Las mujeres tienen la palabra

Las mujeres colombianas sí tienen la palabra y la hacen sugestiva, hipnótica, cortante, misteriosa. Hablamos con siete jóvenes escritoras colombianas que están construyendo su propio camino. 

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as palabras tienen sexo y dientes: muerden, escarban en la mente de los lectores. Se escribe desde la rabiosa individualidad: hacerlo es convertir el lenguaje —patrimonio de todos— en algo personal e intransferible. En los textos literarios quien escribe encuadra el mundo desde un ángulo insólito y le insufla a las letras el ritmo de su respiración. Hablan de una manera de habitar la realidad, de reaccionar a los apocalipsis cotidianos de los periódicos y de las redes sociales.

Educadas en un mundo cada vez más cercano a la tristeza de Las vírgenes suicidas y no tanto a los deliquios amorosos de María, las escritoras colombianas contemporáneas tienen la palabra y la hacen sugestiva, hipnótica, cortante, misteriosa. Desbrozan un camino ya transitado por María Mercedes Carranza, Marvel Moreno, Albalucía Ángel, Silvia Galvis, entre otras.

Conscientes del aporte de las mujeres a la riqueza simbólica y cultural de nuestras letras, en Bacánika quisimos poner en el radar el trabajo de siete escritoras emergentes que con sus propias voces cuentan sus inicios en la lectura y la escritura, sus experiencias en el mundo editorial, sus proyectos y anhelos.

Hablamos con Elisa Estévez (Bogotá, 2000), que con su novela Atala y Elisa ganó el Premio Jóvenes Talentos convocado por la editorial Planeta. Además de la escritura, le dedica su tiempo al dibujo y a aprender esperanto. También con Manuela Espinal Solano (Medellín, 1998), quien publicó el libro Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto,  pertenece a una familia de músicos y estudia Comunicación social en la UPB. Estefanía Carvajal (Medellín, 1993) publicó el libro periodístico Niebla en la yarda, que fue premiado como mejor tesis de pregrado por la CPB. Dentro de la lista está también Carolina López J. (Pereira, 1980), su novela En la punta del lápiz ganó el primer puesto en el Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín en 2013; ella ha trabajado en numerosos proyectos de arte multimedial. Tania Ganitsky (Bogotá, 1986) ganó en el 2009 el Concurso Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia con la selección de poemas El don del desierto y en el 2014 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Obra Inédita con su primer libro Dos cuerpos menos. Actualmente cursa estudios de doctorado en Europa. Paola Heredia Hernández (Ibagué, 1980) pasó parte de su infancia en La Arada, un centro poblado del sur del Tolima al que vuelve con frecuencia; es abogada de El Externado y el año pasado publicó con la editorial Planeta su novela Los escudos. Por último, hablamos con Alejandra Lerma (Cali, 1991), quien ha publicado los poemarios El Lenguaje de mi alma, Trébol de cuatro hojas, Oscuridad en luz alta y Precisiones sobre la incerteza, y ha ganados varios concursos nacionales de poesía.

Esto es solo una muestra de un universo femenino que no se detiene en su expansión y reconocimiento.

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¿Cuáles son los primeros recuerdos que tiene relacionados con el mundo de los libros?

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Elisa Estévez: Los cuentos ilustrados que leía de pequeña. Algunas cosas de Rafael Pombo, mucho de Roald Dahl y cómics, como los de Ásterix y Obélix, entre otros. Recuerdo un gran libro sobre dinosaurios que leía con mi hermano, y sobre el cuál inventábamos historias y jugábamos a ser cada uno un dinosaurio distinto. Ese lo recuerdo con mucho cariño.

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Manuela Espinal Solano: Primero fueron los libros infantiles, los cuentos, por parte de mi tía materna y mi mamá. Las dos nos presentaron desde muy pequeñas (a mi hermana y a mí) esta literatura, e incluso nos la leyeron mucho en inglés también.

Además de esto, el gran ejemplo de mi abuelo paterno, que fue un lector incansable. Él era ingeniero agrónomo y leía libros académicos, aunque también leía literatura. Siempre que llegábamos a visitarlo, tenía sobre la mesa algún libro. A mí me encantaba encontrarlo de nuevo buscando más información, volviendo a la lectura como una necesidad, como si fuera su escape. Ese ejemplo me llamó a leer.

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Estefanía Carvajal: Mis padres nunca fueron buenos lectores, pero siempre se preocuparon porque yo sí lo fuera. Aun así, no me exigían que leyera, simplemente compraban libros y los dejaban en una biblioteca pequeña, pero suficiente para una niña de siete años. Tenía una colección ilustrada de los cuentos de Hans Christian Andersen que hojeaba en las noches antes de ir a dormir. Recuerdo que cuando leí “La niña de las cerillas” lloré desconsolada pensando en que yo estaba entre las cobijas calientes de una casa bonita, mientras afuera había una niña muriéndose de frío y hambre. También recuerdo la primera vez que leí “El traje nuevo del emperador” y uno menos popular, “Lo que empieza bien, termina bien”.

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Carolina López J.: Siempre había libros sobre la mesa de noche de mi madre: La loba de Francia (de la saga “Los reyes malditos”), Catalina la grande, Entrevista con la historia. Cada diciembre el Niño Dios nos traía libros a mi hermano y a mí. Siempre libros. Nunca juguetes. Libros y ropa. Mi madre, en especial cuando éramos pequeños, llevaba a la casa libros ilustrados, libros con dioramas, libros para colorear, enciclopedias... En especial me marcaron dos libros pop-up, uno se llamaba El cuerpo humano: un estudio tridimensional y el otro ¿De dónde vienen los niños? Ambos estaban llenos de colores e invitaban a interactuar con ellos. Por último, las colecciones “El mundo de los niños” y “El libro de preguntas y respuestas de Carlitos”.

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Tania Ganitsky: Los cuentos de terror. En casa había un libro de cuentos de Poe que leía mucho cuando chiquita. Y tuve un libro ilustrado por Stephen Gammell de cuentos de miedo para leer en la oscuridad. Las ilustraciones eran muy miedosas y se me prendían. En una aparecía la calavera de una mujer con los dientes rotos y el pelo delgadísimo, deshilachado. Cuando andaba a oscuras por la casa, la veía entre los puntos dorados y titilantes que se ven en la oscuridad.

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Paola Heredia Hernández: Los primeros recuerdos me transportan a 1994, cuando descubrí El mundo de Sofía del escritor Jostein Gaarder. Por primera vez, y en una etapa de la vida donde buscaba encontrar mi propia identidad, encontré una coincidencia entre muchas de esas voces y mi lenguaje interior. Muchas de esas verdades que a través de la filosofía me han sido reveladas con el paso del tiempo han terminado por consolidar todo un lenguaje que hoy en día me define. Otro recuerdo que no puedo dejar pasar fue cuando por primera vez tuve en mis manos El principito, un libro que ha marcado mi vida y hasta mi proceder.  A partir del año 1996, y desde mi asteroide, sagradamente y con mucho cuidado he arrancado mis baobabs; y aunque al principio no fue tan fácil como dicen, con el paso de los años comprendí que sí se trataba de una cuestión de disciplina como lo dijo Antoine de Saint-Exupéry. Tratándose de baobabs nunca se puede bajar la guardia, no vaya a ser que me descuide, crezcan y luego me hagan estallar.

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Alejandra Lerma: Mi infancia estuvo poblada de libros. Tengo varias postales recurrentes: las torres que mamá y papá construían en sus nocheros, la biblioteca de mi familia materna y, sobre todo, las lecturas de mi abuelo, un hombre campesino, autodidacta, poeta y devorador infinito de literatura.

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¿Qué circunstancias —obras, autores, personas— le hicieron plantearse seriamente la posibilidad de dedicar su vida a la escritura?

Elisa Estévez: Definitivamente mis profesores y el amor que tenían por el mundo del arte y la literatura. Autores: Michael Ende, Raúl Gómez Jattin y Kafka, entre otros. Era, creo, una sensación de querer dar las gracias por lo que la literatura me había dado a mí, de querer devolverlo, dar de nuevo. No tanto una decisión clara de dedicar mi vida a la escritura.

Manuela Espinal Solano: La publicación de Quisiera que oyeran..., mi primera novela, hizo que me cuestionara muchas cosas. La primera decisión que tomé después de la publicación fue qué carrera iba a estudiar. Esa decisión, más la publicación, más una serie de circunstancias que se han venido presentando, han marcado un camino que, creo yo, es el de la escritura y que, puede ser, sea el que siga. Pero antes de todo esto, el empujoncito de la buena suerte de mi amigo Daniel Rivera. Él ha sido mi maestro y si hay alguien a quien deba culpar de todo esto es a él.

Estefanía Carvajal: Aún no sé si voy a dedicar mi vida a la escritura. Vivo de escribir noticias en El Colombiano y una que otra crónica, pero no sé si vaya a dedicarme a la literatura, aunque no descarto ese camino. Más allá de escribir, lo que quiero hacer es contar historias, sean reales o de ficción. El amor por las historias se lo debo a la mujer que me cuidaba cuando era niña —Cristina, se llama ella— y a mi abuela, que me engatusaban con sus cuentos de brujas y de amores y de guacas mientras yo me comía la sopa.

Carolina López J.: La primera: Saia Vergara, amiga del alma que se lanzó un día a escribir sin haber estudiado literatura. Yo creía que para ser escritor había que pasar por una universidad, pero Saia me mostró que para hacer un libro solo hace falta dedicarse a escribirlo. Le regaló a su círculo de amigas más cercano un libro de cocina  y una encantadora novela que no olvido: Costuras y pre-textos. Proust: La lectura de En busca del tiempo perdido reavivó en mí (a los 26 años) el deseo adolescente de escribir una novela. Ese narrador proustiano que siente que tiene un deber consigo mismo y con su época de escribir lo que vive y lo que siente me llevó arrebatadamente a iniciar mi primer proyecto literario (que fue un proyecto web). En la gestación de ese mismo proyecto fue crucial Un tigre de papel, el documental de Luis Ospina, pues reafirmó mi interés por seguir una línea autobiográfica en la creación. Por último: la experiencia más fuerte que definitivamente me llevó a la escritura fue la enfermedad neurológica que sufrió mi madre. De la imposibilidad de comprender el mundo y de asir el dolor por el deterioro de un ser querido nacieron las primeras líneas de mi primera novela, que se llamó En la punta del lápiz.

Tania Ganitsky: Entre mis 14 y 16 años viví en Miami. Mi mejor amiga se llamaba Lina, al final fue deportada a Colombia y yo me regresé por otras razones. Mientras vivimos ahí ambas escribimos poesía en español y en inglés. Una vez hicimos un libro con una máquina de escribir que le habían regalado. Juntamos nuestros poemas, ella ilustró la portada al estilo de Erik Drooker, un pintor de la generación beat que admirábamos, le sacamos muchas fotocopias y lo regalamos en un tren. Mi primera publicación. Había poemas en inglés y en español. La poesía todavía me lleva a ese lugar, todavía la vinculo con lo bilingüe, con las fronteras reales e imaginadas, con el desenfreno adolescente, con todo lo que creía que había que resistir y que la poesía nos ayudaba a resistir—la autoridad, el poder. Después vinieron Dostoievski, Sartre, Pizarnik, Orozco, Varela, Rilke, el comienzo de una “conversación infinita”. Pero todavía no siento que pueda dedicar mi vida a escribir, sería maravilloso. Sí me dedico a trabajar con diferentes escrituras: la académica y la literaria. Y a las escrituras leídas.

Paola Heredia Hernández: Autores como Charles Dickens o Juan Rulfo escribieron desde la intuición, transmitiendo un lenguaje que los hizo únicos. La manera como nos marca la vida nos hace seres humanos únicos, por ende nuestra historia y lo que podemos transmitir se contagia con esa misma cualidad. Cuando el lector encuentra dentro de un libro, ya sea a partir de un personaje o una simple frase, una coincidencia con su propio lenguaje, es ahí cuando la magia permea a la literatura, es ahí cuando entre el lector y el escritor se crean lazos que durarán para toda la vida. Aún me veo como una niña pequeña dando sus primeros pasos, pero con esa misma motivación he tratado de convertir la escritura en un ejercicio personal que incluso hoy considero una buena técnica de meditación. Por alguna razón, entre la hoja en blanco y yo hay un abismo donde confluyen la luz y la oscuridad, donde lo material y lo espiritual tratan de encontrarse, enfrentándome con aquellos dos mundos que Platón definió como el de las Ideas y el de los Sentidos. Sin embargo, ha sido un proceso que desde sus inicios nunca se relacionó con el hecho de que algún día uno de esos escritos tuviera la oportunidad de ser publicado. Con Los escudos hubo un cambio de perspectiva, sentí algo mágico y a la vez muy poderoso durante el proceso creativo. Me animé y simplemente decidí probar suerte.

Alejandra Lerma: Mi abuelo quedó ciego en sus últimos años de vida y me pedía todo el tiempo que le leyera, yo tendría 8 años y ya me había paseado por diferentes poetas colombianos como Barba Jacob, León de Greiff, Silva, Julio F., entre otros. Descubrí los libros porque mi familia me los presentó y les fui tomando amor. La primera vez que escuché “Canción de la vida profunda” fue en la voz de mi abuelo Esaunel y recuerdo que le dije: “Abuelito, yo quiero escribir cosas así”, y él me contestó: “Primero tienes que sentir cosas así”. Tal vez en ese momento comencé a intuir el oficio de la poesía.

Ya en mi adolescencia me acerqué a lecturas que fueron fundamentales: la obra de Alejandra Pizarnik fue un coctel tóxico y necesario; Sobre héroes y tumbas, de Sábato, me hizo amar mi nombre, con ese personaje tan intenso, sórdido y precioso que lo protagoniza; Whitman y Juana de Ibarborou enmarcaban el paisaje de montañas en el que crecí y me hicieron saber que se podía observar la naturaleza de formas muy profundas. Elegí estudiar Comunicación social  y periodismo (en la Universidad del Valle) porque me daba la posibilidad de transitar distintas formas de escritura y producción. Siento que el paso por esos escenarios ha nutrido de manera fundamental mi escritura poética.

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Según su experiencia, ¿por su condición de mujer ha visto cerradas las puertas de la publicación?

Elisa Estévez: Según mi experiencia, no, por dos razones: tengo muy poca experiencia y he tenido mucha suerte. Pero tengo claro los amplios baches de género que existen, no solo en la literatura y la publicación, sino en la sociedad en general.

Manuela Espinal Solano: Diría que no. De hecho, diría que no en absoluto, hablando siempre de mi propia experiencia, claro. Ni el libro ni los pocos artículos que he publicado han tenido problema por eso.

Estefanía Carvajal: Tuve la suerte de dar con una editorial que no teme publicar mujeres jóvenes.

Carolina López J.: La publicación no es algo que me quite el sueño y por lo tanto no es algo a lo que le haya invertido mucha energía. Me interesa escribir. La publicación, en mi caso, ha venido por distintas vías (unas pavimentadas, otras destapadas, otras en las que me ha tocado abrir camino). La posibilidad de poner a circular en la web mis escritos me quitó ese afán de buscar editores: desde mi blog privado y desde mi novela digital, Retratos vivos de mamá, he podido tener un grupo de lectores y lectoras ahorrándome el engorroso trabajo de buscar editores. Mi primera publicación la obtuve gracias a un premio nacional de novela en el concurso de la Cámara de Comercio de Medellín. No pertenecía al gremio literario, no conocía a los jurados y la participación allí fue a través de un seudónimo, así que no creo que mi condición de mujer fuera ni obstáculo ni ventaja para el concurso. Ese premio me abrió gran parte de los caminos que vinieron.

Por otro lado, desde mi participación en talleres de escritura creativa y de mi relación con gente vinculada al circuito literario puedo decir más bien que he sentido que muchos colegas hombres tienden a ver lo que escribo como un género menor, como una literatura poco universal que no despierta su interés en tanto no trata de grandes temas, ni de grandes hazañas, sino que está muy volcada a lo cotidiano, a la intimidad y en especial, creo yo, porque trata de universos poblados por muchas mujeres. Nunca me lo han dicho directamente (como seguramente tampoco le dicen a una mujer que no la publican por ser mujer), siempre a través de rodeos, así que después de ocho años transitando en un circuito bogotano de talleres de escritura puedo decir que ese abordaje en la escritura es algo que no le interesa explorar a muchos hombres (hago esta distinción de género porque no me ha pasado con ninguna mujer) y, por lo tanto, ocurre con frecuencia que no se toman el trabajo de leer en serio ese tipo de propuestas. Pero no puedo generalizar, porque también he contado con grandes lectores que han sabido entrar sin prejuicios a mis textos y que han hecho grandes aportes a mis procesos de escritura. Asimismo, mi condición de mujer no me ha impedido ser leída, reseñada o recomendada para participar en diversos eventos literarios.

Tania Ganitsky: Paradójicamente me he dado cuenta de esto a raíz de publicaciones en las que me han incluido y no a raíz de publicaciones de las que me hayan excluido. Cuando te publican en una colección o cuando hacen una muestra de poesía “femenina” el fin es visibilizar la escritura de mujeres. Pero suelen agruparnos en un libro, a modo de muestra y de curiosidad, en lugar de ofrecernos un espacio a cada una —un libro entero de una colección, por ejemplo— mientras que para los hombres esto es lo común. ¿Cuándo has visto una muestra de hombres poetas nacidos entre los años ochenta y los noventa?

Paola Heredia Hernández: No. Soy una persona muy afortunada. La primera puerta que toqué fue la primera que se abrió. Entregue mi propuesta y a las dos semanas siguientes tenía un contrato en mi correo electrónico. Ese día supe que lo que había sentido durante el proceso creativo era real. Los escudos estaba destinada a salir a la luz.

Alejandra Lerma: Las publicaciones que tengo se han dado de dos formas: autogestión y becas. Los últimos libros que he publicado, Oscuridad en luz alta y Precisiones sobre la incerteza, fueron posibles gracias a la Beca de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Cali y no puedo decir que en este concurso existan sesgos de género. Lo que sí creo es que publicar libros de poesía en este país es una labor quijotesca, a las grandes editoriales, e incluso a las alternativas, no les interesa, o si les interesa se trata siempre de autores (y aquí sí suele darse una marcada preferencia masculina) reconocidos. Los libros de poesía no suelen ser rentables, la gente suele pensar que deben ser ofrendados, no vendidos, y en esto pecamos los mismos poetas que nos la pasamos regalándolos.

Como mujer sí he tenido dificultades en el gremio literario, pero no centradas en la publicación de mi trabajo, sino en la atmósfera poblada de rumores y prejuicios que suelen asignarnos a las mujeres, y mucho más a las mujeres jóvenes: que si tal escritor nos prologa o nos corrige es porque hay sexo de por medio, que los encuentros de mujeres poetas son puro chismerío y cursilerías, que la poesía de las mujeres se ocupa solo del amor romántico o del erotismo… Es una constante confrontación entre la vida privada y la literaria, y me parece a los hombres no les toca bailar de la misma manera.

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¿Cuáles son las autoras colombianas que más interés le despiertan?

Elisa Estévez: Por ahora Meira Delmar, Paola Guevara, Carolina Sanín y Gabriela Arciniegas. Quiero leer más.

Manuela Espinal Solano: La verdad es que no he leído autoras colombianas. Solo leí a Juliana Restrepo, con quien comparto editorial (Angosta). Es algo que tengo pendiente.

Estefanía Carvajal: Apenas estoy descubriendo la obra de Laura Restrepo, y por lo poco que he leído me parece una narradora excepcional. En poesía tengo que declarar mi amor por Piedad Bonnet. Y en cuanto a nuevas autoras, la paisa Juliana Restrepo me atrapó con sus cuentos de La corriente.

Carolina López J.: Marvel Moreno, Margarita García Robayo, Fanny Buitrago, Fátima Vélez, Albalucía  Ángel, Alejandra Jaramillo, Adriana Carreño. Y me despierta mucho interés también lo que hacen algunas escritoras amigas, mucho más outsiders, que aunque no hacen parte del mainstream tienen una obra sólida en la que hay toda una apuesta literaria que admiro y sigo desde muy cerca. Ellas son Lucía Hernández, Ángela Suárez, Francesca Moreno y Diana Obando.

Tania Ganitsky: Actualmente hay muchísimas escritoras que me interesan. Creo que tanto en poesía como en narrativa se están explorando escrituras que rompen con un legado literario patriarcal y conservador (también hay escritores que lo están haciendo). Hace poco leí los cuentos de María Ospina, el libro se llama Azares del cuerpo. Las narraciones se mueven entre la extrañeza, la perversión, una geografía familiar y un lenguaje coloquial. Me pareció maravillosa.

Paola Heredia Hernández: Yolanda Reyes.

Alejandra Lerma: Mi poeta predilecta fallecida es María Mercedes Carranza. De las actuales me interesan especialmente las obras de Mery Yolanda Sánchez y sus desgarradores retratos de nuestro territorio. Renata Durán con sus versos de cuerpos que se funden y se extinguen, Orietta Lozano que escribe como en una ceremonia profana, los poemas de María Tabares que ofrecen un vértigo luminoso y la reveladora cotidianidad de Bibiana Bernal. De las poetas más recientes me gustan mucho Carolina Dávila, Tania Ganitsky y Alejandra Echeverry, aunque la obra de cada una es muy distinta encuentro algunos elementos comunes: la honestidad en el lenguaje, que pasa por un uso natural de las palabras, no pretencioso, la creación de imágenes muy potentes, casi oníricas, y la sensación de que lo pequeño es profundo, lo rutinario trascendente.

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¿Qué proyectos literarios ocupan hoy su atención?

Elisa Estévez: Los poemas y los cuentos que nacen.

Manuela Espinal Solano: Quiero intentarlo con los cuentos. Me gustaría poder hacer un buen relato corto, un buen cuento. Tengo varias ideas, casi todas de historias personales. Lo que sería un reto es salir del YO que narra y poder hablar desde tercera persona o, incluso, experimentar con la ficción pura.

Estefanía Carvajal: Tengo varios proyectos en mente, pero por ahora mi atención está concentrada en el periodismo del día a día: la literatura de urgencia.

Carolina López J.: El desarrollo transmedia de mi novela web, que ansía bifurcarse en un cortometraje y en un libro-instalación. Actualmente estoy volcada a esas exploraciones, junto a otras que tienen que ver con indagar los formatos, sustratos y materiales de la escritura, así como usar estrategias artísticas para escribir. Otro proyecto que me tiene ocupada por estos días le apuesta a la composición de textos experimentales a partir de la obra de Elena Garro y Marvel Moreno, empleando procedimientos del mashup y del collage para aplicarlos a la creación literaria. Espero concluirlo en 2018 en una residencia artística en Ciudad de México de la que fui beneficiaria en el Plan de Estímulos del Ministerio de Cultura (2017).

Tania Ganitsky: Me llama mucho la atención lo que está pasando con la revista Rio Grande Review, que editan los estudiantes de la maestría en escrituras creativas de la Universidad de Texas en El Paso. Es un espacio bilingüe, de frontera, abierto a poéticas y propuestas experimentales de toda América. Admiro mucho la labor de Juan Afanador y Santiago Ospina en Otro Páramo, una revista virtual colombiana de poesía que ofrece una plataforma bellísima  y muy cuidada para difundir poemas, ensayos y traducciones. Acabo de publicar un libro de poemas y grabados, Cráter (La Jaula Publicaciones), hecho a cuatro manos con el artista José Sarmiento. A raíz de esa maravillosa experiencia estoy tratando de buscar y gestionar proyectos colaborativos de creación poética y de reflexión, sobre todo entre mujeres. En esta búsqueda me empiezan a interesar las editoriales independientes y los libros autogestionados.

Paola Heredia Hernández: La segunda entrega de Los escudos.

Alejandra Lerma: Suelo decir que yo no escribo poemas, sino que me ocurren poemas, así que siendo fiel a mis palabras diré que me están ocurriendo dos libros, muy lento, muy despacio. Uno se interesa en las relaciones conflictivas y balsámicas de las relaciones entre hombres y mujeres, por ahora lo he titulado Los hombres que no amé, haciendo un guiño a ese poema esencial de mi amada Wislawa en el que agradece a toda esa gente a la que no ama y no le perturba la vida. El otro es un exorcismo, porque se centra en la ausencia de mi padre, en la presencia de su muerte (falleció hace un año) y tiene diferentes pasadizos que van de la infancia al hospital, del cementerio a la casa, de la cocina al crematorio. Por ahora lo he bautizado con un verso de Rilke: No habitar  ya la tierra

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