Prueba

De India a Colombia en un vuelo humanitario

Volver a casa en medio de la pandemia

El pasado 17 de mayo, un fotógrafo colombiano regresó al país desde India en un vuelo humanitario de repatriación. Las fotos a bordo de ese avión y los diarios del largo viaje son el testimonio de una travesía que muchos esperan poder replicar para volver a casa en medio de la pandemia.

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Diario 1

E

ncerrado en un pequeño cuarto de hotel en Nueva Delhi, me enteré de la noticia: el 3 de mayo de 2020 el Gobierno Nacional informó que habría un vuelo humanitario de repatriación para los ciudadanos que necesitaran regresar a Colombia. La pandemia había estallado, el mundo se había detenido y mi viaje también. Era el momento de volver a casa; un raro final después de 18 meses recorriendo Asia con mi cámara.

La pausa obligatoria era la oportunidad para agradecer por todo lo que había sucedido en los últimos años: Singapur, Camboya, Tailandia, Sri Lanka, Nepal e India; desiertos, trenes, kayaks, festivales, el Campamento Base del Everest, los templos del Kamasutra, camellos, elefantes, muchas fotos y amigos. Todo eso culminaba en el cuarto estrecho de un hotel en Nueva Delhi, encerrado junto a Shahad Ishraq, un ingeniero bengalí, al que nunca antes había visto en mi vida. 53 días de encierro, después de casi 500 días sin pausa, eran la escala final antes del regreso anunciado en las más inesperadas circunstancias.

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Lockdown en India

Diario 1

Shahad se había casado en Bangladesh y había viajado a la India con su esposa para celebrar su luna de miel y para gestionar una visa de trabajo ante la Embajada de Polonia, pues había conseguido una oportunidad laboral en Europa. Cuando la situación comenzó a complicarse por el COVID-19, su esposa se vio obligada a regresar a Bangladesh y él se quedó atrapado en Nueva Delhi mientras la embajada procesaba su solicitud. En cuanto a mí, las semanas finales de mi viaje habían sido muy distintas: había regresado de los Himalayas, tuve que cancelar un cruce por tierra hacia Nepal y ahora debía aplicar a una visa de extensión porque todas las fronteras de India habían cerrado. ¡El Coronovirus estaba cerca y había comenzado a cambiar todos los planes!

Compartíamos una habitación de 3x4 metros para poder mantener un precio bajo en el Hotel Shelton después de que los hostales cerraran. Nos cobraban ₹400 rupias ($19.920 pesos) por noche y aparte debíamos pagar nuestras comidas. Aunque no parezca un precio alto, era al menos 3 veces más de lo que estaba acostumbrado a pagar mientras viajaba como mochilero.

Todos los días me levantaba a las 7:00 de la mañana, meditaba treinta minutos, desayunaba los platos más baratos de la carta, tomaba un baño para bajar las altas temperaturas que en Nueva Delhi llegaban a los 38º o 40º. Dejábamos que el ventilador tambaleara todo el día para darnos algo de frescura, pues el aire acondicionado tenía un cargo extra que nunca decidimos pagar. Pasaba la mañana editando fotos, organizando presentaciones, escribiendo en mi diario de viaje. En las tardes, veía series de Netflix y hacia las 5:30 de la tarde –cuando ya amanecía en Colombia–, hablaba por teléfono con mi familia y mis amigos. Era importante para mí escuchar la voz de alguien cercano.

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Sufría de insomnio, no podía descansar por el calor horrible y la falta de oxígeno en la habitación. Hacía un esfuerzo por comenzar el día con calma y acostarme con calma. Tenía que vivir el día a día, sin perder la paciencia… Mi compañero de habitación, por el contrario, dormía todo el día, pues aprovechaba la noche para trabajar en su computadora y hablar con familiares, mientras los demás nos desconectábamos y el WiFi era más potente.

Pasados los días, Shahad y yo decidimos arriesgarnos y salir a la calle para comprar provisiones. Era sorprendente ver completamente desoladas las calles del segundo país más poblado del mundo. Incluso, el cielo de Nueva Delhi estaba azul y se podía escuchar el canto de los pájaros en lugar del caos de motores y multitudes. Al regresar, desinfectábamos todo, metíamos los paquetes en jabón, limpiábamos cada producto con alcohol y finalmente nos dábamos un largo baño. Pasamos esas 7 semanas respirando ante el sopor, meditando ante la incertidumbre, lavándonos ante la paranoia.

En abril, la Embajada de Colombia en India contactó a más de 120 ciudadanos varados en este país. Después de sondear por nuestro estado de salud y anunciar ayudas económicas muy difíciles de concretar por los complejos trámites burocráticos, al fin anunciaron que un vuelo de repatriación partiría hacia Colombia el 17 de mayo. Shahad había logrado regresar a Bangladesh la primera semana de mayo en un vuelo humanitario y ahora era mi turno.

El vuelo de regreso era una luz ante tanta oscuridad de la pandemia, pero también parecía algo casi imposible de lograr. Además de la compleja apertura de fronteras, gestionada por los cuerpos diplomáticos, había que resolver una dificultad más prosaica: la plata. El pasaje costaba $2700 dólares ($10’800.000 pesos) –casi el triple del habitual valor entre 600 y 900 dólares ($2.400.000 a $3.600.000 )–.

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A través de redes sociales comencé a vender parte del trabajo fotográfico que había recopilado durante los últimos años de viaje. Después de pasar 3 días respondiendo mensajes, la solidaridad fue inmensa y logré reunir el dinero; muchos querían las fotos, pero otros me dieron su apoyo directamente para el viaje. Fue una grata sorpresa tanta generosidad, precisamente en un momento que muchos viven con dificultad.

La buena fortuna de estar en la capital hizo que mi viaje de regreso fuera mucho más corto que el de una gran cantidad de colombianos que estaban distribuidos por toda India. Buses gestionados por la Embajada los recogieron en diferentes regiones de ese enorme país y muchos tuvieron que pasar 40, 50 o 60 horas en carretera hasta llegar a Nueva Delhi.

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Vuelo GA-8800

Diario 1

El 16 de mayo de 2020, un carro gestionado por la Embajada llegó a recogerme a mí y a una colombiana que había llegado al Hotel Shelton dos días atrás. Hacia las 9:00 de la noche salimos rumbo al Aeropuerto Internacional Indira Gandhi, atravesando toda la ciudad por calles completamente oscuras y desoladas, apenas atravesadas por un par de vacas. Nunca había visto India tan oscura e inactiva, y estoy seguro de que sus habitantes tampoco la habían visto así. ¡Todo había cambiado!

Decenas de colombianos comenzaron a concentrarse en el Terminal 3 del aeropuerto y el sentimiento de hermandad crecía cada vez más, pues por primera vez en mucho tiempo estábamos junto a una gran cantidad de colombianos: distintas versiones de la misma historia de retorno, distintas razones para volver. Estábamos felices de estar cerca unos de otros, pero los funcionarios del terminal nos recordaban el distanciamiento necesario. Caminamos a dos metros de distancia en un camino trazado por cordadas hasta llegar hasta el counter de la Aerolínea Garuda, de Indonesia, la responsable de llevarnos a casa. El número de vuelo era el GA-8800.

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Nos habían informado que el equipaje de bodega no podría exceder los 20 kilogramos. Tuve que dejar en el hotel ropa vieja, tenis y unos crampones para hielo que había utilizado en Nepal. Algunos dejaron mucho peso atrás, otros persuadieron a los controladores para poder llevar consigo un poco más de la India en una segunda maleta.

Los controles en la zona de migración fueron especialmente relajados en esta ocasión. Los agentes permitieron pasar líquidos y otros algunos objetos “habitualmente prohibidos”. Como respuesta a la pandemia la prioridad no parecía ser la seguridad, a secas, sino la bioseguridad: todos los pasajeros debíamos usar tapabocas, llevar guantes, tener un par de tarros de gel antibacterial o alcohol para desinfectar cualquier cosa. Yo llevaba todo eso y también toallitas húmedas a la mano para limpiar mi cámara cuando fuese necesario.

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El duty free estaba muerto y envuelto en plástico. Todos los corredores y las salas de espera estaban apagados, excepto la zona de abordaje de nuestro vuelo. El Aeropuerto Internacional Indira Gandhi, que puede recibir cerca de 40 millones de pasajeros al año y 100.000 pasajeros al día, daba miedo. ¡Mucho miedo!

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A eso de la 1:00 de la mañana un grupo grande de colombianos comenzó a intercambiar historias, a compartir las razones de su estadía y de su regreso. Hijos pequeños en casa, desencuentros y reencuentros. Algunos contaban se experiencia con serenidad e ilusión, otros no podían de la angustia. Finalmente, a las 2:30 a.m., el altavoz silenció todas las demás voces, era nuestro llamado para abordar y la emoción se apoderó de todos.

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El tapabocas no nos dejaba respirar con tranquilidad mientras avanzábamos por el túnel hacia el enorme Boeing 777 de la Aerolínea Garuda. Cuando entramos al avión, la ansiedad se acentuó al ver la cabina completamente atestada. Pensábamos que de alguna manera el avión estaría dispuesto para que pudiéramos conservar un metro o una silla de distancia, pero no era así, el avión ya estaba lleno. Para nosotros el viaje empezaba en India, pero esos otros colombianos a bordo ya llevaban varias escalas a cuestas: venían desde Tailandia, Australia e Indonesia, llegaban a Nueva Delhi a encontrarse con nosotros y aún faltaba una última parada en Holanda antes de aterrizar en Colombia.

¡Era como una chiva voladora! Pero también era la evidencia de que no solo una persona necesitaba y soñaba con regresar a casa. En este vuelo, el sentido de empatía por los demás revivía a cada instante y nos ponía en los zapatos de los otros. El avión despegó a las 3:30 a.m., me di la bendición y oré unos minutos.

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En primera clase viajaban las personas con complicaciones médicas, adultos mayores, mujeres embarazadas y una señora con un bebé en brazos. En clase económica íbamos los demás. Yo estaba sentado en la silla 28F, en toda la mitad del avión.

Treinta minutos después del despegue nos ofrecieron un pan relleno de carne, una botella con agua, gelatina de mango y una barra de chocolate súper dulce. El tema ahora, era quitarse el tapabocas y comer a toda velocidad para evitar contagiarse de algo en ese avión. ¡Era algo angustiante! Y sin mencionar el procedimiento cuando íbamos al baño; pues era inevitable tocar la manija de la puerta, el botón de “push” para soltar el inodoro, los botones del lavamanos. Cada vez que iba, me cambiaba el doble tapabocas, sacaba nuevos guantes, me limpiaba las manos con antibacterial y me enjabonaba todo lo que podía antes de regresar a mi silla. Cada uno de los cientos de pasajeros repetía esa rutina durante las horas de vuelo.

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Logré cambiarme a un asiento del pasillo para poder moverme con facilidad y documentar el vuelo con mi cámara. Era un viaje histórico en muchos aspectos. En este vuelo venían personas de todo el país. Jóvenes que estaban haciendo su tesis o sus prácticas profesionales. Madres que visitaban a sus hijos y a quienes no veían desde hace muchos años, viajeros que estaban explorando rincones del mundo. Lamentablemente muchos no pudieron abordar este avión, debido a los precios de los tiquetes y a la cantidad de puestos disponibles. Eso también es algo que me deja sin aliento.

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Un gran amigo de toda la vida iba a bordo de este mismo avión. Él había viajado a India para certificarse como profesor de yoga. La pandemia no lo dejó regresar a casa, pero a cambio extendió por dos meses más su estadía en un ashram. Aunque venía un poco ansioso y tensionado dentro del avión, encontró una esquina del avión para estirar.

La llegada a Amsterdam supuso movimientos. La tripulación cambió totalmente, un par de autoridades holandesas inspeccionaron la aeronave, varios empleados sacaron la basura… Sin embargo, el cambio más significativo fue otra oleada de colombianos que se sumó al viaje en esta escala. No solo los que vivían en Holanda, también había llegado gente desde Suecia, Italia, Francia e incluso tres compañeros de trabajo que hicieron una enorme travesía para llegar hasta Holanda desde Arabia Saudita.

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A las 9:30 de la mañana, hora de Amsterdam, el Boeing 777 despegó con el cupo lleno. Solo faltaban 11 horas y 20 minutos para llegar a Colombia y dar fin a un vuelo de más de 50 horas desde el otro lado del mundo.

Aunque la felicidad era cada vez mayor, el cansancio también estaba siempre presente. Los tapabocas tallaban detrás de las orejas y por encima de la nariz, la ansiedad ascendía. Una mujer entró en crisis y se le subió la tensión, llamaron por el altavoz a un médico y la mujer pronto se estabilizó. En este vuelo la turbulencia tenía un significado completamente distinto.

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Estar lejos de Colombia y abordar un avión desde el otro lado del planeta es tan difícil como aguantar encerrados en casa durante la cuarentena. Unos están cerca de sus familias y seres queridos, mientras otros viven la angustia en solitario sin saber qué va a suceder o si pronto volverán a ver a las personas que aman. Los pasajeros compartíamos ese sentimiento y estar dentro de ese avión no nos hacía únicos, sino que nos convertía en familia.

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Llegada a Colombia 

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Cuando comenzamos a sobrevolar territorio colombiano, las pantallas se congelaron y escuchamos el anuncio del Embajador de Colombia en Indonesia, quien había liderado esta enorme travesía para que regresáramos a casa. Su mensaje de aliento iba acompañado por una canción de fondo. La escena improbable, y muy colombiana, era real: sonaba “Colombia Tierra querida” y las azafatas bailaban con sus uniformes naranja, violeta y aguamarina en medio de los pasajeros que aplaudían felices.

El 17 de mayo de 2020 a las 4:00 de la tarde, el vuelo GA-8800 aterrizó en Bogotá con 364 colombianos a bordo. Era la primera vez que un avión de la Aerolínea Garuda, de Indonesia, llegaba a nuestro país.

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Sentí una profunda tranquilidad en el corazón al tocar tierra firme. Muchos volvieron a aplaudir, lloraron, celebraron, otros agradecimos en silencio. Y cuando estábamos carreteando hasta la posición final de la aeronave, el capitán encendió su micrófono para darnos un anuncio. Primero habló indonesio o bahasa, el idioma oficial de su país. Luego repitió el mensaje en inglés y, sorprendentemente, leyó unas palabras en español con las que terminó su mensaje:

“¡Bienvenidos a casa, parceros!”.

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Unos minutos después abrieron puertas, tomamos nuestro equipaje de mano, desembarcamos y agradecimos desde la distancia a la tripulación. Era indispensable respetar el espacio, pero sé que si hubiera sido posible los habríamos abrazado a todos.

Nos recibieron unos hombres completamente protegidos en trajes blancos y alzando una bandera de Colombia. Uno de ellos ofrecía guantes y nuevos tapabocas. Después de once horas de estas casi apretujados, ahora nos exigían de nuevo conservar la distancia.

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Tras revisar nuestros pasaportes, las autoridades nos obligaron a quitarnos los guantes para depositarlos en una caneca roja (desechos peligrosos) y a limpiarnos las manos con alcohol y gel antibacterial. Nos volvieron a preguntar si presentábamos algún síntoma como tos, dolor de garganta, fiebre. Seguimos en fila india parados sobre marcas pintadas en las bandas transportadoras del Aeropuerto El Dorado: toda una nueva señalética de la pandemia y la distancia. Por último, pasamos frente a dos termómetros enormes: 36,2; respiré tranquilo.

¡La última etapa fue eterna! Veníamos física y emocionalmente agotados, pero estábamos muy cerca de que todo acabara. Nos tuvieron sentados más de tres horas en sillas plásticas ubicadas a dos metros de distancia, mientras esperábamos que nos devolvieran nuestros pasaportes.

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Algunos compañeros hicieron avisos que decían: “NO LLEGAMOS TODOS”. Dos fuertes mensajes en una sola frase: agradecimiento por regresar a Colombia, pero una alerta para que no olvidemos que hay miles de connacionales atrapados en todos los rincones del mundo y que necesitan ayuda. Un llamado al Gobierno Nacional y a todas las embajadas, para que den una mano a los colombianos varados por la pandemia del COVID-19.

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A las 7:00 de la noche funcionarios de Migración Colombia, la Secretaría de Salud y la Policía Nacional explicaron los procedimientos a seguir e insistieron en que debemos estar en aislamiento preventivo obligatorio por 14 días para protegernos a nosotros y a los demás colombianos. Así nos despedíamos de esta versión desnuda y desértica del usualmente agitado aeropuerto El Dorado y salíamos a las calles colombianos por primera vez en mucho tiempo.

En compañía de mi amigo instructor de yoga, abordamos un bus con destino a Chapinero. Esa noche llegamos a su apartamento sanos y salvos, pero con demasiado cansancio acumulado. Nos dimos un baño obligatorio, luego cenamos un par de arepas con queso, llamamos a nuestros familiares y fuimos a descansar. Todavía no veo a mi familia, porque he decidido pasar estos 14 días junto a mi amigo.

Estamos comenzando a adaptarnos a Bogotá. Yo estoy empezando a organizar la producción de las fotografías que debo entregarles a todas las personas que se interesaron en mi trabajo y en ayudarme a regresar a Colombia, pero ambos hemos vuelto con el corazón lleno de sueños y seguimos acumulando las ganas de abrazarlos a todos pronto.

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Ahora veo a India a más de 15.000 kilómetros de distancia mientras espero en la fría Bogotá a que pasen los 14 días de aislamiento obligatorio dentro del apartamento de un amigo. Jamás pensé que pudiera amar tanto a India. Siento de cerca su cultura, sus colores y sabores. Sus paisajes, idiomas y religiones. Sus carretas, buses y sus trenes. Recuerdo con mucho cariño a su gente. Nunca imaginé que este gran país me fuera a enseñar tantas cosas para elevar mi espíritu hasta el nivel de mis sueños. Y tampoco imaginé que me iba a despedir así…

Me fui con un sinsabor a chai y unas cuantas lágrimas en los ojos, pero agradeciendo desde lo más profundo del corazón por cada día que este maravilloso país me regaló. Anhelo regresar para explorar lo que me falta de su territorio y sobre todo abrazar de nuevo a todas las personas maravillosas que se cruzaron en mi camino.

Namaste.

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Fotos y texto: Emilio Aparicio

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