Fui a SOFA por primera vez y sobreviví

Advertencia: si usted ha asistido por lo menos una vez al SOFA, puede que lo que lea a continuación le parezca obvio y repetitivo. Estas son las impresiones de una persona cuyo mayor logro en el mundo de la fantasía es acordarse del nombre de un par de personajes de Pokemón.

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Corferias es un lugar que me gusta mucho. Desde chiquita asisto a la FILBO y cuando Agroexpo era chévere, no me la perdía ni de riesgo. También me he paseado por los pabellones medio borracha en Expovinos y en un par de conciertos, e incluso he trabajado largas jornadas allá como portera bilingüe. Pero entre tantos años y tantos recuerdos, el Salón del Ocio y la Fantasía (SOFA) estaba completamente fuera de mi radar.

Este año, con el pretexto de visitar el Salón Visual Bacánika (spoiler: es el stand más lindo de toda la feria) decidí explorar los 50.000 metros de la décima edición del SOFA, sola, con la cámara de mi celular, un paraguas, un esfero y una libreta, para tratar de entender por qué una feria que a menudo se describe como geek, ñoña y rara, es también el evento más grande de Corferias, o al menos el más concurrido.


Lo que creía que me iba a encontrar
Cuando decidí que esto iba a pasar, busqué en internet fotos de la edición del 2017. Lo que vi: un montón de cosplayers y accesorios. Algunos más producidos, otros chistosos o tiernos, pero no de muchos personajes que yo pudiera reconocer. Entonces pensé: “Bueno, esto va a ser como un Halloween adelantado, en el que no voy a entender nada y voy a ser la única de jean y tenis. Ojalá den cosas gratis”. También vi que este año habría charlas a propósito de los 25 años de los Power Rangers, los 80 de Superman, los 15 de Kill Bill y, otra muy importante, sobre cómo vencer dragones.

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Lo que me encontré

1. Un golpe
En la mañana del jueves había revisado la programación en la página web, así que mi plan A era en realidad refugiarme (de la gente y de la lluvia) como espectadora silenciosa del Open Karaoke, la charla de cine de terror y caminar por ahí en el tiempo que sobrara. Llegué temprano para asistir a un taller de lenguaje de señas para niños, que en ese momento creía que me iba a emocionar mucho más que ver un Spiderman por ahí. Pero cuando iba caminando hacia el pabellón SOFA Kids, como partiendo el cielo gris, se me apareció un cartel gigante de Sakura Card Captor y me emocioné de verdad. Saqué el celular para tomar una foto y tratando de lograr un encuadre decente para semejante acontecimiento, sentí un golpe durísimo por detrás: un señor empujando un carro como con cien sillas me atropelló. Llevaba media hora y ya tenía un accidente encima. Con mucha pena y un dolorcito que me acompañó todo el día, seguí caminando.

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Cuando llegué al pabellón del taller no había nada. Hasta ahora estaban montando los stands. Esto me pasó varias veces, ya que los eventos programados, al menos varios del primer día, no empezaron de acuerdo a los horarios de la página (ahí la logística pierde puntos). Así que cuando mi plan A se derrumbó, decidí que me iba a adentrar en cuanto rincón pudiera, dejando de lado todas las expectativas que tenía y llevando mi cojera leve con mucha dignidad.

2. Los recuerdos de mi infancia

Además del minipabellón de Sakura, que tiene afiches del diseño de vestuario de la serie, una pantalla en la que se reproducen capítulos en loop y un árbol de cerezo (¡que también se llama sakura!), esta feria me hizo recordar la breve etapa de mi infancia en la que llené el álbum de monitas de Dragon Ball Z y las canciones de Pokemón me hacían llorar de emoción.

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Me di cuenta de que mi banco mental de referentes del mundo de la fantasía está construido a partir de puros lugares comunes, que al mismo tiempo son grandes éxitos comerciales. Por eso es que no entendí ni la mitad de los cosplays o las referencias que vi y escuché, pero me acercaba casi que inconscientemente a tomar fotos de todos los Batman y Pikachu que veía.

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También tuve tiempo para pensar si es que en SOFA nadie hace cosplay de El Señor de los Anillos, de Las Chicas Superpoderosas o de Johnny Bravo. ¿Será que hay tendencias diferentes todos los años? ¿Está mal pensar que de todo producto audiovisual que consumí en la niñez y que sí conozco merece tener cosplayers dedicados? ¿Serían solamente disfraces? ¿Por qué en varios stands sonaba guaracha, diosito? Cómo saber...

3. La tecnología escaló

Otra cosa que también me hizo feliz fue ver un par de máquinas de Dance Dance Revolution, una contra la otra, como cuando había competencias en los centros comerciales. La gente que es buena sigue siendo tan rockstar como hace quince años, y a los que somos regulares nos sigue dando risa nerviosa cuando la embarramos. Lo que pasa es que en SOFA, siento, esa nostalgia se ve excedida por los grandes nombres y sus avances tecnológicos. Mientras el DDR estaba en una esquina fría, montado como un chéchere viejo y con dos gatos mirando a otros dos bailar, el pabellón 4 (el de los gamers, y donde debería estar la gloriosa máquina de baile puesta en un pedestal) parecía una fiesta electrónica: mucha ropa negra, calor, música a todo volumen, luces sobreestimulantes y venta de bebidas energéticas. Pero nadie bailaba. En este pabellón la pantalla es la reina.

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Hasta este punto había logrado sentirme cómoda y tranquila en toda la feria. Pero esta suerte de competencia corporativa extendida a los individuos combinada con la luz azul me saturó. No entendí nada y salí corriendo antes de poder tomarle una buena foto a mi viejo amigo Mario (sí, el hermano de Luigi). Me imagino que este era un temor parecido al que mis papás sintieron cuando les pedí un PlayStation 1 para poder jugar Crash Bandicoot y no me lo compraron, solo que ahora existe la realidad virtual, que hace todo más miedoso, ¿no?

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4. La fiebre del K-pop

Por otro lado, me inicié como espectadora de coreografías de K-Pop y lo disfruté. En una tarima pequeña, un grupo de chicas se reunía para retarse, a ver quién ganaba más aplausos y paquetes de papas fritas. Admiré mucho su valentía.

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Lo que más me sorprendió fue ver cómo en esa pequeña comunidad, los pasos exactos, las letras (¿en coreano?) y los nombres de las canciones fluían sin esfuerzo. Como era algo que yo nunca había visto en la vida, me pregunté cómo hacían para aprenderse todo igual. Parece que algunas bandas del género suben a YouTube, además de los videos oficiales de sus canciones, material adicional que facilita mucho el aprendizaje de las coreografías.



Ojalá la producción de Patito Feo hubiera hecho lo mismo con las coreografías de Las Divinas en 2007.

5. Una comunidad importante de artistas independientes
Más allá de la oferta abrumadora de figuras de colección, pines, camisetas, gorros y pantuflas de peluche (¡ay, tan incomprensiblemente deseadas!), lo que realmente me alegró haber encontrado fue una presencia importante de artistas e iniciativas independientes.

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El segundo piso del pabellón 6 (Galería Inkubar) es el verdadero imperdible del SOFA (lo siento, Sakura). Aquí también venden pines, afiches y stickers, pero todo más lleno de amor, y producido localmente. Es muy esperanzador ver a gente tan apasionada fortaleciendo una comunidad que se dedica a crear oportunidades para los nuevos talentos y lucha por el reconocimiento del trabajo duro.

El mejor ejemplo de esto es el Salón Visual Bacánika, que además de tener los mejores precios en stickers de toda la feria (publicidad pagada), expone en las paredes de su stand los nombres de una nueva generación creativa que tiene ganas de comerse el mundo.

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Después de una visita de dos días, entendí que SOFA es un evento tan grande porque funciona como espacio libre y abierto para que la gente se desinhiba y juegue, algo que todos necesitamos. En cada pabellón vi personas legítimamente emocionadas. Pero su éxito también se debe a que es, antes que nada, una plataforma de consumo desenfrenado, y eso que no hay muestras gratis, ñapas ni regalos. Creo que la misma seriedad y dedicación que diferencia el cosplay del disfraz está alimentada por una oferta masiva de objetos peludos y coloridos, y esta feria reúne las condiciones perfectas para que la gente deje todo su dinero y energía y regrese dichosa el próximo año, ojalá también a ver y apoyar lo novedoso.

No solo sobreviví al SOFA (y al ataque del señor de las sillas) por primera vez y vestida de civil. También me entretuve, conocí nuevos propuestas de la escena local y regresé a la casa con mi bolsillo a salvo porque solamente compré una camiseta de Bojack Horseman, que seguramente me pondré hasta que Corferias decida hacerle su propio salón.

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