Underground editorial colombiano

Una revolución editorial está transformando lo que leemos. Proyectos que trabajan colaborativamente, imprimen en sus propios talleres, encuadernan con las uñas y distribuyen mano a mano. Lejos de las dinámicas de los grandes sellos comerciales, así opera la nueva edición independiente en Colombia.

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No viajan en barco ni en avión desde Europa, ni los mandan en contenedores desde Estados Unidos. Tampoco los envían en cajas selladas a través de Servientrega ni los lleva un mensajero a la librería.

Un día alguien, con un modesto paquetico, llega a una feria o a una tienda a vender los libros que ha hecho con sus propias manos:

—Este es mi proyecto editorial.

—Esto lo hice yo.

—Escribí este libro y lo mandé a imprimir.

Editor, historietista y autor exhiben sus ejemplares. De pronto se venden.

Más o menos así funciona el mundo de las publicaciones independientes en Colombia.

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Imprenta Comunera: el derecho a copiar parcial o totalmente un libro

Una de las estanterías de la librería La Valija de Fuego tiene dos cajitas de cartón llenas de publicaciones confeccionadas al margen de la abrumadora industria editorial colombiana. Muchas de ellas son diseñadas manualmente en recónditas habitaciones y talleres de ilustradores, escritores, historietistas y editores que alguna vez dijeron “esto puedo hacerlo yo”. Son baratas, de cortos tirajes y salen cuando pueden: cuando estén listas, cuando haya entusiasmo, cuando alcance el dinero, cuando por fin detone el impulso creativo, tan intermitente.

En una de esas cajas de cartón encuentro un libro delgadito, del tamaño de mi mano, que me llama la atención por el título: En alabanza del aburrimiento. Abro una página al azar: “Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo”.

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Es un discurso de graduación que leyó el poeta Joseph Brodsky en la Universidad de Dartmouth en 1989. Fue publicado por primera vez en español en 2005, en la revista El Malpensante, y reeditado en 2016 por Imprenta Comunera, una pequeña editorial bogotana dedicada a la difusión del pensamiento libertario y anarquista.

Miro la página legal —allí donde se suele registrar que un libro pertenece a alguien, que todos sus derechos están reservados, que su reproducción parcial o total es ilegal— y advierto que el ejemplar que tengo en mis manos no tiene su contenido restringido a ninguna institución cultural o comercial. En cambio, dice: “Nadie lo va a culpar, a multar o a encarcelar por difundir o copiar este libro. Por el contrario, estaremos muy agradecidos si lo hace”.

Días después de mi visita a La Valija de Fuego le escribo a Fabián Serrano, uno de los editores de Imprenta Comunera.

—Me gustó el mensaje de la página legal, parece una provocación a la industria de los derechos de autor —le digo.

—Es una oposición a las grandes casas editoriales, que son totalmente restrictivas con el conocimiento y penalizan cualquier intento de reproducción fuera de sus imprentas. El conocimiento es libre, es un saber acumulado de muchas generaciones. Restringirlo es apropiarse de él de una forma burda —responde él.

—¿Es decir que ustedes no tienen los derechos de ninguno de los libros que publican?

—Si tenemos algún derecho, simplemente no lo ejercemos. Como no nos lucramos por el ejercicio editorial, no nos afana atesorar derechos de impresión o edición, ni tener grandes catálogos.

El modus operandi de Imprenta Comunera consiste en la solidaridad y el trueque. Algunos de sus autores ceden sus trabajos a cambio de unas copias o de participar en el proceso de edición, y los diagramadores y diseñadores también donan su trabajo a cambio de copias. Si alguien quisiera cobrar por la edición de su libro, sencillamente lo rechazarían.

—Nosotros evitamos convertir el libro en una mercancía más. Asumimos la autofinanciación como una alternativa a las formas de producción del capitalismo.

—¿Y cómo se sostiene la editorial?

—Tenemos claro que de los libros no se vive. Hay que salir a trabajar para poder comer. El dinero que genera la venta de libros es para hacer más libros.

Al conversar con Fabián me entero de que el formato del ejemplar que compré en La Valija de Fuego a siete mil pesos se llama “plaqueta”. Es una publicación de bajo costo cuyos propósitos son ahorrar papel y difundir textos breves como ensayos, cuentos y poemas de máximo 60 páginas. Otros títulos que han editado en este formato son Marx y anarquismo, de Rudolf Rocker; Jefes cabecillas y abusones, de Marvin Harris; Ensayos de Emma Goldman, Cuentos de Ricardo Flores Magón y Escritos de Ricardo Mella. La editorial ha publicado 10 plaquetas y 8 libros.

—¿Cómo deciden qué publicar?

—Nuestro rasero para seleccionar los textos es el anarquismo —apunta Fabián—. Nos basamos en tres criterios: que sean clásicos del pensamiento, que piensen el anarquismo en la actualidad y que hagan énfasis en problemas locales o que muestren ejemplos de luchas contra el capitalismo.

El diseño de una plaqueta empieza con un dibujo a mano: se toma una hoja tamaño carta y se divide en cuatro partes. Cada una es una página. Al imprimir por ambas caras salen ocho páginas por cada hoja. El libro es un cuadernillo. Después se pasa el boceto a Illustrator y allí se hace la diagramación: la numeración de las páginas, la ubicación del texto, la disposición de las imágenes.

—La idea del formato de este libro es que se pueda imprimir en cualquier lugar del mundo —apunta Fabián.

Los libros de Imprenta Comunera están hechos en papel ecológico a base de caña o papel propal. Usan impresora láser para el contenido. Impresión digital para la portada.

—Nos gusta coser las plaquetas, en vez de graparlas, que es lo más común.

—¿Es una encuadernación manual?

—Sí. La hacemos a mano en técnica japonesa, con unas variantes para que sea más sencillo.

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Imprenta Comunera nació en Bogotá, en 2016. Hoy opera en Bucaramanga. Fabián Serrano y Mónica Martínez hacen el trabajo necesario para que la editorial funcione. Cuentan con una red de distribución que han construido poco a poco y que les ha permitido llegar a Barcelona, Buenos Aires, Medellín y Bogotá.

Como es común en los proyectos editoriales pequeños, son pocas manos para todas las labores: editor, corrector de estilo, traductor, diagramador, diseñador y vendedor a veces son una misma persona. A veces dos, a veces tres.

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Camilo Defex: un hombre que vive de los libros que escribe y de los que escriben sus amigos

También ocurre con frecuencia que el editor, corrector, traductor, diagramador y librero, además, quiere ser autor. O al revés: un autor quiere publicar un libro. Como es difícil llegar a una editorial reconocida, entonces, él mismo lo imprime. Lo vende. Y después crea una pequeña editorial. Ese es el caso de Camilo Defex y de la Editorial Zarigüeya: Camilo tenía un blog y decidió imprimir algunos de sus textos. Los encuadernó en forma de libro, los marcó con el sello Zarigüeya Editorial Cartonera y los puso a la venta en su telón ambulante, donde vendía libros de segunda en la Universidad de Antioquia.

***

Un día, en 2014, Laura Henao pasaba por el teatro Camilo Torres de la U. de A. y vio en el tendido de un librero una pequeña publicación que le interesó: Manual de autodestrucción. Su portada era una ilustración de Mariana Gil, a quien Laura conocía. Entonces la compró. Valía 2.000 pesos.

El librito que Laura se llevó cabe en el bolsillo de un pantalón. “Haga maletas. Abra la puerta. Ciérrela y no mire atrás”, dice en la página 17. Manual de autodestrucción recoge el pensamiento de “un cuarentón de apariencia olvidable” al que le gustaba ser llamado “El Zarigüeya”. Invita al desprendimiento material y a la deserción moral; anima al viaje y a abrazar la soledad. Nos recuerda que somos diminutos y finitos, que no somos tan especiales ni indispensables para este mundo como quisiéramos o como pensamos. “En cada rincón somos lo mismo: bichos que buscan la significación, el amor, la felicidad”, dice.

Laura Henao leyó el Manual y volvió a buscar al librero ambulante. Se enteró de que se llamaba Camilo Defex. Él mismo era el autor del libro.

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Laura también escribía cuentos y encontró en Camilo a un autor amigo. Imprimieron sus textos, los encuadernaron, los marcaron con el sello Editorial Zarigüeya y también los pusieron a la venta.

Así comenzó la editorial: dos autores.

—Zarigüeya empezó como un juego mío y adquirió realidad con mis amigos —cuenta Camilo.

Andrés Vásquez también conoció la Editorial Zarigüeya por el Manual de autodestrucción de Camilo. Una amiga le regaló el libro y él encontró allí “un panfleto con talante de anarquismo confuso, sectarista y mesiánico” que le habló de sí mismo y de su época, llena de gente que persigue ciegamente “cualquier cosa que parezca ir más allá de su existencia cotidiana, miserable y anodina”.

—El Manual parece una parodia y a la vez la proclamación de un anhelo de sentido y pertenencia al mundo —comenta Andrés.

Guiado por la admiración y la necesidad de leer más trabajos de Camilo, Vásquez le pidió a su amiga que le presentara al autor de esa “frita y perfecta bizarrez”.

—Yo acababa de graduarme y tenía poquísimas ganas de ser un psicólogo con horarios, jefes, consultantes y toda esa mierda insulsa y exasperante de la adultez. El manual de Camilo me hizo pensar que había otras formas, y quise intentarlas.

Se conocieron en el corredor de Artes de la Universidad de Antioquia donde Camilo vendía libros. Andrés también escribía. Ese día llevó un cuento impreso, sin ambición de nada, solo con el deseo de compartirlo con un “camarada escritor” al que admiraba.

No lo sospechaba ni lo esperaba, pero ese relato, La pérdida y el retorno, sería su capital para ingresar a la Editorial Zarigüeya.

A. G. Vásquez Pérez es Andrés cuando hace poesía; Tobías Dannazio es Andrés cuando escribe narrativa y ensayo.

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—El Manual de autodestrucción ha sido una carnada para muchos que nos hemos acercado a Defex y a su sello editorial —cuenta Andrés—. Así llegó también Mauricio Hoyos: impulsado por su aprecio a los trabajos de Camilo.

Ellos cuatro son la Editorial Zarigüeya: Camilo Defex, Laura Henao, Andrés Vásquez y Mauricio Hoyos.

No tienen roles definidos. Todos son autores, editores, diagramadores y vendedores. Cada uno se encarga de los diseños de su obra y, cuando alguno quiere publicar algo, lo hace. El logo está disponible en internet. Cualquier persona puede usarlo.

—¿Tienen alguna dinámica de trabajo en la editorial? —le pregunto a Camilo.

—La formalidad no es algo que sepamos manejar y creo que no nos interesa. Queremos hacer las cosas cada vez mejor, pero no es una obligación.

Su centro de acopio es la Librería Mutante. Está ubicada en el segundo piso del Pasaje La Bastilla, un lugar del centro de Medellín que reúne pequeñas librerías de libros nuevos y de segunda. Allí venden sus publicaciones y las de otras editoriales independientes. Tienen fanzines, postales y libros usados.

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Rodeados de papel, se sienten en abundancia.

—Tenemos la idea de que publicar libros es como imprimir billetes, pero nosotros no ponemos símbolos nacionales, sino nuestros mundos interiores.

—¿O sea que sus libros son como su dinero?

—Nuestros libros son nuestras divisas Zarigüeyas. Después las intercambiamos por las divisas del mundo en el que vivimos, que son los pesos colombianos. De alguna manera es como si tuviéramos una nación con sus propios símbolos y su propio sistema de valores. Con eso hacemos las cosas que tenemos que hacer en la vida diaria.

Los derechos de los libros de Zarigüeya se compran con más libros. Los autores-editores están armando un archivo digital con todas sus publicaciones para hacer intercambios con editoriales independientes de otras ciudades y países.

—Esta es una forma de evitar que el dinero intermedie en el comercio de obras literarias. Preferimos que las obras se comercien entre ellas, como si ellas mismas fueran divisas —comenta Defex.

—¿Se puede vivir de los libros?

—Pues yo vivo de los libros que escribo y de los que escriben mis amigos.

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Lucas Vargas: el mercader de cuentos

Escribía una historia semanal. La imprimía y sacaba fotocopias. Se acercaba a la gente en la Universidad de Antioquia y le decía: “Mirá, estoy vendiendo cuentos”. Dejaba el texto en la mesa para que uno lo leyera y al rato pasaba de nuevo. “Si querés, me lo pagás”, decía. Vendía cuentos para salir el fin de semana, y le iba bien: en un buen día, Lucas Vargas podía reunir sesenta mil pesos.

Durante cuatro meses escribió y vendió el cuento semanal. El de la fotocopiadora siempre se quedaba con uno.

Alguna vez conoció a una mujer que vendía pasteles de guayaba. Él le daba un cuento y ella le pagaba con cinco pasteles.

—Te estoy tumbando —reparaba Lucas.

—Que no, que no —insistía ella.

Las ganancias no eran holgadas, cuando mucho veinte o treinta mil pesos que le alcanzaban para comprar libros, comida y cerveza. Lo que más se ganó, aun sin pretenderlo, fueron lectores, quienes le empezaron a reclamar el cuento cada ocho días. Pero Lucas se cansó y abandonó su pequeña empresa. Tres años después conoció a María Camila Duque, una estudiante de Arquitectura y Literatura de la UPB que le presentaría el mundo de los fanzines. Ella se inventó Paradoja, una publicación independiente de la cual Lucas es hoy el editor.

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María Camila Duque: “Encontré un alivio en el collage y en la literatura”

Los compañeros de Arquitectura de María Camila Duque hacían dibujos y tomaban fotografías para no carbonizarse en la universidad. Ella escribía y hacía collage.

—Cuando estudiaba Arquitectura tuve momentos en los que necesitaba desesperadamente actividades que me alejaran del agite en el que estaba —dice.

Se fascinaba con las libretas de sus compañeros y las veía como creaciones atomizadas que deberían ensamblarse y componer un todo más grande. Su sensibilidad de collagista la llevó a soñar con la imagen de un espacio de encuentro en el cual alojar todas estas invenciones.

—Pienso en cada publicación como una casa: con sus ventanas, pasillos, entradas, salidas... Paradoja es ese lugar donde se encuentran varias realidades a partir del tema que proponemos como excusa.

—¿Paradoja es un collage de realidades y visiones de mundo?

—Esa es la búsqueda: pluralidad, encuentro de muchas realidades. La primera palabra que se me vino a la mente para nombrar este experimento fue Paradoja. Valoro esa suerte de multiplicidad que encierra.

En el primer embrión de este experimento editorial, María Camila Duque conoció a Lucas Vargas, el mercader de cuentos, y hoy Paradoja es un fanzine colaborativo de los dos que ya va en la octava edición. Nunca ha generado utilidades económicas, sale cuando puede y su aspiración comercial es que se financie sola.

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—¿Cómo eligen los textos y las ilustraciones que publican? —le pregunto a Lucas.

—Esta editorial publica todo lo que recibe. El presupuesto es que cada persona viene de fábrica con la capacidad de crear.

—¿O sea que no hacen un proceso de selección?

—Paradoja es una editorial muy figura. Todo el que envía algo recibe comentarios del siguiente tipo:

Venga, usted se arriesgó a crear este poema, listo, bienvenido. Debe saber que está lleno de lugares comunes, pero no importa. Usted no lo había hecho nunca antes y lo está haciendo ahora. Dentro de esos lugares comunes hay tres versos y en ellos usted dice algo valioso. Esos tres versos están buenos, ¿nos vamos por ahí?

Si la persona está dispuesta a mejorar su texto con los ajustes, sale en la publicación.

Para ser editor de Paradoja, Lucas tuvo que desinstalar de su cabeza el modo clásico de editar y corregir textos que aprendió en la universidad. Su criterio de evaluación no es que un texto llegue a las librerías para venderse. Tampoco busca ni espera la próxima gran revelación de la literatura.

—Si aparece un joven Ovidio que promete, hágale, bienvenido. Pero aquí lo importante es otra cosa: queremos hacer del arte un oficio cotidiano.

—Usted le atribuye un valor muy especial a la creación artística.

—La creación artística es un espacio para contemplar la libertad, es una forma de hacernos cargo de ella. Es bonito. Crear nos recuerda que somos libres.

—¿Cree que el arte es una forma de escape?

—Todo lo contrario: es una forma de estar presente en el mundo, de romper con las cadenas, de enfrentarse a las limitaciones. La creación artística nos ayuda a respirar sin sacarnos de la piscina en la que estamos sumergidos.

—¿Cree que es fundamental para la vida?

—Pessoa dice: “vivir no es necesario, lo necesario es crear”. Pero yo no estoy de acuerdo con Pessoa. Ese no puede ser el punto de partida para la cotidianidad de todas las personas. La gente tiene que pagar cuentas, trabajar, salir con amigos, sobrevivir. Yo digo: añádale a eso, de vez en cuando, sentarse a escribir. La creación es una forma de vida, pero también puede estar al lado de la vida.

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Lecciones ilustradas de feminismo
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El día que estuve en La Valija de Fuego encontré otra publicación que me llamó la atención. Microfeminismos es su nombre. La portada es amarilla. Las letras de su título son de color fucsia y hay cinco personajes dibujados. Creo que todas son mujeres. Es difícil asegurarlo a partir de las convenciones que tradicionalmente se le han asociado a una mujer.

Me gusta la ropa. Usan pantalones, tenis y botas. Ninguna tiene tacones, ni sandalias, ni falda ni aretes. No hay indicios de las formas femeninas que nos muestra la publicidad. Tienen el cabello corto. Una de ellas está rapada al lado derecho de la cabeza. Otra tiene corbata. En ninguna se percibe la protuberancia de los senos.

Me seduce el papel de este fanzine. Es de caña. Earth Pact de alto gramaje. Me atraen los colores de la portada y el trazo de los dibujos. Las viñetas son en blanco y negro.

Abro una página al azar y me divierte la situación de la viñeta. Un hombre y una mujer: ella, una joven con su piel tatuada y la cabeza rapada en el lado izquierdo. Él, un joven con pinta de hipster. Parece disgustado.

—Ya no toleras que te explique algo… —dice él.

—Me encanta cuando me explicas cosas que sabes y en las que estoy interesada y aún no sé —responde ella—. Lo que no me gusta es cuando me explicas cosas que yo sé y tú no.

En la esquina derecha de la imagen dice mansplaining: es esa situación molesta en la que un hombre le explica algo a una mujer con un cariño condescendiente, casi paternal, como si asumiera que ella sabe menos que él.

—La respuesta de esa mujer es un pequeño gesto feminista —explica Camila Pinzón, la creadora, escritora, editora y vendedora de este fanzine—. Muchas mujeres dicen que no se consideran feministas, pero durante el día pueden tener gestos o reacciones que demuestran que sí lo son, como el de esta viñeta. Yo quiero recalcarles que deberían portar el feminismo con orgullo.

El feminismo es una lucha vital para Camila. Ella se define a sí misma como una activista por la igualdad de género y esta postura permea todos los aspectos de su vida personal y laboral.

La idea del fanzine Microfeminismos empezó a rondar en su cabeza a comienzos de 2017. Camila quería reunir todos sus intereses en un solo proyecto y pensó en sus saberes. Es editora y conoce ese mundo. Le interesa el cómic y conoce ese mundo. Es escritora, profesora de creación literaria y una estudiosa del feminismo desde hace varios años.

¿Por qué el fanzine?

Porque el fanzine es la calle de los proyectos editoriales y yo quiero llevar el discurso feminista y el debate sobre la igualdad de género a la calle: a las conversaciones entre amigos, a los parques, a los bares, a las fiestas, a los almuerzos, a todas partes.

Camila no es dibujante. Se alió con el ilustrador Erick Naranjo, quien se encarga del dibujo, el diseño y la diagramación. Ella piensa la idea, hace un bosquejo y le envía a Erick las directrices por correo. Pinta un boceto con alguna situación: “aquí hay una mujer, se queja por su jefe. Le habla a un hombre punkero, él le dice que es exagerada”.

—Ilustramos a la gente a través de la ropa: artistas, poetas, gente de izquierda, de derecha, anarquistas —cuenta Camila—. Se tiende a pensar que en los sectores más progresistas el machismo no existe y es todo lo contrario: ahí, el machismo puede ser incluso más mortal que en un círculo social más conservador.

Camila vive en España y Erick en Colombia. Tres o cuatro semanas después de que ella le envía un boceto con la idea, Erick le responde con una propuesta gráfica de cada viñeta. Luego Camila edita el texto, hace ajustes ortotipográficos, pone o quita personajes, afina los diálogos. Erick corrige y se lo manda de nuevo a Camila. Cuando queda listo, envían el proyecto a la imprenta, que está en Colombia.

—Todo sale de mis bolsillos. La primera impresión la pagué yo. A Erick le pago con mi dinero. No espero recuperar todo lo que ya he invertido, pero sí quiero que el mismo proyecto se financie.

—¿Cuántas ediciones quisiera publicar?

—Lo ideal es sacar este fanzine hasta que se acabe el sistema patriarcal. Serán muchos números, pero ya estamos haciendo el segundo. Del primero he sacado tres tiradas: la primera de 50, la segunda de 300 y la última de 700.

Microfeminismos está en varias librerías de Bogotá, como Wilborada, El Telar de las Palabras, La Morada y La Valija de Fuego; en Lima está en La Libre y El Virrey, y en Madrid en Traficantes de Sueños y Mujeres & Compañía la Librería.

No penaliza la libre difusión. En la contraportada dice: “Usted es libre de compartir, copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente este fanzine”.

—Si la gente se me acerca y no tiene los 5 euros que vale el fanzine en Europa, sino que tiene 1 euro, se lo lleva. Si lo quiere y no tiene plata, se lo doy. Si alguien lo quiere fotocopiar y repartirlo en una clase, que lo haga, me parece fantástico.

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Luis Echavarría: el hombre orquesta de la historieta

La primera vez que Luis Echavarría tuvo en sus manos una publicación dibujada, fotocopiada, cortada y doblada por él mismo, dijo: esto puedo hacerlo yo solo. Y así ha sido desde entonces: todos sus trabajos los ha hecho por su propia cuenta y no ha esperado hasta que alguien le diga “venga, yo le publico”. La Chimenea, su taller y su sello editorial, hace combustión con sus fantasías y de allí emergen universos extraños en los que el cuerpo humano suele ser un campo de exploraciones.

—La Chimenea hace alusión al hacer, hacer y hacer, pero también a los globos de humo que salen de la gente que habla en las historietas —cuenta Luis. Los globos del cómic son, en esencia, vahos de humo que salen de la gente cuando habla.

Una de sus proezas editoriales ha sido la confección de Vejámenes, un libro artesanal en serigrafía de 64 páginas. Para armar cada ejemplar utilizó 1 pliego de cartulina roja. Partió cada pliego a la mitad. En cada cara del papel cabían 16 páginas del libro. Primero la tinta blanca. Después la azul.

Hizo 220 ejemplares. Solo en el proceso de aplicar cada tinta en todas las páginas se tomó más de veinte horas. Esta publicación vale 50.000 pesos. Quedan menos de cinco ejemplares a la hora de escribir esta crónica.

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Vejámenes es la historia de una mujer que esclaviza sexualmente a un hombre que intenta asaltar su peluquería. Ella sabe artes marciales: lo golpea, lo amarra, lo amordaza, lo motila y abusa de él. Luis vio esta historia en el periódico. Le llamó la atención la anécdota, aunque no tanto como el pudor del periodista narrador. Entonces él, curioso de la pornografía, no escatimó en gestos, detalles, planos ni escenas: en Vejámenes descubrimos a una mujer lúbrica y siniestra. El texto es pura imagen a dos tintas. La perversión de esta mujer se cuenta en varios planos y desde varios ángulos. Seduce la destreza de sus manos de estilista. Intrigan sus ojos cerrados cuando anuncian la llegada de un orgasmo, y su lengua intentando provocar un flujo de sangre que endurezca la verga de su víctima.

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En 2014, Luis tradujo una de sus obras, Cómo saber quién soy si se me olvida. La escribió primero en inglés. Es la historia de Camila, una mujer que ingiere objetos valiosos que representan situaciones importantes de su vida. Su interior está hecho de souvenirs que le recuerdan los episodios más preciados de su existencia.

—¿Qué cosa seré cuando se me olvide por qué soy quién soy? —se pregunta Camila.

En 2018, Luis hizo un experimento a fuego lento en su Chimenea y ocurrieron algunas “cosas excepcionales”. Convocó a once personas que habían estado en su taller y los invitó a crear una historieta colectiva. Cada uno se encargaría de dos páginas. Este experimento dio como resultado Cosas excepcionales. Una historia very important.

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Desde que estaba en el colegio y era un consumidor voraz de cómics de superhéroes, Luis descubrió que quería dedicar su vida al dibujo. En ese entonces se imaginaba en el futuro como un profesional de una gran compañía, pero el sueño era lejano. “¿Cómo llegar hasta allí?”, se preguntaba. Entonces, su anhelo abismal, en vez de motivarlo a prepararse para trabajar en una gran empresa reconocida, le encendió la primera luz de una epifanía que definiría los próximos años de su vida: “¿por qué no hacerlo yo?”.

—Si uno quiere dedicarse a la historieta tiene que empezar por echarse al agua. Eso es como empelotarse, da mucha pena y todo, pero hay que hacerlo —dice Luis.

Después de estudiar un pregrado en Historieta en Estados Unidos, Luis piensa que para dedicarse al cómic lo único que hay que hacer es hacer. Probar tintas acuosas y hacer bocetos en una libreta. Especular alrededor de las noticias e inventar una historia. Ensayar modos de encuadernación. Probar tintas e imprimir. Si sale mal, no importa. Se vende después o se regala.

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Los laboratorios de la universidad de Savannah College of Art and Design, donde Luis hizo el pregrado en Historieta, tenían impresoras láser a disposición de los estudiantes. Él iba en las noches cuando no había nadie. Jugaba con la máquina: metía el papel una vez, dos veces, tres veces. Observaba la impresión, la revisaba, se criticaba. Y volvía a meter el papel: dos veces, tres veces.

En sus incursiones nocturnas se dio cuenta de que para hacer una historieta, dibujar bien nunca será suficiente. Lo más importante, insiste Luis, es aprender a contar historias.

***

Converso con Luis en una mesa de De la mano al ojo, el taller donde está “La bruja”, primera máquina riso de Medellín. Esta máquina imprime a color y en alta calidad a precio de fotocopia: fucsia, turquesa, blanco y dorado. 130 copias por minuto.

—Eso nunca te lo va a dar una impresora tradicional —dice Andrew Smith, una de las personas que está a cargo de la riso.

La máquina llegó a Medellín a finales de 2018. Ese año, Andrew fue con El Faire a una feria en Londres y allí se dio cuenta de que todo el mundo de la ilustración estaba imprimiendo en riso. Ya Luis Echavarría le había dicho que la impresión en esta máquina era “absurdamente bacana”, cuenta Andrew, y que en Bogotá había dos.

En Medellín: nada, ni una. La inversión era alta y las cuentas no daban. Pero qué va, dijo Andrew, “metámonos en eso. Esa máquina revoluciona el mundo editorial”.

La riso está ubicada en El Poblado, al frente del colegio Palermo, en un salón de lo que antes fue una institución educativa pública de la ciudad. El espacio funciona como coworking y como un lugar para hacer talleres y conversatorios. Acogedor como la sala de una casa, De la mano al ojo es, sobre todo, un parche de artistas.

Aquí trabaja Luis Echavarría.

—Fanzine viene de la unión de dos palabras: “fanatic” y “magazine” —me explica Luis desde una mesa del taller—. Los fanzines son publicaciones fabricadas por seguidores de un fenómeno cultural: la música, el cine, la literatura, el cómic.

En una investigación para la Fanzinoteca de la Biblioteca Nacional de Colombia, Marco Sosa, librero y editor de La Valija de Fuego, cuenta que los primeros embriones de estas publicaciones baratas se podrían remontar a las octavillas revolucionarias de París y a los pasquines de la Independencia en los siglos xviii y xix. Ya en el siglo xx, el término fanzine fue acuñado por Russ Chauvenet, un ajedrecista fanático de la ciencia ficción, para nombrar las publicaciones no profesionales de bajo presupuesto hechas por fanáticos para fanáticos.

En Colombia, la cultura del fanzine nace con la escena punk, principalmente en la Medellín ochentera. El contenido de estas publicaciones era principalmente musical, pero también funcionaban como panfletos de denuncia, como el fanzine Sustantivo, que protestaba que las mujeres son tan punkeras como los hombres y también están en contra de la sociedad.

Hoy se le llama fanzine, indistintamente, a cualquier publicación de bajo costo fabricada en las márgenes de una industria del libro que sigue siendo excluyente. Y cada vez se sienten más, desde la periferia, las voces de los orilleros.

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