Un partido amistoso con los “chokora”

En Kenia, a los niños que viven en calle se les llaman “chokora”. Son fáciles de reconocer porque escarban la basura y cargan enormes bolsas de reciclaje. Sin embargo, hay tardes en las que se les puede ver jugando fútbol vestidos de colores brillantes. Emilio Aparicio nos cuenta cómo fue su experiencia con ellos.

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terricé en el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta, de Nairobi, el 3 de mayo de 2018 casi a las cuatro de la mañana. Llevaba dos maletas cargadas de ropa, mi equipo fotográfico y muchos sueños. Era la primera vez que iba a convivir con niños al interior de un orfanato en los campos del África. Viajé para contribuir con una iniciativa de educación que apoya a familias en situación de pobreza extrema para que sus hijos salgan adelante a través del estudio.

Según estadísticas de las Naciones Unidas, existen en el mundo cerca 150 millones de niños y niñas viviendo en las calles por factores como la violencia doméstica, la descomposición familiar o abandono de los padres, el consumo de drogas o abuso del alcohol, los conflictos internos o guerras, por desastres naturales y claramente por falta de educación, recursos y oportunidades. En Kenia hay casi 300.000 niños en estas condiciones, y por eso existen centros de educación informal, voluntariados internacionales, ONG y comunidades religiosas que intentan amortiguar esta problemática social a través de la danza, el arte, la música o el deporte.

El propósito de mi viaje siempre fue contribuir con apoyo educativo dentro de un orfanato (en el cual sigo activo), pero con el paso de los días, tuve la fortuna de aprovechar un tiempo libre para acercarme al mundo de los chokora”, como se les llama de manera peyorativa en Kenia a los niños de la calle, que son fáciles de reconocer pues escarban en las basuras, cargan bolsas de tela con reciclaje, o se estacionan frente a establecimientos comerciales para pedir dinero.

Días después de mi llegada al país, me dirigí a una localidad cercana para conocerlos y jugar un partido de fútbol amistoso con ellos. Llevaba mis papeles, algo de efectivo y obviamente mi cámara, que nunca abandono. En un comienzo no iba con la intención de disparar fotografías, sino con ganas de hacer pases, anotar goles, divertirme y tener mi primer acercamiento con un tema que solo he trabajado en Colombia, pero jamás desde la infancia.

Apenas veinte minutos después de iniciar el partido, cayó un aguacero tremendo que nos sacó corriendo del parque hacia una bodega cercana. Todos estábamos exhaustos y empapados, pero felices del partido que no solo había enfrentado a dos equipos, sino que, para mí al menos, había acercado dos realidades.

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Un mes después, todos sabían que mi país iba a participar en el Mundial de Rusia 2018, y que James y Falcao juegan en los grandes equipos de Europa. Además, que mis habilidades en la cancha eran aceptables para seguir frecuentándolos. Pero, más allá del juego, algunos estaban dispuestos a enseñarme algo y a compartir sus historias de vida.

En el fútbol, como en la calle, hay delanteros atacando para lograr anotar, también están los mediocampistas apoyando por todo el área, los defensas aguantando a los rivales y el arquero, que tiene una enorme responsabilidad en sus manos. Es así como existen personas en el mundo que juegan en equipo y tienen una historia de vida admirable. Personas que, a pesar de las dificultades, errores cometidos y antecedentes en el mundo de la calle, son capaces de levantarse y aguantar a su equipo, para enseñarles que hay un camino diferente y que la vida se puede recuperar.

Newton Njoroge es un keniata que abusó de las drogas en su pasado, pero que hace siete años recuperó la esperanzay creo una comunidad que pretende mejorar las condiciones de vida de menores vulnerables y sus familias en el suburbio de Kiandutu (localidad de Thika). Ha logrado que cerca de 300 niños y niñas regresen a la escuela, y también ha trabajado para que algunos de ellos encuentren una oportunidad en el fútbol para cambiar, crecer como seres humanos y tomar algo de aliento para ganarles la batalla a las drogas, el abandono y a quienes dejaron de creer en ellos.

Durante este tiempo, he visto cómo el talento deportivo de los “chokora” los ha llevado a jugar partidos amistosos fuera del parque donde entrenamos los martes y los viernes. Una vez al mes tienen encuentros amistosos con estudiantes de una escuela secundaria a la entrada del suburbio en un campo profesional (mitad tierra, mitad pasto) al que más miembros de la comunidad pueden acceder para entretenerse.

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Visten uniformes coloridos, como los grandes en el fútbol profesional, pero ninguno tiene dinero para comprar zapatillas, así que juegan descalzos. El árbitro debe tener unos diecisiete años de edad y los espectadores entre ocho y trece. No hay agua en el entretiempo, pero sí instrucciones por parte de los técnicos para vencer al rival. A simple vista parece un juego normal, aunque solo cuando todos han dado lo mejor de sí, Newton los invita a un plato de comida y a un vaso de agua, posiblemente con dinero recaudado de alguna donación.

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La Copa del Mundo está pronto a terminar, pero para cada uno de los niños y jóvenes que he conocido durante estos meses, el campeonato no tiene fin. Tienen que seguir entrenando, no solo para anotar goles, sino para vencer las dificultades. Deben enfrentar sus miedos mientras están en la calle, pero también pueden buscar a sus compañeros para jugar un amistoso con los demás “chokora”.

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Fotografía © Kelly Schmitt

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