Diario de viaje: 48 horas en Leticia

Una década después de visitar Leticia por primera vez, una de nuestras periodistas se reencuentra con la capital colombiana del Amazonas. Lea cómo le fue y agéndese, que este destino tiene planes para todos.

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DÍA 1
11:00 a. m. / Llegada

Llegar a Leticia en carro no es una opción. De acuerdo a Leo Vásquez, indígena ticuna y nuestro intérprete local (él no usa la palabra “guía”) durante este corto viaje, el trayecto terrestre desde Bogotá puede tardar más de 20 horas, es peligroso y una pérdida de tiempo. Por eso, a menos de que usted esté en alguna población cercana como Puerto Nariño, desde la que se puede llegar en lancha, no hay otra que alistar las millas..

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Al Aeropuerto Internacional Alfredo Vásquez Cobo llegan a diario varios vuelos de aerolíneas como Avianca y Latam. Desde Bogotá el vuelo dura casi dos horas. Si usted es de los míos y escogió ventana, sabrá que está cerca cuando empiece a ver verde, verde y más verde.

Durante el camino yo vi varios ríos, pero ninguno era el Amazonas. No eran tan caudalosos, y como pude comprobarlo en el único momento en el que Google Maps me sirvió (sí, ¡dentro del avión!), el río Amazonas y yo íbamos en rumbos perpendiculares. Nos íbamos a encontrar, sí, pero no desde el avión.

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El Aeropuerto de Leticia es de esos en los que uno se baja del avión casi con escaleras, y casi en la pista de aterrizaje. Nada de puertas automatizadas. También es de los que tiene una sola sala de espera y una sola banda para las maletas. También hay que pagar $32.000 por la tarjeta de turismo o de entrada, que no es más que un impuesto. Si usted está viajando con una agencia de viajes, como hicimos nosotros, revise si el paquete ya incluye este impuesto.

Al salir del aeropuerto tomamos un taxi, y en el camino vi un casino, aunque me dijeron que hay tres. También escuché una cuña en la radio donde J Balvin decía que ya se acercaba la fecha de su concierto (¿en Leticia?) y vi una sex shop. En el hotel (mis compañeros de viaje y yo nos quedamos en uno llamado Waira) nos recibieron con jugo de arazá, una fruta típica, pero como nos habían advertido que solo tomáramos agua embotellada, no lo probé. 

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1:00 p. m. / Almuerzo

Leo, nuestro intérprete local, nos llevó derecho a Tierras Amazónicas, un restaurante que según Tripadvisor es el número uno de la ciudad. Allá comimos pirarucú, un pez que vive en el Amazonas, que puede llegar a crecer hasta tres metros (¡!) y que se puede preparar de todas las maneras posibles. Yo me lo comí asado. Sabía, como todo, a pollo. Pero a pechuga de pollo, porque su textura me pareció similar.

En ese momento hablamos de Río Abajo, un documental que ya está en Netflix y que aborda la matanza de delfines rosados para usarlos como carnada en el Amazonas. Aquí el tráiler.



Luego, Leo nos habló sobre Mocagua, la comunidad donde él vive. Nos contó que varios de sus miembros reciben ingresos del turismo, como él, pero que también les parece importante tener tiempo para otras cosas, como sus familias y su comunidad. En caso de que alguien le interese, esta es la agencia con la que él trabaja.

En el restaurante también se podía comer mojojoy, un gusano que crece entre los troncos de las palmas. Hay quienes se los comen crudos, fritos, asados o hasta rellenos. Yo pasé. 

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2:00 p. m. / Kayak


Al Amazonas, además de repelente, se debe llevar mucha ropa. Y que se seque rápido. También le vendría bien llevar más de un par de zapatos, todos cómodos y, en lo posible, impermeables.

Dicho eso, sigamos. Llegamos a Kasabe Tours para hacer kayak. No en el río Amazonas, sino en unos canales y lagos que eran menos profundos y cuya corriente no era tan fuerte. De eso no tengo registro porque nos advirtieron que nos íbamos a mojar (yo hasta me caí del kayak), así que dejamos todo en la recepción del lugar.

Esta es una actividad que volvería a hacer. Me costó mucho remar: me machuqué un dedo y tengo un morado en la pierna, pero vale la pena cuando uno se encuentra en medio del agua con un silencio que solo perturban los sonidos de la naturaleza. En el camino hay oportunidad de ver varias aves, y si van en temporada de aguas bajas o verano (entre abril y septiembre, más o menos), también pueden bajarse a caminar por ahí. Jhon, nuestro intérprete para esta actividad, nos dijo que le gusta más hacer kayak en época de aguas altas, porque se puede explorar la selva inundada y ver todo con otros ojos.

Eso sí: acuérdense de mí cuando les toque remar de vuelta. Qué vaina tan jodida. 

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4:00 p. m. / Mundo Amazónico

Mundo Amazónico es un parque ecológico que queda en un terreno donde antes había ganadería. Es un espacio recuperado donde ahora hay plantas y animales nativos de la zona, y donde uno, como turista puede ir y decir que estuvo “en la selva”.

En este sitio hay varios senderos. Además del de la selva, sobre el que les cuento más adelante, nos llevaron por uno donde había réplicas de las casas tradicionales de las distintas etnias indígenas que habitan la región, chagras, una especie de huerto muy común en las comunidades locales y yuca, lo que más se siembra en esos cultivos. En la foto de abajo pueden ver algunos de los instrumentos que utilizan para procesarla.

YUCA-final

Otra de las rutas era para conocer plantas con usos medicinales como al estevia, la coca, el borrachero, y la ayahuasca y el chacruna, las dos plantas que se mezclan para formar el yagé. Este tramo de la visita lo finalizamos con una aromática hecha a base de plantas locales que nos ofreció Darío, el intérprete local del parque. Él, hablando de las plantas, las casas y los cultivos, dijo que todas esas costumbres se habían perdido o empezado a perder “por cuestión de caucho”.

Para adentrarse en la selva (sobre todo de noche, como nosotros) se necesitan dos cosas básicas: botas pantaneras y linternas. En Mundo Amazónico tienen botas para prestarle, pero usted puede llevar las suyas. Las linternas que usamos fueron las de nuestros celulares.

En resumen, estuve muerta del susto durante toda la caminata. Había nidos de tarántulas (y tarántulas) cada dos metros, y una de mis compañeras de viaje casi pisa una serpiente. No pudimos determinar si era venenosa o no (hasta Darío estaba dubitativo), pero igual. Yo, además, fui de última durante casi toda la caminata, y todos sabemos que, en las películas de terror, el último siempre es el primero en morir.

De eso tengo un par de fotos, porque mi celular se descargó de tanto buscar y buscar señal. No soy fotógrafa, pero creo que me quedaron lindas.

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Esa noche, cuando me acosté, sentí el movimiento de la corriente del río. 

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DÍA 2
6:00 a. m. / Parque Santander


Este es uno de los dos parques de Leticia, y es especial porque al atardecer llegan miles y miles de pájaros a posarse en los árboles. Nos dijeron que el cielo se ponía negro de la cantidad de aves que volaban por ahí, pero nos tuvimos que imaginar cómo se vería porque la tarde anterior (la única que estuvimos en Leticia), estábamos en Mundo Amazónico.

Aún así, el parque Santander me llamó la atención porque en uno de sus costados está la Iglesia Nuestra Señora de La Paz, y una estatua donde un hombre y una mujer (¿misioneros? ¿religiosos?) parecen estar guiando o acompañando a un niño. Tan pronto la vi recordé que Darío, el intérprete de Mundo Amazónico que además es indígena, nos contó que él estuvo internado desde el preescolar en un colegio de religiosos.

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Caminamos de vuelta al hotel, y comimos, de manera muy anticlimática, un desayuno continental: huevos al gusto, café, pan y fruta. 

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7:00 a. m./ Isla de los Micos

Llegar a la Isla de los Micos toma unos 45 minutos en lancha desde Leticia. Como nosotros viajamos con una agencia, ese transporte ya estaba contratado, así que no fue más que caminar hasta un puerto (un planchón sobre el que uno se sube para llegar a la lancha). Algo que me pareció interesante aquí: entre más entrado está el verano (entre más seco esté el río) más lejos está el puerto y más hay que caminar. Lo que pueden ver en las fotos de abajo está completamente inundado entre octubre y marzo.

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Desde donde salimos, también se podían ver Perú y Brasil.

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La lancha hacía mucho ruido, pero aún así me quedé dormida. Antes tomé un par de fotos de lo que vendría siendo la costa peruana y traté de calcular qué tan ancho era el río. Lo único que se me ocurrió fue compararlo con algunas de las vías más anchas de Bogotá: mi conclusión es que es más ancho que la Autopista Norte, y tal vez el doble de ancho que la Avenida Boyacá, aunque todo depende de cuándo lo visiten. Según Wikipedia, en verano el ancho del río puede variar entre 1,6 y 10 kilómetros, y en invierno superar los 48, lo que indica que mis cálculos son de todo menos correctos.

Peru

Para llegar hasta la entrada de la Isla de los Micos también hay que caminar bastante en esta época del año. Por consecuencia del clima, la arena sobre la que caminábamos estaba muy suelta y nuestros pies se hundían. En el sol, y cuando una es rola, eso es más terrible de lo que parece.

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Cuando llegamos, nos pidieron que nos quitáramos cualquier arete y las gafas de sol. También que no nos pusiéramos repelente, y que no fuéramos a gritar si nos asustábamos. Cosas que no nos dijeron: los micos pueden morder y hasta orinarse o cagarse encima suyo. Por eso remítanse a lo que les dije más arriba: lleven mucha ropa.

La cosa después fue rápida: el intérprete local que iba caminando delante nuestro empezó a silbar, y los micos empezaron a salir corriendo detrás de él. Desde todas partes.

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Los monos que habitan esta isla se conocen como monos ardilla comunes. Según Leo y el intérprete local de la isla, en ella hay entre 800 y 1000 especímenes, y varios de ellos están ahí como parte de un proceso de rehabilitación. También nos dijeron que entre los intérpretes locales hay varios excazadores que ahora se dedican a preservar la fauna. Sin embargo, basta con meter una mano a la maleta en presencia de los micos para darse cuenta de que lo que están buscando es comida y no interacción con nosotros, que ya los hemos domesticado.

No les pongo fotos mías llena de micos, pero sí de uno de los intérpretes del parque, y también de otros periodistas que viajaron a Leticia. Así estuvimos todos, felices, hasta que nos tuvimos que ir a bañar y luego al aeropuerto.

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Durante el regreso no me dormí. Estaba recargada de toda esa “monoterapia”, y muy atenta por si salía algún delfín. Y salieron varios, grises y rosados. Según Leo, que silbaba para llamar su atención, estaban actuando como si supieran que estábamos ahí para verlos.

Sus lomos, que fue lo único que alcancé a ver, eran realmente grises y rosados. Sí, eso suena bobo, pero yo pensaba que la cosa era más de nombre que de apariencia física. Sobra decir que no logré tomarles fotos ni contar cuántos vimos, y que me quedé con ganas de que alguno se acercara para poderlo tocar.

Después de ver a los delfines, sentí una especie de “cierre” para mi visita al Amazonas. Sin embargo, solo me bastó con subirme al avión de vuelta para entender que más que un cierre, lo que sentí fueron ganas de quedarme.

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Este contenido se realizó con el apoyo del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y Fontur, en el marco del Día Internacional del Turismo.
Conozca más sobre la oferta turística del país en www.recorrecolombia.com.

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