La inclasificable obra de Afonso Cruz

Es portugués. También es escritor, ilustrador, cineasta, animador y músico. En esta conversación, nos acercamos al personaje fascinante que habita discretamente tras ese largo etcétera de oficios y talentos.

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En El viaje del beagle espacial, el libro de ciencia ficción escrito por el canadiense Alfred E. van Vogt, se cuenta la historia de una exploración planetaria que hicieron científicos, de todo tipo, en una nave nombrada en honor al barco de Charles Darwin. Entre la tripulación había químicos, físicos, arqueólogos y un nexialista, el doctor Elliott Grosvenor. La maestría de Grosvenor consistía en unir las ciencias, en conectar las conclusiones a las que llegaban los otros tripulantes y someterlas a un diálogo para presentar un resultado novedoso.

El escritor, ilustrador, animador, viajero, músico y fabricante de cerveza Afonso Cruz es eso, un nexialista que bebe de lecturas, experiencias y miradas para luego condensarlas y expresarlas de todas las maneras que puede: con sus palabras, con sus manos y con su voz. El pensamiento de Afonso funciona como una consecución de metáforas y analogías. Su cabeza opera de manera relacional; tiene mucho hilos y le gusta usarlos.

Nació cerca al mar en el pueblo portugués Figueira da Foz, estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Lisboa y en el Instituto Superior de Artes Plásticas de Madeira. Ahora vive en el centro del país, en una casa de paredes muy anchas y ventanas pequeñas pensadas para que no entre mucho calor en el verano. Cerca de allí tiene cultivos de alcornoque, olivos y árboles muy viejos, y lo más importante, dice, es que desde ese lugar ve el horizonte, ve la línea que aparentemente separa el cielo y la tierra. Eso le hace bien. Bien para escribir e ilustrar, que es su ocupación principal, bien para componer canciones para su banda The Soaked Lamb donde también canta y toca la guitarra, el banjo, la armónica y el ukulele, y bien para los otros tantos oficios que lo ocupan.

Afonso ha ilustrado más de 30 libros para otros autores y tiene otro par de decenas de libros propios. Algunos de ellos están publicados en Colombia por la editorial Tragaluz y Panamericana como El pintor debajo del lavaplatos, La contradicción humana, Los libros que devoraron a mi padre, entre otros. El segundo editado en el país fue La Enciclopedia de Historia Universal, que es a su vez el primer libro que escribió Afonso; allí hace una especie de entradas ordenadas alfabéticamente que se debaten entre la filosofía, la literatura, el humor, la realidad y la ficción. Esta enciclopedia, que en su versión portuguesa ya va por el octavo tomo, son el proyecto que mejor define la obra del autor: una naturaleza caprichosa que amalgama curiosidades que parecen dispares, pero que logran cierta armonía.

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A veces la armonía no es temática sino de forma, a veces no puede separar las palabras de los dibujos y crea entonces pequeños libros que pueden o no ser para niños como La contradicción humana, donde no resuelve ninguna pregunta sino que se las hace todas: que por qué si nos gustan tanto los pájaros los encerramos en jaulas, que por qué la gente que come mucha azúcar permanece amargada, que por qué una mujer en embarazo tiene una sombra y no dos, que por qué tocar música triste puede hacernos felices.

Lo cierto es que todos sus libros permanecen inclasificables; nadan entre la novela, el libro álbum, las pequeñas historias que parten de lecturas filosóficas, escritos sobre ciencia y sobre viajes. Como sus creaciones, Afonso es también inclasificable, es por eso que esta entrevista es caótica; saltará de los viajes a la animación con mucha suavidad y de la música a la cerveza. La única unión es que todas son ideas salidas de la cabeza de Afonso Cruz.

Entre todos los oficios que practica o ha practicado, ¿cuál llegó primero?
Lo primero fue el dibujo. Cuando era niño pensaba en convertirme en un dibujante de cómics, cosa que nunca hice. Me pasó que cuando tenía 15 o 16 años empecé a tener una mala relación con los dibujos porque siempre fue algo muy fácil y ya no me retaba. Ahí quise ser filósofo, pero mis padres querían que fuera pintor y me propusieron que primero estudiara Bellas Artes y que cuando cumpliera 18 podría cambiarme de carrera, algo que tampoco hice.

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Aún así sigue leyendo mucha filosofía, ¿verdad?
La filosofía siempre hace parte de mis libros. Por ejemplo, sin los pensamientos de otros filósofos como Platón, Plotino, Jámblico o Porfirio, que me dan contenido, yo no podría escribir. No es que mis libros tengan filosofía de manera directa, pero leerla hace parte importante para mi escritura.

El primer trabajo que tuvo fue de animador, ¿cómo lo consiguió?
Cuando tenía como 20 años quería comprar una moto AJS, de los años cincuenta, pero mis padres no me daban dinero, entonces me puse a buscar empleo y lo primero que conseguí fue un trabajo de animador. Me enamoré tanto de ese trabajo que se me olvidó lo de la moto, incluso no sé cómo manejar una. Trabajé como 10 años, aunque no tengo orgullo por nada de lo que hice. En esa época comencé también a viajar mucho y si bien me gustaba animar, mi prioridad eran los viajes.

¿Esa experiencia hizo que desarrollara cierta predilección por la ilustración digital?
Siempre me fui adaptando a las nuevas tecnologías. Mientras aparecían yo las probaba, y como siempre fui muy indeciso, prefería experimentarlo todo. También me pasaba antes de que aparecieran los procesos más digitales, los papeles no aguantaban mi indecisión al pintar con tantos materiales entonces tenía dos opciones: dibujar en un papel no muy bueno, que no aguantaba las tintas, o comprar un papel muy caro en el que me daba miedo dibujar porque era muy costoso. No tenía expresividad. Entonces la tecnología fue, y es, muy importante para mí. Soy muy sucio y con los computadores puedo ser sucio donde quiero y no por error.

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¿Y de la animación pasó a ilustrar?
Los últimos años como animador yo me consideraba un viajero y no un director de películas animadas, entonces al final mi vida cambió mucho. Una vez me llamaron para trabajar en un álbum ilustrado para niños y como entregué a tiempo me siguieron llamando y, de paso, quedé con esa etiqueta de ilustrador.

Parece que todos los oficios le llegan, usted no los busca, ¿fue así con la escritura?
Fue así también. Mientras ilustraba tuve un blog de crítica social llamado Alerta Amarelo y gracias a esto me llamó una publicista, porque pensó que yo podría ser un buen copy. En ese trabajo, por primera vez, tenía como materia prima las palabras y no las imágenes, entonces durante ese periodo empecé a escribir textos de ficción con toques históricos y filosóficos que después se publicarían como el primer volúmen de La enciclopedia de historia universal, mi primer libro.

Ese libro y casi todos los suyos parecen la unión de muchas disciplinas, ¿tiene un proceso creativo reconocible?
Siempre pienso en la escritura como un transbordo de las lecturas. Lees y lees y llega un momento en el que el vaso está lleno y empieza a derramarse y eso es lo que escribes. Entonces creo que mi proceso es llenarme de lecturas hasta que salga algo.

¿Hay un género en el que prefiera hacer ese transbordo?
No hay un género que prefiera realmente. El género tiene que ser simplemente algo adecuado a tu idea. Si tienes una idea que es mejor expresarla con ilustración y poco texto, pues haces un libro álbum, pero también puede que la idea solo se resuelva con una novela larguísima.

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Su banda, The Soaked Lamb hace canciones con influencias de blues y jazz ragtime, boogie‐woogie, swing y gospel. También parece que escucha de todo y con lo que se derrama hace música. ¿Cómo empezó a tocar?
En La enciclopedia universal hay una frase que dice: “Beethoven se quedó sordo a los 20 años pero yo ya era duro de oído cuando nací”. Eso está en el libro porque en mi casa me decían que era duro de oído y que no tenía talento para la música entonces como yo no creo en el talento, sino en la pasión, y como era bueno para llevar la contraria, compré una guitarra cuando tenía 18 años y empecé a imitar a los guitarristas de rock and roll que amaba. La música tiene una capacidad de comunión, de empatía y un poder de hacerte mover que no tiene ningún otro arte. Es festiva, inmediata.

Haciendo tantísimas cosas, ¿tiene necesidad de escapes, de cosas que lo distraigan?
No lo necesito, especialmente porque mi profesión no es una profesión sino una pasión. No tengo una frontera entre ocio y trabajo. Hago lo que quiero, los libros que quiero.

¿Hacer cerveza no cuenta como escape?
Tal vez. Hago cerveza solo para mí, no es un negocio ni nada. Empecé a hacerla porque leí en un libro, de un monje anónimo posrenacentista, que la cerveza era una escuela perfecta para entender el universo. Esto lo decía porque el proceso de fabricación de cerveza podía ser interpretado alegóricamente para comprender la vida, entonces eso me despertó mucha curiosidad y compré material para hacer la cerveza.

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¿Y tenía razón el monje?
Sí, porque para ellos era una especie proceso mágico. En esa época no conocían la existencia de la levadura, entonces cuando estas eran traídas por el viento y fecundaban el mosto, durante la fermentación de la malta, la temperatura del líquido empezaba a aumentar y a formar dióxido de carbono, lo que hacía que esta pareciera que estuviera hirviendo y burbujeando. Ellos interpretaban eso como que adentro había un fuego interior y pensaban que había una fecundación de algo virgen.

¿Usted es sobre todo escritor?
Sí, soy sobre todo un escritor porque es la actividad que me ocupa más tiempo. También es la actividad que me paga las cuentas. Luego soy ilustrador y luego todo lo otro.

¿Cree que alguna vez dejará de escribir, así como una vez dejó de animar?
No pienso mucho en eso, pero si un día siento que estoy escribiendo solo por escribir, sabré que tengo que parar. También cuando esté mintiendo, exponiendo una realidad en la que no creo o que no me pertenece.

¿Vive con la premisa de que todo próximo libro va a ser mejor?, ¿cree que por eso tiene una obra tan abundante?
Sí, siempre espero que el próximo sea mejor pero me gustan los libros que escribí antes. No sé si son mejores, sin embargo tienen la pertenencia de la edad en la que los escribí, tienen que ver con el periodo en el que estaba viviendo. Hay una ingenuidad linda en el pasado y una espontaneidad que se va perdiendo.

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