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Rapunzel guarda un secreto

Detrás de muchos de cuentos de hadas clásicos hay una gran historia y muchos cambios. Delicados detalles transformaban esos relatos que circulaban para hablar sin censura de temas que siguen presentes en nuestra vida cotidiana. En busca de ese sentido perdido, un narrador e historiador nos trae a la joven de largos y dorados cabellos en esta primera entrega de Cuentos de hadas para milenials.

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Rapunzel 01

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apunzel se come la última uña larga que le queda en la mano derecha y mira con rabia el cuero doloroso que no ha podido arrancarse del dedo anular. Mira la ropa colgada en su armario, sus vestidos. Cuenta una vez más todos los que ya se ha puesto en las últimas horas y se niega a concluir que ya los probó todos. Gothel, su madre –quizás no sepa que adoptiva– aún debe tardar un buen rato en volver. Ella sabe que cada dos semanas se tarda un poco más en hacer la compra, pues la alacena está casi vacía. Todo en ese lugar le parece distante en medio de la intranquilidad, una tan intensa que, está segura, nunca había sentido desde que se mudaron a esa torre y dejó de salir por recomendación de Gothel hace un par de años. Hay algo que no encaja, piensa, algo que no entiende del todo, pero que con toda seguridad tiene que ver con lo único que ha cambiado en los últimos meses: el príncipe.

Así podríamos imaginarnos las ansiedades de Rapunzel en los momentos previos al que será el inicio del desenlace en su vida, aún muy lejos del esperado “felices para siempre”. Todos somos capaces de recordar más o menos la historia de una joven encerrada en una elevada torre sin acceso alguno.

El cuento como nos viene a la mente nos llega de la versión más popular –de las numerosas que existen anteriores a Enredados de Walt Disney Animation Studios– que hubo alguna vez: la última de los Hermanos Grimm, publicada en 1857 en Alemania. Aunque, como es de esperar, son muchos los detalles que no hacen parte de esa memoria colectiva, entre ellos el desenlace de la historia. Sin embargo, lo que muy pocos saben es que ese mismo cuento tuvo alguna vez una versión un tanto distinta, también de los Grimm y que vio la luz en su primera colección de cuentos en 1812. Y es que su recopilación de cuentos había sido tan exitosa que Wilhelm Grimm, el hermano menor de Jacob, se dedicó a editar cuidadosamente los relatos para el gusto de los tantos lectores que les escribieron felicitándolos y comentando su trabajo. Lo interesante es que si el relato de 1812 fuera el que todos recordáramos, nadie diría que se trata de un cuento sobre el encierro envidioso que una bruja malvada impuso a la dulce Rapunzel. Más bien, sería evidente para todos su inquietante actualidad.

Para muchos es obvio que Rapunzel lleva toda su vida en esa torre. Pero no es así. Según ambas versiones, ella llega ahí a sus doce años. Por otro lado, lo que nos cuenta el cuento nos permite pensar que es probable que Rapunzel no sepa que Gothel no es su madre. No podría recordarlo. Su cuento comienza lejos del encierro y de ella misma.

Antes de esa torre, hubo una vez una pareja adulta que logró concebir después de muchos esfuerzos. El embarazo sucedió con normalidad hasta que un día, mientras la futura madre miraba por la ventana, sobrevino un monumental antojo: comer las hojas de rapunzel, tan suculentas, que crecían en la huerta de la casa contigua.

Quién diría que el nombre de la famosa doncella encerrada en la torre es el de un aromático vegetal y que habría podido llamarse Rúgula o Lechuga según el antojo de la madre. Pero no: la madre quería comer rapunzel (rapónchigo, hispanizan algunos traductores) y nada más. Léase bien: nada más.

La futura madre cayó en tal desesperación que su esposo no hallaba qué hacer. Ella se sentía al borde de la muerte, y el marido, contagiado de su angustia, decidió saltar el muro que separaba las casas y tomar unas hojas para darle de comer. El plan funcionó. Y cuando todo parecía volver a la calma, el antojo regresó. Conflictuado por tener que perpetrar dos robos en tan corto plazo y al mismo tiempo confiado por haberlo logrado una primera vez sin problemas, el futuro padre decidió volver por más. Cuando llegó al otro lado del muro, lo esperaba un hada, la señora Gothel, propietaria de la huerta. Consciente de su embarrada, el padre pidió clemencia y le explicó la situación desesperada de su esposa. El hada, condolida, le dijo que estaba bien, que podría llevarse todo el alimento que quisiera, pero solo a cambio de la niña que estaba por nacer de ese antojo infernal, de ese apetito inocente.

Si hay algo que hoy despierta polémicas y una sensación de irrealidad gratuita en los cuentos de hadas son ellas: las hadas y sus acciones, tantas veces de apariencia exagerada. En la actualidad son muchas las interpretaciones y valoraciones que se hacen de ellas, ya que una cantidad considerable de los cuentos que han llegado hasta nosotros ha cruzado los siglos. Y como muchos otros aspectos de los cuentos, estas poderosas señoras no han pasado inmunes de una versión a otra. Pero, ¿por qué esto es importante para contar el cuento?

Apoyado en numerosas fuentes y en otros estudiosos, una de las autoridades vivas más importantes en el tema del cuento de hadas, Jack Zipes, sugiere que se trata de personajes que han sido pervertidos en las sucesivas adaptaciones que los cuentos tuvieron de la oralidad al mundo escrito; que bajo la opresión patriarcal dejaron de ser sabias mujeres o poderosas diosas a malvadas brujas debido a que los relatos, sostiene, se adaptan a su época para imponer modos de sociabilidad. Otros, como la popular psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés, las ven como símbolos antiguos de una poderosa y arquetípica feminidad. Y ambas cosas son posibles entre otras interpretaciones, sin duda.

Rapunzel 01

Pero hay una lectura más innata o más obvia que he oído varias veces en todo tipo de discusiones. Cualquier lector común y corriente, podría verlas como las representantes fantásticas del terrible azar. Y esta mirada no está lejos de un detalle fundamental que no se puede obviar detrás de todas esas lecturas especializadas. Hada viene del latín fatum, palabra raíz de fate en inglés y hado en español. Las hadas son las agentes y las metáforas del “destino”. Y en esos países muy muy lejanos donde su magia sirve para activar conflictos y desenlaces, para repartir la responsabilidad, lo ineludible, el peso de los actos y de lo que es debido, algunos personajes han tenido que cargar con la faceta más humana de estas señoras. Es el caso de la no tan afortunada Rapunzel.

La niña nació y fue entregada al hada en su casa, en la casa vecina a la de sus padres. No se supo qué relación pudo tener con ellos, si siempre creyó que era la hija de Gothel, si lo pasó bien o mal. Nada. Era una niña como otras, que pasaba su tiempo jugando en la huerta, a lo mejor ayudando en casa, fantaseando. Quién sabe. Cuando cumplió doce años se mudó con su madrastra a la famosa torre, que la acompañaría por siglos de fama, y de la que Gothel sale y regresa a la casa algunos días, con algo como la compra, haciendo el pintoresco rápel con su pelo para bajar y subir como la más hábil escaladora. Vivían tranquilamente hasta el día en que el príncipe del reino apareció en escena.

Rapunzel piensa en esa fatídica tarde mientras se agota el tiempo y ella se observa dentro de la bata ancha con la que duerme todas las noches. Sonríe nerviosa al recordar. Se seca las palmas de las manos en la tela. Ella, que no tenía idea de lo que estaba por suceder, cantaba para entretenerse mientras rehacía la interminable trenza que aún arrastra y que había producido más de un desastre en casa. Sabrá Dios cuántos floreros y tazas se pudieron quebrar por obra del andar torpe de esa enorme boa que se enredaba con mesas, sillas y otros muebles. El caso es que en eso estaba, poco después de haber bajado a Gothel, cuando oyó una extraña voz. “¡Rapunzel, suelta tus cabellos!”

Un poco de imaginación hace difícil creer en la inocencia de Rapunzel a la hora de permitirle subir al príncipe. Su voz tenía que ser nueva, o cuando menos extraña para sus oídos. Ella pudo asomarse y ver que lo que estaba por pescar con su trenza era poco semejante a su madre. Pudo decidir. Es una escena típica de la literatura y de la vida, que copia al arte. En una de sus novelas, Marguerite Duras presenta una extraordinaria descripción de lo que Rapunzel podía estar sintiendo en ese momento, mientras veía su cabellera bajar lentamente hacia esas manos ajenas y desconocidas que tendían hacia ella:

Desde el primer instante ella sabe algo así, a saber: que él está a su merced. Y por ende, que otros podrían también estarlo, si la ocasión se presentara. Ella también sabe otra cosa, que sin duda ha llegado el momento en que ella ya no podrá escapar a ciertas obligaciones consigo misma. Y que de todo eso la madre no debe enterarse, ni los hermanos, eso también lo sabe ese día. [...] Desde ahora no deben saber lo que le pasará a ella. Que se las quiten, que la lleven, que la hieran, que se las dañen, ya nunca deben saber nada de eso. (L’amant, traducción personal).

Rapunzel, como la protagonista de El amante de Duras y tantas otras mujeres de la ficción y la realidad, escoge por sí misma ver qué es eso que su voz trajo por el bosque. Y claro, los dos jóvenes “se enamoran”. ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué quiere decir en términos prácticos enamorarse en un cuento de hadas como “Rapunzel”? ¿Cuánto tiempo gozan de su amor, lo que sea que eso signifique, antes del fatídico desenlace? Para responder a estas preguntas vale la pena contrastar las dos versiones de los Hermanos Grimm.

Para que hagan memoria, estimados lectores, mientras Rapunzel sigue pensando en su cama, al final de este cuento el hada destierra a su ahijada, y luego recibe al príncipe para revelarle que su amada ya no está. El joven, desconsolado y asustado, cae de la torre sobre unos espinos y se perfora los ojos. Yerra por años, ciego, alimentándose de lo que encuentra por los caminos, hasta que se topa por azar a su amada. Entonces, el príncipe recupera la vista, deciden casarse, regresar al palacio. Y fueron felices para siempre. Pero aún no, aún hay cosas que contar.

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Lo que sí cambia entre las dos versiones es lo que Rapunzel le dice a Gothel antes de crear el temible problema que, seguramente, ya intuye. En la versión editada de 1857, Rapunzel le dice a Gothel “Dígame, señora Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subirla que al hijo del rey?”, una línea inocente que recibe por temible e implacable respuesta: “¡Oh, muchacha descarada! –exclamó la hechicera–. ¿Qué es lo que tengo que oír de tus labios? Yo pensaba que te había apartado de todo el mundo y tú me has engañado”. Es clarísimo que ahí, en ese escenario, la señora tiene una reacción exagerada. Pero en la versión de 1812, la pregunta de Rapunzel podría haber podido infartar aún hoy a muchas madres que no esperan tan pronto esa línea.

Rapunzel voltea y ve la ventana por la que levantará a su madrastra, a su madre, a su hada, y resuelve que lo mejor será decirle lo único que sabe. Sí. Lo que no puede imaginar todavía es que cuando diga “Dime, Madre Gothel, ¿por qué mi ropa me queda cada vez más estrecha? Ya ninguno de mis vestidos me queda…”, su madrastra, entenderá de inmediato algo que ella no, y en una mezcla de angustia y decepción apenas podrá responder: “¡Oh, muchacha descarada! ¿Qué es lo que tengo que oír de tus labios?”

Si esto no bastó, estimado lector, para que adivine qué pasó, hay un dato más en el texto, invariable entre ambas versiones, que le aclarará qué difícil noticia recibió la madre Gothel: en el destierro, Rapunzel da a luz a un par de mellizos, un niño y una niña. La ira del hada viene de la devastadora idea de tener que recibir un par de bastardos reales, concebidos en la ignorancia de su hija, y que de ser conocidos seguramente no tendrían ni reconocimiento ni padre. Una noticia que además deja en desgracia a Rapunzel, desprovista de ese elemento clave en la consecución de marido para tantas mujeres de ayer y hoy: la castidad, virginidad, o al menos el no-ser-madre. Injusticias del muy muy lejano mundo nuestro. Pero nada de esto llega aún, no.

Rapunzel sonríe mientras espera, el sol ya se inclina por la ventana, iluminando todo en el interior de su casa. Sabe que hay algo que aún no entiende, pero lo intuye de una extraña manera. Está acostada sobre su cama y mira el techo. Imagina que lo que no le ha contado a su madre, puede producir un regaño, una discusión, un problema. Pero no tiene idea del tamaño de lo que viene. Nunca le han contado cómo traen bendiciones las cigüeñas, y todavía no sabe que esa delicia ya probada es el canto que las llama. A lo mejor, Gothel nunca le contó que el inicio de su propia historia fue otra expresión del deseo durante la extraña experiencia de concebir, esa tarea que ahora trae entre manos sin saberlo; que su cuento fue contado por siglos para poner sobre la mesa el poderoso llamado del cuerpo hacia el placer y sus consecuencias, uno capaz de hacerla extrañar a su príncipe en esa cama mientras se agota el tiempo, uno capaz de cruzar el muro que separa la vida como la conocíamos del huerto donde crece sin cesar el peso de nuestras acciones.

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