Lenteja$ y periodi$mo

“¿Piensas que la precariedad del oficio más hermoso del mundo lo hace más hermoso, o a ti también te mintieron? El amor al periodismo me mata de hambre”. La nueva columna de Brusquita de Cara revela su pasión por el periodismo y los sinsabores (a veces literales) que le ha procurado esta profesión en crisis.

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no sufre como un perro, pero no hay mejor oficio que el periodismo”. Tengo esa frase de Gabriel García Márquez pegada en mi nevera como un mantra. Abro la puerta y le meto una cucharada mañanera a la ollada de lentejas que me tiene en pie hace semana y media. Sin tomate, sin cebolla, sin zanahoria, sin arroz. Todo se acabó menos los pedos que me dan las lentejas con sal. Voy a trabajar para estar contenta, sí, pero también para poder comprar más sal y más lentejas.

La crisis laboral y la precariedad salarial de este oficio me sorprende. Puede ser porque soy novata en la turbulencia de ser periodista en Colombia, o porque la tripa me ruge hace años, los mismos que llevo trabajando en esto con sueldo fijo.

“¿Es idea mía o cada vez veo más colegas hambrientos atragantándose de pancito gratis en las ruedas de prensa?”, pienso mientras envuelvo en una servilleta el sánduche de queso que repartieron en una de esas reuniones. Mejor dicho, ¿están hambrientos los periodistas literalmente o solo somos descarados?

Mis tripas apuntan a lo primero. Y es que por estos días presiento que a los periodistas precarizados (que somos muchos) nos pueden detectar a kilómetros. Olemos a bilis, a tinto y cigarrillo, el aroma clásico de ilustres representantes de otros oficios maltratados, como los maestros o los filósofos.

El Observatorio Laboral para la Educación del Mineducación hizo un ranking de los profesionales peor pagados de Colombia para 2019, y según las cifras, encabezan los músicos, los profesionales en hotelería y turismo, los maestros, los nutricionistas y, en octavo lugar, los periodistas. En promedio un periodista gana $1.600.000 al mes, sin importar si se graduó hace uno o siete años. Yo le creo ciegamente a esa cifra porque hasta hace dos semanas era exactamente esa liga la que entraba a mi cuenta bancaria desde que me gradué y estrené el diploma. La suma se esfuma rapidito.

Lo mismo que a mí le pagaban a un amigo que fue uno de los 140 periodistas, diseñadores e infógrafos que el diario El Tiempo “dejó ir” hace unas semanas, solo que él tiene una hija y cuatro años de experiencia. Para él es más grave, supongo. Con la crisis de los medios, los que sufren (o sufrimos) son las audiencias, sí, pero sobre todo los rasos, los llamados “periodistas de a pie”, y mientras todos se preguntan por el futuro de RCN o Noticias Uno, y de un “modelo sostenible para el periodismo”, la mano de obra de la información es la que corre contra el tiempo y el cansancio mientras resolvemos esa pregunta. Siempre ha sido así, en este y cualquier otro oficio creativo. Todxs sufrimos como perrxs porque este es un oficio hermoso, pero precario.

Conozco decenas de periodistas que son felices con lo que hacen, pero pocos que vivan bien y ninguno que se haya hecho rico. El único compañero de mi generación que ha hecho plata –hasta ahora– es uno que tiene una página de memes con 8 millones de seguidores en Instagram, y la única razón por la que tiene dinero es porque no hace periodismo, sino memes.

Hablar de dinero, sueldos y bonificaciones me hace sentir mezquina. En las facultades de comunicación y salas de redacción dicen que solo se puede hacer periodismo si la sudas y le entregas tu vida como una parturienta moribunda. En el oficio más hermoso del mundo se sufre duro, se viste barato, se come poco y se corre mucho.

Pero las discusiones sobre el amor no se combinan con el sucio dinero. Preocuparse por plata es de cerdos capitalistas, y los periodistas somos perros, ¿no era así? Seres libres y pensantes que amamos este oficio, o que lo toleramos por lo menos. Real hasta la muerte, baby, no importa cuán injusto te parezca tu sueldo en comparación con tu trabajo o cuánto te preocupe que los medios hayan despedido gente como motilando bobos. Hay que seguir haciéndolo porque lo amas. O eso dice una compañera mientras nos quejamos de todo este absurdo (ah, pero entre nosotras, nunca con el Big Boss).

Estos perros no mordemos la mano que nos da de comer y agradecemos el camello, si lo hay. Entre otras, porque la insatisfacción y la codicia son una mentira del sistema... ¿no era así? Para probarlo tengo mi olla de lentejas en la nevera hace una semana y media: aunque tenga hambre no me he muerto y hago algo que me gusta, ¿qué más quiero?

Pues bien, una vez más, el amor romántico prueba su toxicidad. Quiero dejar de romantizar el oficio que amo, y dejar de confundir hacer las cosas amorosamente con hacer las cosas solo por amor. A fin de cuentas –a fin de mes– el cuentico del amor al arte también es una trampa del sistema, en este o cualquier otro oficio.

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“Mire, hace rato estaba pensando en renunciar y dedicarme a otra cosa porque estaba dura la situación” me dijo un parcero y colega. “Podría trabajar en alguna agencia. Y mi papá me dio un consejo: nunca tome decisiones por plata. En este oficio usted si tiene la oportunidad, se hace un nombre, conoce país, hace lo que le gusta”. Algo de razón tiene.

Pero pensar que querer o codiciar más (en este caso, mejores condiciones laborales) es solo un pensamiento producto del capitalismo salvaje, y que vivir al margen del dinero y el bienestar es revolucionario, también es una trampa peligrosa. Pero no caigamos en ingenuidades, la plata también garantiza independencia. O como rapea Noisferatu en Papele$, “dame la plata, fuck the fame”.

Romantizar la precariedad del periodismo es lo que nos tiene fatigados. Basta ver la historia de otro ilustre muerto de hambre: Gabo. Mientras era corresponsal de El Espectador en París (o sea, trabajando), Rojas Pinilla cierra el periódico y García Márquez se pone a reciclar vidrios y periódicos. Unos pocos años después, en México, su esposa Mercedes vendió sus joyas para poder comer mientras él escribía Cien años de soledad, etcétera. Este episodio es conocido con el patético título “La miseria dorada”.

Ya sé que muchos colombianos pasan muchos días a punta de aguadepanela con pan y hasta mucho menos que eso. “¿Qué hay de malo si lo hacen los campesinos de este país, que hay de indigno en eso?” dirán algunos. Mucho de indigno hay. Quiero vivir entre banquetes y barriles llenos para todxs. ¿Es mucho pedir?

“Suenas como una blankita en problemas”, me dice un amigo anarquista, otro blankito (pero en harapos). Y sí que lo soy. Nadie que me haya visto en persona podría creer que debajo de este importante exceso de grasa abdominal ha habido un solo día de precariedad. Como sea, mis rollos de grasa rugen todo el mes y ya no hallo cómo más hacer que se callen.

Incluso, soy tan blanquita en problemas que hablo de precariedad laboral en este oficio pero estoy del lado maravilloso de la relativa independencia periodística. Trabajo para un medio nacional y tengo seguridad social, fiesta de fin de año, bonos navideños y amigxs que me rescatan más de lo que estoy dispuesta a aceptar frente a ellxs. Y por más lentejas que coma, pues como, y me va bien. Podría ser peor. Una chica que conozco, llamémosla Andrea, se graduó como comunicadora social con énfasis en periodismo de la Universidad Sergio Arboleda y ella, que tuvo el privilegio de la educación, como yo, está vendiendo lanas y botones en la Plaza de La Mariposa, en el centro de Bogotá.

“Qué feo es compararte”, dice Mamá. Pero pensar que estamos bien porque otros están peor es una vergüenza. Vivimos en un país donde la desgracia ajena nos consuela. Si hay niños comiendo basura en Puerto Carreño, o periodistas vendiendo pan o lana para mantenerse –sin siquiera poder hacer periodismo, que es lo que realmente consuela, la razón en sí misma–, entonces puede que no estemos tan mal. De repente veo la olla de lentejas medio llena.

“Agradece que tienes un trabajo que te interesa, donde puedes escribir y ‘hacerte un nombre’, que tienes educación de primera, en una redacción de primera, en un país complejo e inagotable. Agradece que no eres uno de los periodistas de Noticias Uno que se quedaron sin financiación bajo oscuras presiones, o uno de los 120 de colegas de NTN24 que echaron con la salida de ese noticiero, o unos de los 150 que salieron en la reestructuración de Semana (según las cuentas que hizo La Mesa de Centro)”, me digo a mi misma cada que me pican las ganas de largarlo todo. “Agradece que no eres una de los que se quedaron en esas redacciones y ahora hace el trabajo de tres personas por el mismo millón seiscientos”. Otro mantra para poner en la nevera.

Claro que agradezco mi lugar privilegiado. No estoy desempleada ni trabajo en un banco. Ese millón seiscientos es más o menos lo mismo que gana un cajero de banco que trabaja monótona y eficientemente en una jornada laboral de 8 horas y no de 13 como los periodistas. Ambos –el periodista enamorado y el bancolombio– viven en el país con la distancia más larga entre la vida laboral y la calidad de vida, según la OCDE. Lo bueno de tener un trabajo en un banco es que uno se la pasa todo el día contando plata; lo malo es que es ajena. Así que por ahora, la mejor opción es seguir apostando por el oficio que no da pa’ comer pero sí pa’ vivir.

Alma Guillermoprieto dijo: “El periodismo me regaló un asiento en primera fila frente al gran teatro del mundo”. Claro que sí, y solo eso es lo que agradezco. La adrenalina de hacer lo que te solla (sea periodismo, arte, teatro, música) no se compara con ninguna otra sensación de plenitud. Esa clase de felicidad no se enteca con plata.

A pesar de la quejadera, me atrevería a decir que es mejor que el periodismo se mantenga así, como un perro mojado que escarba en la basura con las costillas pegadas al cuero. Un perrito callejero no le responde a nadie, solo a su hambre y mi hambre es solo mía, así que ya veremos todos los rasos a dónde la mandamos a dormir: si a desayunos de prensa o a trabajos mal pagados que sean menos comprometedores con la independencia periodística, o a la sindicalización o algo, lo que sea.

El periodismo me mantiene atenta, me hace bombear gasolina en las venas, es la relación amorosa más larga y tóxica que he tenido. Lo amo con el corazón y lo odio con la tripa. A mí, que estoy enamorada, no me cuesta ver el heroísmo en la dificultad, la terquedad como una virtud. Pero hoy vengo a quejarme: cómo me está costando mantenerme a flote.

Coda: trivia para periodistas: ¿si le dieran una luca por cada vez que escucha la frase “saldo insuficiente”, cuánta plata tendría?

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