Prueba

Blacanieves, el thriller de los Grimm

No hubo beso ni magia; solo veneno y un espejo cruel. En la versión original de los hermanos Grimm, el final de Blancanieves está muy lejos de la dulzura de Disney. En esta entrega de Cuentos de hadas para milenials, nuestro forense literario reconstruye la escena del crimen de la más famosa muerta por manzana.

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U

n sirviente toca la puerta del cuarto. Desde adentro se oye, “adelante”. “Su majestad, ha llegado esto”. Una carta cerrada con el sello de un reino vecino queda sobre una mesa y se oye el cierre de la puerta a la salida del joven. La reina abre el papel y lee. Se le hiela el espinazo, la sangre. No puede creerlo. Tiene que ser un mal chiste, piensa.

Se dirige a su espejo y se observa. O no, más exactamente se mide. Hace un tiempo ha visto cómo aparecen unos delgados cortes en su cuello, surcos continuos y aún delgados, como las delgadas sombras que comienzan a asomar en los bordes de la mejilla, pliegues sutiles. No recuerda hace cuánto están allí. Se dice una y otra vez que así se ha visto siempre, y que en nada afecta el brillo de los ojos, la mirada penetrante, la delicadeza de los labios y el equilibrio extraño de sus facciones que siempre ha visto cómo entorpecen los movimientos de los hombres, y cómo siguen despertando la virilidad del Rey. Pero no está satisfecha: en el fondo se debate. Preguntar o no preguntar, he ahí la cuestión. Sabe que si no lo hace, no podrá pensar en nada más hasta que se decida. Vuelve a mirar la carta. Le parece imposible. Tiene que ser un chiste. Un chiste de un condenado que se hará castigar cuando lo descubra. Algo más confiada, pregunta.

–Espejito, espejito, ¿quién de todas las mujeres de este reino es la más bella?

–Usted, mi reina, posee una belleza poco común, pero Blancanieves es mil veces más bella.

Mordaz, directo, objetivo e infalible: el espejo. Una experiencia que todos hemos tenido en algún momento. No hay quien mienta. El problema de la temible bruja adversaria de Blancanieves es que en su relato no hay quién le ofrezca los consuelos de nuestra época: desde la ingenua y bienintencionada frase de cajón sobre el valor y la belleza de cada uno, hasta la enrevesada y brillante deconstrucción de las nociones estéticas como constructos arbitrarios, culturales e históricos. Pero no, la Reina adversaria no tiene eso y es desafiada, de nuevo, por un espejo que jamás le miente, que solo puede reflejar la realidad. Blancanieves está viva y ella ya no es la mujer más bella.

CUENTOS

En 1937 Walt Disney Animation Studios lanzó el que sería su largometraje más famoso por décadas. Blancanieves y los siete enanitos fue una producción revolucionaria: una rotoscopia (dibujo sobre film) que por primera vez utilizaba technicolor y sonido, una animación que reproducía con toda fidelidad el mundo como nos aparece en nuestras propias retinas. Y su divulgación e impacto fue tan grande que no solo fue la base para el desarrollo de un estilo de cinematografía que sería el sello de la compañía y del cine norteamericano, la base del manga y el anime en Japón (tradición que nació de la cultura gráfica nipona en su intento por reinterpretarse a la luz de esos nuevos estilos que Disney proponía), sino que se convirtió en la versión más popular de la historia de los Hermanos Grimm al punto de generar identidad con ella. Hagamos memoria.

Blancanieves era una adolescente reducida a trabajos domésticos en el castillo de una malvada y bella reina. Una tarde conoció a un galante príncipe que, cantándole versitos lindos, la enamoró profundamente. La reina los observó durante su coqueteo furtivo. Horas más tarde, como todos los días, la reina, malhumorada, fue a consultar su espejo para cepillarse el ego. Y ese día, como de nuevo el objeto mágico no le ofreció la respuesta esperada, sino que volvió, como todos los días, a celebrar la apariencia de Blancanieves, se decidió por fin a matarla. Mandó a uno de sus súbditos, un cazador, a que se encargara del trabajito, como se diría en buen colombiano. El hombre, incapaz, dejó huir a Blancanieves al bosque, confiando en que moriría de inanición o como presa. La joven llegó entonces a una desastrosa casa de enanos que decidió limpiar y ordenar como si fuera natural para ella. Pero después, cuando la reina se enteró por medio del implacable espejo de que la razón de sus envidias seguía viva, decidió perpetrar el crimen por sí misma. Preparó la famosa manzana envenenada, tomó la forma de una anciana y mató a Blancanieves.

Pocos saben hasta qué punto el final de esa película de Walt Disney cambió radicalmente nuestros imaginarios sobre los cuentos de hadas. El beso de amor verdadero del príncipe que ya la había conocido y que trae de la muerte a Blancanieves no aparece en las versiones de los Grimm ni tampoco en muchas de otros autores, ni en otras narraciones fácilmente asociadas con el tema como “Enrique el Férreo”, el famoso cuento del sapo que se vuelve príncipe. En la Blancanieves de los hermanos alemanes, la situación es un tanto más extraña.

Años después y de la nada, el príncipe llegó a la cabaña de los enanos durante una excursión y le pidió a los siete sujetos que lo dejaran dormir allí. Al entrar vio el féretro de vidrio en el que yacía el hermoso cadáver de la joven, que seguía sin descomponerse. Quedó tan cautivado por la belleza del cuerpo que ofreció comprarlo por el precio que los enanos decidieran. Y los enanos, después de discutir y entrar en razón, estimaron que un cadáver no se podía vender a ningún precio. Sin embargo, les dio tanta pena la escena y el drama que armó el descorazonado príncipe, que le dejaron llevarse el féretro y la muerta sin pedir nada a cambio.

Y sí, para sorpresa de muchos, no hay beso por ningún lado. Según la versión de 1812, la primera edición que los Hermanos Grimm sacaran de sus famosos relatos, el príncipe se la lleva muerta hasta el palacio y hace que sus sirvientes la lleven consigo a todas partes, porque de otra forma este particular necrofílico contemplativo no se siente feliz ni tranquilo.

Un día uno de los hombres al servicio del enamorado, fastidiado hasta lo insoportable, enderezó el torso de la indescompuesta Blancanieves. La observó muerta, bella y sentada y maldijo la suerte que le había tocado de vivir en el cansancio de cargar ese cajón a todas partes para felicidad del extraño príncipe. De la rabia, le dio un golpe en la espalda al cuerpo y un trozo de manzana voló por los aires. De la tráquea de la joven brotó primero la tos y luego la urgencia del aire. Y finalmente abrió los ojos.

Según nos cuenta el relato, el príncipe se pone muy feliz. El cuento de 1857 insiste incluso que es tanta su felicidad que se despacha en una proposición matrimonial intempestiva, que Blancanieves, sin siquiera saludar o cuestionarse dónde despierta después de varios años sin vida, acepta dichosa. La versión de 1812 es un tanto más delicada:

El príncipe la invitó a cenar. Se conocieron mejor y rápidamente se enamoraron. Decidieron casarse. Comenzaron los planes, los preparativos, los vestidos, y se hizo el anuncio. Mientras repasaban la lista de los invitados, los prometidos hablaron seriamente y finalmente decidieron invitar a la reina que antes intentara matar a la bella joven.

En ambas versiones, la invitación a la reina se mantiene. Y si quisiéramos hacerle justicia a este cuento habría que insistir en que la verdadera protagonista de este relato es ella, la reina homicida. Primero que todo hay que decir que esa reina, en los cuentos, comete dos intentos de homicidio más que no aparecen en la película: uno asfixiando a la joven con un lazo y otro con un peine hechizado. Por otra parte el film omite que la reina intenta matar no a una adolescente sino a una niña que apenas tiene diez años y que madura y envejece muerta, en uno de esos encierros y sueños profundos de las princesas en su coming of age. Pero sobre todo se omite que la reina inicia y cierra el relato. Ella de hecho, le devuelve el sentido global a todos los hechos.

¿Qué pensará la reina mientras decide si ir o no al matrimonio? Seguramente esa tarde hace años frente a la ventana. Estaba cosiendo. Había caído nieve y se distrajo con la belleza de la blancura. Mientras permanecía absorta ante el brillo de los miles de copos, sus manos siguieron llevando de un lado al otro de la tela la aguja, hasta que se pinchó un dedo. Por reflejo lo sacudió. Una gota de sangre cayó sobre la nieve en el marco de la ventana. Y cautiva del color ante sus ojos, dijo como para sí, en un suspiro: “Si tan solo pudiera tener una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como el marco de ébano”.

Y al cabo, esta mujer, soberana de un reino y de una sensibilidad estética digna de un maestro del haiku, concibe una niña con el pelo y los ojos tan negros como el ébano, los labios tan rojos como la sangre y la piel tan blanca como la nieve. ¿Macabro? Sí, y sin duda eso pensaron los lectores de la Alemania romántica que lograron que Jacob y Wilhelm Grimm agregaran un par de líneas que no aparecían en su colección de 1812, la primera. “Al poco tiempo la reina murió y el rey se casó nuevamente”. Con esto, el personaje de la reina perdió fuerza, pues fue reemplazada fácil y banalmente por una envidiosa madrastra asesina. Pero qué distinto es el relato cuando la mujer que recibe la carta con la temible noticia de un matrimonio, es la madre de la prometida.

CUENTOS

Uno podría preguntarse qué sentido contar esta escalofriante tragedia a los niños. Bueno, pues el sexo y la violencia eran parte fundamental de las tradiciones orales que dieron origen al cuento de hadas, padre epónimo del cuento infantil, o al menos de la idea que tenemos del cuento infantil. Esas tradiciones operaban en comunidades rurales que se reunían para compartir y celebrar en lo que se conoció como las veillées, las veladas, en las cuales el pueblo entero participaba de distintas actividades, entre ella, la cuentería oral. Los cuentos que se contaban eran transmitidos de generación en generación y tenían por público a niños y adultos, familiarizados con un mundo considerablemente más hostil y menos disimulado, que mantenía mucho de sus tradiciones medievales. Para quien le interese el tema, investigadores como Robert Darnton y Marina Warner tienen extraordinarios textos sobre la cuestión.

Así que no era raro oír este tipo de macabros hechos en una velada de público familiar. Tanto así que en muchos cuentos reaparece el motivo casi gore que caracteriza el final de Blancanieves. Es todo un símbolo en la cuentería que legó la Edad Media en los países de raíces germánicas: el baile, la muerte y la vanidad como indisociable desenlace.

La reina duda. Ir o no ir. ¿Cómo se vería Blancanieves después de la muerte? Sería imposible que en nada hubiera cambiado su cuerpo. Algo urge y la inquieta más allá del espejo, de solo saber. Necesita ver. Se prepara. Saca lo mejor de su vestuario. Se maquilla. Se peina. Se observa. Manda preparar el carruaje y se va. No se despide. Algo la guía con un magnetismo de sonámbulo. Llega. Todos la esperaban. No lo sabe, pero su presencia será todo un evento, entretenimiento puro para los invitados. No bien termina de saludar, le muestran unos zapatos de hierro que son encendidos en los hornos. Brillan. Arden. Frente a sus ojos, frente a la mirada de los convidados como un coro trágico, asamblea de jueces. Está muda. Siente temblar sus dedos.

Contarán después en todos los reinos que “la reina tuvo que ponérselos para bailar, y no sólo sus pies se quemaron miserablemente, sino que tuvo que seguir bailando hasta llevarse a la muerte”.

Blancanieves es un vanitas.

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