Prueba

Una defensa del perfecto egoísmo

Elogio de los malos hábitos 2

¿Somos animales egoístas o altruistas? Un filósofo lenguaraz da vueltas en torno a esta pregunta en tiempos de solidaridad, cinismo, optimismo, desesperación, aislamiento y compras mezquinas de papel higiénico.

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oca cosa sería la historia de buena parte de lo vivo sin el egoísmo.

Cuentan que mientras están copulando, la mantis religiosa hembra va devorando lentamente la cabeza del macho, y que al final del coito ella ha logrado dos cosas: alimento que le garantiza energía vital, y un mejor rendimiento sexual del macho, lo que aumenta las posibilidades de obtener éxito reproductivo. El macho, por su parte, pierde algo mientras gana algo, pero nos quedaremos siempre sin saber si el macho sabe qué es lo que pierde. Cuando un rebaño de ovejas se siente en peligro, por un perro, por ejemplo, las ovejas que están en los bordes del rebaño corren hacia el centro para reducir las probabilidades de que el perro las dañe, porque estará entretenido mordiendo a otras que estarán desesperadas corriendo a su vez hacia el centro, para ceder su lugar. Dice el biólogo Richard Dawkins que en época de deshielo, grupos de pingüinos Emperador se tambalean tan rápido como pueden hacia el borde de un acantilado para evaluar si el mar ya está en condiciones de ofrecerles comida; vista desde la altura del acantilado, la fina capa de hielo que aún queda les ofrece un dilema: ¿será apenas una fina capa, o será un bloque macizo aún, impenetrable y mortal? Dawkins no dice cómo sabe qué piensan los pingüinos, pero eso no importa, lo que importa es lo que hacen: están todos amontonados al borde, como una horda de humanos atacando al cajero de un supermercado para pagar cientos de rollos de papel higiénico en época de incertidumbre, ninguno se atreve a saltar, por supuesto, porque podrían estrellarse contra una gruesa capa de hielo, y a esa altura el golpe podría ser fatal, o podrían ser devorados por alguna foca al acecho, entonces, desde la fila de atrás, una aleta golpea fuerte la cabeza de uno de los pingüinos que está de primero, y todos lo ven caer, ansiosos por saber si se estallará, en cuyo caso se darán vuelta torpemente y caminarán de regreso, o si la caída lo sumerge y flota luego, entonces se lanzarán todos en busca de comida. Dicen que hay pocas cosas más peligrosas para un pez débil que llegar a un acuario habitado ya: los peces lo pondrán a prueba, le atacarán, intentarán primero comérsele los ojos, y si está enfermo y no puede evitarlo, le comerán de a poco. Las plantas también tienen lo suyo: roban, en cuanto pueden, espacio, energía y luz, para crecer, expandirse y reproducirse, crean estrategias para engañar y vencer a costa de las otras: los guaduales, las orquídeas, las enredaderas, las plantas insectívoras. No les daré ejemplos del egoísmo en humanos, hoy las calles, los supermercados y atriles del poder ofrecen una radiografía distópica y voraz. 

Al parecer toda esta barbarie, todo este parasitismo, es parte de la naturaleza de lo vivo: la evolución, dijo Darwin, “es impulsada por una lucha brutal por la vida”; Baruch Spinoza, el filósofo neerlandés, dijo una frase que ha sido icónica en la historia de la filosofía y en el estudio de las disposiciones morales de nuestra especie: “todo ser tiende a permanecer en su ser”; Miguel de Unamuno, el español, la retomó de una forma casi musical: “¡Ser, ser siempre, ser sin término!,”; y el sabio y misógino Schopenhauer dijo que hay por doquier una voluntad de ser que se impone, una voluntad que es una fuerza ciega e irracional, y que es nuestro motor. Toda esta sabiduría se ha resumido en una expresión que hemos repetido hasta el cansancio: ¡todos somos egoístas!

Pero, ¿qué tan cierto es esto?

Cuenta la leyenda que un rey dio la orden de asesinar a dos niños gemelos, sus sobrinos, entonces el hombre contratado para matarlos se compadeció de ellos, los puso en un canasto y los dejó flotar a la deriva sobre el río Tíber. Aguas abajo, el azar los llevó al borde y allí los encontró una loba, ella los cuidó y los amamantó. Años después uno mató al otro, y de ese fratricidio nació Roma… pero me importa la loba. Hemos visto hasta el agotamiento videos de elefantes unidos sacando a otros elefantes, pequeños o débiles, de pantanos que los absorben; a leones salvando a otros leones de ser masacrados por hienas; chimpancés bonobos abrazando y protegiendo al perdedor de una pelea para evitar que le hagan más daño, o compartiendo su comida con los menos favorecidos; dicen que es común que los murciélagos regurgiten su comida para compartirla con quienes no han tenido una buena noche de caza. Mientras el macho mantis es devorado por la hembra no opone resistencia, se entrega, digamos, al festín del amor, quizá porque el éxtasis le paraliza, quizá porque sabe que hay algo que está por encima de él: la estabilidad de la hembra y la propagación de sus genes. Pero claro, ustedes notarán que se trata de colaboración entre individuos de la misma especie, y no es solo eso: la adopción de crías de distinta especie es muy común en la naturaleza animal, así como la cooperación: perros cuidando a gatos, gatos creando lazos con aves y ratones, chimpancés criando humanos, en fin. No todas las plantas compiten entre sí, algunas son de hecho beneficiosas para sus cercanas, y aportan el ambiente necesario para la reproducción conjunta: la albahaca, por ejemplo. Son miles los casos de mutualismo: de cooperación conjunta entre animales, y entre animales y plantas. No todos lo humanos acaparan todo para sí: hoy mismo cientos de personas están en calles y hospitales intentando paliar una tragedia sin precedentes. Millones envían mensajes de protección y apoyo, cada minuto, a otros millones de personas que nunca han visto ni verán.

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Al parecer toda esta armonía, toda esta hermandad, es también parte de la naturaleza de lo vivo. Jane Goodall, la primatóloga y antropóloga inglesa, nos ha mostrado ejemplos hermosos de cooperación entre chimpancés, y ha insistido en que hay una propensión, en la naturaleza, a cuidar del otro. Nathaniel Branden, el psicólogo y filósofo norteamericano, dijo algo que coincide muy bien con lo que sentimos a diario cuando vemos a madres llorar por la pérdida de sus hijos, cuando vemos niños tirados en una playa turca, boca abajo, con arena en la lengua, dijo algo que entendemos sobre todo cuando vemos deambular en nuestras calles, sufrir ante nosotros, a campesinos e indígenas que han sido despojados de tierras que les pertenecían, ausentes del tiempo, los nadie, los no futuro: “(…) la angustia que sentimos por el sufrimiento del otro, nos atrapa al instante, como un reflejo”. Goodall, usando su apellido como destino, dice que en alguna medida el bien está en todos, que todos somos altruistas. 

Y entonces, qué somos, ¿somos naturalmente malos, animales malos, y la moral, la ética, son algo que adquirimos en sociedad para regular esos impulsos animales?, ¿o somos naturalmente buenos, animales buenos, que hacemos el bien no porque unas reglas nos lo indiquen sino porque nos nace hacerlo? ¿Tenía razón Plauto y luego Hobbes, es el hombre un lobo para el hombre? ¿El egoísmo, el altruismo, qué son?, ¿somos realmente animales morales?, y si sí, ¿qué significa?, ¿qué más da que digan que somos animales colaborativos si justo ahora, cuando tenemos la vida al borde del abismo, hay tras nosotros unos tantos, iguales a nosotros, empujándonos hacia el vacío?

Si usted ha llegado hasta acá, y terminó en problemas, como yo, por este dilema, ¡ser o no ser!, es probable entonces que crea que hay algo malo, diabólico y vil en el egoísmo, es probable que usted aún crea que la expresión ¡todos somos egoístas! solo pueda significar tanto como un insulto o un lamento. No sé, quizá ante una desgracia, una pandemia, por ejemplo, vendría mejor decir alto, a todo el mundo: ¡vamos, practiquen siempre un perfecto egoísmo!, intentaré demostrarles que si todas hiciéramos caso a esta frase como un mantra, la vida no tendría ese velo gris que la empaña ahora, y que por fin veríamos en la tierra ese paraíso del que tan bien hablan las religiones de occidente: conviviríamos con leones y jirafas, y en nuestros pesebres nadie sufriría, seríamos una perfecta colectividad egoísta.

Veamos:

La capa del mono hambriento

Quizá no hay preguntas más importantes en la historia de las preguntas que las que han suscitado el bien y el mal, el asunto del daño que causamos y que nos causan, esta vaina de tener que tomar a diario decisiones que afectan o benefician, esta vaina de tener que jugarnos la vida propia y las ajenas para elegir un acto, o un gobernante. La ética. Quizá haya una forma ordenada que nos permita responder a las preguntas, les hablaré de dos teorías que seguro ayudarán un poco: la teoría de la capa, y la que llamaremos simplemente la teoría del mono hambriento.

La teoría de la capa se sintetiza más o menos así: como asumimos que el ser humano es por naturaleza egoísta, y propenso a hacer el mal, entonces creemos que la vida social es el resultado de un pacto, y esto supone que hubo un instante a partir del cual pasamos de una multitud desordenada a una sociedad organizada. Frans De Wall, el psicólogo y primatólogo holandés, dice que los defensores de esta perspectiva creen que somos morales porque lo elegimos, que “(…) la moralidad es una fina capa que oculta una naturaleza egoísta y brutal”. De Wall usa una metáfora mucho más exitosa: dice que quienes creen esto, creen que la moralidad es como las tijeras que usa un jardinero (nosotros) para podar el caos de la naturaleza en crecimiento desordenado (nuestros impulsos a hacer el mal). En el siglo XVIII, Thomas Henry Huxley, el biólogo británico, dijo, “(…) la ética humana constituye una victoria sobre un proceso evolutivo ingobernable y terriblemente desagradable”. Eso es todo: si no tuviéramos las máximas morales, las teorías éticas, las leyes sociales, si algunos no tuvieran la idea de Dios, no habría forma de controlarnos y hacer que vivamos una sociedad amable y justa. La moralidad es el freno de este caballo desbocado que son las pasiones humanas.                                                          

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Nos ha llegado, por medio del psicoanálisis, una versión similar de esta idea: “La civilización surge de la lucha contra los instintos”. Se nos ha dicho que los humanos funcionamos como una máquina a vapor, y que cada tanto necesitamos liberar represiones, vapores, que la sociedad nos ha encerrado en reglas que han hecho de nuestra vida una cárcel, somos bestias enjauladas que usamos el mal como una válvula de escape para esa olla a presión siempre a punto de reventar que es la mente humana, cuando está expuesta a la llama ardiente de las cuitas de la vida.

Quizá el defensor más popular de la teoría de la capa y el jardinero es el biólogo Richard Dawkins, en El gen egoísta afirmó cosas que fueron reveladoras: dijo que no se trata de que los individuos sean egoístas, no se trata simplemente de que las personas deliberan y deciden, por ejemplo, usar su poder para preferir, en medio de una crisis nacional, los beneficios económicos sobre los beneficios sociales. No son solo ellos, diría Dawkins, tenemos, todos, unos genes egoístas. Es ese egoísmo genético el que lleva a todas las cosas a permanecer en su ser, y el que explica aparentes comportamientos altruistas, es decir, comportamientos de cooperación en los que no recibimos nada a cambio, o incluso sacrificamos algo valioso. Él dice que nuestros genes nos llevan siempre a buscar un beneficio, no como individuos, sino como especie. Esto significa que por las venas llevamos un ejército milenario que corre desbocado dispuesto a hacer daño a otros con tal de protegerse o proteger a los suyos, un ejército imparable y brutal. Frans De Wall dice que no obstante la radicalidad de la idea de Dawkins, parece que resultó en el mismo barco de Huxley, pues al final afirmó que, sin embargo, podemos tirar todos esos batallones de genes milenarios por la ventana: “somos los únicos habitantes de la Tierra que pueden rebelarse contra la tiranía de los genes egoístas”. Y que en últimas, “somos más buenos de lo que a nuestros genes egoístas les gustaría”. Así que no somos natural sino obligadamente morales. Como diría De Wall, todas estas hipótesis de quienes defienden capas y jardines se podrían sintetizar en esta expresión: “Arañe a un altruista y verá cómo sangra un egoísta”.

Quienes defienden la teoría del mono hambriento asumen una vía contraría. Se les hace extraño ese salto repentino de animales caóticos a sociedades civilizadas, no entienden cuándo se dio, cómo se pudo ejecutar ese acuerdo repentino, quién fue el primer animal humano que cogió un megáfono y dijo: “Bueno, esto está muy horrible, si seguimos así nos vamos a matar entre todos: ¡no más egoísmos, vamos a comportarnos civilizadamente!” De Wall se pregunta: “¿de dónde salió esa fuerza humana para derrotar a la naturaleza?, ¿cómo se supone que podemos ir en contravía de unos genes que se han descrito como “todopoderosos”?, ¿puede un banco de pirañas, de repente, volverse vegetariano?”. Creer esto va en contra de la evidencia que la naturaleza ha ofrecido por milenios. De Wall, Stanley Wechkin y Jules H. Masserman han descubierto “(…) que los monos rhesus se niegan a tirar de una cadena que les trae comida si con ello causan una descarga a un compañero. Un mono dejó de tirar durante cinco días y otro durante doce después de ver que uno de sus compañeros sufría una descarga”. El mono hambriento asocia tirar de la cuerda con el sufrimiento del otro, y aunque también asocia tirar de la cuerda con comida, ordena prioridades. Podemos adscribir a otras muchas expertas en el tema con esta idea: “(…) la vida animal, y la de los mamíferos en particular, ha dado siempre muestras de sociabilidad.” En algunos zoológicos se crean islas artificiales para los chimpancés, rodeadas de fosos llenos de agua, lo hacen, entre otras razones, porque los chimpancés no pueden nadar, que si cayeran allí morirían ahogados, Goodall cuenta que “(…) un macho adulto perdió la vida mientras intentaba rescatar a un bebé cuya incompetente madre lo había dejado caer al agua”. Es cierto que Darwin afirmó que la vida es una lucha constante, pero también dijo que “(…) los orígenes de la moralidad tenían perfecta cabida en sus teorías y no veía ninguna contradicción entre la dureza del proceso evolutivo y la delicadeza de algunos de sus productos”. De Wall, Goodall, el sociólogo y filósofo holandés Edvard Alexander Westermarck, y el filósofo John Stuart Mill, entre cientos, creen que la sociabilidad y la disposición cooperativa es propia de animales y humanos, y no un producto repentino del lenguaje, que los animales han logrado lo que podríamos llamar orden social, y relaciones de cooperación, sin necesidad de leyes sociales, reglas morales, o dioses. Westermarck cree que estos comportamientos son el resultado de dos cosas: i) Empatía: un comportamiento que “(…) se basa en la identificación con el otro. La protección frente a la agresión es común en monos y simios, así como en muchos otros animales que defienden a sus parientes y amigos”, y ii) Reciprocidad: tenemos sobrada evidencia de que en los animales se dan “emociones retributivas amables”, que se reflejan en el deseo de proporcionar placer a cambio de placer. Estas emociones “(…) tienen un evidente paralelismo con lo que ahora llamamos altruismo recíproco, como la tendencia a corresponder del mismo modo a quienes nos han prestado ayuda”.

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Empatía y reciprocidad son la base de la moralidad. De Wall ha observado que no hay colectividad organizada, de mamíferos, en particular, “(…) sin un intercambio recíproco y un interés emocional por los otros”. Mucho antes Stuart Mill dijo: “(…) Por muy egoísta que pensemos que es el hombre, sin duda existen algunos principios en su naturaleza que le hacen interesarse por la fortuna de los otros y hacen que la felicidad de éstos le sea necesaria, aunque él no obtenga nada excepto el placer de verla”. En esta idea de Mill hay algo que parece unir las dos posturas opuestas que les he presentado, y que quizá me permita mostrarles que hay por lo menos una forma virtuosa del egoísmo: al parecer podemos responder que somos ambas cosas, es decir, que somos tanto egoístas como altruistas por naturaleza. Que en nuestra constitución animal ambas disposiciones nos habitan como una posibilidad. Creo que esto permite entender cómo es posible esta raza humana tan confusa, tan letal y bella. Cómo es posible que el mismo animal que compone óperas y poemas, que crea albergues, limpia mares, y salva vidas, a su vez queme selvas, goce y cohoneste con el sufrimiento de otras especies, torture inocentes, viole infantes, masacre comunidades, siga caminando sin pena cuando en la acera hay otros de su misma especie a los que se les paliaría un poco el dolor si recibieran algo que a los transeúntes les sobra. Quizá esto ayude comprender superficialmente cómo es posible que haya días en que somos “tan lúgubres, tan lúgubres,/como en las noches lúgubres el llanto del pinar./ El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,/ y acaso ni Dios mismo nos puede consolar”, que haya días en que somos tan plácidos, tan plácidos, y otros días, ¡oh tierra!, en que somos tan viles, tan viles.

Así que no somos egoístas o altruistas, somos ambas cosas, y aunque se ha creído que entre ambas la más sana, la única que podría mejorar toda la desgracia de la que somos culpables es el altruismo, veremos cómo es justo lo contrario lo que deberíamos buscar.

Virus

Definamos las partes. Hay una idea extendida sobre el egoísmo, y Nathaniel Branden la expuso así: “Nadie se sacrifica jamás realmente. Dado que toda acción que persigue un propósito es motivada por algún valor o meta objetiva que el que actúa desea, siempre se actúa en forma egoísta, se tenga consciencia de ello o no”. Dawkins le daría like a esta formulación. Lo que dice es que cuando, por ejemplo, damos comida a la persona que está tirada en la acera, lo hacemos solo porque esto nos hace sentir bien, o nos mejora la imagen que la sociedad tiene de nosotros, o nos hace ganar puntos con Dios, que es finalmente lo que buscamos. Somos nosotros, y no la persona hambrienta, el fin último del acto. No se trata de qué hacemos, sino de por qué hacemos lo que hacemos. Entonces no existen realmente los actos altruistas desinteresados: “(…) El egoísmo sostiene que el hombre es un fin en sí mismo; según el altruismo, es un medio para los fines de otros”. Hay una aclaración sutil, pero importantísima, que no he advertido: que egoísmo e interés propio no son la misma cosa. Aunque todo acto egoísta es motivado por el interés propio, no todo interés propio nos lleva al egoísmo. El ejemplo está al alcance de sus manos: que decidamos comprar alcohol, jabón antibacterial y suministros alimenticios para los días de encierro preventivo es un acto motivado por el interés propio, un acto que no causa daño a nadie, que solo tiene como finalidad protegernos, pero que la compra sea desproporcionada y acaparadora e irracional, y que al hacerlo nos sea indiferente el perjuicio que causemos, o que de hecho busquemos ese perjuicio, eso es un acto egoísta, un acto que nos pone a nosotros por encima de los otros, un acto que nos lleva a dañar.

El altruismo implica entonces lo contrario: “(…) Es un acto de autosacrificio si, motivada únicamente por un sentido de caridad, compasión, o deber, una persona renuncia a un valor, deseo o meta en favor del placer, deseos o necesidades de otra persona a la que valora menos que aquello a lo que renuncia”. La genia y filósofa rusa Ayn Rand lo expone mucho mejor cuando dice que el altruismo defiende que “(…) toda acción realizada en beneficio de los demás es buena y toda acción realizada en beneficio propio es mala”. Y es justo en esto que se encuentra un problema: esta invitación al altruismo, a sacrificar nuestra vida por la de otros es contraria a los mandatos más fuertes de la naturaleza y el intelecto. Si se hace caso a estas definiciones lo primero que el infante aprende es que “(…) la moralidad es su enemigo; nada tiene que ganar con ella, solo puede perder; todo lo que puede esperar son la pérdida y el dolor autoinfligidos y el gris manto de un deber incomprensible”. Es la misma idea de sacrificio que cantamos con bohemia en los ojos cuando Orlando Contreras dice, en Sin egoísmo: “Yo sé que te perdí,/ que otro amor te ilusionó/ más yo lo comprendí y me alejé./ No quise perturbar la dicha que hay en ti/ (…) Por eso te dejé con gran dolor te abandoné/ porque sin egoísmo vivo yo”. Es como si vivir sin egoísmo implicara no solo la aceptación sino la preferencia del daño propio. Solo quienes no son libres (quienes sucumben a un amor malo, por ejemplo) aceptarían “voluntariamente” un daño. Qué insensatez.

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En el budismo y en buena parte de la sabiduría oriental hay algo que quizá nos ayude con todo este problema. Algo que luego retomaron muchos más y que podemos encontrar incluso en los hallazgos de la física cuántica, y algo que se nos ha hecho evidente ahora, con el virus que tiene nuestras vidas en vilo: que no somos islas, que la individualidad es una ficción del lenguaje, que el estatus, el color de la piel, el género y las creencias, son todas nimiedades, y haber pasado milenios remarcando esas diferencias solo revela que no entendimos lo esencial: que lo vivo es una y la misma cosa. Quizá sea por eso también que cuando decimos “río” y “montaña” nosotros pensamos en dos cosas distintas, y los budistas en una sola. Quizá por primera vez no se necesita una metáfora para explicar por qué los intereses de los otros son también los míos, el virus ha sido la puerta de acceso a esa idea hermosa: nos une, al margen de las diferencias que han importado tanto, el aire que respiramos. Y es justo en este punto que las ideas de Ayn Rand y Nathaniel Branden pueden calar hondo. Rand propone una versión alternativa al egoísmo, adoptarlo como interés propio, “(…) como la preocupación por los intereses personales”. Parece un truco sencillo, pero hay en él un doblez. Cada cual debe responder a la pregunta simple: ¿qué debe entrar en el espectro, en el círculo limitado del interés propio?

El alemán Immanuel Kant tuvo una idea que Dany González, filósofo y amigo, me ha sugerido podría servir para restituir la importancia del egoísmo. Resulta que Kant es conocido por promover las que podrían tomarse como las ideas más estrictas sobre la  moralidad, pero advirtió que de poco servirían si solo la aplican unos pocos, que para que nuestra vida social funcione debemos crear comunidades éticas, es decir grupos que deseen cumplir las mismas normas. Dany cree que acá podríamos hacer converger todo: piensen, por favor, que llegásemos a aprender algo del virus, que incluso en ausencia del virus esto que nos pasa hoy nos pasara siempre, que cuando salgamos a la calle y veamos a otras personas deseemos profundamente que se encuentren bien de salud, porque por fin entendimos que todo lo vivo está girando en el mismo baile. Piensen que cada cual tuviera un egoísmo genuino, e hiciera todo por proteger sus intereses. Entonces nadie envenenaría el agua que luego ha de beber, nadie ensuciaría el aire que recorrerá el cuerpo de otros que luego exhalarán y que en algún momento yo he de respirar de nuevo, pero distinto. Entonces, como propuso Branden, jamás traicionaríamos los principios fundamentales de lo vivo “actuando por ciegos caprichos, humores, impulsos o sentimientos momentáneos”. Este egoísmo perfecto sería nuestro mayor logro moral, eliminaría tanta superioridad artificial, sería el primer egoísmo sin el ego, porque los intereses personales, hoy por fin tenemos la oportunidad para aprenderlo, tienen menos que ver con patrimonios, apellidos y marcas, tienen menos que ver con talar y expandirse y destruir animales y envenenar el aire, que con el latir del corazón y la posibilidad de la caricia, con saciar la necesidad del beso y con proteger lo amado, lo que solo se logra, ya lo estamos viviendo, protegiendo lo vivo, construyendo comunidades que defiendan un perfecto egoísmo.

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