Prueba

El inacabado mundo de Mildre Cartagena

Su Instagram tiene más de 468.000 seguidores, un número de hijos virtuales que convierte a Mildre Cartagena en “la mamá más querida de la Costa”. Katherine Pascuales, la mujer que lanza chancletas y cantaletas al vestirse de Mildre, revela a su personaje en este perfil doble.

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E

ra pleno mediodía. En algún lugar ruidoso y polvoriento de Barranquilla, bajo una carpa roída, en medio de una cancha de microfútbol, Mildre ensayaba la rutina de comedia que estaba a escasos cuatro meses de estrenar y nadie le prestó atención.

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Todos los presentes estaban demasiado ocupados con sus preparatorios de vestuario para el Carnaval, así que los chistes de esa señora de rulos desgastados, ojos redondos, gafas rotas y voz estridente, conocida por cientos de miles como “la mamá más querida de la costa”, no suponía una distracción de peso. Para ella esa respuesta indiferente resultaba una rareza, pues su presencia siempre parecía un acontecimiento en cualquier lugar de la costa al que ella fuera.

De todas formas ahí estaba, con los párpados entrecerrados por el resplandor penetrante, ensayando sus chistes ante un público apático y silente.

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–Hace como treinta y pico días iba caminando… Yo venía del mercado con mis dos bolsas, y siento que me venían persiguiendo, y cuando yo volteo a ver, ¡qué susto! Una moto. Y yo soy una mujer valiente, yo solo le tengo miedo a tres cosas: a un domingo siete de Carolina, a las promesas de Evaristo y a un hombre en moto…

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Nadie se rió. Pero Mildre, como es una mujer valiente, por supuesto iba a continuar con su rutina, con su “cantaleta en vivo”. Su miedo más profundo parecía hacerse realidad y es que justo ahí durante aquella tarde de febrero de 2019, sentía que nadie, nadie, la estaba mirando.

***

Sentada en el asiento del copiloto de un Chevrolet Aveo gris y percudido, Katherine Pascuales, la creadora y actriz de Mildre, uno de los personajes más famosos en redes sociales en la costa Caribe colombiana por sus videos cortos en los que recrea situaciones típicas y pintorescas que ocurren en los hogares de la región, conversa conmigo mientras nos dirigimos hacia el lugar en el que se acaba de materializar uno de sus sueños en la vida: tener una valla publicitaria con su rostro en la avenida principal de Cartagena, otra constatación de su estatus como celebridad. Estamos ahora en noviembre de 2020.

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–Bueno, ¿cómo es el cuento?, ¿cuándo es que me toca hablar de Mildre… de Kate?, ¿cómo es el cuento?, me pregunta.

–No, no, no hay cuento. El cuento es el que tú quieras, respondo.

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Le comento mientras pasamos por el castillo San Felipe al caer la noche que me interesa su proceso creativo. Que me inquieta la frontera borrosa entre su forma de ser y la personalidad de esa señora con aparentes problemas de ira que ella ha construido a punta de intuición cultural. Por esa razón acordamos que viniera vestida con sus rulos, su bata, sus gafas, su pañoleta para el cabello y sus chancletas, los cinco elementos que en este caso, y en este lugar específico del mundo, la convierten en… alguien más. Cuando le sugerí que viniera con este atuendo que no es propiamente un disfraz, mi intención era desdibujar aún más la diferencia entre ambas. Pero eso no se lo digo. Solo espero que pase.

Katherine mira por la ventana y busca la luna, su astro favorito, a ver si ya puede agradecerle que se cumplió otra de sus tantas ilusiones a sus 31 años de edad. No la encuentra, así que voltea hacia mí.
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–¿Por qué era un sueño tuyo poner una valla?

–Ay, porque yo soy… cómo se diría, ¿qué será lo que soy? Porque yo soy egocéntrica, aletosa, azarosa. Sobre todo egocéntrica. Y nada, digamos, eso yo lo transmito a través de Mildre Cartagena, y para mí Mildre merecía una valla.

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La valla es una de esas mismas que utilizan los políticos en época de campaña electoral. Enorme. Visible. Sobre un fondo amarillo está el rostro de Mildre pegado en Photoshop al cuerpo de una bailarina de ballet con un vestidito azul claro, junto al rostro de Jader Tremendo, el mesías de la música champeta contemporánea, cuya cabeza también está cortada y pegada al cuerpo de un muñequito. Al lado de ambos se lee en letras grandes “Radionovela: Evaristo, me acordé que te quería”, detrás hay una radiola vieja, y debajo aparecen los logos de Olímpica Estéreo, Spotify y la marca de quien escribe este texto: Cartagena Federal.
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La radionovela es la obra en la que Mildre cuenta su historia de amor con su primer novio, y quien luego se convirtió en el papá de sus hijos, un hombre llamado Evaristo, por allá a finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando su mamá ni siquiera la dejaba salir a la esquina porque en la calle está “la mala hora”. La radionovela además es un formato perfecto para expandir su universo narrativo para su audiencia de medio millón de seguidores sin necesidad de una superproducción audiovisual. Pero ahora mismo eso no le interesa tanto.

*

Justo en el momento en el que vamos a pasar a ver la valla de manera fugaz en esta tarde-noche de martes, para Katherine la radionovela significa otra cosa. Significa que está renovándose. Que está alejándose del olvido implacable hacia el que, considera, se dirigen los “influencers” insípidos y superficiales nacidos en Instagram en Cartagena, y que está un paso más cerca de la trascendencia cultural en la ciudad, en el Caribe colombiano y en el país. Al final esa es una de las cosas que quiere y lo admite sin rodeos. Quiere ser un ícono, y lo reafirma al pasar por la valla y ver su rostro, o el rostro de Mildre. Ella misma se suele confundir cuando se trata de esto.

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–Cuando yo empecé con esto yo me imaginaba ser la imagen de algo, como estar en una valla de Megatiendas –dice mientras se ríe–. Luego trabajé con Megatiendas, todo este cuento, y pues obvio eso se quedó chiquito. No era suficiente. Luego ya uno trasciende. ¿Después de ahí qué? Ahí dije: “Yo quiero una valla mía”.

*

Acto seguido, Kate rememora otros dos de sus grandes logros con su personaje: salir en una carroza con la cara gigante de Mildre en el desfile principal de las fiestas de Independencia de la ciudad acompañada de decenas de personas vestidas con batas, pañoletas y gafas rotas como ella, y llenar con más de mil personas para su stand-up comedy el auditorio principal del mismo Centro de Convenciones en el que se solía escoger a la Señorita Colombia, también aquí en Cartagena. Son recuerdos que atesora, en parte, porque considera que no están al alcance de otras figuras del mundillo local de Instagram con los que intenta pensar que no compite, aunque le dé dolores de cabeza pensar que son varios los que ya han superado su medio millón de seguidores.

***

Sin embargo, sus ansias de fama, superación y trascendencia son relativamente recientes, pues antes de dar casi por casualidad con Mildre, Kate se recuerda a sí misma como una chica más bien desorientada.

*

A principios de 2016, cuando la señora Mildre no existía, Katherine era una psicóloga de 26 años que escasamente había ejercido, y que antes de estudiar psicología había hecho un par de semestres de Derecho en la Universidad de Cartagena porque era lo que sus papás le habían dicho que debía hacer. Ella no soportaba proyectarse leyendo sentencias, leyes, la Constitución, nada de eso. Un día luego de un parcial cualquiera en el que no entendió casi nada decidió retirarse contra regaños y la decepción de borrar el sueño de su papá: tener una hija abogada. Se tomó un semestre sabático, y luego comenzó su andar en la psicología, un campo en el que tampoco encontró un interés especial para hacer carrera. De vez en cuando iba a Bogotá y venía. Alguna vez soñó con vivir allá.

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De hecho lo hizo durante seis meses, en los que trabajó como anfitriona de uno de los restaurantes de la chef Leo Espinosa. Luego volvió a Cartagena. No hacía mucho de día y tampoco de noche. En medio de esa falta de rutina se enteró de un concurso audiovisual relámpago llamado Tornado Cartagena, decidió junto a su primo Alfredo y un par de amigos hacer un video “imitando a una vecina”, se bautizó como Mildre, le asignó a su personaje tres hijos: José Antonio, Carolina y Julio Alfredo, de los cuales ella interpreta también a los últimos dos, y, bueno, hoy le piden fotos en la calle, como justo ahora que vamos llegando al restaurante en el que pretendemos cenar.

***

Mientras Katerin, su director creativo Pedro Espinosa y yo valoramos si hacer o no la fila de siete personas para entrar al Crepes and Waffles del Centro Histórico de Cartagena, un taxista frente a nosotros desestima el trancón que está causando al detenerse solo para tomarle varias fotos a la señora Mildre. Los carros pitan, hacen cambios de luz. La gente espera a una distancia prudente para pedirle fotos. Ella se dirige a todos con la voz aguda, histérica y señorial que caracteriza su personaje.

*

–¡¿Cómo estás, mi vida?! –le pregunta Mildre al taxista. El taxista no responde, solo sonríe y toma más fotos.

–Mildreeeee –le grita desde lejos un muchacho que se aleja caminando.

–Mildre, una fotico con mi hija, por favor –le dice una señora.

–Claro que sí, mi vida.

–Gracias, Mildre.

Clic. Flash. Clic. Pitos. Flash. Pitos.

–Bueno, vámonos.

*

Decidimos no entrar a Crepes. Comenzamos a culebrear por las calles del Centro en busca de una pizzería cuyo nombre y ubicación Katherine no recuerda bien, pero sabe que le gusta. Las lámparas amarillas de la calle calientan la policromía de la seguidilla de casas coloniales, restaurantes y tiendas de ropa y artesanías, y edificios que parecen abandonados hace décadas.

–¿Bueno, y a ti qué es lo que más te gusta de Mildre? –le pregunto a Katherine.

Ella se queda pensativa, pues la respuesta que estaba a punto de darme tiene varios niveles. Por una parte, está aquello que más le gusta de Mildre como personaje que ella ha creado, es decir, la personalidad que proyecta. Por otro lado está la faceta de la vida pública, la fama y el prestigio. Y por otro está que Mildre es aquello a lo que ella dedica su “esfuerzo laboral”. Su respuesta se va por ahí, más allá de la fama, y más allá de intuición creativa y actoral. Esto es algo que siempre me ha fascinado de Katherine, pues de la manera en la que asume su vida diaria, en la que no necesariamente prima el trabajo, es que se desprenden sus tareas y sus horizontes con Mildre. Ella sortea su cotidianidad de una manera más bien fresca.

*

–Que es un trabajo muy breve –responde Pedro a la pregunta. Él, además de ser su director creativo desde hace dos años, es su amigo más cercano.

–¿Eso es verdad? –le digo.

–Aquí lo que más me gusta es que yo soy la dueña de mi tiempo. Que me puedo levantar a la hora que yo quiera, que puedo ir a fútbol. Yo soy dueña de Mildre.

–Pedro dice que el momento más importante de tu semana es ir a fútbol –le contesto.

–Bueno, eso es él, que tiene como un raye con eso. Pero sí es importante porque siento que quemo mucha energía, hago ejercicio y es divertido.

–¿Qué tan buena eres? –le pregunta Pedro.

*

–Siento que soy buena, Soy rápida. Soy muy buena defensa. Yo siento que las viejas que más juegan no me quieren tener a mí en contra, porque yo jodo mucho. Entonces siento que soy importante. Y yo tomo mucho, ¿no? Entonces yo necesito equilibrar. Mi manera de balancear eso es hacer ejercicio y fútbol es el complemento. Es como una rutina, pero es divertida. Es como lo de Mildre: estoy feliz, y trabajando y ganándome la vida, pero en algo que me divierte, pero no sacrificándome como que ay, mañana me toca levantarme para una reunión, mañana tengo que rendir un informe, o sea, no.

*

En este punto, luego de caminar sin sentido porque al parecer el restaurante que buscábamos ya no está en donde quedaba, desistimos y entramos a otra pizzería en la que solo hay una pareja, un ventilador enorme y ruidoso, y una luz blanca desgastada y tenue. Desde fuera una niña mira con asombro a la mujer de rulos azules y vestido ancho. Allí comemos sin mayor sobresalto y damos por terminada la noche, pero todavía me queda algo por hacer: hablar no con Kate, sino a la señora Mildre.

*

Caracterizar la personalidad de la señora Mildre puede parecer sencillo, pues en la mayoría de registros que existen de ella en internet, es decir, videos de alrededor de un minuto de duración, se le ve como un personaje unidimensional: rabiosa, histérica y regañona. De hecho, la comicidad de sus videos radica en que es una representación caricaturesca y exagerada de las mamás costeñas. Mildre aparece o haciendo oficio, o aleccionando a sus hijos sobre el deber ser de la vida según los valores de toda una generación anterior en esta región del mundo. Procura que no sean flojos, viciosos, vulgares, conformistas, aparentadores, y quiere se labren a sí mismos un futuro por el que ella se ha roto el lomo trabajando. Ella, además, ha sido denominada en ocasiones como la mamá de los cartageneros porque con sus videos no sólo “corrige” a sus retoños ficcionales, sino que pretende enviar el mensaje de que el cambio es posible desde el interior de la casa, o como ella lo llama, “el metro cuadrado”. Todo esto suena muy… familiar, en todo el sentido de la palabra. De ahí proviene parte de su éxito. Mildre Cartagena es un personaje familiar.

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*

Estamos de nuevo en el carro, andando a baja velocidad por una autopista flotante sobre una ciénaga oscura. Le decimos el viaducto. Allí converso con Mildre.

–¿Quién es Mildre? –le pregunto.

–¿Quién es Mildre? –responde.
–Sí.

Se queda en silencio unos segundos.

–¡Bueno, mi vida! ¿Qué te dijera? Yo soy una señora de cincuentipico de años, pensionada del magisterio, tengo tres hijos, madre soltera, cabeza de hogar -risas-, luchona. Separada…

Justo en ese momento la voz de Mildre se va, Katherine rompe su personaje y vocifera un alarido de impresión.

*

–¡No te lo puedo creer! –grita Katherine–. ¡No te lo puedo creer! ¡Mira eso!

–¡¿Qué?! –le contesto entre preocupado y alarmado.

–¿Ustedes no ven? –nos pregunta a Pedro y a mí.

–No, yo no veo nada –respondo.

–¿Qué mondá les pasa? –insiste.

Ahí me percato de lo que Katherine está viendo.

*

Es la luna. Llena. Mucho más grande de lo normal, casi tan amarilla como un tulipán, y más cercana al horizonte que al cielo.

–Mira eso, marica –dice Kate.

–¿Ella es así de amarilla o son mis gafas? –dice Pedro.

–Está así de amarilla –le contesto.

–Pídele algo, huevón –le dice Pedro a Kate.

Kate fija sus ojos redondos y cobrizos sobre el satélite áureo, y con una sonrisa enorme le habla, feliz e ilusionada.

–Gracias, dame más.

*

Luego de esto nos quedamos en silencio. Solo se escucha el tracutear del carro andando sobre la carretera a cada vez más velocidad. Yo espero que Kate vuelva a ser Mildre. Pero no pasa. Aunque esté vestida como Mildre y estuviera entrevistando a Mildre, no pasa. Ella se queda mirando la luna. Siguiéndola.

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Tomamos el primer retorno hacia Cartagena que encontramos. No le pido a Katherine que retome su personaje. Para esto está la radionovela. Y sus videos de Instagram. Y sus shows en vivo. La señora Mildre vive en internet, a través de cámaras, pantallas, conexiones de banda ancha y señales móviles 4G, y su existencia por momentos se cuela al plano de “la realidad” frente a los ojos de unos cuantos que a veces la ven en forma física. Lo que quedan son registros audiovisuales y escritos como este, que intentan capturar intensidades etéreas de una señora diseñada de manera arquetípica, parecida a muchas mamás, que aparece sobre todo cuando quiere ser vista. Mientras tanto, la que vive es Katherine, y sus intenciones de no despertarse temprano por obligación, sus ganas de tener un apartamento con una vista bonita, y su frescura para no llegar a tiempo a los lugares.

*

De regreso a casa conversamos sobre la radionovela. Llegamos a la entrada de su edificio. Katherine se baja del carro, y le digo que seguimos pendientes, pues el estreno es en un par de días.

–Ya la radionovela quedó bien, está muy buena, le digo.

–Sí, falta es que a la gente le guste –me contesta.

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–Este texto surgió durante el taller de Periodismo Cultural Manuel Zapata Olivella, dictado por Ángel Unfried y organizado por la Fundación Gabo y el Instituto de Patrimonio Cultural de Cartagena separadorcierre

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