Mensajeras en la calle de nadie

Quizá nunca antes tuvimos tanta conciencia del trabajo de mensajeros y domiciliarios; uno de los pocos sectores que se han activado en medio del panorama actual. Entre esas miles de personas, están estas tres mujeres, que salen a las calles a diario para acercarnos a pesar del aislamiento.

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Daniela Quiceno

–Eso es mentira que no lo pueden echar a uno de la casa, la gente no entiende la situación y hay que seguir pagando arriendo, uno quisiera poder quedarse encerrada y cuidarse pero, ¿cómo?

–¿Con quién vives?

–Con mi hermana, ella trabaja en un call center porque pues sabe inglés. Y les ayudamos a nuestros papás, que se quedaron en Venezuela.

Daniela pensó que tener nacionalidad colombiana gracias a su papá no le iba a servir para mucho. Desde hace dos años trabaja en un restaurante de comida italiana como cocinera, pero quince días antes de iniciar el aislamiento obligatorio le dijeron que fuera solo dos días de la semana, porque estaba la sospecha –aunque optimista–, de que llegaba además del virus, el quiebre económico. Empezó entonces a trabajar con Rappi y Uber Eats los cinco días que le quedaban libres, “La verdad ya estoy más con Uber Eats, pero como las maletas son tan caras, compré solo esta”.

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El Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario presentó los resultados de una investigación sobre Rappi en Colombia: solo el 16,4% son mujeres. Daniela trabaja durante el día y procura estar siempre en el norte: “Nosotras lo pensamos dos veces para entrar a esto porque es más difícil salir a la calle, dar con gente extraña”, desde que empezó la cuarentena las calles son más solas y quienes no pueden quedarse en casa deben salir a enfrentar una suerte de batalla por el territorio: “Mucha gente de la calle está alborotada, como si tuvieran su pedazo pa’ ellos solos y pues igual uno tiene que pasar por ahí... da mucho miedo pero uno qué va a hacer si no tragárselo”.

Daniela es una mujer fuerte: su acento colombovenezolano es brusco, enfático, y su cuerpo revela el entrenamiento de rugby. Prefiere andar sola. Hace días entregó un pedido en el centro y un taxista empezó a seguirla, “yo en la bici ando despacio, y el tipo estuvo detrás toda la Séptima hasta La Nacional… hubo un momento en el que me asusté mucho pero también me emputé y me quité la cadena que me cruzo en el pecho, se la mostré y le dije “¿Qué quiere,?, ¿por qué me persigue?”, entonces se fue pero me quedaron temblando los brazos.separador

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Jusmely Jenire Vásquez

Jusmely trabaja en Rappi desde hace dos años y es cocinera de un restaurante vegano que tuvo que mandarla a vacaciones y cerrar su puerta, “Junto con mi esposo sí tenemos unos amigos pero la policía no nos puede ver por ahí porque nos separa”. Andar en grupo se ha convertido en la mejor forma de moverse en la ciudad. Óscar es santandereano y vino a Bogotá porque a su esposa le resultó un trabajo mejor; algunos compañeros lo tratan como a un papá. Creó un grupo de WhatsApp con diecinueve rappitenderos y una rappitendera para acompañarse y cuidarse cuando salen pedidos a lugares peligrosos, para llevar uno solo pueden ir hasta tres personas, pero consideran el gasto extra de gasolina algo menor, “Entraron muchos nuevos por los despidos en las empresas, entonces ya no nos llegan tantos domicilios y se siente el peligro en el ambiente. Así nos quede un poquito más duro o lo que sea, es mejor andar juntos”, dice.

En un día bueno Jusmely hace de seis a ocho entregas, y en uno malo dos, pero cuenta que es lo mismo, que la espera agota mucho y llega a la casa como si hubiera entregado muchos más. A las once de la mañana sale de su casa y trabaja hasta las seis de la tarde, “Ya después de esa hora es un riesgo. Uno pasa por ahí y los habitantes de calle se acercan... es muy miedoso, todo cerrado, todo oscuro, ellos mandan”. Ella sostiene a su familia en Venezuela: cinco hermanos, la abuela y los papás. Me cuenta que agradece mucho tener la moto, que la ha salvado de muchas, también hace tortas por encargo y estudiar y hacer música era a lo que se dedicaba antes de venir a Colombia.

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–¿Cuántos años tiene su hermana?

–Treinta y dos.

–¿Hasta qué hora trabaja?

–Hasta las 5, máximo 6.

–¿Y usted?

–Hasta las 9 o 10.

Esteban es muy flaco y fuma más o menos dos cajas de cigarrillo al día, lo que considera su pecado derrochardor más grave. Tiene treinta años y vende bolsas de basura junto con su hermana Gregoria, a la salida de un Carulla de Chapinero, además de eso tienen dos maletas pequeñas de Rappi con las que hacen entregas cuando está quieta la venta. “A ella le da rabia porque le toca entrarse antes que yo, la calle se pone maluca para todos pero pa’ ustedes más. Yo le he dicho que se consiga algo para defenderse pero ella dice que luego la cogen y usan eso en su contra por no saber manejarlo… por ejemplo también todos los pedidos que me llegan los puedo aceptar, ella no, donde se ponga a coger esos que son por allá abajo, ¿usted sí sabe lo que pasa?”.separador

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María Fernanda Ramírez

En Bogotá también hay grupos independientes que quieren abrirse un espacio laboral con mejores condiciones. Desde hace cuatro años se creó la primera empresa de mensajería de mujeres: Queens Bicidomiciliarias, “Katherin la montó pero tuvo un accidente en febrero del año pasado… nosotras decidimos seguir con la empresa y ahora estoy a cargo”, María Fernanda tiene treinta y cinco años, anda en una bicicleta tipo cargo, es tatuadora y además directora del nuevo nombre Queens Messengers, un grupo de trabajo con prioridad femenina, “Para nosotras en la parte laboral es muy injusto, no es que no trabajamos con hombres, pero nuestro foco es ese, somos siete mujeres y dos chicos”.

Trabajan a través de Whatsapp, la tarifa mínima por entrega es de $10.000 y de ahí sube según los kilómetros y el peso de lo que lleven. Se distribuyen las entregas según disponibilidad y cercanía y estado físico, por ejemplo Nohemi es   profesora de francés y también deportista profesional de trail, así que se encarga de las entregas a Patios para no perder el ritmo de su entrenamiento. A diferencia de los testimonios de quienes trabajan en grandes plataformas, María Fernanda y Nohemi dicen que durante la cuarentena les ha ido mucho mejor: los clientes las llaman para varios pedidos y al ofrecer otros servicios, como llevar mercados, han conseguido fortalecerse.

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En Queens hacen talleres para cuidarse entre ellas, aprender a desvarar las bicis y saber cómo actuar en caso de riesgo: “Por ejemplo, que sepan que si las van a robar no pueden gritar “me están robando” porque la gente reacciona con miedo y ni se acercan a ayudar, entonces que griten mejor “fuego” y así quienes están cerca se pone más alerta”. También tienen conversaciones de empoderamiento y se dan entre sí consejos para salir a la calle más seguras.

***

Daniela ha tenido episodios de ansiedad por el miedo que le da contagiarse del virus, o que la vean sola y encartada y le hagan daño, o todo eso al tiempo. Ella y Jusmely y María Fernanda se ponen su tapabocas o máscara y se suben a seguir andando una calle a veces desierta. Todas entienden los piropos callejeros como algo que pasa y en lo que no pueden detenerse mucho porque el tiempo está corriendo y la fuerza de sus piernas tiene que alcanzar para llevar la entrega. El sudor en medio del viento frío y la espera las endureció e hizo de ellas, de todas, mujeres valientes que trabajan con el temor alargado que nadie más puede ver. Ese que usan para contestarle a todo lo anterior: aquí nos vamos a quedar. Se parecen a las protagonistas de la novela Chicas muertas de Selva Almada que termina así: “Seguimos caminando, más apretadas la una con la otra, los brazos pegajosos por el calor. El viento norte frotaba entre sí las hojas ásperas de las plantas de maíz, cimbreaba las cañas maduras, sacándoles un sonido amenazador que, si afilabas el oído, podía ser también la música de una pequeña victoria”.

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