Manual sangriento de superación personal

Las historias del boxeador más grande de todos los tiempos, de un actor italoamericano a comienzos de su carrera y de un autor manizalita que jamás ha subido a un cuadrilátero se entrecruzan en este relato sobre los golpes y la vida.

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El 24 de marzo de 1975, el gran Muhammad Ali se enfrentó a Chuk Wepner para defender su título de los pesos pesados. En aquella época, Ali tenía ya ese halo de leyenda que lo acompañó durante el resto de su vida, y Wepner era un desconocido de 35 años, medio calvo y fuera de forma, que terminaba su carrera con más pena que gloria. Así que la pelea parecía no ser más que un simple entrenamiento para Ali; de hecho, poco antes de subirse al ring, un periodista le preguntó a Wepner si creía que iba a poder sobrevivir en el cuadrilátero con el campeón. “He sido un sobreviviente toda mi vida –respondió, confiado–. Creo que puedo hacerlo con Ali”. Quizás Wepner era la única persona que en verdad lo creía posible, y eso al final resultó suficiente: aunque Ali lo noqueó faltando apenas pocos segundos para el final, la pelea duró quince asaltos y –más increíble aún– Wepner logró tumbar al campeón en el noveno, una de las pocas veces que Ali tocó la lona a lo largo de su carrera.

Ese día, un joven actor que trataba de abrirse campo en el cine vio la pelea y pensó que esa situación era, como diría más tarde, “una gran metáfora de la vida”. Fue justo después del final cuando se le ocurrió la idea que impulsaría su carrera: hacer una película protagonizada por un boxeador en el que nadie creyera, que aprovechara la única oportunidad que le diera la vida para rozar la grandeza. “Lo que vi ese día fue extraordinario –diría después en una entrevista el actor, llamado Sylvester Stallone–. Vi a un hombre pelear contra el boxeador más grande que ha vivido. Y por un pequeño momento, ese supuesto tropiezo resultó ser magnífico: no solo resistió, sino que tumbó al campeón al suelo”.

En solo tres días y poco menos de cien páginas, Stallone escribió el guion de su primera película, protagonizada por un boxeador de ascendencia italiana llamado Rocky Balboa. Trató de venderla en Hollywood, a donde se había mudado hacía poco desde Nueva York, y aunque a los productores les gustó la idea, no les pareció adecuado que un desconocido como él interpretara a Rocky. Pero Stallone no cedió: rechazó la oferta que le hicieron de comprarle el guion a pesar de que estaba lleno de deudas y filmó la película con el modesto presupuesto que acabaron concediéndole.

Un año más tarde, en 1976, la historia de un boxeador que tenía la oportunidad de pelear por el título de los pesos pesados contra el campeón Apollo Creed, no solo ganó tres premios Óscar (entre ellos el de mejor película), sino que empezó a forjar una leyenda que duraría muchos años, cinco películas más, dos spin-offs y cientos de millones de dólares en taquilla. Si uno busca en internet, encuentra por ahí un video de la ceremonia de premiación de los Óscar de 1977 en el que se ve a un joven Stallone quien, justo antes de leer a las nominadas al premio a mejor actriz de reparto, es sorprendido por la aparición del verdadero Muhammad Ali. Mirándolo amenazante y señalándolo con el dedo, “el más grande” de pronto le dice: “Yo soy el verdadero Apollo Creed… ¡tú te robaste mi guion!”.

Tal vez Stallone ni siquiera lo imaginó, pero al final Wepner no solo fue la inspiración para Rocky, sino que se convirtió en “una metáfora de su propia vida”: el hombre que aguanta los golpes del destino con estoicismo, aunque nadie dé un peso por él, y está solo a la espera de una oportunidad.

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Vi Rocky por primera vez en la casa de un amigo que quedaba justo al frente del edificio donde yo vivía, en Manizales. Había pasado más de una década desde que se filmó la primera película, y por eso en aquellos días se hablaba más de las secuelas: Rocky III (1982), en la que ya siendo campeón mundial peleaba contra el famoso Mr. T (Mario Baracus en Los Magníficos, una serie memorable de la época), y Rocky IV (1985), donde “el Semental Italiano” viajaba a la antigua Unión Soviética para enfrentar a Ivan Drago, una mole humana que servía como metáfora para escenificar una de las grandes tensiones políticas del siglo XX: capitalismo versus comunismo.

Yo tendría unos diez u once años cuando las descubrí; según mis cálculos, se había estrenado hacía poco la quinta película, en la que, ya retirado por problemas de salud, Rocky empieza a entrenar a una joven promesa, Tommy Gunn, quien se deja encandilar por la fama y el dinero y termina volteándole la espalda a su mentor.

En una época en la que Netflix y los servicios de streaming no estaban en la mente de nadie, la única manera de verlas era ir a uno de los pocos sitios para alquilar películas en la ciudad: El Viñedo, la tienda que funcionaba en el garaje de una casa de familia en el barrio Palermo, cerca al centro comercial Sancancio, y que atendía Yoli, quien guardaba un machete debajo del mostrador y que apenas nos veía entrar resoplaba con desespero. “Alquilen pues rápido, malparidos”, nos advertía, haciendo gala de una variante inusitada de servicio al cliente.

Fue por esa época cuando vi todas las películas en Betamax, primero en desorden y luego otra vez en orden ascendente. No podría explicar bien qué, pues soy consciente de que muchos de sus argumentos rayan en el cliché y caen, tantas veces, en una retórica de superación más bien cursi, pero quizás es precisamente eso: Rocky es la prueba de que todos necesitamos, de alguna manera, una serie de lugares comunes para seguir adelante, que no por obvios dejan de ser ciertos. Puede sonar extraño, pero a mí la cinta de Stallone me ha dado ánimo en momentos difíciles; hay una escena en particular, que aparece en la última película de la saga, Rocky Balboa (2006), en la que un envejecido Rocky habla con su hijo afuera de Adrian’s, el restaurante que abrió en honor a su fallecida esposa. En ella, el joven le reclama por su decisión de volver a pelear a su edad, y le pregunta si no se da cuenta de que a esas alturas todo el mundo piensa que está haciendo el ridículo. Solo entonces Rocky responde, y en medio del discurso le despacha este poderoso gancho: “Nada te pegará tan duro como la vida –le dice a su hijo–. Y no se trata de qué tan duro puedas pegar; se trata de qué tan duro puede ella pegarte, y tú seguir moviéndote hacia adelante”.

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Hace un par de meses, Netflix anunció que colgaría en su plataforma las seis películas de la saga. La noticia volvió a emocionarme de tal manera que me las arreglé para convencer a mi esposa de dejarme verlas en compañía de nuestro hijo, a pesar de que pueda parecer muy pequeño para ese tipo de cintas. Así que varias décadas después volví a verlas todas, desde la primera hasta la sexta, y sentí otra vez lo mismo que hace tantos años, solo que ahora pude entender mejor la razón por la que tanto me gusta: en realidad el boxeo como deporte no me interesa, pero sí como esa “metáfora de la vida” que descubrió Stallone luego de ver la pelea entre Ali y Wepner.

En otras palabras, no es la violencia del deporte lo que me llama la atención, sino pensar en esos dos hombres que se exponen en un cuadrilátero como una lucha entre uno mismo y el destino: es cierto que en ocasiones damos golpes certeros, pero también que la mayoría de las veces estamos más expuestos a recibirlos. Y no se trata de qué tan duro podamos pegarlos –ya se sabe– sino de que podamos seguir moviéndonos hacia adelante sin importar lo fuerte que puedan golpearnos. O para ponerlo en palabras de Joyce Carol Oates, en su libro Sobre el boxeo: “Si no se puede golpear, por lo menos se puede ser golpeado, y saber que todavía se está vivo”.

En su crónica El campeón ha vuelto, el periodista estadounidense J.R. Moeringher va tras los pasos de Bob Satterfield, un peso pesado que peleó entre 1945 y 1957, y sobre el cual se sabía muy poco. Y entonces, en algún aparte del libro, Moeringher encuentra las palabras exactas para decir esto mismo, ese espejo de la vida que es a fin de cuentas este deporte: “el boxeo apela a mi sólida creencia de que la vida es una pelea sangrienta. Seas quien seas, estés donde estés, sea cuando sea que estés leyendo esto o no, estoy casi seguro de que estás librando una pelea. Tal vez sea una pelea contra un mal trabajo, o un jefe cruel, o una empresa que te explota. Tal vez sea una pelea interna, contra una duda paralizante, o un temor que te desgasta o una pena sin fondo. Tal vez pelees contra una enfermedad, o una separación nada amistosa, o algún otro monstruo amorfo que parece decidido a devorarte entero: la locura, la culpa, una deuda. Tal vez estés peleando por algo, por algo esencial, que no has tenido nunca. Un hogar seguro, un hogar verdadero, un trabajo satisfactorio. Tal vez lo hayas tenido y te lo hayan quitado y estés peleando por recuperarlo. Sea cual sea tu caso, esta mañana, al poner los pies en el suelo, o en la cubierta de tu barco, o en la tierra de tu campamento, has planificado el día alrededor de esa pelea. Esa pelea te define, te da forma, tal como debe ser y seguirá siéndolo hasta que se declare un vencedor, y entonces empieza la siguiente pelea, y la siguiente, hasta que llegues a la última pelea de tu vida, que perderás, como todos los que has conocido perderán la suya. Y yo sé que esto es verdad, y no se me ocurre ninguna otra cosa que capte mejor esta verdad que la imagen de dos boxeadores acechándose en círculos en un cuadrilátero cubierto de humo”.

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