con un correo y número telefónico cualquiera, e incluso comprar una tarjeta SIM y luego deshacerse de ella. Sin embargo, desde el año pasado Uber anunció que quienes quieran pagar en efectivo deben iniciar sesión con su cuenta de Facebook antes de ingresar a Uber.

Pero sus finanzas y el estado de su carro son lo que más ha cambiado para Carlos. Cuando inició, recorría unos 100 kilómetros y ganaba unos 600.000 pesos a la semana. Ahora que hay más conductores, recorre el doble de distancia y sus ingresos semanales nunca superan los 400.000 pesos. Aún así, para su situación, el dinero sigue siendo suficiente. Dice que otro sería el panorama para alguien que no hubiera terminado de pagar su carro, o para quienes manejan carros que no les pertenecen y deben pagarles una cuota fija a los dueños.

● Nombre: Juan
● Edad: 48 años
● Profesión: Diseñador gráfico
Lleva 3 meses trabajando como conductor de UberX
● En un día gana entre 120.000 y 150.000 pesos, de los que gasta unos $40.000 en gasolina
● Su carro es modelo 2006 

A Juan le parece que Uber es una buena manera de conseguir dinero, pero dice que la compañía “se enriquece a costa de sus conductores” porque ofrece tarifas muy bajas y toma una gran parte de ellas, y que hay que trabajar todo el día (él trabaja unas 15 horas diarias) para que el negocio sea rentable. Manejó taxis durante varios años, y a pesar de que ingresó a Uber porque necesita el dinero, afirma que es una competencia desleal para el gremio de taxistas.

Su carro es modelo 2006 y para ponerlo a trabajar en Uber, le invirtió diez millones de pesos: le cambió el aire acondicionado y la calefacción, y también la silla del copiloto. Dice que siente como si cada día saliera con ese dinero en la mano, pues, según él, Uber no les ofrece garantías a los conductores en caso de que algo les pase a sus vehículos (a pesar de que la compañía dice que tiene un seguro que cubre a conductores, pasajeros y terceros). Él cree que se expone cuando sale a la calle y que Uber nada más se preocupa por cobrar su parte sin ofrecer mucho a cambio.

Juan dice que muchos usuarios ven a Uber como lo opuesto a los taxis, cuando lo cierto es que “muchos taxistas están migrando a Uber porque sus carros se están devaluando” y prefieren venderlos cuando pueden y dedicarse a esto. También piensa que el servicio de UberX es muy bueno para ser tan barato, y le molesta que a pesar de pagar tan poco, algunos pasajeros sientan que tienen derecho a hacer lo que se les antoje con el conductor y su vehículo: Juan se ha encontrado con usuarios que usan su carro como si fuera transporte de carga y que le piden que haga paradas sin antes haberlas marcado en la aplicación, algo que, cuando sí se hace, eleva la tarifa y por ende los ingresos del conductor.

● Nombre: Ricardo
● Edad: 56 años
● Profesión: Administrador de empresas
● Trabajó como conductor de UberX durante un año
● Ganaba poco más de un salario mínimo al mes
● Se movía en un carro modelo 2017

Ricardo dejó de manejar Uber porque no sentía que pudiera fiarse de la compañía. Más de una vez se quedó esperando respuesta para sus reclamos —que muchas veces tenían que ver con que no recibía el dinero que le correspondía—.

Cuando empezó a trabajar con Uber, a principios de 2017, estaba probando suerte porque se había quedado sin trabajo. En poco tiempo se dio cuenta de que debía armarse de paciencia, porque entre los usuarios “había de todo”, desde pasajeros que le demostraban su agradecimiento a través de propinas, hasta aquellos que lo trataban como si fuera su chofer personal (los últimos, según él, eran casi siempre mujeres de clase alta).

Los lugares llenos de taxistas, como el aeropuerto, lo ponían nervioso, y por eso él y sus usuarios debían pensar en estrategias para que no los pillaran: decir que eran vecinos, o despedirse con un beso en la mejilla o un abrazo.

Contar eso último le arranca un par de carcajadas, pero no tarda en volver a lo que piensa de la compañía: que hay demasiados conductores y poquísimas oportunidades para que consigan tarifas rentables. Agrega que no se justifica depreciar el carro de tal manera por ese dinero (en un mes, su carro modelo 2017 alcanzó 22.000 kilómetros), y mucho menos tener que trabajar día y noche para ello.

Le parece que trabajar ahí es bueno para un estudiante que no necesita más que para pagar “sus cosas”, y no se lo recomendaría a alguien más. Por su parte, procurará no volver.

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Airbnb se creó en San Francisco en 2008, y aterrizó en Colombia a mediados de 2013. En su plataforma, según El Tiempo, a mediados del año pasado tenía en el país al menos 21.600 anfitriones activos. Y solo en Bogotá, según un estudio de la Asociación Hotelera y Turística de Colombia (Cotelco), había 3800 propiedades activas en abril del mismo año.

Las condiciones para que una propiedad esté disponible para alquiler a través de Airbnb son mínimas y dejan ver una idea bastante amplia de lo que puede ser un alojamiento. Algo similar ocurre con los anfitriones, que deben proporcionar servicios básicos (“papel higiénico, jabón, ropa de cama, y por lo menos una toalla y una almohada por huésped”) y, al menos en Colombia, deben estar inscritos en el Registro Nacional de Turismo (RNT).

Airbnb permite que los anfitriones calculen el valor por noche de sus propiedades, y retiene para sí el 3 % de esa suma. La compañía también le cobra una comisión de servicio a los huéspedes que oscila entre el 0 % y el 20 %, y que depende del costo de la reservación, la duración de la misma y las características del espacio u hospedaje. En cuanto a garantías, ofrece un “Seguro de protección para el anfitrión”, que tiene una cobertura de hasta un millón de dólares para lesiones físicas o daños a las propiedades como consecuencia de una estadía con Airbnb. Sin embargo, según la compañía, este seguro no está disponible en Colombia. Lo que sí está disponible en todos los países donde opera la compañía es la “Garantía al anfitrión”, que ofrece la misma cobertura para “proteger las pertenencias y la vivienda del anfitrión en el improbable caso de que los huéspedes causen daños a la propiedad durante su estancia”.

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● Nombre: Daniel
● Edad: 41 años
● Profesión: Arquitecto
● Fue anfitrión de Airbnb durante un año y ocho meses
● Administraba una casa en Niza Antigua (Bogotá), y un apartamento en El Poblado (Medellín)
● En un mes cuando las propiedades estuvieran a tope, podía ganar entre 10 y 11 millones de pesos

Al apartamento que Daniel tiene en Medellín, donde la noche costaba en promedio 250.000 pesos, rara vez llegó alguien que no viniera buscando rumba. La propiedad solo estuvo en Airbnb durante un mes, y en ese tiempo él tuvo que pagar las cuentas médicas de un huésped al que molieron a golpes (y que nunca le pagó a él de vuelta) y los daños ocasionados a otros dos apartamentos del edificio durante una rumba en su apartamento en la que rompieron un lavamanos que soltó agua toda la noche. También tuvo que hacer un asado para disculparse con todos los demás habitantes del edificio y utilizar su propio seguro para cubrir parte de los gastos, porque como los daños fueron a otras propiedades, el seguro de Airbnb no cubrió nada.

Pero él fue anfitrión de la plataforma durante casi dos años, y no empezó con ese apartamento, sino con una casa en Bogotá que tiene seis habitaciones y un apartamento adjunto. Pertenecía a un familiar que ya no vivía en la ciudad y que con la ayuda de Daniel empezó a rentarla a través de Airbnb.

Las seis habitaciones y el apartamento podían alojar hasta catorce personas. Las tarifas para cada espacio estaban entre los 25.000 y los 90.000 pesos, y los ingresos que obtenía (de los que Airbnb descontaba el 3 %) le alcanzaban para cubrir los gastos de la casa y los imprevistos: cosas que había que reparar o reemplazar, o incluso cosas que los huéspedes se robaban y que, en su caso, nunca representaron más que un par de imágenes que él mismo imprimía y enmarcaba para decorar los cuartos.

Daniel dice que una vez se les arrienda a más de tres personas, ser anfitrión de Airbnb “se vuelve un trabajo al que hay que dedicarle varias horas al día” y, cuenta que por eso terminó mudándose a la casa. Recuerda a huéspedes de “mano pesada” por los que tuvo que llamar de urgencia a un plomero y que resolvió contratar dos proveedores de internet para no ganarse malas reseñas por cuenta de una falla en la red inalámbrica de la casa.

También cuenta que con el tiempo aprendió a no caer en “las trampas” de algunos huéspedes (como la de una que le dijo que lo iba a demandar porque las toallas eran distintas a las que estaban en la foto y que le insinuó olvidarse del asunto si le daba unas noches gratis) y que las reglas tienen que ser claras: Daniel tuvo que dejarlas por escrito y plastificadas, y también poner cámaras de seguridad en todas las zonas sociales. (Airbnb permite esto siempre y cuando los huéspedes sean informados de la existencia de cámaras o dispositivos de vigilancia antes de hacer la reserva y, también si no están instalados en habitaciones y baños).

En el tiempo que trabajó con Airbnb hizo muchas amistades e incluso se involucró con dos de sus huéspedes. Daniel sabe que tiene posada en varios países, pero se retiró de la compañía por miedo a sanciones del gobierno y porque la competencia en el barrio donde está la casa es cada vez más apretada. Su conclusión es que trabajar en esta plataforma “está bien” como un ingreso extra, pero que es un trabajo muy desgastante.

● Nombre: Christian
● Edad: 34 años
● Profesión: Profesor universitario
● Fue anfitrión de Airbnb durante ocho meses
● Alquilaba una habitación de su apartamento en el barrio José Joaquín Vargas, de Bogotá
● En promedio, ganaba entre 400.000 y 500.000 pesos al mes

Christian ya no podía pagar el arriendo de su apartamento, pero no quería dejar de vivir ahí. En Europa, donde pasó dos años, vivió en lugares sin ventanas y sin luz natural, y no había chance de que eso volviera a ocurrir: el apartamento donde vive ahora tiene vista a los Cerros Orientales y desde su comedor, Christian puede ver Monserrate y Guadalupe.

Cuando vivió en Europa, Christian utilizó Airbnb para hospedarse en diferentes ciudades y desde esa época le quedó sonando la idea de compartir su casa con personas que estuvieran de paso. Sin embargo, no lo hizo sino hasta que lo necesitó, a mediados del año pasado, cuando se separó y dejó de contar con la mitad del arriendo. En ese momento decidió que podía rentar la habitación principal de su apartamento a través de Airbnb y dormir en el sofacama del otro cuarto mientras su cuarto estuviese ocupado. Así fueron las cosas hasta abril de este año, cuando su nueva novia se mudó con él y empezaron a pagar juntos el arriendo.

Christian cobraba 40.000 pesos por noche, una tarifa barata, pero que prefería porque le daba competitividad. También dejaba pasar días entre la salida de unos huéspedes y la entrada de otros, porque apreciaba volver a dormir en su cama y porque necesitaba tiempo para cambiar y lavar las sábanas, organizar el cuarto y la cocina, que los inquilinos podían utilizar.

Para él no hubo nada extraordinario en convivir con extraños en su apartamento, dice que la mayoría pasaban todo el día por fuera y que incluso llegó a tomarse una cervezas en compañía de otros. También recuerda que tuvo una temporada alta con las últimas presentaciones del Circo del Sol en Bogotá, pues muchas personas que venían de otras ciudades del país se quedaban en su casa por lo cerca que estaba al lugar del evento.

Christian no es el dueño del apartamento donde vive, y por eso tenía que hacer pasar a sus huéspedes como amigos y notificar a la administración del conjunto. Esto no era problema para él y, de hecho, no considera que los anfitriones de Airbnb tengan que ser dueños de las propiedades que rentan (tal vez porque el dueño de este apartamento nunca se enteró de que Christian lo subarrendaba en Airbnb). Él dice que lo único que se necesita es un espacio y la disposición para estar pendiente (o sea, para dar indicaciones, recomendaciones turísticas, instrucciones de cómo tomar transporte público, etcétera) de quienes se queden ahí.

● Nombre: Ximena
● Edad: 42 años
● Ocupación: Empresaria
● Es anfitriona de Airbnb desde hace 7 años
● Administra un apartamento que pertenece a su familia y que está ubicado en la Plaza de Bolívar (Cartagena)
● En un mes puede ganar entre 8 y 11 millones de pesos

Ximena no recuerda cómo conoció Airbnb, pero sí que su propiedad fue una de las primeras en Cartagena en ingresar a la plataforma y, por eso, Airbnb envió un fotógrafo profesional para que hiciera las tomas de promoción que usarían en la página.

El apartamento pertenece a su familia desde 1989. Sus papás lo compraron con la idea de pasar las vacaciones allá y luego mudarse del todo cuando se retiraran, pero dejaron de ir, y cuando se estaban pensionando, Ximena los convenció de rentarlo vía Airbnb. La plataforma le pareció segura: le gustó que huéspedes y anfitriones se conectaran a través de sus perfiles de Facebook (aunque también se puede hacer a través de LinkedIn, u offline, enviándole algún documento de identidad a la compañía) y que el pago lo hiciera la empresa.

El lugar tiene unos cien metros cuadrados, una sola habitación y puede alojar hasta cuatro personas. Según Ximena, está ocupado mínimo 20 días al mes y está en un edificio autorizado para uso turístico. En la página del apartamento en Airbnb, que ya tiene más de 200 reseñas, también está el reconocimiento de “SuperAnfitriona” que tiene Ximena. La plataforma incluye en esa categoría a anfitriones que han tenido buenas calificaciones, algo que también funciona como un gancho para atraer más huéspedes.

En promedio, la noche en este apartamento cuesta 360.000 pesos (que en dólares, que es como ella lo maneja, son aproximadamente 125), aunque dependiendo de la temporada y de la demanda puede bajar hasta 260.000 pesos (90 dólares) o subir hasta 580.000 pesos (200 dólares). Ese no es el único ingreso de sus papás, pero según Ximena, es crucial para ellos.

La experiencia que ha tenido con Airbnb le devolvió las ganas de visitar Cartagena, e, incluso, ahora considera comprar otra propiedad para ponerla a producir. Dice que tiene “vocación de anfitriona y de viajera”, y no es con fastidio que afirma que este es su segundo trabajo.
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