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Carta de amor a Quentin Tarantino

Hace treinta años Quentin Tarantino debutó con Reservoir Dogs y el mundo del cine cambió para siempre. Aquí, un fanático de su obra le agradece por su labor de tres décadas en la industria fílmica.

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Estimado señor Tarantino,

Escribo estas líneas pensando cómo abordar una comunicación con una de las personas que más he aprendido a respetar a lo largo de los años. Parto de un recuerdo para dimensionar cómo durante casi veinte años la potencia narrativa de su obra me ha convertido en la persona que soy. Cuando uno admira a alguien tanto como lo admiro a usted, le queda imposible no trazar similitudes entre su biografía y la de la persona que se admira. 

Así pues, encontrarme en usted ha sido parte útil de un proceso para construir mi identidad y mi autoestima en medio de tantas personas que me rodean. He sido también el bicho raro, la persona cuyos intereses no son tenidos en cuenta o respetados, el que comió pavo en las fiestas de quince. Pero usted me enseñó que eso no importa, que uno es del lugar del que son sus afectos, que cada quien construye su propia isla con sus interese y, a veces, puede trazar puentes con otras islas de intereses afines. Y es por usted, también, que hoy puedo escribirle una carta de admiración en un portal que me ha permitido celebrar la cultura a su manera: enalteciéndola desde sus más mundanas manifestaciones, pues todo lo que consumimos y disfrutamos hace parte de nuestra vida. 

Entender eso, señor Tarantino, me abrió los ojos para un universo distinto. En el seno de mi familia se ha celebrado siempre la cultura, pero desde una perspectiva a veces mezquina que la divide en dos al mundo: la esfera elevada de lo culto y la chatarra cultural que se consume como si se tratara de comida rápida. Era motivo de celebración la llegada del Festival Iberoamericano de Teatro, la nueva temporada de las marionetas de Jaime Manzur o el mes del jazz en Bogotá. Pero una película suya, o de su compañero de aventuras Robert Rodríguez, generaba desdén en el hogar, pues creían que sus audiovisuales nos “pudrían” el cerebro a mi hermano y a mí. Todo lo contrario: nos despertó una curiosidad por un universo marginal y poco respetado sobre el que usted reflexionaba con elegancia e inteligencia. 

Fue en 2003 cuando pude conocer su obra, al entrar a la proyección de Kill Bill: Volume 1 junto a mi madre y mi hermano en un centro comercial que, por falta de afluencia, era más bien laxo en las restricciones de edad para el ingreso a la sala. Esa película transformó todo en mí: desde la elección de la banda sonora que me introdujo al rockabilly con Charlie Feathers y su “That Certain Female” hasta la apreciación cinematográfica de la belleza de la sangre fresca. Es una película perfecta aún hoy. Cuando pude ver a 5, 6, 7, 8’s en Rock al Parque en 2019 recordé esa tarde de 2003 en la que mi percepción del mundo cambió y, conforme la afluencia se congregaba en torno a la banda japonesa, recordé esa escena icónica en un izakaya en el que La Novia tiene su primera venganza sobre el cuerpo prístino de una Lucy Liu ejemplar en el papel de O-Ren Ishii. 

Hay una delicada factura en cada uno de los hilos que une su obra y ello, a la luz de una trayectoria de treinta años, es sorprendente. Es inquietante ver cómo Mia Wallace, a cargo de la enigmática Uma Thurman, hablaba con Vincent Vega del piloto de una serie de televisión en el que había participado, Fox Force Five, solo para descubrir que casi diez años después estaríamos viendo a esa fuerza letal de mujeres enfrentarse en Kill Bill, durante sus dos volúmenes. Es ese premio a la paciencia, esa pequeña telaraña que hermana a todas sus obras en su propio universo, una de las mayores virtudes de su arte. En su universo todo está conectado y es hermoso trazar el camino de migas para sonreír en complicidad cuando alguien enciende un cigarrillo Red Apple o decide parar en un Big Kahuna Burger para recargar energías. 

También hay una celebración de la cultura pop en su obra, de esas películas de explotación que disfrutó de una manera tan sincera y a las que ahora les hace homenajes con el respeto con el que se trata a los maestros. No creo en los placeres culposos gracias a usted, señor Tarantino. Después de que un grupo de ladrones y asesinos discutiera durante varios minutos sobre el significado de una canción de Madonna en su primera película, nada puede sorprendernos. Los gustos, parece decir usted en su obra, son un motivo de celebración. Y no importa si se trata de una canción cursi, una película de vampiros de bajo presupuesto o una cinta con un guion mediocre como excusa para una historia cargada de sexo. Después de usted entendimos el valor del cine de serie B, de las películas de zombis de Romero, de los dobles de acción en el cine. 

Usted ha aprendido a celebrar todos los procesos que involucran el disfrute de una cinta y no se preocupa tanto por las estrellas como por los trabajos tras bambalinas que encuentran la manera de guiar la magia hasta la cinta guardada en la cámara. Los dobles son relevantes en Deathproof, esa maravilla de violencia y velocidad que dirigió como parte de la película doble que realizó con Robert Rodríguez, Grindhouse. No conforme con ello, con haber creado un protagónico sobre la figura de un doble de acción y de además incluir a una serie de personas dedicadas a esta profesión como actrices principales de la cinta, decidió contratar de nuevo a Kurt Russell para Once Upon a Time in Hollywood, en la que interpretaría al director de dobles de una película de acción con Bruce Lee, actor legendario al que también homenajeó con el traje de combate de La Novia en Kill Bill.

Son esas sutilezas, señor Tarantino, esa pasión por los detalles más mínimos de la historia del cine lo que me hace admirarlo sobremanera. Algunas personas quieren censurar su obra, problematizando el uso hiperbólico de la violencia. Pero el mundo es un lugar violento, no muy lejano al Salvaje Oeste de Rick Dalton, una afrenta continua en la que perro de reserva come perro de reserva. Crecí en una sociedad en la que las canciones infantiles retrataban cómo espantapájaros bandidos apuñalaban a muñecos dormidos bajo los árboles, pero para la cultura usted será el villano por teñir de sangre la gran pantalla. Las críticas contra usted solo desvelan la moral incómoda y tramposa de una era en la que el correctismo político es una trampa retórica que limita las expresiones artísticas. Y, aún así, usted se burla de ello y lo incorpora con elegancia en sus películas, demostrando la hipocresía de una sociedad pacata que se regodea en señalarlo con el dedo, pero que olvida que tiene el poder de discernir entre la realidad y la ficción, entre lo que puede o no hacer. Por eso usted se incluye en sus filmes, generalmente como villano, para que la gente pueda hacer la separación entre vida y arte. Para que la mojigatería no triunfe. 

Quisiera agradecerle, por último, por su criterio musical y la manera exacta y justa como incorpora himnos clásicos y nuevas composiciones a la banda sonora de sus películas. Gracias a su criterio musical descubrí una serie de joyas que me acompañan en los ratos más solitarios: Santa Esmeralda, Meiko Kaji, Urge Overkill, Dick Dale o Chuck Berry. Usted permitió que Ennio Morricone se fuera a la tumba con un Oscar después de años de intentarlo, en esa banda preciosa y preciosista que ambienta a The Hateful Eight. También incluyó a Chingón, la banda en la que toca la guitarra Robert Rodríguez, en el segundo volumen de Kill Bill. Y siempre le estaré agradecido por llevarme a descubrir su versión excelsa de “Malagueña salerosa”

Algún día espero encontrarlo para darle las gracias: usted me enseñó a ver el mundo de otra manera, sin juicios de valor o de carácter moral, sin culpa por disfrutar cada uno de los productos culturales que obran como citas a mi identidad propia. Por favor no deje de hacer cine. Por favor no deje de cuestionar los límites, las variadas formas del arte, la manera de contar historias. 

Sinceramente, 
Ignacio Mayorga Alzate

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