El arte de adoptar un perro

Adoptar un perro es una experiencia maravillosa. No hay nadie que haya adoptado y diga lo contrario. Sin embargo, no es fácil, es un aprendizaje. En este texto no solo encontrará un montón de consejos de una adoptante experta, sino fotos de perritos que están buscando un hogar.

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C
uidar un perro es una de las decisiones más trascendentales de la vida, y es en la pura verdad donde se origina ese cliché de que tener una mascota es casi lo mismo que tener un hijo. Por lo que exige, pero también por lo que da.

Entonces, mi primera recomendación, antes que nada es: si no tiene tiempo para cuidarlo, no adopte un perro. Lo demás, todo lo demás, es secundario.

El primer paso es buscarlo, aunque sé de casos en los que llega no más invocarlo: decir “quiero un perro” y que justo pase uno vagabundo, quizá hasta cachorro, con los dientes blanquísimos de los canes que han vivido poco aunque hayan pasado por tanto. Uno de los 90.000 perros sin hogar que hay en Bogotá, según cifras de la Secretaría Distrital de Salud de Bogotá; o uno de los 200 millones de vagabundos que se calcula hay en el mundo. Todas las cifras son contradictorias, casi especulativas –proyecciones de un cálculo–, pues no hay modo de saber cuántos son, y ni siquiera si de verdad son callejeros. Me dijo Alexander Estepa, médico veterinario de la Secretaría de Salud y coordinador del antiguo Centro de Zoonosis: “Si te encuentras un perro, y hace clic contigo, definitivamente tiene dueño”. Mejor dicho: puede ser comunitario, deambulante; puede estar buscando un mejor hogar.

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En fin, encontrarlo no es el problema, incluso puede pagar por él, si lo que quiere es una marca. Si sí, cómprelo en un criadero certificado, de “perros de papeles”, en lugar de contribuir a las llamadas “fábricas de cachorros” y a la cría irresponsable de los vendedores de semáforo, que hacen cruces y luego estafan con perros enfermos o criollos, aunque en un principio no lo parezcan. “Lo que se va ahorrar en gastos médicos –dice Mario Muñoz, médico veterinario y adoptante recurrente– se lo puede gastar en el perro”.

Como a la final lo que uno busca es un animal de compañía, y no unos bluyines de diseñador, y la idea de la gente silvestre no es montar criadero ni poner a desfilar o a competir el chucho, lo mejor, lo más necesario, lo más fácil, es adoptar.

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¿Dónde adoptar?


Para encontrar a su media naranja perruna, puede contactar a cualquiera de las decenas de organizaciones y comunidades de adopción que hay en Facebook (Fundación Salva un Amigo, Adopta Bogotá, Fundación Adopta No Compres, Adelita Adopciones, Adopta Una Mascota, Adopciones Mascotas Bogotá); llamar al puñado de fundaciones que se ven a gatas para sostener a los que tienen y solo reciben otro si alguien de buen corazón se hace cargo de su manutención (Huellas, Amigos del Planeta, Huellitas Sin Hogar); ir a la página de Partido Criollo, una campaña de la Fundación Canina Campoalegre, que tuvo que ponerse creativa y ocupar con candidatos caninos las vallas de algunos paraderos bogotanos a ver si así le encuentran hogar a tanto chandocito ya mayor que nadie quiere. O puede, claro, recurrir al Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA) (antes Centro de Zoonosis), donde quizás termine salvando al animal de la eutanasia, y se lo entregan desparasitado, vacunado, esterilizado y con microchip de identificación (después de decirle, palabras más o menos, lo que le estoy diciendo acá). Adoptar un perro adulto del Centro o del Partido sería lo más generoso.

Le van a hacer preguntas. Le van a poner a contestar formularios. Algunas veces hacen visitas domiciliarias. Sea sincero y conteste con la verdad, que hay una vida en juego. Y recuerde: las mascotas no son un regalo de Navidad ni un juguete, son seres con los que usted sostendrá una relación de mucho tiempo que hay que cuidar.

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¿Vacunas? ¿Comida?


Si el origen del perrito es incierto y no lo adoptó en el Centro o en una fundación de confianza, debe seguir el siguiente protocolo al pie de la letra. Primero desparasitarlo, porque los perros son canequeros (carroñeros) y potenciales portadores de un cantidad increíble de parásitos que los pueden matar de churrias si no tienen quién los cuide (y que pueden resultar peligrosos para usted también). Segundo, vacunarlo; las tres primeras chuzadas de rigorsi es cachorro (o sea menor de un año), y si es mayor los refuerzos anuales de antirrábica y pentavalente (contra parvovirus, hepatitis, parainfluenza, leptospirosis y moquillo o distemper, que es lo peor que puede pasarle a un perro). Por último, castrarlo si es macho, esterilizarla si es hembra. Esto último es importantísimo.

Todo eso cuesta, y bastante: todas las veterinarias y centros de salud animales cobran de manera diferente (depende del estrato, de la reputación del veterinario, etcétera), pero piense que una vez adopte, estos gastos irán sí o sí dentro de su canasta familiar. También cuesta la comida (pero no tanto, se acostumbran a cualquier concentrado) y los juguetes (que son necesarios, sí, para evitar que dañen cosas, porque son perros: juegan, muerden, destrozan), pero, sobre todo, los gastos médicos. Si, por ejemplo, lo agarra una diarrea, síntoma de alguna enfermedad seria, es posible que tenga que pagar hospitalización, que de noche en noche suma un billete considerable. Además, debe encontrar un buen veterinario de confianza con quien también empezará a entablar una relación a largo plazo. Eso es lo otro que le van a decir si quiere adoptar un perro.

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¿Y quién es él?


Pero ni siquiera eso entraña tanta dificultad como conocer al perro, aprender a leerlo, lograr que se acostumbre al olor y a los modos de su nuevo humano, a los recovecos de su nuevo hogar; establecer un código sin perder la paciencia.

Por ejemplo, un cachorro. Un cachorro no sabe nada de nada, es un bebé sin pañal que se caga por ahí y no entiende por qué está mal hacerlo ni sabe que esto es un juguete y aquello el cable del computador o los billetes para pagar los servicios. Todo eso puede pasar, sí. Y hay que evitar exabruptos, bajo ninguna circunstancia hay que reaccionar ante sus comportamientos de manera violenta y menos tratar de compensarlo después con mimos ridículos.

Si lo encuentra en la calle, puede sucederle lo que a nosotros con un perro del que fuimos hogar de paso y al que bautizamos Chapi. El perro rondaba los siete meses y era nervioso incontinente. Se orinaba cuando lo reprendíamos (de miedo), cuando lo alimentábamos (de alegría), cuando volvíamos a la casa después de dejarlo solo un rato (de emoción). Al principio no solo se orinaba, sino que sabía que estaba mal y del susto se paralizaba y se echaba encima del chichí, de modo que quedaba orinado desde el hocico hasta la punta de cola. En la calle orinaba raro y les ladraba tan duro a otros perros (quizás por la ansiedad que le provocaba la correa) que hasta de los más pacíficos recibía un guascazo de impaciencia. Después de varios ataques sucesivos de ira y frustración y gugleo, descubrimos la obviedad tan difícil de aplicar: tocaba hacerlo sentir seguro y amado, o sea, limpiar miados varias veces al día, en paz con uno, con el mundo y con el perro, y sin mirarlo siquiera (porque un arrumaco en ese momento podía pasar por recompensa y esa tampoco era la idea). Cuando dejó de enojarnos, no volvió a orinarse. El comportamiento reactivo en la calle fue más difícil de combatir, pero a punta de investigación, observación e intuición, supimos qué hacer, y cuando lo entregamos a la muchacha que lo adoptó ya era otro perro, el mejor perro del mundo, obediente y querendón como ninguno (excepto, quizás, el nuestro: Peche).

De todas formas, tranquilos: dice Estepa que incluso en el Centro de Zoonosis, que se dedicaba a “recoger animales de la vía pública”, los perritos con tales problemas eran raros. Y si le toca por azar uno de esos, piense que vale la pena lidiarlo solo por el gusto de ver la voluntad que pone un perro en aprender a hacer feliz a quien lo alimenta.

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¿Hay que enseñarle trucos?


La idea con enseñarles comandos (sentarse, dar la pata, quedarse quieto, echarse) no es, como cree tanto irreverente simpático, volverlos serviles, sino establecer las bases para poder enseñarles lo importante, es decir, lo que está bien y lo que está mal. O-be-dien-cia. Si hace caso, golosina. Y repetir, repetir y repetir hasta que lo tenga claro y asocie el acto con la recompensa. Para aprender sobre eso basta una búsqueda en Google, o pedirle consejo a alguien con perro. Lo malo es que los consejos pueden llegar a saturar, y tendrá que buscar, con paciencia de pescador, los que puedan servirle del caudal. Lo demás se lo dirá el perro, a su manera. Si se dedica lo suficiente a él, terminarán tan compenetrados que sabrá cosas sin saber que las sabe. Confíe y tenga un poco de sentido común. Por ejemplo: si se va a ausentar por primera vez, no lo haga por mucho tiempo, y ni de fundas lo encierre en la terraza con las plantas de su papá. No hay que ser experto para saber que les encanta escarbar y enterrar, mascar palitos y comer matas.

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¿Hay estrategias de convivencia?


No lo deje solo todo el día (para eso mejor adopte un gato), dele una rutina de salidas y de juego (al menos una hora diaria de correteo), procure alimentarlo siempre a las mismas horas, tres veces al día si es cachorro, dos si es adulto. Observe el popó, si se rasca mucho, si las orejas le huelen feo, las cosas que le detonan malos comportamientos. Si al animal le da ansiedad cuando tiene que quedarse solo, no se despida de él, no lo salude, salga y vuelva a entrar por raticos hasta que le parezca lo más natural del mundo, déjele algo impregnado de su olor que lo tranquilice.

Como establece la vertiente de la etología que hizo famoso a César Millán, aprenda a imponerse, a ser la autoridad, que no es rudeza, sino un tono de voz, una actitud corporal, dos o tres palabras específicas para reprenderlo. Antes de permitirle ciertas cosas –subirse a la cama o al sofá, morder sus chancletas–, dese tiempo de conocerlo. Si es un perro territorial, por ejemplo, es muy probable que se le orine en el colchón, porque dejarlo dormir con usted es la mayor concesión que puede hacerle, según dice Millán en su blog, valiosa fuente de consejos.

Si es su primer perro, quizá no logre aplicar nada de esto. Y eso está bien, en tanto lo intente, pues el arte de adoptar un perro demanda, sobre todo, voluntad y amor. Basta con desear esa tibieza adicional en la vida, estar dispuesto a hacerse responsable, soportar las nubes de pelos (aspiradora en mano), refrenar el ansia consumista que se va apoderando de uno por las repetidas visitas a hipermercados veterinarios, modular las ganas de consultar al doctor Google ante cualquier síntoma inusual. Domeñar, aunque parezca lo más difícil del mundo, el mezquino deseo de control que ataca al humano ante seres más débiles que él cuando no logra entenderlos.

Cachorro o no, criollo o de marca, grande, mediano o pequeño, el perro que elija (o lo elija) será, en esencia, el mismo que atravesó Beringia con los primeros hombres que poblaron América, el que describe Jack London en sus cuentos del frío y salvaje norte, el que tuvo su último estertor anoche en la camilla de algún centro de control animal. “El Perro Universal”. El mismo al que James Douglas dedicó un libro entero, donde dice, entre otras cosas, que “si la historia de todos los perros que han amado y han sido amados por la raza humana pudiera ser escrita, todas esas historias se parecerían. Serían historias de amor”.

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Para más información sobre los perritos que vieron en este artículo
(sobre todo si los quiere adoptar):
Fundación Adopta no Compres
Fernanda Alarcón
3204324790

Muchas gracias a peluquería y veterinaria Komondor
Producción: Adriana Restrepo
Arte: Natalie Boissard

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El primer paso es buscarlo, aunque sé de casos en los que llega no más invocarlo: decir “quiero un perro” y que justo pase uno vagabundo, quizá hasta cachorro, con los dientes blanquísimos de los canes que han vivido poco aunque hayan pasado por tanto. Uno de los 90.000 perros sin hogar que hay en Bogotá, según cifras de la Secretaría Distrital de Salud de Bogotá; o uno de los 200 millones de vagabundos que se calcula hay en el mundo. Todas las cifras son contradictorias, casi especulativas –proyecciones de un cálculo–, pues no hay modo de saber cuántos son, y ni siquiera si de verdad son callejeros. Me dijo Alexander Estepa, médico veterinario de la Secretaría de Salud y coordinador del antiguo Centro de Zoonosis: “Si te encuentras un perro, y hace clic contigo, definitivamente tiene dueño”. Mejor dicho: puede ser comunitario, deambulante; puede estar buscando un mejor hogar.

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En fin, encontrarlo no es el problema, incluso puede pagar por él, si lo que quiere es una marca. Si sí, cómprelo en un criadero certificado, de “perros de papeles”, en lugar de contribuir a las llamadas “fábricas de cachorros” y a la cría irresponsable de los vendedores de semáforo, que hacen cruces y luego estafan con perros enfermos o criollos, aunque en un principio no lo parezcan. “Lo que se va ahorrar en gastos médicos –dice Mario Muñoz, médico veterinario y adoptante recurrente– se lo puede gastar en el perro”.

Como a la final lo que uno busca es un animal de compañía, y no unos bluyines de diseñador, y la idea de la gente silvestre no es montar criadero ni poner a desfilar o a competir el chucho, lo mejor, lo más necesario, lo más fácil, es adoptar.

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¿Dónde adoptar?


Para encontrar a su media naranja perruna, puede contactar a cualquiera de las decenas de organizaciones y comunidades de adopción que hay en Facebook (Fundación Salva un Amigo, Adopta Bogotá, Fundación Adopta No Compres, Adelita Adopciones, Adopta Una Mascota, Adopciones Mascotas Bogotá); llamar al puñado de fundaciones que se ven a gatas para sostener a los que tienen y solo reciben otro si alguien de buen corazón se hace cargo de su manutención (Huellas, Amigos del Planeta, Huellitas Sin Hogar); ir a la página de Partido Criollo, una campaña de la Fundación Canina Campoalegre, que tuvo que ponerse creativa y ocupar con candidatos caninos las vallas de algunos paraderos bogotanos a ver si así le encuentran hogar a tanto chandocito ya mayor que nadie quiere. O puede, claro, recurrir al Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA) (antes Centro de Zoonosis), donde quizás termine salvando al animal de la eutanasia, y se lo entregan desparasitado, vacunado, esterilizado y con microchip de identificación (después de decirle, palabras más o menos, lo que le estoy diciendo acá). Adoptar un perro adulto del Centro o del Partido sería lo más generoso.

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¿Y quién es él?


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Por ejemplo, un cachorro. Un cachorro no sabe nada de nada, es un bebé sin pañal que se caga por ahí y no entiende por qué está mal hacerlo ni sabe que esto es un juguete y aquello el cable del computador o los billetes para pagar los servicios. Todo eso puede pasar, sí. Y hay que evitar exabruptos, bajo ninguna circunstancia hay que reaccionar ante sus comportamientos de manera violenta y menos tratar de compensarlo después con mimos ridículos.

Si lo encuentra en la calle, puede sucederle lo que a nosotros con un perro del que fuimos hogar de paso y al que bautizamos Chapi. El perro rondaba los siete meses y era nervioso incontinente. Se orinaba cuando lo reprendíamos (de miedo), cuando lo alimentábamos (de alegría), cuando volvíamos a la casa después de dejarlo solo un rato (de emoción). Al principio no solo se orinaba, sino que sabía que estaba mal y del susto se paralizaba y se echaba encima del chichí, de modo que quedaba orinado desde el hocico hasta la punta de cola. En la calle orinaba raro y les ladraba tan duro a otros perros (quizás por la ansiedad que le provocaba la correa) que hasta de los más pacíficos recibía un guascazo de impaciencia. Después de varios ataques sucesivos de ira y frustración y gugleo, descubrimos la obviedad tan difícil de aplicar: tocaba hacerlo sentir seguro y amado, o sea, limpiar miados varias veces al día, en paz con uno, con el mundo y con el perro, y sin mirarlo siquiera (porque un arrumaco en ese momento podía pasar por recompensa y esa tampoco era la idea). Cuando dejó de enojarnos, no volvió a orinarse. El comportamiento reactivo en la calle fue más difícil de combatir, pero a punta de investigación, observación e intuición, supimos qué hacer, y cuando lo entregamos a la muchacha que lo adoptó ya era otro perro, el mejor perro del mundo, obediente y querendón como ninguno (excepto, quizás, el nuestro: Peche).

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ADOPTAR UN PERRO 7

¿Hay que enseñarle trucos?


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¿Hay estrategias de convivencia?


No lo deje solo todo el día (para eso mejor adopte un gato), dele una rutina de salidas y de juego (al menos una hora diaria de correteo), procure alimentarlo siempre a las mismas horas, tres veces al día si es cachorro, dos si es adulto. Observe el popó, si se rasca mucho, si las orejas le huelen feo, las cosas que le detonan malos comportamientos. Si al animal le da ansiedad cuando tiene que quedarse solo, no se despida de él, no lo salude, salga y vuelva a entrar por raticos hasta que le parezca lo más natural del mundo, déjele algo impregnado de su olor que lo tranquilice.

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Adoptar un perro es una experiencia maravillosa. No hay nadie que haya adoptado y diga lo contrario. Sin embargo, no es fácil, es un aprendizaje. En este texto no solo encontrará un montón de consejos de una adoptante experta, sino fotos de perritos que están buscando un hogar.

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uidar un perro es una de las decisiones más trascendentales de la vida, y es en la pura verdad donde se origina ese cliché de que tener una mascota es casi lo mismo que tener un hijo. Por lo que exige, pero también por lo que da.

Entonces, mi primera recomendación, antes que nada es: si no tiene tiempo para cuidarlo, no adopte un perro. Lo demás, todo lo demás, es secundario.

El primer paso es buscarlo, aunque sé de casos en los que llega no más invocarlo: decir “quiero un perro” y que justo pase uno vagabundo, quizá hasta cachorro, con los dientes blanquísimos de los canes que han vivido poco aunque hayan pasado por tanto. Uno de los 90.000 perros sin hogar que hay en Bogotá, según cifras de la Secretaría Distrital de Salud de Bogotá; o uno de los 200 millones de vagabundos que se calcula hay en el mundo. Todas las cifras son contradictorias, casi especulativas –proyecciones de un cálculo–, pues no hay modo de saber cuántos son, y ni siquiera si de verdad son callejeros. Me dijo Alexander Estepa, médico veterinario de la Secretaría de Salud y coordinador del antiguo Centro de Zoonosis: “Si te encuentras un perro, y hace clic contigo, definitivamente tiene dueño”. Mejor dicho: puede ser comunitario, deambulante; puede estar buscando un mejor hogar.

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En fin, encontrarlo no es el problema, incluso puede pagar por él, si lo que quiere es una marca. Si sí, cómprelo en un criadero certificado, de “perros de papeles”, en lugar de contribuir a las llamadas “fábricas de cachorros” y a la cría irresponsable de los vendedores de semáforo, que hacen cruces y luego estafan con perros enfermos o criollos, aunque en un principio no lo parezcan. “Lo que se va ahorrar en gastos médicos –dice Mario Muñoz, médico veterinario y adoptante recurrente– se lo puede gastar en el perro”.

Como a la final lo que uno busca es un animal de compañía, y no unos bluyines de diseñador, y la idea de la gente silvestre no es montar criadero ni poner a desfilar o a competir el chucho, lo mejor, lo más necesario, lo más fácil, es adoptar.

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¿Dónde adoptar?


Para encontrar a su media naranja perruna, puede contactar a cualquiera de las decenas de organizaciones y comunidades de adopción que hay en Facebook (Fundación Salva un Amigo, Adopta Bogotá, Fundación Adopta No Compres, Adelita Adopciones, Adopta Una Mascota, Adopciones Mascotas Bogotá); llamar al puñado de fundaciones que se ven a gatas para sostener a los que tienen y solo reciben otro si alguien de buen corazón se hace cargo de su manutención (Huellas, Amigos del Planeta, Huellitas Sin Hogar); ir a la página de Partido Criollo, una campaña de la Fundación Canina Campoalegre, que tuvo que ponerse creativa y ocupar con candidatos caninos las vallas de algunos paraderos bogotanos a ver si así le encuentran hogar a tanto chandocito ya mayor que nadie quiere. O puede, claro, recurrir al Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA) (antes Centro de Zoonosis), donde quizás termine salvando al animal de la eutanasia, y se lo entregan desparasitado, vacunado, esterilizado y con microchip de identificación (después de decirle, palabras más o menos, lo que le estoy diciendo acá). Adoptar un perro adulto del Centro o del Partido sería lo más generoso.

Le van a hacer preguntas. Le van a poner a contestar formularios. Algunas veces hacen visitas domiciliarias. Sea sincero y conteste con la verdad, que hay una vida en juego. Y recuerde: las mascotas no son un regalo de Navidad ni un juguete, son seres con los que usted sostendrá una relación de mucho tiempo que hay que cuidar.

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¿Vacunas? ¿Comida?


Si el origen del perrito es incierto y no lo adoptó en el Centro o en una fundación de confianza, debe seguir el siguiente protocolo al pie de la letra. Primero desparasitarlo, porque los perros son canequeros (carroñeros) y potenciales portadores de un cantidad increíble de parásitos que los pueden matar de churrias si no tienen quién los cuide (y que pueden resultar peligrosos para usted también). Segundo, vacunarlo; las tres primeras chuzadas de rigorsi es cachorro (o sea menor de un año), y si es mayor los refuerzos anuales de antirrábica y pentavalente (contra parvovirus, hepatitis, parainfluenza, leptospirosis y moquillo o distemper, que es lo peor que puede pasarle a un perro). Por último, castrarlo si es macho, esterilizarla si es hembra. Esto último es importantísimo.

Todo eso cuesta, y bastante: todas las veterinarias y centros de salud animales cobran de manera diferente (depende del estrato, de la reputación del veterinario, etcétera), pero piense que una vez adopte, estos gastos irán sí o sí dentro de su canasta familiar. También cuesta la comida (pero no tanto, se acostumbran a cualquier concentrado) y los juguetes (que son necesarios, sí, para evitar que dañen cosas, porque son perros: juegan, muerden, destrozan), pero, sobre todo, los gastos médicos. Si, por ejemplo, lo agarra una diarrea, síntoma de alguna enfermedad seria, es posible que tenga que pagar hospitalización, que de noche en noche suma un billete considerable. Además, debe encontrar un buen veterinario de confianza con quien también empezará a entablar una relación a largo plazo. Eso es lo otro que le van a decir si quiere adoptar un perro.

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¿Y quién es él?


Pero ni siquiera eso entraña tanta dificultad como conocer al perro, aprender a leerlo, lograr que se acostumbre al olor y a los modos de su nuevo humano, a los recovecos de su nuevo hogar; establecer un código sin perder la paciencia.

Por ejemplo, un cachorro. Un cachorro no sabe nada de nada, es un bebé sin pañal que se caga por ahí y no entiende por qué está mal hacerlo ni sabe que esto es un juguete y aquello el cable del computador o los billetes para pagar los servicios. Todo eso puede pasar, sí. Y hay que evitar exabruptos, bajo ninguna circunstancia hay que reaccionar ante sus comportamientos de manera violenta y menos tratar de compensarlo después con mimos ridículos.

Si lo encuentra en la calle, puede sucederle lo que a nosotros con un perro del que fuimos hogar de paso y al que bautizamos Chapi. El perro rondaba los siete meses y era nervioso incontinente. Se orinaba cuando lo reprendíamos (de miedo), cuando lo alimentábamos (de alegría), cuando volvíamos a la casa después de dejarlo solo un rato (de emoción). Al principio no solo se orinaba, sino que sabía que estaba mal y del susto se paralizaba y se echaba encima del chichí, de modo que quedaba orinado desde el hocico hasta la punta de cola. En la calle orinaba raro y les ladraba tan duro a otros perros (quizás por la ansiedad que le provocaba la correa) que hasta de los más pacíficos recibía un guascazo de impaciencia. Después de varios ataques sucesivos de ira y frustración y gugleo, descubrimos la obviedad tan difícil de aplicar: tocaba hacerlo sentir seguro y amado, o sea, limpiar miados varias veces al día, en paz con uno, con el mundo y con el perro, y sin mirarlo siquiera (porque un arrumaco en ese momento podía pasar por recompensa y esa tampoco era la idea). Cuando dejó de enojarnos, no volvió a orinarse. El comportamiento reactivo en la calle fue más difícil de combatir, pero a punta de investigación, observación e intuición, supimos qué hacer, y cuando lo entregamos a la muchacha que lo adoptó ya era otro perro, el mejor perro del mundo, obediente y querendón como ninguno (excepto, quizás, el nuestro: Peche).

De todas formas, tranquilos: dice Estepa que incluso en el Centro de Zoonosis, que se dedicaba a “recoger animales de la vía pública”, los perritos con tales problemas eran raros. Y si le toca por azar uno de esos, piense que vale la pena lidiarlo solo por el gusto de ver la voluntad que pone un perro en aprender a hacer feliz a quien lo alimenta.

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¿Hay que enseñarle trucos?


La idea con enseñarles comandos (sentarse, dar la pata, quedarse quieto, echarse) no es, como cree tanto irreverente simpático, volverlos serviles, sino establecer las bases para poder enseñarles lo importante, es decir, lo que está bien y lo que está mal. O-be-dien-cia. Si hace caso, golosina. Y repetir, repetir y repetir hasta que lo tenga claro y asocie el acto con la recompensa. Para aprender sobre eso basta una búsqueda en Google, o pedirle consejo a alguien con perro. Lo malo es que los consejos pueden llegar a saturar, y tendrá que buscar, con paciencia de pescador, los que puedan servirle del caudal. Lo demás se lo dirá el perro, a su manera. Si se dedica lo suficiente a él, terminarán tan compenetrados que sabrá cosas sin saber que las sabe. Confíe y tenga un poco de sentido común. Por ejemplo: si se va a ausentar por primera vez, no lo haga por mucho tiempo, y ni de fundas lo encierre en la terraza con las plantas de su papá. No hay que ser experto para saber que les encanta escarbar y enterrar, mascar palitos y comer matas.

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¿Hay estrategias de convivencia?


No lo deje solo todo el día (para eso mejor adopte un gato), dele una rutina de salidas y de juego (al menos una hora diaria de correteo), procure alimentarlo siempre a las mismas horas, tres veces al día si es cachorro, dos si es adulto. Observe el popó, si se rasca mucho, si las orejas le huelen feo, las cosas que le detonan malos comportamientos. Si al animal le da ansiedad cuando tiene que quedarse solo, no se despida de él, no lo salude, salga y vuelva a entrar por raticos hasta que le parezca lo más natural del mundo, déjele algo impregnado de su olor que lo tranquilice.

Como establece la vertiente de la etología que hizo famoso a César Millán, aprenda a imponerse, a ser la autoridad, que no es rudeza, sino un tono de voz, una actitud corporal, dos o tres palabras específicas para reprenderlo. Antes de permitirle ciertas cosas –subirse a la cama o al sofá, morder sus chancletas–, dese tiempo de conocerlo. Si es un perro territorial, por ejemplo, es muy probable que se le orine en el colchón, porque dejarlo dormir con usted es la mayor concesión que puede hacerle, según dice Millán en su blog, valiosa fuente de consejos.

Si es su primer perro, quizá no logre aplicar nada de esto. Y eso está bien, en tanto lo intente, pues el arte de adoptar un perro demanda, sobre todo, voluntad y amor. Basta con desear esa tibieza adicional en la vida, estar dispuesto a hacerse responsable, soportar las nubes de pelos (aspiradora en mano), refrenar el ansia consumista que se va apoderando de uno por las repetidas visitas a hipermercados veterinarios, modular las ganas de consultar al doctor Google ante cualquier síntoma inusual. Domeñar, aunque parezca lo más difícil del mundo, el mezquino deseo de control que ataca al humano ante seres más débiles que él cuando no logra entenderlos.

Cachorro o no, criollo o de marca, grande, mediano o pequeño, el perro que elija (o lo elija) será, en esencia, el mismo que atravesó Beringia con los primeros hombres que poblaron América, el que describe Jack London en sus cuentos del frío y salvaje norte, el que tuvo su último estertor anoche en la camilla de algún centro de control animal. “El Perro Universal”. El mismo al que James Douglas dedicó un libro entero, donde dice, entre otras cosas, que “si la historia de todos los perros que han amado y han sido amados por la raza humana pudiera ser escrita, todas esas historias se parecerían. Serían historias de amor”.

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Para más información sobre los perritos que vieron en este artículo
(sobre todo si los quiere adoptar):
Fundación Adopta no Compres
Fernanda Alarcón
3204324790

Muchas gracias a peluquería y veterinaria Komondor
Producción: Adriana Restrepo
Arte: Natalie Boissard

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