El verdugo y el alpinista

¿Qué esconden las ilustraciones de Sako Asko? Desde sus primeros dibujos hasta su
exposición más reciente, el artista bogotano revela los secretos detrás de su trabajo.

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Hablar del trabajo de Santiago Oliveros en singular resulta engañoso para la vista. En medio de los 51.900 seguidores de su Instagram, es posible encontrarse con un caminante vestido de invierno que asciende a través de una montaña de acrílicos. A su lado, un corazón trazado en líneas negras asoma en medio de un pecho roto. Y junto a ellos, un niño amarillo vuela, halado por la fuerza de unos ojos que han escapado de su cráneo.

El ojo salta entre la incomodidad y la risa. La amplitud cromática es necesaria para dar vida a la diversidad de contextos, aunque en algunas piezas el negro se impone en grafito o tinta. Los escenarios alternan entre el juego infantil y la sordidez, espacios donde cada personaje dialoga naturalmente con la técnica en la que ha sido creado. Los mensajes claros y directos en colores vivos no parecen corresponder con las piezas crípticas y amenazantes que están a su lado. Sería natural pensar que se trata de dos artistas que comparten un mismo perfil en redes sociales. Sin embargo, los dos son Sako Asko.

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Primero fue Sako. Santiago tenía 13 años, estaba en octavo y no tenía la menor idea sobre qué proyecto presentar para una feria de talentos. Era un colegio técnico, donde los estudiantes debían escoger un énfasis; entre la electrónica y la ebanistería, él optó por las artes gráficas. Ya había agotado decenas de cuadernos, llenando las páginas de atrás para adelante con dibujos caprichosos mientras sus compañeros tomaban notas rigurosamente en clases. Esos mismos compañeros le habían pedido sus primeros encargos: dibujos para cartas de amor y retratos de amigas. Al momento de la feria, Santiago decidió hacer un proyecto de caricaturas de los profesores: “ellos se miraban caricaturizados, a unos les gustaba y a otros no. Pero mis compañeros sí estaban enloquecidos. Empecé a vender las caricaturas a mil pesos. Me hice $100.000 y con eso los invité a pollo. Tenía que ponerme un nombre para participar en la feria. Hasta ahí era solo Sako, como algo vacío donde uno mete cosas. Luego vendría la integración de mis polaridades: Sako es luz; Asko es oscuridad”.


Apenas tenía 16 años cuando entró a la Academia Fábula, donde recibió dos años y medio de formación en arte de caballete, clásico, con Felipe Cifuentes como maestro. “En ese momento, la inmediatez del micropunta y del esfero eran mis medios ideales para fluir, me gustaba esa efectividad, hasta el punto de que en la academia me decían ‘Pequeño Flash’”, recuerda. En esos años, no solo afinó la técnica sino que cambió de clientela y de temáticas: de las cartas infantiles, pasó a dibujar proyectos universitarios de sus amigos. Y aunque ya se las arreglaba y aún no llegaba a los 18 años, empezó a dejarse ganar por el miedo que le infundían los escépticos del arte: “Con esa carrera te vas a morir de hambre”. Cuando la frase empezaba a volverse una sombra, una amenaza que lo acechaba en la oscuridad de la tinta, la prosaica situación de un encargo corporativo –full color– lo sacó del hueco. Su primer encargo profesional abriría un camino en el que después aparecerían clientes como Cerveza Manigua, SoHo, El Malpensante y pequeñas empresas para las que desarrolla proyectos de identidad corporativa: colores planos, conceptos claros, mensajes directos.

También desde esa época, entrando a los veintitantos, comenzó a fortalecerse en redes sociales. Le resultó natural ese espacio en el que su cara no importa, sino su trabajo, y donde no existe Santiago, pero todos conocen a Sako Asko. “Las redes tienen esa doble naturaleza: todos estamos conectados y a la vez nos desconectamos de nosotros mismos. A mí me interesa mucho el público joven y todos están ahí. Me importa que mi trabajo sea visto: cuando alguien mira una imagen, comienza una interpretación, esa persona establece un diálogo consigo mismo y a veces conmigo a través de esa imagen… Me interesa abrir esa conversación con el espectador”.

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La mayor parte de su trabajo por encargo editorial y sus viñetas narrativas juegan con el sarcasmo y la comunicación efectiva. “Son imágenes en las cuales elimino elementos en función de que el lenguaje sea más claro. En este lado de mi trabajo, he tomado mucho de las instrucciones de seguridad de los aviones, de la publicidad de los años sesenta y de los libros infantiles. También tengo muy presente el trabajo de Milton Glaser, Toshio Saeki y Jared Murat”.

Paralelamente a ese perfil –en el que predominan las viñetas en colores planos, los contornos definidos y el sarcasmo festivo–, Santiago ha desarrollado un prolífico e íntimo trabajo personal, parte del cual se encuentra reunido en las exposiciones Deformado y Tinta Corazón. Esta última serie, realizada a lo largo de los últimos siete años y expuesta en CasaTinta hasta el 27 de junio, marca un acentuado contrapunto con el resto de su trabajo. Se trata de una exploración profunda en los meandros del alma creativa, una disección del dolor y el miedo ante la hoja en blanco, una confrontación ante el espejo contra ese verdugo que es, en sus palabras, “la voz interior que invita a la autodestrucción”.  Suena trágico, pero familiar. Asko.

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Las piezas que conforman esta muestra transportan a territorios improbables, espacios de fabulación donde seres fantásticos resultan tan ominosos como los miedos reales. El corazón y el cerebro están al servicio de las manos, a veces sometidos por ellas. La pluma y la espada atraviesan el cuerpo. Sin embargo, todo ocurre en una atmósfera de calma, como la silenciosa experiencia de crear en soledad. Durero, Goya y William Blake son algunas de las referencias a las que Santiago se remite para estas piezas, que él encuentra inseparables de la poesía y del símbolo como abstracción de las emociones.

Estas imágenes en lápiz y tinta, donde el color digital apenas asoma en un par de piezas, están muy lejos de su otra aproximación a reflexionar sobre el trabajo creativo a través de la imagen. Ese hombre de chaqueta azul y gorro amarillo de invierno, que avanza sobre el caballete tratando de conquistar una cima de acrílicos, ese hombre encuentra en la creación una forma de luz.

“Ese personaje representa el viaje de la experiencia humana. Más que el desplazamiento físico, alude al viaje interno. Ese proceso que es la vida, una especie de diario de lo que es ser humano”. El alpinista deambula por Instagram entre la abnegación y la calma. Parece haber recogido el equipaje oscuro de Tinta Corazón y llevarlo consigo en un saco, donde quizá también lleve pinceles, cuentas de cobro y el RUT actualizado. Sako Asko.

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