Larga vida a La Linterna

El cartel ha resurgido en manos de una nueva generación de diseñadores y artistas. Un antiguo taller de impresión en el barrio San Antonio, de Cali, ha vuelto a la vida gracias a esta tradición renovada. Esta es su historia.

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Olmedo Franco, Héctor Otálvaro y Jaime García


La Linterna huele a tinta, metal ligeramente calentado, papel periódico y un poco a madera húmeda. Entrando por sus puertas de garaje se llega a una bodega alta y descuidada, que muestra su esqueleto de metal en el techo, las grietas en el concreto. En mi primera visita están en humor de escuchar Celia Cruz todo el día y, cuando llega su momento, se suma el sonido de las monstruosas imprentas que ocupan casi la mitad del taller —tshhh-tshhh-tshhh—, que ya se siente pequeño y caótico con sus mesas atravesadas y cubiertas por herramientas y reglas y pedazos de madera, las sillas de plástico mal acomodadas y los estantes que cubren la mayor parte parte de las paredes. Detrás de estos, un tapiz de carteles de todas las épocas, de todos los colores. En un buen día hay cerveza en una nevera amarillenta al fondo y, como esto es San Antonio, la colina al oeste de la ciudad que acoge a turistas de pelo rubio y artistas bohemios por igual en sus casas pintorreteadas, siempre hay alguien cerca que venda empanadas. Así debe de ser el cielo para un diseñador caleño. Quizá por eso, sea para diseñar o solo para comprar un afiche, o para tomarse una pola con empanada en el barrio, muchos encuentran su camino hasta el taller de La Linterna.

Olmedo Franco, Jaime García y Héctor Otálvaro, los tres maestros dueños del taller barren y organizan y alistan el local para el lanzamiento de la nueva colección de La Linterna: Váyalo 2018. Se trata de una serie de seis afiches que muestran en toda su gloria a leyendas de la salsa como Celia Cruz, Roberto Roena y Cano Estremera, hechos en colaboración con varios artistas. A un día del lanzamiento, todavía faltaba por imprimir el del Piper Pimienta, un retrato de medio cuerpo del bailarín y cantante enmarcado con flores, “porque las caleñas son como las flores, ¿no?”, me diría después uno de los diseñadores que había participado en la exposición. Al Piper lo había dibujado el ilustrador Don Fingo, uno de los seleccionados entre los que enviaron su portafolio para esta convocatoria, al igual que OtraLopezMás y Plata (encargados de retratar a Tito Puente), o Violenta y Mesek (con su homenaje a Celia).

“¡Ojo ahí!”, exclama Olmedo, encaramado en la imprenta. Llevaba pantalones llenos de manchas de pintura. Al presionar un botón la máquina empezaba a girar, con el ruido de una mezcladora de cemento llena de piedritas. Los rodillos de tinta empapaban el molde, que en este caso fue cuidadosamente tallado a mano en linóleo negro, y este iba y venía debajo del rodillo. Salieron un par de pruebas en papel periódico. Sobre el fondo naranja, la imagen del Piper salía un poco corrida a la izquierda, dejando una línea blanca a un costado de su silueta. “¿Hay que moverlo más?”, preguntó.

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“Otro poquitico, sí”, le responde Daniel, el hermano de Don Fingo y a quien el ilustrador había encargado para coordinar los detalles del proceso de impresión de su pieza.

“Listo, ¡ojo ahí!”, y tras hacer un par de ajustes, empieza de nuevo.

Las dos imprentas son el alma del lugar. Una es francesa, de marca Marioni y del año 1870, originalmente manual pero adaptada con un motor eléctrico que parece tan viejo como ella. La otra es una Reliance de 1890, americana y monstruosa, con un rodillo gigante que parece la llanta de una aplanadora. Parecen destinadas a trabajar u oxidarse en ese edificio: se gasta más sacando esos monstruos por la puerta que vendiéndolos como chatarra.

No me atrevo a decir desde cuándo existe La Linterna, porque los periodistas que lo han intentado han estado equivocados: cuando el Q’hubo dijo que la empresa había arrancado en 1949 como una pequeña revista local, al día siguiente un señor de más de noventa años estaba a las puertas del negocio, quejándose porque él había vendido revistas de La Linterna en las calles muchos años antes de esa fecha. El País y Cali Creativa dicen que los orígenes se remontan a 1934, pero no es más que una afirmación pasajera. En ese entonces, La Linterna “era un periódico estilo El Caleño o el Q’hubo, donde se sacaban las matanzas y los asesinatos”, dice Héctor, aunque de tal revistilla no encontré ni rastro en los archivos de la Biblioteca Departamental.

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Héctor Otálvaro


De cualquier manera, ya luego vinieron los años de los carteles y la publicidad en las calles, en los que La Linterna era una institución nacional debido a sus piezas únicas: afiches y carteles ilustrados, con fotos de alto contraste y llenos de color. “Nos salimos del molde de solo poner letras, nosotros marcamos pauta”, dice Héctor. De ahí salieron los clásicos afiches que ahora recubren sus paredes, los anuncios de conciertos de Elton John y de Metallica y del Binomio de Oro, osados en sus colores y sus diseños, que son recuerdo de la época de su bonanza. Solían tener oficinas en Bogotá y clientes regados por todo el país, podían estar recibiendo pedidos de diez mil carteles para la capital, y entre tres mil y cinco mil para las otras ciudades.

¿Cuántas copias pueden hacer por hora? —le pregunto a Héctor.

“Quinientas por hora”, responde, que siempre tiene el aire de comerciante de San Andresito con un canguro colgando de su cintura.

“Mil por hora”, le corrige Olmedo. “El tiraje es de quinientas en media hora”.

Claro, eso es si nada sale mal, concede Héctor. Si tan solo fuera tan fácil como presionar “imprimir” en un computador... Pero con estas máquinas es todo cuestión de paciencia: cuadrar con la paciencia de un geólogo los moldes de linóleo que imprimen su forma sobre el papel, mezclar las tintas hasta conseguir esos tonos perfectos entre las muchas habilidades de los tres maestros del lugar, está aprender a sacar y mezclar a ojo los colores que ven en fotos o pantallas de celular, probar y probar y probar la impresión hasta que la imagen salga perfecta. Al menos no tienen que preocuparse por reparaciones. “Estas máquinas se hicieron para durar toda la vida”, dice Héctor. “Han pasado hasta diez, quince años sin hacerles mantenimiento, solo es echarles aceite”. Y cuando se les rompe una pieza, es tan fácil como llamar a cualquier tornero para reemplazarla.

“Yo soy como estas máquinas: un dinosaurio”, suelta Olmedo, sonriendo. Entre él y sus compañeros reúnen más de cien años de experiencia de trabajar entre entre tipos y tintas —Olmedo, el más viejo del grupo, entró en el 76; Jaime en el 82 y no fue hasta el 89 que entró Héctor con ayuda de Olmedo, pues es su cuñado—, pero lo único que delata su edad son unas cuantas canas. Con la manera en la que trabaja, a nadie se le ocurriría preguntarle a Olmedo cuándo piensa retirarse.

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Olmedo Franco


Con la llegada del siglo XXI, vinieron dos grandes problemas para la impresión de carteles: la litografía y Enrique Peñalosa. Este último, durante su alcaldía, limitó la pega de carteles en la capital, golpeando fuertemente a las empresas que se dedicaban a producirlos y pegarlos. Por su parte, la litografía hizo que las imprentas de La Linterna cayeran en desuso. ¿Quién va a imprimir a tres tintas, en negativos de alto contraste, cuando puede tener la fotografía del artista pegada en todas las paredes? “Desde el año 2000, estas máquinas ya no le servían al patrón”, me contaba Héctor, “el patrón ya nos venía diciendo ‘mano, ustedes busquen qué hacer, porque este taller ya no está dando’”.

Cuando el diseñador y artista Fabián Villa los encontró, a comienzos de 2017, no eran más que tres hombres a puertas de la tercera edad, jugando solitario en el computador de una planta silenciosa. “En los noventa estas máquinas mantenían prendidas hasta once horas de lunes a sábado, y a veces había que venir los domingos”, cuenta Héctor, diciendo que solo la capital podía pedir 10.000 carteles por evento (“para Cali pedían 5.000, y las otras ciudades 3.000 o 2.000 carteles”); pero ya para el 2017 la producción de toda la empresa había decaído en un 70% y casi nada se imprimía con las máquinas tipográficas del taller de Cali; la oficina de La Linterna en Bogotá cerró y por acá podían pasar días sin que se prendieran las imprentas. Diferente al aire festivo que se respira hoy en La Linterna, con banderines de colores en el techo y música a todo volumen y con los extranjeros entrando en chanclas hasta el punto de poder respirarle en la nuca a Olmedo mientras imprime con la Reliance. En ese entonces una gruesa reja impedía el paso: acá los operarios y las máquinas, allá los posibles clientes. Cada vez menos gente se paraba del lado de allá de la reja cuando Fabián llegó a hacer unos carteles para una exposición del colectivo Casa Ternario.

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Jaime García


“Era supertriste”, me contó Fabián. “El dueño se había desentendido del negocio, con lo poco que hacían acá pagaban los servicios, pero tenían una oleada de deudas. Así que nosotros, con Patricia Prado de Casa Ternario, decidimos hacer como una ‘operación rescate’”. La primera exposición de carteles artísticos de La Linterna, Tintas, tipos y rock and roll (imaginarán cuál fue el tema), fue hecha ese mismo año entre cinco amigos diseñadores convocados por redes sociales. La idea era hacer una serie de afiches que se pudieran vender para que Olmedo, Héctor y Jaime “llevaran algo de dinero a sus casas”, según Fabián. Quitaron la reja del local, lo iluminaron un poco, e hicieron el lanzamiento entre las máquinas de la imprenta, dejando que la gente disfrutara de una cerveza junto a esas reliquias. Los afiches se vendieron como pandebono caliente.

Luego vino la segunda exposición, con el tema de películas de los ochenta, clásicos como Friday the 13th y Big Trouble in Little China. Nació el movimiento #SalvemosLaLinterna, que hasta hoy es el estandarte de Fabián y sus colegas para dar un segundo aliento a una forma de diseño cada vez más escasa. Llegaron una tercera y cuarta exposición, de íconos de la salsa, los grandes como Jairo Varela e Ismael Rivera, y algunas leyendas del fútbol, justo a tiempo para Rusia 2018. Los empezaron a invitar a dar charlas, a presentar sus antiguos afiches en el museo La Tertulia. Empezaron a hablar de convertir las antiguas imprentas en patrimonio industrial, a contemplar la idea de dar talleres y hasta clases en universidades...

En medio de todo esto, a finales del 2017, Fabián y sus amigos ayudaron a llegar a un trato con el dueño de La Linterna, uno de los miembros de la familia Sinisterra Cardona a la que había pertenecido desde el siglo pasado: a cambio de todos los meses que les debían de salario, les cedería las máquinas y los bienes del sitio. Así, la razón social del taller pasó a manos de los únicos tres trabajadores que quedaban en ese taller decrépito de Cali: Olmedo, Jaime y Héctor.

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Los tres impresores supervisan un proyecto junto al artista Fabián Villa (con bigote y camiseta blanca).

Y así, paso a paso, llegó un nuevo aliento y un nuevo negocio para La Linterna: el arte. Cuando les pregunto si acaso tienen miedo de que este gusto por los carteles sea solo una moda pasajera, algo imposible de sostener a largo plazo, Olmedo me contesta de la manera más pragmática posible: “No. Los europeos siempre vienen acá a comprar los afiches, porque allá en Europa esto no se ve. Y si se ve, ¡es carísimo!”.

Y pues sí, es arte a treinta mil pesos, con una selfie incluida junto a máquinas viejísimas. ¿Qué mejor souvenir?

Me despido de todos después de que los ciento veinte afiches del Piper Pimienta en papel erpa salieron perfectos. O más bien imperfectamente perfectos, con esos errorcitos de este tipo de imprentas. “La gente está como cansada de lo perfecto, entonces está volviendo a lo retro. Y en estas máquinas siempre quedan imperfecciones”, dice Olmedo, y luego señaló los afiches. “Solo falta llamar al Fingo para que firme esos y listo”.

Paso de nuevo por el taller al día siguiente, el día del lanzamiento, porque estoy enamorado de un par de afiches y quiero darme la oportunidad de comprar uno (¡edición limitada y autografiado! ¡Wow!). Hay cerveza y empanadas, la gente de Salsa sin miseria un colectivo apasionado por la música de la sucursal del cielo, creadores del Diccionario salsero está a cargo de la música y a su lado un imitador del Piper Pimienta, con el mismo chaleco y la misma sonrisa, tira pasos a la velocidad de un parpadeo. Olmedo y Jaime están parados en medio de una multitud de turistas y se gritan en medio del bullicio: “¿cuánto cuesta este?”, “¿a cómo es que están estos?”, “¿tenés cambio de este billete?”.

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Los diseñadores y artistas, que por lo general son caleños o al menos viven lo suficientemente cerca para no tener mamera de ir a los talleres y las sesiones de diseño que exigen estas convocatorias, se pasean de un lado a otro, hablando entre ellos y recordando todo el proceso: clases de salsa para aprender sobre la historia de los personajes, asesorías en persona pero más que nada por WhatsApp con Fabián Villa para revisar sus bocetos, y lo putamente difícil que había sido tallar el linóleo de sus afiches. Daniel, el hermano de Don Fingo, me cuenta que lo vio trabajar minuciosamente en su linóleo de Piper Pimienta durante toda una semana, mientras que el diseñador Álvaro Navia, que estuvo a cargo de inmortalizar a Roberto Roena, me dice: “Yo me tiré cuatro o cinco días de tallado con la gubia. Parce, la mano me quedó...” y levanta su mano fingiendo que está agarrotada. “Pero mirá que cuando lo terminé de tallar, que terminé mamado, mamado, ¡mamado! Cuando terminé, yo ya estaba mirando un pedazo de linóleo que me había sobrado y pensando ‘¡ve, aquí aguanta hacerme algo bien bacano!’”.

O sea, quedaste con ganas de más.

“Totalmente”, dice Álvaro. “Es retomar todo este proceso manual, que La Linterna es de los poquitos puntos que lo siguen haciendo”.

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