Amor a segunda vista

¿El amor se desborda al instante de parir y tener al bebé en tus brazos? Muchas veces no. Las circunstancias del parto, la situación familiar y el llamado instinto materno tienen mucho que ver en ello. ¿Cómo fue en el caso de nuestra autora? Esta segunda entrega de Mama Milenial explora ese sensible terreno del afecto.

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Mis primeros minutos con Nicolás

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o sé cuántas veces he escuchado hablar del amor a primera vista entre la madre y el hijo. No sé cuántas veces me dijeron en el embarazo que ahora sí iba a conocer el amor de verdad, el  puro, por el que una daría la vida si fuera necesario. No sé cuántas veces he dudado de mi maternidad por no haber sentido nada de eso cuando nació mi bebé.

Mi parto fue demasiado rápido. Según la fecha prevista, el día que nació Nicolás aún me faltaban tres semanas de embarazo, pero una infección urinaria hizo que el trabajo de parto se precipitara. Recuerdo estar acostada en una camilla, desnuda, con muchos ojos encima, con una herida en el pubis que yo sabía que estaba ahí pero que no sentía por la anestesia y un bebé que la ginecóloga puso en mi pecho por diez largos minutos.

–Mira, es tu hijo, está muy bien. Es muy sano. Es un varón, me dijo.

Cuando ella me presentó a ese bebé, lo sentí ajeno. Esos minutos se me hicieron eternos. Las palabras sobre lo lindo y sano que era me resbalaron y mis ojos se apartaron de él. No lo sentí mío. No lo toqué con mis manos, porque no me dejaron mover, ni lo pusieron en mi teta, como recomienda la Organización Mundial de la Salud para establecer la lactancia materna y el vínculo, porque el piel a piel en ese hospital se redujo a esos diez minutos. Se lo llevaron para que la pediatra lo valorara y el padre lo conociera.

–Mamita, en dos horas que se pase un poco la anestesia de la cesárea y puedas mover las piernas, te llevamos a tu bebé –dijo la enfermera.

Sin embargo, esa noche no lo vi más. Cuando lo llevaron a conocer a su padre y este lo tenía en brazos, nuestro hijo tuvo una falla respiratoria. Nicolás terminó siendo remitido el día siguiente a otro hospital, pues donde nació no había incubadora disponible. No me llevaron con él. Lo volví a ver dos días después de su nacimiento, cuando me dieron de alta. Tampoco pude cargarlo ni darle teta hasta la semana de nacido. No lo tuve en casa hasta sus nueve días de vida. No sentí que lo entendiera hasta el mes y medio. Y solo a los dos meses experimenté eseamor que dan ganas de llorar cuando vemos su sonrisa, ese amor del que todos hablan y que esperan que sintamos en el momento mismo del nacimiento. Sentí que mi instinto materno me había fallado.

–El instinto materno no existe –me dice Vanesa Giraldo, psicóloga con énfasis en maternidad y la mujer–, y menos el amor a primera vista. Esto es un eufemismo para hablar de ese instinto. Aquí hay que entrar a analizar cómo se desarrolló tanto el embarazo como el parto. Si tuviste un parto violento, totalmente medicalizado, donde no estuviste acompañada por tu esposo o personas cercanas, el proceso de vinculación va a ser más difícil. Neurológica y endocrinológicamente cuando nace el bebé hay una secreción de hormonas, como la oxitocina y la serotonina, que cumplen la función básica de establecer un contacto primario con la cría para cuidarle, pero si tu parto no tuvo las condiciones apropiadas, esto se complejiza.

La cesárea para la mamá y para el bebé

Yo no sentí nada en mi parto. Empezó cuando mi ginecóloga particular me hizo un tacto y se dio cuenta de que yo había botado el tapón mucoso (lo que mantiene sellado el cuello del útero) y que tenía tres centímetros de dilatación (una dilata hasta diez). Así que me mandó para el hospital, al que llegué, según la ginecóloga que me atendió, en cinco de dilatación. Y aunque yo no tenía ningún dolor sus palabras fueron contundentes: “Tengo que hospitalizarte”.
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Nicolás nació a las 8:54 pm por cesárea, no tuve trabajo de parto y nunca sentí dolor. No hicimos parto natural porque todos los médicos que me valoraron hasta el momento coincidieron en que mi pelvis es estrecha y que por más que intentara parir a Nicolás por la vagina lo más probable era que terminaran sacándomelo en una cesárea por urgencia. Así que antes de que algo pasara, optamos por la cirugía.

El problema es que yo no sabía que una cesárea trae complicaciones para el bebé. Cuando nos hablan de esta cirugía, normalmente se hace desde lo que significa para la mamá: es más difícil la recuperación, quedas con una gran cicatriz, puedes tener dolores de cabeza, tu cuerpo se demora en responder después de una anestesia que te duerme de la cintura hacia abajo, la leche puede demorar en bajar porque no hay oxitocina. Pero no te dicen, o por lo menos a mí no me dijeron, qué puede pasar con el bebé.

Más o menos  a la media hora de nacer, cuando estaba en brazos de su papá, Nicolás tuvo taquipnea del recién nacido, una falla respiratoria donde el bebé no expulsa un líquido de los pulmones que los ayuda a crecer durante la gestación y que normalmente se bota en el trabajo de parto por la presión del conducto vaginal, por lo que cuando un bebé nace por cesárea hay más riesgo de esta falla, especialmente cuando el trabajo de parto todavía no ha comenzado, como el mío, ya que aunque estaba dilatando, no había roto fuente ni presentado los dolores de las contracciones. Yo no sabía esto, ni que la cesárea puede afectar el vínculo, ni que la mayoría de estas cirugías en el mundo son innecesarias.

Según el informe “Stemming the global caesarean section epidemic”, de The Lancet, revista médica británica, entre el 10% y el 15% de las cesáreas que se realizan en el mundo son necesarias y América Latina es la región donde más se hace este procedimiento. Colombia ocupa el quinto lugar en la región: el 45,9% de los bebés que nacen en nuestro país son por cesárea, y solo es superado por Chile (46%), Venezuela (52,4%), Brasil (55,5%) y el líder mundial en este tipo de partos: República Dominicana (58,1%). Según el informe, las principales razones por las que se presenta esta epidemia de cesáreas, es por la creciente cultura de la intervención quirúrgica, los incentivos financieros para, y la facilidad y conveniencia que supone poder programar el parto. Pero el asunto también es social: la revista plantea que en algunos países hay una estrecha relación entre los ingresos, la educación de la madre y la decisión de la cesárea, pues se considera como un procedimiento “moderno”.
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–La cesárea es necesaria cuando redunda en beneficios para la madre o el feto. Es decir, cuando el parto vaginal está contraindicado o es más riesgoso para alguno de los dos –me dijo Mauricio Gómez Bossa, gineco-obstetra especializado en embarazos de alto riesgo–. En Colombia no tenemos un registro exacto de las indicaciones de cesárea que permita decir si estas eran necesarias o no. Lo que sí sabemos es que instituciones como la Organización Mundial de la Salud y quienes escriben sobre obstetricia dicen que la cesárea no deberían superar el 15% de los partos. Esto quiero decir que 85% de los partos deberían ser vaginales. Sin embargo, no solo en Colombia sino en Latinoamérica y en algunos países como Estados Unidos desde hace mucho tiempo han aumentado las tasas de cesárea. El promedio en Colombia está entre el 45 y 50% de los partos, pero hay ciudades como Barranquilla donde alcanzamos el 80% de cesáreas e incluso hay instituciones clínicas privadas en algunas partes del país donde se ha visto que hasta el 90% de los partos son por cesárea.

–Mauricio, ¿qué significa tener pelvis estrecha? ¿Es una causa justificada para una cesárea? –pregunté al gineco-obstetra.

–En un trabajo de parto hay tres componentes: el bebé, las contracciones y la pelvis. Yo siempre les digo a las pacientes que es muy difícil saber cómo se va a comportar la pelvis si no hay un trabajo de parto franco. Entonces para poder hablar de una desproporción cefalopélvica, es decir: que el bebé está muy grande para esa pelvis, necesitamos que haya trabajo de parto. La cabeza y el cuerpo del bebé tienen la capacidad de moldearse y acomodarse las mayorías de las veces a esa pelvis. Por lo que, respondiendo tu pregunta, la pelvis estrecha puede ser una causa de cesárea, pero para valorar adecuadamente la pelvis se requiere que pase por un trabajo de parto. Sin esto es muy difícil predecir si va a ser exitoso o no. Hace muchos años se medía la pelvis con radiografías pero esto no ha mostrado ser de utilidad.

Desde el tercer mes de embarazo, mi ginecóloga me dijo que mi pelvis es estrecha, que por las ecografías mi bebé se veía muy grande y que la cesárea era mi mejor opción. A mí no me afectó la idea de tener una cesárea porque me aterraba el trabajo de parto natural. Los dolores, el bebé saliendo por mi vagina, la episiotomía, la respiración descontrolada y los médicos y enfermeros pidiéndome que pujara, que me concentrara, que fuera fuerte. Así que cuando llegó el momento, no me opuse, pues era la opción más fácil y cómoda. ¿Pero volvería a escoger una cesárea? ¿Pelearía por tener un parto natural? ¿Me negaría a que me sacaran a mi bebé cuando no había empezado mi trabajo de parto? No lo sé. Pero hoy dudo sobre lo necesaria que fue mi cesárea y todos los días me pregunto si de haber parido a Nicolás hubiera cambiado mi frialdad en el piel a piel, si lo hubiera podido llevar a casa con pocas horas de nacido, si hubiera sentido desde el primer minuto ese amor infinito que mi mamá, pocos días antes, me dijo que había experimentado con todos sus hijos. 

El parto humanizado

La enfermera que dictó el curso psicoprofiláctico de la EPS nos dio el nombre de tres hospitales que ella recomendaba si nuestra intención era que el padre estuviera presente en el parto. Según ella, en estos se practica el parto humanizado por lo que nos iban a dejar tener acompañante e incluso poner a nuestro bebé en el pecho cuando naciera. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el parto humanizado “se basa en la premisa de que la mayoría de las mujeres desean tener un trabajo de parto y nacimiento fisiológicos y alcanzar un sentido de logro y control personales a través de la participación en la toma de decisiones, inclusive cuando se requieren o desean intervenciones médicas”. La OMS, para lograr esto, recomienda, entre otras cosas, que contemos con el apoyo de un acompañante, tengamos una comunicación efectiva con el personal médico, podamos hidratarnos, movernos durante el trabajo de parto y elegir la posición en que vamos a parir, evitar la episiotomía, hacer piel a piel y establecer la lactancia materna en la primera hora de vida del bebé.

El hospital donde tuve a mi bebé no permite que esté presente el padre si es cesárea. Logramos, gracias a que le pagamos de manera particular a la médica que me atendió, que Federico conociera a su hijo en la sala de adaptación neonatal. No obstante, el momento del corte del cordón umbilical, que las películas hacen los padres, no le tocó a él. Pero eso no lo afectó, según me contó, él sintió el vínculo con Nicolás desde el primer instante en que lo vio. Incluso, él sí habla de amor a primera vista. Mientras que yo, que lo tuve dentro de mí ocho meses y medio, lo recibí en mis brazos y lo sentí en mi pecho, me demoré meses para sentir eso.

–Mauricio, ¿es posible que la cesárea haya influido en que no me sintiera vinculada con mi bebé?

–Además de la parte fisiológica y hormonal relacionada con el trabajo de parto espontáneo, el ambiente en que se realiza una cesárea puede hacer el proceso de vinculación más difícil. Es más estricto y controlado que en el parto vaginal por las normas de limpieza en un campo quirúrgico. Sin embargo, cada vez más médicos estamos promoviendo el contacto piel a piel de inmediato y procurando iniciar lactancia de manera temprana. Históricamente esto no se hacía, pero hoy hay suficiente información para saber que no aumenta los riesgos maternos ni neonatales en la mayoría de los casos y sí mejora el vínculo y la lactancia.


Nuestro vínculo

El primer momento en que me sentí vinculada a mi bebé fue sin él. Después de la cirugía me llevaron a una sala con todas las mujeres recién paridas del hospital y con sus bebés. Ahí pasé la noche. Cuando me dieron de alta, inmediatamente fui al hospital al que habían llevado a Nicolás. Él estaba sedado con morfina, entubado, medicado con antibióticos, con sus ojos y oídos tapados. Y como, en la medida de lo posible, no podía recibir estímulos externos, solo las enfermeras y el pediatra lo podían tocar. A Federico y a mí apenas se nos permitía observarlo a través del vidrio de la incubadora.

Esos primeros días, Nicolás fue alimentado primero con suero y luego con leche de fórmula y con lo poco que yo lograba extraerme manualmente en el lactario del hospital, un cuarto muy pequeño con cuatro sillas, muy esterilizado y donde las madres debíamos entrar con gorro, tapabocas y un delantal con un roto en el pecho para sacar los senos. Fue en ese cuarto, mientras me masajeaba y festejaba con cada gota que me salía, donde sentí el primer vínculo. Yo estaba ahí, tratando de extraerme lo que más pudiera para que mi bebé tomara, así fuera poco, de mi leche. Ahí, sin ver a Nicolás, ni tocarlo, ni sentirlo, ni estar piel a piel sentí que lo amaba. Pero cuando volví a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) esa conexión desapareció para dar paso a una inmensa tristeza e incluso rechazo.

–Mamita, usted casi no viene, el bebé la necesita –me dijo una enfermera, mientras yo estaba observando a mi hijo.

–Pero viene el papá.

–No es lo mismo.

Cuatro meses después, me pregunto qué pensaría esa enfermera si le contara que cuando trasladaron a Nicolás a Cuidados Básicos me dijeron mal el número de su cuna por lo que terminé diciéndole “mi amor, aquí estoy, hoy sí te voy a cargar” a un bebé que no era el mío y que incluso pasé por su lado sin darme cuenta de que era él. Qué pensaría si supiera que durante el primer mes y medio de vida de mi hijo tuve serias dudas de mi maternidad, que quería devolver el tiempo, que sentía que no entendía  a mi bebé, que no me veía ni quería ser madre. Qué pensaría si le digo que no me enamoré a primera vista, ni a segunda, ni a tercera. Qué pensaría ante mi falta de instinto materno.

–Es normal que haya mujeres que no se vinculan con su hijo rápido. A veces pasan meses y sigue siendo normal –me dijo Vanesa–. Como te decía antes, esto tiene mucho que ver con cómo fue el proceso de parto, o cómo fue ese primer contacto con el bebé. Además, a nuestros hijos los manipulan mucho antes de que los veamos y olamos. Cuando una perra tiene perritos no los debemos tocar par que la perrita reconozca el olor del cachorro y no lo rechace. Eso mismo pasa con nosotras. Debemos oler a nuestra cría para reconocerla, pero eso no nos lo dicen ni se practica. Entonces, hay mujeres que se sienten perdidamente enamoradas porque han tenido partos muy fisiológicos, o sea, muy respetados, y el desgaste de oxitocina y serotonina es muy grande y por ende se encuentran plácidas. Pero hay otras que han tenido un parto traumático o una urgencia que impide la liberación de hormonas. También hay mujeres que tuvieron partos naturales o no medicalizados y pueden que no hayan sentido esa reacción de amor a primera vista porque es un cambio de un momento a otro: tu bebé deja de estar dentro de ti y aparecen muchas preguntas sin respuesta inmediata.
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Por un tiempo me sentí culpable (un sentimiento que acompaña a la maternidad en todas sus etapas) por no haber experimentado ese amor del que tanto se habla. También me sentí una mala madre por mi insensibilidad. Pero bastó con preguntar a otras mamás por ese amor a primera vista para darme cuenta de que mi caso no es nada extraordinario.

Estefanía Sánchez siempre quiso tener hijos, tuvo un embarazo deseado y desde el primer momento se imaginó las canciones que le cantaría a su bebé y los juegos que jugarían juntos. Pero en la semana 36 de embarazo tuvo preeclampsia y su hijo terminó naciendo por una cesárea de urgencia. En el piel a piel Estefanía besó la mano de su hijo y se desmayó. Después de tres días en el hospital, ya en su casa, leyó la historia clínica, donde decía que Juan Pablo había nacido antes por “pérdida de bienestar fetal”. Estefanía, llorando, le pidió perdón, pero al mismo tiempo sintió que no era su bebé. “No soportaba escucharlo llorar, lo atendía porque era mi deber, pero yo, en ese momento, sentí que ese bebé no era mío. Yo me sentía madre de dos: del bebé que tenía en brazos y del bebé que tenía adentro”, me dijo Estefanía por un mensaje directo de Instagram. Ya han pasado 19 meses y ella ha podido superar la depresión postparto y construir, poco a poco y con mucha voluntad, el vínculo con su bebé.

Yo no me demoré tanto para construir el vínculo con Nicolás. Pero sé que no fue amor a primera, segunda o tercera vista. Por el contrario, el amor hacia mi hijo es un amor que trabajo, construyo y lucho, porque aunque lo cuido, como una perrita cuida a sus crías, no todas somos tan afortunadas de sentir al instante eso que llaman instinto materno.
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