Prueba

Theyyam

Meditando y editando fotos en la India

Atrapado en un hotel de Nueva Delhi, un fotógrafo y viajero colombiano repasa sus archivos recientes y reúne esta serie de fotos sobre una vibrante celebración al sur de la India. La fotografía nos presta su memoria para asomarnos a estas imágenes, a la vez recientes y remotas, que ahora parecen esquivas.

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El maquillaje y vestuario son impresionantes. Los Theyyam llevaban accesorios, máscaras, guantes, elementos que transmitían una imagen de grandeza asociada con la divinidad. En este caso todo, era rojo, pero vi Theyyams que usaban otros colores, naranjas, amarillos, siempre cálidos.

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n India estamos 10 horas y 30 minutos por delante de Colombia, pero acá en Nueva Delhi la situación es igual que en Bogotá; los viajeros y turistas también estamos atrapados en cuarentena esperando una señal para “volver a la vida”. En este preciso momento vuelvo a recordar mis aventuras mientras voy transcribiendo los apuntes de mis diarios y editando material fotográfico de los nueve meses que llevo explorando este país. Así paso estos días: editando y meditando.

Un poco más de 15.000 imágenes que me han vuelto a transportar a esos lugares hoy en día inaccesibles, que me han llevado a recordar con el corazón todas las sonrisas correspondidas y la energía de la celebración: algo tan constante y diverso a lo largo y ancho del segundo país más poblado del mundo. Han sido nueve días sentado sobre la misma cama, dentro del mismo cuarto y en el mismo hotel, soñando con que todo regrese a la normalidad para aprovechar la vida y volver a viajar.

En esta pausa, recuerdo uno de mis viajes fotográficos más recientes, al sur de la India, donde tuve el privilegio de ser testigo del colorido y la fuerza de la humanidad unida alrededor del color y el fuego. Ahora que los ojos no pueden verlo, la memoria visual de la fotografía celebra ese espectáculo.

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Accesorios, telas, metales, plásticos y pigmentos naturales contribuyen a esta transformación en seres extraordinarios, protagonistas de este ritual.

En febrero de este año, mientras viajaba en un tren hacia el sur de la India, descubrí un impresionante y colorido ritual llamado Theyyam. Una más de las celebraciones del hinduismo en la cual los seres humanos representan a los dioses para darles vida de una forma sorprendente.

En cuestión de minutos cambié mis planes para los próximos tres días y terminé “saltando” casi del tren en una ciudad que no conocía. En cuestión de horas, había reservado un hotel por $530 Rupias ($25.300 Pesos Colombianos) por noche, estaba comiendo un Fish Thali con la mano sobre una hoja de plátano y al día siguiente estaba en la estación antigua de buses preguntando cómo llegar a una aldea de la cual no podía ni siquiera, pronunciar el nombre: Cherukunnu.

Apenas pasaron treinta minutos dentro de un bus y llegué a mi destino. Utilicé Google Maps para adentrarme en la zona rural y comencé a ver afiches en las paredes o en los postes de la luz, que invitaban a las personas a diferentes celebraciones. Sin embargo, no entendía absolutamente nada porque en esta zona de India se habla malayalam y el alfabeto resulta impenetrable para un occidental. Los locales me vieron perdido cuando pregunté, pero dos señores en una motocicleta se ofrecieron a llevarme hasta el lugar donde la historia comenzó.

El pequeño Templo de Kowwathila nos dio la bienvenida con un estruendo de tambores y cientos de personas que parecían observar algo. A lo lejos, solamente se veían manchas de color rojo en movimiento; pero después de hablar con un par de personas, quitarme los zapatos para visitar el templo y pedir permiso para hacer fotografías, logré ver en detalle una de las actuaciones más bellas en las que haya estado antes.

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Detrás del templo está este pequeño espacio donde 6 personas ayudan al Theyyam en sus preparativos. No es un espacio para el público, sin embargo, muy generosamente me dejan acercarme y registrar el momento. Al interior del templo, por el contrario, están totalmente prohibidas las fotos.

Un Theyyam es un ritual sagrado que se realiza al sur de India y en el que está involucrada la actuación para narrar mitos y leyendas, pero realmente todo gira en torno a la adoración de héroes legendarios a través de danzas sagradas, trajes de colores y basándose en un sencillo concepto: el Dios se manifiesta temporalmente durante el ritual y cobra vida en el cuerpo de un humano que se prepara, se viste y entra en conexión para representarlo en su templo. Toda esta celebración se lleva a cabo en áreas pequeñas, aldeas y comunidades frente a un pequeño santuario llamado Kavu.

Lo que más atractivo resultó para mí fueron esas personas disfrazadas con enormes trajes de colores. Hay quienes dicen que puede haber más de 500 tipos de Theyyam, dependiendo del mito en el que estén inspirados. Cada Dios tiene características únicas al igual que sus disfraces. Brazaletes, sombreros, escudos, gargantillas pecheras y otros accesorios con productos totalmente naturales; como hojas, flores, semillas y hasta caracoles. Algunos llevan sobre los ojos unos elementos brillantes con pequeños orificios, que apenas les dejan ver lo que está sucediendo alrededor. Otros llevan amarrado de las orejas y la boca una especie de bigote plateado que parece incomodarles al hablar. Cada uno de estos trajes y accesorios pueden llegar a pesar hasta 30 kilogramos.

En estos preparativos recibían la ayuda de un grupo de hombres que se ocupaban de cada detalle. Al final, cuando estaban listos, parecían tomar conciencia de esa transformación física y se comportaban como si hubiesen entrado en trance y dejado de ser las personas que eran habitualmente, como si se hubieran convertido en la representación de esa divinidad en la Tierra. Se acercaban al templo y pedían permiso al dios para poder encarnarlo. Entonces se olvidaban de que eran humanos y empezaban a comportarse como dioses.

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Al mirarse al espejo, el Theyyam es testigo de su transformación. La forma en que reacciona, con gestos marcados y los ojos bien abiertos, son el inicio de una especie de posesión que lo lleva a interpretar vívidamente a la divinidad.

Había visto unos 6 o 7 Theyyam caminando alrededor del templo haciendo sonar campanas que llevaban amarradas a los pies y luego se ponían a danzar con los tambores. Un Theyyam revela las capacidades humanas de abstracción, síntesis e idealización de los seres humanos. También puede describir actividades sociales, prácticas, creencias o ideas. E indiscutiblemente es capaz de narrar un acontecimiento y crear una visión única hacia la espiritualidad, la cultura o el intelecto.

La comunidad se les acercaba para pedir bendiciones y ellos los dejaban marcados con una ceniza amarilla o gris en la frente. Muchos locales pedían por la fertilidad, la protección y hasta solucionar los conflictos entre las comunidades o clanes, pero todos lo hacían entregando ofrendas en dinero o en especie. Vi con sorpresa cómo una familia montaba a su hija en una balanza y al otro lado cargaba un racimo de bananos y bultos de arroz para dar a los dioses una ofrenda equivalente al peso de la mujer.

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Las ofrendas y sacrificios hacen parte del ritual. En esta imagen, a lado y lado de la balanza, una familia entrega una ofrenda de bananos y arroz equivalentes al peso de su hija.

El lugar de mujeres y niños en esta celebración es lateral. Por un lado, escenas como las de esa joven en la balanza junto a una ofrenda de bananos y arroz; por el otro, grupos de mujeres mirando las danzas, el fuego y los disfraces desde la distancia, sin poder acercarse al templo.

También los niños juegan y bailan desde lejos, cuando pueden se acercan al Theyyam y lo miran con curiosidad. Pero el protagonismo de esta celebración es masculino: hombres adultos están en el centro de todo. Aunque escuché mencionar durante un viaje que en otras celebraciones había mujeres Theyyam, nunca vi una en ese rol, tampoco una figura femenina que tomara protagonismo. Tradiciones muy arraigadas en el machismo de esta región y que, ojalá, posiblemente evolucionen con el tiempo.

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La celebración es puramente masculina. Las mujeres miran desde la distancia y participan solo en actividades laterales, lejos del templo.

La celebración se extiende hasta por 3 días consecutivos: danzas, bailes, rituales y ofrendas. En los intermedios, la gente se acerca a un gran comedor. Hay también momentos de reposo, pero las jornadas son muy intensas. Los Theyyam las sobrellevan cargando toda la energía de la aldea, de la divinidad, de la devoción; pero también llevan encima el peso de sus enormes trajes y la incomodidad de muchos accesorios.

Pienso en ellos como súperhumanos que tienen que echar mano de todas esas fuerzas para rendir estos homenajes y hacer justicia a su devoción. Pero a veces no basta con la voluntad: sus ayudantes les proveen agua de manera constante y también les dan cada tanto bebidas que los estimulan, licores de arroz, coco, vino.

Uno de los Theyyam que más me impresionó fue un hombre que ya pasaba los cincuenta años y cargaba con un enorme y pesado traje. Su fuerza era extraordinaria. En una de las fotos que tomé, un niño mira su báculo con curiosidad mientras él reposa en una pausa. Aunque la participación de los niños es pasiva, este encuentro entre generaciones confirma que estas prácticas siguen vivas y se continúan transmitiendo a los más jóvenes.

En este diálogo generacional y con otras culturas, también es clave el registro en imágenes y la intención cada vez más consciente de compartir fotos y videos de estas vistosas celebraciones en redes sociales. Los celulares están en varias manos, incluso algunas aldeas cuentan con un fotógrafo oficial. Al publicar estas imágenes las comunidades cercanas se enteran y cada vez son más frecuentes las visitas de miembros de una aldea a Theyyams vecinos. 

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Un niño contempla con admiración el báculo del Theyyam. También aparecen en la composición uno de sus ayudantes y un fotógrafo de la comunidad, que en este caso registra el momento con su celular. El ritual es cada vez con más frecuencia compartido en redes sociales y abierto a visitantes.

Aunque las celebraciones del día son impresionantes, en la noche todo parece trascender y salirse de control; o al menos eso fue lo que percibí después de que me invitaran a una nueva comunidad para ver de cerca Kandanar Kelan Theyyam. Una nueva celebración que sucede durante la noche.

Este ritual está inspirado en el mito de un campesino que iba a quemar el trigo para empezar una nueva cosecha, pero quedó atrapado en las llamas y murió. El Theyyam le devolvió la vida. Por eso, en esta celebración, el fuego ocupa un lugar central. Todos aportan a alimentar las llamas y el Theyyam las desafía.


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Una especie de tetera o cantimplora metálica los acompaña a lo largo de las extensas jornadas. Cada tanto, uno de sus ayudantes les tiende esta bebida o un poco de agua. 

Los tambores se encendieron, antes que el fuego. Para comenzar a concentrar energías, en algunas ocasiones los protagonistas cortaban un coco con un machete o lo estallaban contra un pequeño monumento ortogonal hecho de cemento y pintado de colores. Otras veces arrancaban de un tirón la cabeza de un pollo como ofrenda a sus creencias. Mezclaban con agua y hierbas la sangre de estos animales sacrificados, para luego salpicarlas sobre el piso del templo.

Cada vez había más locales presentes y la brasa de una hoguera gigantesca estaba lista para comenzar con el ritual. Los dioses zapateaban con fuerza indicando que estaban a punto de entrar en su máximo punto de conexión, pero antes tomaban un sorbo de sus cantimploras metálicas. Cada Theyyam cuenta con el apoyo de sus discípulos, quienes lo agarran por los brazos con fuerza y lo acompañan hacia el centro de la celebración para enfrentar el fuego que alguna vez les quitó la vida.

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Los tambores y la danza nunca paran, ayudando a mantener arriba la energía durante la extenuante celebración.

Un hombre joven con medio cuerpo desnudo se sacude fuertemente con la fuerza de la música. Está preparándose para convertirse en Theyyam durante los próximos años y se flagela la espalda con un accesorio más simbólico que contundente. Luego golpea el suelo con un látigo enorme; movimientos de gran intensidad, como una especie de descarga.

El fuego preside en el centro. Las llamas pueden alcanzar varios metros de altura cuando el ritual está en su máximo nivel. Varios hombres añaden hojas secas de palma a la hoguera y conjuntamente se acercan para levantarla hacia el cielo. El fogonazo de calor hizo que todos los espectadores se sacudieran del miedo y se alejaran del lugar. En repetidas ocasiones los Theyyam saltaron sobre el fuego sin temerle a la muerte y enseguida se acercaron a las casas de la comunidad para dar sus bendiciones.

Los tambores no dejaron de sonar hasta el amanecer. Y en diferentes actos de este impresionante ritual, los hombres aprovecharon para dormir en el piso, alimentarse en una zona común y prepararse nuevamente para mantener viva la celebración.

Llegada la madrugada, sin haber dormido en 20 horas, regresé a mi hotel cargado de imágenes –en la cámara y en la cabeza– para dormir un poco antes de seguir mi viaje hacia el fin de la India.

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El mito del incendio en el cultivo cobra vida en una hoguera que todos alimentan con palmas. En el clímax del ritual, el Theyyam y sus ayudantes saltan sobre el fuego, representando el triunfo de la vida sobre la muerte en el mito original.

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