Cosas que aprendí después de una beca y un posgrado

Las becas son un acto de confianza, y aunque no sean premios, implican un regalo que no todos deciden ver. Juliana Castro reflexiona sobre lo que aprendió luego de ganarse una beca Fulbright y estudiar por fuera del país.

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E
l asunto de perderme por placer empezó cuando tenía cuatro años. Los domingos mi mamá me recogía y me llevaba a mercar. Casi siempre era lo mismo. Seguíamos la rutina, que era encantadora, pero que dejaba gran parte del supermercado inexplorado. Un día, por distracción o curiosidad, se me perdió mi mamá. Esa vez apareció rápido, me regañó, y me metió en el carrito. Sin querer, también me entregó la llave para perderme de nuevo: me dijo que si volvía a pasar, tenía que ir a la sección de información y decirle a la señorita encargada que por favor llamaran a mi mamá por los altavoces.
1

Perderme se volvió tendencia. Sabía que debía aparecer tarde o temprano. Pero como ya estaba perdida, me iba a intentar entender cómo funcionaban los turnos de la carne. Si para cuando me aburría mi mamá no me había encontrado o llamado por los altavoces, agarraba mis turnos para la carne y me iba a donde la persona encargada para oír, no sin encanto, cómo “la niña Juliana Castro se encuentra en Información” resonaba por todo el supermercado.

Mi mamá se acostumbró a que me fuera, y en vez de limitar mis instintos exploratorios, empezó a darme tareas concretas para hacerme regresar. Por ejemplo, me mandaba por champú, y me decía dónde iba a estar después. Yo me daba un vuelto y volvía con dos tarros de champú, por si acaso.

2

A los dieciséis me fui de Armenia a vivir sola y a estudiar un pregrado en Bogotá, donde nunca había estado antes. Desde entonces me he ido de mis casas muchas otras veces. Cada vez, aunque lejos del control y el cuidado de mi familia, me he asegurado las herramientas para regresar.

3

Durante los dos últimos años estuve estudiando una maestría en Estados Unidos. Como cuando me fui a la Universidad Nacional hace diez años, fue posible gracias a una beca, en este caso una Fulbright del Ministerio de Cultura. Si algo he aprendido con las varias becas que he obtenido, es que las becas vienen en paquete con cierta responsabilidad. Esa responsabilidad puede ser explícita, como regresar a Colombia después de culminar los estudios, o implícita, como trabajar porque la confianza de la institución en un becario se vea reflejada en el bienestar de otros individuos. Después de cumplidos los compromisos (que casi siempre es solo el de regresar) nadie lo obliga a uno a seguir parámetros éticos: a no trabajar para corporaciones que explotan recursos naturales, a procurar el bien, ni a velar por el bienestar de otros.

Las becas son actos de fe.

Y las becas no son premios, así como los créditos no son becas.

La motivación detrás de que una institución decida darle a uno dinero para dedicarse a aprender es que lo que sea que uno aprenda sea para algo más que el beneficio individual. Y si los planes parecen medianamente egoístas, es probable que ni siquiera se reciba la beca en primer lugar. Aunque ambas razones son válidas, no es lo mismo hacer arte porque uno se divierte haciéndolo y cree que puede ganar mucho dinero, que hacer arte por la necesidad de agitar sus repercusiones estéticas, sociales, políticas o emocionales.

Las becas son actos de confianza, por eso son distintas a los créditos. Un crédito, incluso si es parcialmente condonable, no deja nada al azar, no deja nada a la confianza. Antes de entregar lo que muestran como un premio, los créditos hacen todo lo necesario para asegurar que, independientemente de lo que pase profesionalmente con el individuo, la platica no se vaya a perder. Y estudiar en el exterior, sobre todo en Estados Unidos, puede ser muy caro. Es por eso que agradezco y espero honrar el privilegio de tener educación de calidad sin venir de la clase media-alta. En un país en el que la mayoría de los jóvenes no tienen acceso a la educación gratuita, aprendemos que la educación no es un derecho, sino algo que se merece o por lo que se paga.

Lejos o no, irse es una lección de empatía. Me perdonan el cliché, pero ver a otros o vernos desde lejos nos permite entender mejor por qué somos cómo somos, y abrazar lo bello o lo vergonzoso de ese descubrimiento. Por ejemplo, la resignación y torpeza que contiene saber que no todo el mundo se abraza cuando se conoce, cuando se presenta, o cuando se despide, y que nuestra euforia puede incomodar a alguien.

4

Uno va al colegio porque le toca y no siempre agarra de ahí lo que debería. En primaria me explicaron que la temperatura es distinta en otros lugares del mundo. Yo no entendí del todo. La noción del tiempo que da experimentar la luz del día de forma cambiante es la más bella lección de geografía. En lugares lejanos al Ecuador, los días no siempre duran doce horas. A veces hace mucho calor, y los días se acaban a las diez de la noche. Luego, lentamente, los días empiezan a acabarse antes, y la luz se va llevando el calor. Crecer en un lugar en el que cada día es como el día anterior, sentir que la cantidad de luz y la temperatura cambian conforme pasa el tiempo es alucinante. Hay un recordatorio constante de la inminencia del futuro: el tiempo se siente porque después de unos días hace menos calor o menos frío. Los días se hacen más cortos o más largos. No es lo mismo junio que octubre. ¿Por qué, cuando llegué a Texas en el verano de 2016 le dije a mi mamá que estaba “como Melgar” y no “a 40 grados centígrados”? ¿Por qué, aunque el sol alumbraba completamente, seguía refiriéndome a las ocho “de la noche”? ¿Qué esperamos si no la primavera? ¿Navidad? ¿Será que nuestra relación con el tiempo es más estática? ¿Cómo nos referimos al pasado si cada mes es igual al anterior? ¿Por qué nos referimos a la temperatura en comparación con lugares geográficos y no con el tiempo? ¿Afectará eso el tipo de gente que somos?

Lejos también aprendemos a comprender, en primera persona, los hechos simples de la diferencia: cuáles son los prejuicios que cargamos, cómo vivir con ellos, cómo deshacernos de los que podemos, y cómo enfrentar aquellos con los que somos vistos. Es decir, cómo responder con tranquilidad a los chistes sobre Pablo Escobar, cómo educar con paciencia a los que auténticamente quieren entender, cómo educarnos a nosotros mismos en todas las cosas que ignoramos sobre la gente que no creció cerca de nosotros. Nos quejamos del estereotipo de los colombianos fuera del país, pero rara vez nos preguntamos en qué estaremos equivocados nosotros, cuáles son todas las cosas que nos hemos creído por no indagar más.

Mis amigos comparten —así sean abogados, artistas o médicos— dos cualidades: me generan confianza y se hacen preguntas. Los que nos hemos ido coincidimos en que ahora nos cuestionamos con mucha más frecuencia nuestro lugar en el mundo. Y sí, la sola posibilidad de hacerse ciertas preguntas implica una posición de privilegio, pero también es posible escoger una vida que solo se mire a sí misma. Mis amigos son los que eligen las preguntas incómodas. Los que viven una vida en la que se habla de derechos humanos, o de políticas de identidad, o de feminismo interseccional. Mis amigos son los que eligen ir a perderse, lejos o en el parque o en el supermercado. Los que aquí o allá, intentan ver pa’ dentro y pa’ afuera.

Perderse sin mayores riesgos y con las herramientas para volver habiendo aprendido, al menos, cómo pedir turnos para la carne: ese es el premio. Preguntarse por el otro, ese también es el premio.

Ahora continúa el camino por dar de vuelta, y por agradecer mis regalos: ¿Haré dibujitos para explicar las causas que me importan? ¿Usaré las redes sociales para jalarles las orejas a quienes hagan comentarios machistas? ¿Usaré gifs para enseñarle a la gente por qué es importante proteger sus datos online? ¿Escribiré artículos sobre por qué es bueno irse y por qué es bueno volver? ¿Aprenderé a meditar para ahorrarles a otros mi propio estrés? ¿Llegaré con galletas a donde los vecinos? No sé, tal vez todas las anteriores. Sé que empezaré por llamar a mi abuelita más.
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l asunto de perderme por placer empezó cuando tenía cuatro años. Los domingos mi mamá me recogía y me llevaba a mercar. Casi siempre era lo mismo. Seguíamos la rutina, que era encantadora, pero que dejaba gran parte del supermercado inexplorado. Un día, por distracción o curiosidad, se me perdió mi mamá. Esa vez apareció rápido, me regañó, y me metió en el carrito. Sin querer, también me entregó la llave para perderme de nuevo: me dijo que si volvía a pasar, tenía que ir a la sección de información y decirle a la señorita encargada que por favor llamaran a mi mamá por los altavoces.
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Perderme se volvió tendencia. Sabía que debía aparecer tarde o temprano. Pero como ya estaba perdida, me iba a intentar entender cómo funcionaban los turnos de la carne. Si para cuando me aburría mi mamá no me había encontrado o llamado por los altavoces, agarraba mis turnos para la carne y me iba a donde la persona encargada para oír, no sin encanto, cómo “la niña Juliana Castro se encuentra en Información” resonaba por todo el supermercado.

Mi mamá se acostumbró a que me fuera, y en vez de limitar mis instintos exploratorios, empezó a darme tareas concretas para hacerme regresar. Por ejemplo, me mandaba por champú, y me decía dónde iba a estar después. Yo me daba un vuelto y volvía con dos tarros de champú, por si acaso.

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A los dieciséis me fui de Armenia a vivir sola y a estudiar un pregrado en Bogotá, donde nunca había estado antes. Desde entonces me he ido de mis casas muchas otras veces. Cada vez, aunque lejos del control y el cuidado de mi familia, me he asegurado las herramientas para regresar.

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Durante los dos últimos años estuve estudiando una maestría en Estados Unidos. Como cuando me fui a la Universidad Nacional hace diez años, fue posible gracias a una beca, en este caso una Fulbright del Ministerio de Cultura. Si algo he aprendido con las varias becas que he obtenido, es que las becas vienen en paquete con cierta responsabilidad. Esa responsabilidad puede ser explícita, como regresar a Colombia después de culminar los estudios, o implícita, como trabajar porque la confianza de la institución en un becario se vea reflejada en el bienestar de otros individuos. Después de cumplidos los compromisos (que casi siempre es solo el de regresar) nadie lo obliga a uno a seguir parámetros éticos: a no trabajar para corporaciones que explotan recursos naturales, a procurar el bien, ni a velar por el bienestar de otros.

Las becas son actos de fe.

Y las becas no son premios, así como los créditos no son becas.

La motivación detrás de que una institución decida darle a uno dinero para dedicarse a aprender es que lo que sea que uno aprenda sea para algo más que el beneficio individual. Y si los planes parecen medianamente egoístas, es probable que ni siquiera se reciba la beca en primer lugar. Aunque ambas razones son válidas, no es lo mismo hacer arte porque uno se divierte haciéndolo y cree que puede ganar mucho dinero, que hacer arte por la necesidad de agitar sus repercusiones estéticas, sociales, políticas o emocionales.

Las becas son actos de confianza, por eso son distintas a los créditos. Un crédito, incluso si es parcialmente condonable, no deja nada al azar, no deja nada a la confianza. Antes de entregar lo que muestran como un premio, los créditos hacen todo lo necesario para asegurar que, independientemente de lo que pase profesionalmente con el individuo, la platica no se vaya a perder. Y estudiar en el exterior, sobre todo en Estados Unidos, puede ser muy caro. Es por eso que agradezco y espero honrar el privilegio de tener educación de calidad sin venir de la clase media-alta. En un país en el que la mayoría de los jóvenes no tienen acceso a la educación gratuita, aprendemos que la educación no es un derecho, sino algo que se merece o por lo que se paga.

Lejos o no, irse es una lección de empatía. Me perdonan el cliché, pero ver a otros o vernos desde lejos nos permite entender mejor por qué somos cómo somos, y abrazar lo bello o lo vergonzoso de ese descubrimiento. Por ejemplo, la resignación y torpeza que contiene saber que no todo el mundo se abraza cuando se conoce, cuando se presenta, o cuando se despide, y que nuestra euforia puede incomodar a alguien.

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Uno va al colegio porque le toca y no siempre agarra de ahí lo que debería. En primaria me explicaron que la temperatura es distinta en otros lugares del mundo. Yo no entendí del todo. La noción del tiempo que da experimentar la luz del día de forma cambiante es la más bella lección de geografía. En lugares lejanos al Ecuador, los días no siempre duran doce horas. A veces hace mucho calor, y los días se acaban a las diez de la noche. Luego, lentamente, los días empiezan a acabarse antes, y la luz se va llevando el calor. Crecer en un lugar en el que cada día es como el día anterior, sentir que la cantidad de luz y la temperatura cambian conforme pasa el tiempo es alucinante. Hay un recordatorio constante de la inminencia del futuro: el tiempo se siente porque después de unos días hace menos calor o menos frío. Los días se hacen más cortos o más largos. No es lo mismo junio que octubre. ¿Por qué, cuando llegué a Texas en el verano de 2016 le dije a mi mamá que estaba “como Melgar” y no “a 40 grados centígrados”? ¿Por qué, aunque el sol alumbraba completamente, seguía refiriéndome a las ocho “de la noche”? ¿Qué esperamos si no la primavera? ¿Navidad? ¿Será que nuestra relación con el tiempo es más estática? ¿Cómo nos referimos al pasado si cada mes es igual al anterior? ¿Por qué nos referimos a la temperatura en comparación con lugares geográficos y no con el tiempo? ¿Afectará eso el tipo de gente que somos?

Lejos también aprendemos a comprender, en primera persona, los hechos simples de la diferencia: cuáles son los prejuicios que cargamos, cómo vivir con ellos, cómo deshacernos de los que podemos, y cómo enfrentar aquellos con los que somos vistos. Es decir, cómo responder con tranquilidad a los chistes sobre Pablo Escobar, cómo educar con paciencia a los que auténticamente quieren entender, cómo educarnos a nosotros mismos en todas las cosas que ignoramos sobre la gente que no creció cerca de nosotros. Nos quejamos del estereotipo de los colombianos fuera del país, pero rara vez nos preguntamos en qué estaremos equivocados nosotros, cuáles son todas las cosas que nos hemos creído por no indagar más.

Mis amigos comparten —así sean abogados, artistas o médicos— dos cualidades: me generan confianza y se hacen preguntas. Los que nos hemos ido coincidimos en que ahora nos cuestionamos con mucha más frecuencia nuestro lugar en el mundo. Y sí, la sola posibilidad de hacerse ciertas preguntas implica una posición de privilegio, pero también es posible escoger una vida que solo se mire a sí misma. Mis amigos son los que eligen las preguntas incómodas. Los que viven una vida en la que se habla de derechos humanos, o de políticas de identidad, o de feminismo interseccional. Mis amigos son los que eligen ir a perderse, lejos o en el parque o en el supermercado. Los que aquí o allá, intentan ver pa’ dentro y pa’ afuera.

Perderse sin mayores riesgos y con las herramientas para volver habiendo aprendido, al menos, cómo pedir turnos para la carne: ese es el premio. Preguntarse por el otro, ese también es el premio.

Ahora continúa el camino por dar de vuelta, y por agradecer mis regalos: ¿Haré dibujitos para explicar las causas que me importan? ¿Usaré las redes sociales para jalarles las orejas a quienes hagan comentarios machistas? ¿Usaré gifs para enseñarle a la gente por qué es importante proteger sus datos online? ¿Escribiré artículos sobre por qué es bueno irse y por qué es bueno volver? ¿Aprenderé a meditar para ahorrarles a otros mi propio estrés? ¿Llegaré con galletas a donde los vecinos? No sé, tal vez todas las anteriores. Sé que empezaré por llamar a mi abuelita más.
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Las becas son un acto de confianza, y aunque no sean premios, implican un regalo que no todos deciden ver. Juliana Castro reflexiona sobre lo que aprendió luego de ganarse una beca Fulbright y estudiar por fuera del país.

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E
l asunto de perderme por placer empezó cuando tenía cuatro años. Los domingos mi mamá me recogía y me llevaba a mercar. Casi siempre era lo mismo. Seguíamos la rutina, que era encantadora, pero que dejaba gran parte del supermercado inexplorado. Un día, por distracción o curiosidad, se me perdió mi mamá. Esa vez apareció rápido, me regañó, y me metió en el carrito. Sin querer, también me entregó la llave para perderme de nuevo: me dijo que si volvía a pasar, tenía que ir a la sección de información y decirle a la señorita encargada que por favor llamaran a mi mamá por los altavoces.
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Perderme se volvió tendencia. Sabía que debía aparecer tarde o temprano. Pero como ya estaba perdida, me iba a intentar entender cómo funcionaban los turnos de la carne. Si para cuando me aburría mi mamá no me había encontrado o llamado por los altavoces, agarraba mis turnos para la carne y me iba a donde la persona encargada para oír, no sin encanto, cómo “la niña Juliana Castro se encuentra en Información” resonaba por todo el supermercado.

Mi mamá se acostumbró a que me fuera, y en vez de limitar mis instintos exploratorios, empezó a darme tareas concretas para hacerme regresar. Por ejemplo, me mandaba por champú, y me decía dónde iba a estar después. Yo me daba un vuelto y volvía con dos tarros de champú, por si acaso.

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A los dieciséis me fui de Armenia a vivir sola y a estudiar un pregrado en Bogotá, donde nunca había estado antes. Desde entonces me he ido de mis casas muchas otras veces. Cada vez, aunque lejos del control y el cuidado de mi familia, me he asegurado las herramientas para regresar.

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Durante los dos últimos años estuve estudiando una maestría en Estados Unidos. Como cuando me fui a la Universidad Nacional hace diez años, fue posible gracias a una beca, en este caso una Fulbright del Ministerio de Cultura. Si algo he aprendido con las varias becas que he obtenido, es que las becas vienen en paquete con cierta responsabilidad. Esa responsabilidad puede ser explícita, como regresar a Colombia después de culminar los estudios, o implícita, como trabajar porque la confianza de la institución en un becario se vea reflejada en el bienestar de otros individuos. Después de cumplidos los compromisos (que casi siempre es solo el de regresar) nadie lo obliga a uno a seguir parámetros éticos: a no trabajar para corporaciones que explotan recursos naturales, a procurar el bien, ni a velar por el bienestar de otros.

Las becas son actos de fe.

Y las becas no son premios, así como los créditos no son becas.

La motivación detrás de que una institución decida darle a uno dinero para dedicarse a aprender es que lo que sea que uno aprenda sea para algo más que el beneficio individual. Y si los planes parecen medianamente egoístas, es probable que ni siquiera se reciba la beca en primer lugar. Aunque ambas razones son válidas, no es lo mismo hacer arte porque uno se divierte haciéndolo y cree que puede ganar mucho dinero, que hacer arte por la necesidad de agitar sus repercusiones estéticas, sociales, políticas o emocionales.

Las becas son actos de confianza, por eso son distintas a los créditos. Un crédito, incluso si es parcialmente condonable, no deja nada al azar, no deja nada a la confianza. Antes de entregar lo que muestran como un premio, los créditos hacen todo lo necesario para asegurar que, independientemente de lo que pase profesionalmente con el individuo, la platica no se vaya a perder. Y estudiar en el exterior, sobre todo en Estados Unidos, puede ser muy caro. Es por eso que agradezco y espero honrar el privilegio de tener educación de calidad sin venir de la clase media-alta. En un país en el que la mayoría de los jóvenes no tienen acceso a la educación gratuita, aprendemos que la educación no es un derecho, sino algo que se merece o por lo que se paga.

Lejos o no, irse es una lección de empatía. Me perdonan el cliché, pero ver a otros o vernos desde lejos nos permite entender mejor por qué somos cómo somos, y abrazar lo bello o lo vergonzoso de ese descubrimiento. Por ejemplo, la resignación y torpeza que contiene saber que no todo el mundo se abraza cuando se conoce, cuando se presenta, o cuando se despide, y que nuestra euforia puede incomodar a alguien.

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Uno va al colegio porque le toca y no siempre agarra de ahí lo que debería. En primaria me explicaron que la temperatura es distinta en otros lugares del mundo. Yo no entendí del todo. La noción del tiempo que da experimentar la luz del día de forma cambiante es la más bella lección de geografía. En lugares lejanos al Ecuador, los días no siempre duran doce horas. A veces hace mucho calor, y los días se acaban a las diez de la noche. Luego, lentamente, los días empiezan a acabarse antes, y la luz se va llevando el calor. Crecer en un lugar en el que cada día es como el día anterior, sentir que la cantidad de luz y la temperatura cambian conforme pasa el tiempo es alucinante. Hay un recordatorio constante de la inminencia del futuro: el tiempo se siente porque después de unos días hace menos calor o menos frío. Los días se hacen más cortos o más largos. No es lo mismo junio que octubre. ¿Por qué, cuando llegué a Texas en el verano de 2016 le dije a mi mamá que estaba “como Melgar” y no “a 40 grados centígrados”? ¿Por qué, aunque el sol alumbraba completamente, seguía refiriéndome a las ocho “de la noche”? ¿Qué esperamos si no la primavera? ¿Navidad? ¿Será que nuestra relación con el tiempo es más estática? ¿Cómo nos referimos al pasado si cada mes es igual al anterior? ¿Por qué nos referimos a la temperatura en comparación con lugares geográficos y no con el tiempo? ¿Afectará eso el tipo de gente que somos?

Lejos también aprendemos a comprender, en primera persona, los hechos simples de la diferencia: cuáles son los prejuicios que cargamos, cómo vivir con ellos, cómo deshacernos de los que podemos, y cómo enfrentar aquellos con los que somos vistos. Es decir, cómo responder con tranquilidad a los chistes sobre Pablo Escobar, cómo educar con paciencia a los que auténticamente quieren entender, cómo educarnos a nosotros mismos en todas las cosas que ignoramos sobre la gente que no creció cerca de nosotros. Nos quejamos del estereotipo de los colombianos fuera del país, pero rara vez nos preguntamos en qué estaremos equivocados nosotros, cuáles son todas las cosas que nos hemos creído por no indagar más.

Mis amigos comparten —así sean abogados, artistas o médicos— dos cualidades: me generan confianza y se hacen preguntas. Los que nos hemos ido coincidimos en que ahora nos cuestionamos con mucha más frecuencia nuestro lugar en el mundo. Y sí, la sola posibilidad de hacerse ciertas preguntas implica una posición de privilegio, pero también es posible escoger una vida que solo se mire a sí misma. Mis amigos son los que eligen las preguntas incómodas. Los que viven una vida en la que se habla de derechos humanos, o de políticas de identidad, o de feminismo interseccional. Mis amigos son los que eligen ir a perderse, lejos o en el parque o en el supermercado. Los que aquí o allá, intentan ver pa’ dentro y pa’ afuera.

Perderse sin mayores riesgos y con las herramientas para volver habiendo aprendido, al menos, cómo pedir turnos para la carne: ese es el premio. Preguntarse por el otro, ese también es el premio.

Ahora continúa el camino por dar de vuelta, y por agradecer mis regalos: ¿Haré dibujitos para explicar las causas que me importan? ¿Usaré las redes sociales para jalarles las orejas a quienes hagan comentarios machistas? ¿Usaré gifs para enseñarle a la gente por qué es importante proteger sus datos online? ¿Escribiré artículos sobre por qué es bueno irse y por qué es bueno volver? ¿Aprenderé a meditar para ahorrarles a otros mi propio estrés? ¿Llegaré con galletas a donde los vecinos? No sé, tal vez todas las anteriores. Sé que empezaré por llamar a mi abuelita más.
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