Ella, la bulímica

La bulimia no es cuestión de vanidad ni voluntad. No es tan simple. Juliana Muñoz Toro escribió un diario, “Solo 100 días”, y la novela Los últimos días del hambre para salvarse de la enfermedad por medio de la escritura y la ficción.

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 veces creo que no era yo, sino otra que habitaba en mí. A ella, la otra, la conocí a los dieciocho años, de rodillas frente al inodoro. Por ahí se iría la cena, junto con la culpa por haber comido un poco de arroz de más. El agua bajaba en un remolino y era como si se pudiera devolver el tiempo: no habría arroz, quedaría limpia. ¿Había forma de hacer eso con la vida? Volver atrás, no haber amado para no sufrir, no haber fallado para no enfrentar la frustración. No, no había forma. Pero sí con la comida. Eso era lo único que tenía, o pensaba que tenía, en mis manos.

Desde la adolescencia no me gustaba lo que veía frente al espejo. Con los dedos me pellizcaba la piel sobrante y la llevaba hacia atrás. Pensaba en la imagen de una modelo que salía con el abdomen descubierto a presentar las noticias de farándula, pensaba en una compañera que se subía la falda del uniforme y alardeaba de sus piernas delgadas. Quería ser ellas, no quería ser yo. Podría decir que cuando comía en exceso y luego me purgaba, lo que buscaba ella, la otra, era acabar conmigo para poder ser la flaca que no fui.

Los dos años siguientes, tras ese día frente al inodoro, ella encontró formas de ocultar ese comportamiento: no hacía ruido, abría la llave del agua, comía a escondidas, y, de paso, también me ocultaba a mí misma que ya no tenía el control. Comía por vicio y luego lo devolvía. Yo ya no quería hacerlo porque me hacía cada vez más infeliz, me alejaba de la vida social, odiaba todavía más a ese cuerpo… pero simplemente no podía dejarlo. Era una enfermedad, bulimia, diagnosticó la primera psicóloga, de muchas, que visité.

Una Navidad mi familia me descubrió. No pude evitar comer frente a todos desaforadamente, para luego buscar el baño y dejar la puerta abierta tras de mí. Deja de hacer eso, me decían, por qué lo haces si te ves bien, preguntaban. Pero el problema de estos trastornos es que no son tan simples como para culpar a la vanidad, ni tan fáciles de curar con la voluntad.

Después de un tiempo de terapias, seguía teniendo recaídas; la bulimia se estaba haciendo crónica. Esa frase “tu bulimia se está haciendo crónica” fue la que un día me hizo entender que nadie, excepto yo, podía salvarme de mi hambre. Hambre por un vacío que no se puede llenar con comida. Hambre, por lo tanto, infinita.

Bulimia-de-nuevoA los veinte comencé un diario virtual y anónimo llamado “Solo 100 días”, en el que les prometía a unos lectores inexistentes que iba a durar cien días sin purgarme ni atracarme de comida. Atraco, como si uno se robara el pan, todo el pan posible, para llevárselo a la boca rápidamente. El pan de cada día, una adicción. Prometí que si fallaba, aunque fuera en el día noventa y nueve, volvería a comenzar el conteo y que mientras llegaba al cien escribiría lo que se me pasara por la mente: recuento de los consejos de los psicólogos, top diez de los alimentos que más ansiedad me generan, cosas que no me gustan de mi cuerpo, cosas que sí, lista de momentos tristes y de los felices también. Era un blog sin calidad literaria, pero mi objetivo en aquel entonces no era escribir una novela. Yo solo quería salvarme.

Tras un par de recaídas, mi método de “solo 100 días” funcionó. Tal vez por el hecho de obligarla a ella a no hacer lo que quería sino lo que debía: cuidarme, aunque fuera solo por cien días. Tal vez porque aprendí a relacionarme con la comida no desde la culpa sino desde el placer. Así de fácil y complejo: si disfruto un chocolate, no tengo la necesidad de devorar toda la barra.

¿Por qué hablo tanto de ella? Con los años me fui dando cuenta de que si me veía a mí misma a distancia, si me ponía en otro universo, con otros padres y otros amigos, si aprovechaba lo que había descubierto de la enfermedad ahogándome en ella, si podía hacer eso, entonces ya no sería yo, sino un personaje. Y entonces tendría una historia y no una autobiografía, ni un libro de autosuperación. Así empecé a escribir hace dos años el primer borrador de la novela Los últimos días del hambre.

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Escribí cuatro veces esta novela. En cada versión el reto era separarme más de aquella que fui y crear un personaje que también se sintiera de carne y hueso. Tenía que crear una ficción para que la anécdota en un diario pasara a ser una historia, ojalá inolvidable.

Quería una novela sobre el hambre y la comida, desde todas las miradas posibles, y no enfocarme únicamente en la bulimia. Pensé en las relaciones que creamos con la comida en la infancia, como ese primer alimento que recordamos, o la sopa de la abuela, o el aroma que sale de la cocina al llegar del colegio:

El primer sabor que recuerdo haber probado me lo dio mi abuela. No fue la sopa, sino la cuchara de palo que me permitió lamer. Es como si hubiera venido al mundo solo para probar esa cuchara de palo.

Empecé a ver conexiones en lo que leía y veía, como el cuadro de Goya en el que Saturno devora a sus hijos:

Zeus sobrevivió mamando de la teta de Amaltea —un nombre delicioso— y libando miel hasta que se hizo grande y le dio un veneno a Cronos para que le devolviera a sus hermanos.

Al vomitarlos los rehízo.

En la historia de la manzana de Adán vista desde la crítica hacia “el pecado” y lo que se espera de una buena mujer:

Si hay manzana, hay ley. La manzana es conocimiento, dinero en un banco, la mujer del prójimo, el cuerpo perfecto. (…) Eva lo piensa. Una víbora parlante la alienta. Es fácil ceder al hambre. Agarra el fruto y lo muerde. Es ahí donde empieza el saber.

Me sabe a algo. Sé algo, dice Eva.

Jugué con el lenguaje, pasando a veces de lo narrativo a la poesía de un monólogo:

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Ceniza de mi hambre, pastillas de fluoxetina, una a una las arrojo al inodoro, pozo de deseos, primer deseo, una hamburguesa, segundo deseo, tener el peso que tendría en la luna, polvo de luna, no hay cura, solo esta droga paliativa que me roba el derecho al dolor pero deja intacto el apetito (…)

Leí a Amelie Nothomb y su Autobiografía del hambre, a María Moreno y su Black Out, a Milorad Pávic y su Diccionario Jázaro, a Édoard Levé y su Suicidio, y tantos otros. Si quería sacar a esa protagonista bulímica de su pensamiento a veces tan claustrofóbico, tenía que inventar personajes como Tragaperros, el Hombre de la Mandarina, la Muda, Floritariana y Blanquito, cada uno con su propia obsesión con la comida.

Edité hasta que ya no me veía a través del texto, hasta que me había vaciado de lo vivido y lo leído y lo inventado.

¿Quién soy yo en el texto? ¿Quién es ella, la que solía habitarme? ¿Hay un final feliz al final de ese conteo que decidí dejar como hilo narrativo? Decirlo sería enseñar el truco y arruinar la magia de la ficción. La magia que me salva, que nos salva.

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