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Mi abuelo es una chimba

Hacen parte de la población más vulnerable en medio de la pandemia y la difícil forma de expresarles cariño en este momento es a través de la distancia. Algunos jóvenes nos cuentan por qué sus abuelos y abuelas están entre sus personas favoritas del mundo y lo mucho que los extrañan.

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Adela Montoya

De Juan para Adela

Ella es una velita flotando en el mar y ahí está, firme y estoica, amando la vida más que los niños al recreo. No hay viento que frene su batalla, que a su edad son como cien a cada instante. No le cabe un remedio más y su cuerpo está desecho, sin embargo, no hay lamentos ni quejas. Se acostumbró a ver la muerte de frente desde sus tiempos en las montañas del suroeste antioqueño, cuando las turbas conservadoras iban de casa en casa buscando motivos para quemarlo todo. Divisaba el peligro a lo lejos, corría para bajar el retrato de Olaya Herrera que estaba en el comedor y lo escondía entre la hojarasca del patio. Esa es su impronta, aferrarse a cualquier esperanza para que el corazón siga latiendo. Defiende ese principio de que uno se muere como vivió. Quién sabe qué pasará por su mente, qué pensará cuando se levanta, cuánto miedo tendrá en medio de esta noche oscura que aún no tiene fin. Me entra una tristeza tremenda no poder abrazarla y tener que verla por una pantalla, a ella que le gusta conversar de cerquita y sin afán para poder espulgar los recuerdos que recita como si todo hubiera sido ayer. Desde el balcón o la ventana no hay tiempo de detenerse en evocaciones ni en charlas. Mi abuela es un árbol que muere de pie; mientras esa sentencia se cumple, es mi sombra.

Juan Diego Ortiz Jiménez, 32 años (Medellín)
Nieto de Adela Montoya, 94 años (Medellín)

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Adela Montoya

De Andrés para Ángel

Mi abuelo es un fiel creyente de la ciencia y por eso dice que quiere vivir mínimo hasta 2050, para ver con sus propios ojos los avances tecnológicos que están por venir. Al paso que va, creo que lo logrará. Tiene 104 años y es una de las personas más activas que conozco. Cuando llegó a los 100, nos dio una lista de sus propios tips para vivir mucho y tranquilo: hacer ejercicio todos los días al menos media hora, cuidar la alimentación, no prestar plata, no tener tarjetas de crédito, comprar de contado y desear poco lo poco que se desea. Al parecer a él le ha funcionado: a pesar de su edad no usa bastón, hace caminatas y aeróbicos sin problemas, está completamente lúcido y todavía se sienta cada tarde a pintar en su taller.

Fue él quien me inculcó el amor al arte y me regalaba instrumentos que no tocaba pero que le gustaba tener colgados en la casa, así como lo hago yo ahora. Estar con él es como parchar con un parcero más. Incluso, mejor: puede hablar de cualquier tema sin problema, te discute y te argumenta con su visión de la vida que es tan particular y que lo hace un viejito tan diferente y tan exótico. Siempre que salimos se roba todas las miradas y la gente se queda boquiabierta cuando se enteran de su edad. Con mi primo decimos que es un imán para las mujeres, porque todas ríen cuando lo escuchan y él es un coqueto experto que no pierde oportunidad. De hecho, no cree en el matrimonio y nos aconseja que hay que vivir amando mucho a su pareja sin tener que firmar un papel, y así lo ha hecho con su novia, que es veinte años menor que él.

Por eso no dudo en decir que mi abuelo es mi ejemplo a seguir. Mientras otros tienen a Messi o a CR7, mi ejemplo de vida es mi abuelo. Tuvo sus cagadas, como todo el mundo, pero es la manera en que ha sabido llevarlas lo que hace que quiera vivir tanto como él. Y en estos momentos sí que me hace falta estar al lado suyo. No veo la hora de salir de esta cuarentena e irme a su casa, meternos al taller en el patio y pasar toda la tarde hablando y pintando juntos.

Andrés Gallo, 32 años (Medellín)
Nieto de Ángel Fernández, 104 años (La Mesa, Cundinamarca)

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Adela Montoya

De Sara para Edelfina

Hace ya varios años que mi abuela y yo vivimos en ciudades diferentes y aún así no dejo de extrañarla. Algunos de los recuerdos más bellos de mi infancia son a su lado, cuando mi mamá me llevaba a pasar los fines de semana en su casa. Eran días llenos cien por ciento de comida y viendo telenovelas juntas. También recuerdo mucho una canción que me cantaba sobre dos cisnes que se enamoraban y uno de ellos moría, y aunque era una canción triste, para mí era una canción hermosa porque ella me la cantaba. Desde ahí comprendí esa forma suya de demostrar el amor que es puro e incondicional: esa vocación constante de querer que estés completo, que no te falte nada, que estés tranquilo.

La admiro porque es una mujer que no se queda quieta y hace todo lo que quiere, todo lo que se le da la gana. No importa cuántas veces le digás que no, si ve una mata mal parqueada en la calle se la lleva a su casa que es como un palacio de plantas que ama con todo su corazón. No importa cuántas veces le digás que no, no descansa hasta ayudar a quien lo necesite, así nunca lo haya visto antes. No conozco una persona más compasiva que ella, que llora viendo los noticieros, que es el centro sobre el que orbita toda mi familia.

Hace poco vivió durante un año en nuestra casa por temas de salud, y desde que se regresó a la suya no ha habido un día en que no gocemos recordándola. Escucharla silbándole como un pajarito a sus matas mientras las regaba era sentir que el hogar y el ambiente estaban llenos. Es difícil no extrañarla, sobre todo porque dejó una legión de fans entre mis amigos que la siguen en redes, donde ella monta historias, comparte publicaciones y se hace selfies que bautizó con marca propia como ‘Delfies’. Cuando pienso en ella, lo único que puedo sentir es amor. Cuando pienso en ella, solo puedo sentir alegría y agradecimiento de que sea mi abuelita.

Sara Castaño, 22 años (Sabaneta, Antioquia)
Nieta de Edelfina Sánchez, 76 años (Bogotá)

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Josee-Vicente-Lemus

De Ginna para José Vicente

Aunque es un señor tosco y enchapado a la antigua, mi abuelo siempre ha sido un hombre afectivo que demuestra su amor con detalles hechos con sus propias manos. Cuando cumplí quince me regaló un baúl de madera que él mismo talló, y aún conservo una bandeja de plata que grabó con mi nombre y una dedicatoria que me dio por mis grados. Todavía, cuando lo visito en su casa en el campo, siempre tiene una canasta separada llena de duraznos de su cosecha y huevos de sus gallinas que guarda para mí. Así me ha consentido toda la vida.

Gracias a él aprendí el amor por el campo: nos llevaba a jugar con sus conejos, a hablar con su lora e incluso me enseñó a hacer cosas que pocos de mi generación saben hacer, como cortar la lana de la ovejas. Esa sigue siendo su vida, pero hoy vive solo y su mayor felicidad y preocupación son sus animales. Por eso la cuarentena no ha sido fácil para él y para nosotros: no podemos estar cerca y él tampoco puede salir a echarle un vistazo a su tierra, que tanto le hace falta. Además, tiene problemas auditivos y la comunicación en las llamadas no son las mejores. Para tranquilizarnos, él solo repite sin escucharnos “todos está bien mijita, todo está bien”.

Mi abuelo disfruta mucho con poco y por eso lo quiero tanto: le basta con una visita nuestra para ser feliz y siempre nos recibe con una sonrisa y nos despide con los ojos aguados en la puerta. Cuando todo esto pase, espero que podamos ir en familia a visitarlo y pasar una tarde como la de su último cumpleaños: con una torta decorada por nosotros y un almuerzo hecho en el fogón de leña, como a él le gusta.

Ginna Pérez, 27 años (Bogotá)
Nieta de José Vicente Lemus, 86 años (Sogamoso, Boyacá)

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Josee-Vicente-Lemus

De Ana para Ana

Soy la menor de una familia de muchos nietos, y por eso creo que fui la niña consentida de mis abuelos. De hecho llevo los nombres de mis abuelas, Ana como la materna y Lucía como la paterna. De mis abuelitos ya han fallecido tres y solo queda viva Ana, que se mantiene lúcida a sus 98 años. Ella me cuidó desde muy pequeña y siempre la tuve al lado cuando mis papás tenían que ausentarse por motivos de trabajo. Pocas personas conozco con su paciencia y no imagino cómo hizo para criar a diez hijos y una multiplicación de nietos de los que nunca se ha quejado.

Hoy, como entonces, sigue siendo una mujer tierna y consentidora. Eso es lo que más extraño de ella, sobre todo en estos tiempos álgidos. En diciembre tuve una cirugía de urgencia y luego vino la pandemia por la que ambas debemos estar estrictamente confinadas: ella por su edad y yo por mi embarazo. No nos vemos hace más de siete meses. En todo este tiempo sí que he querido tenerla al lado: me han hecho falta sus pechiches y he añorado escuchar alguno de sus consejos sobre maternidad que me vendrían muy bien.

Sé que para ella la cuarentena no ha sido menor, y piensa que no la hemos visitado porque andamos de pelea con ella o algo parecido, pero eso nunca podría suceder. En ella siempre he encontrado el amor de mi mamá desde que se me fue al cielo. Y ahora, que estoy a punto de ser madre y ella bisabuela, una de las cosas que más quisiera es volver a encontrarnos para que conozca a su nuevo nieto.

Ana Lucía Sarmiento Vila, 37 años (Aracataca, Magdalena)
Nieta de Ana De La Cruz Gómez, 98 años (Sabanalarga, Atlántico)

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Josee-Vicente-Lemus

De Cristina para Amparo

Siempre he creído que mi abuela ha sido una mujer adelantada a su época. Todo lo que dice, hace o aconseja es completamente vigente y está lejos de parecer una persona que se quedó atrás. Tal vez por eso, desde hace muchos años, nuestra relación es como la de las mejores amigas: aunque no hablemos todos los días, cuando lo hacemos la conversación es larga y fluida, como si no hubiera pasado mucho tiempo. Ella es fácilmente una de mis confidentes, a la que le puedo contar todo, con la que me siento completamente identificada.

En las cosas en que no nos parecemos solo encuentro a una mujer increíble. Quedó huérfana muy niña, vivió sin ataduras o parientes que la cuidaran y aun así, creciendo a la deriva, consiguió lo que siempre quiso: tener una familia –su propia familia- que ha sabido levantar con una capacidad titánica de ganarse la vida, montando todo tipo de negocios como restaurantes, peluquerías, costuras, ventas de disfraces y vestidos de novia… Es esa fuerza suya la que me ha dado ejemplo, la que la ha convertido en una de la personas que más admiro.

Si puedo decir que conozco a alguien que no sabe qué es el cansancio, esa es ella. Y lo digo en serio: la recuerdo como una mujer trabajadora que siempre después de la jornada sacaba tiempo para cuidar a sus hijos y a sus nietos, e incluso a amigos y vecinos. Por eso siempre hacía más comida de la necesaria, porque sabía que alguien siempre aparecería en casa. Yo sigo siendo una de esas visitantes inesperadas: porque mi abuela sigue siendo una luz para mí. Todavía creo que, sin pedir permiso, puedo meterme en su cama a comer arepa con quesito y chocolate, ver películas juntas y después quedarme dormida en su brazo. Ella siempre me recibirá.

Cristina Jaramillo, 29 años (Bogotá)
Nieta de Amparo Campo Zapata (Bello, Antioquia)

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