¿Qué es una silla? La respuesta plural de la Bauhaus

En algún punto de la prehistoria, alguien dobló las piernas y dejó reposar el peso de las nalgas sobre un objeto. Siglos más tarde, muchos otros repensaron ese objeto en función de un amplio repertorio de necesidades humanas. En el centenario de la Bauhaus, la pregunta por el significado de una silla nos confronta con la esencia misma de la palabra “diseño”.

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[Silla Cantilever, diseño de Mart Stam, 1926]

 

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a idea de un mundo sin sillas es insoportable. El solo pensamiento de tener que comer de pie, escribir de pie, cagar de pie o ser objeto de tortura en el odontólogo de pie genera un dolor ascendente en la parte baja de la columna y pesadez en las extremidades. ¿Sería posible conquistar a alguien si tuviéramos que pasar por las primeras conversaciones apoyados sobre mesas y nada más? ¿No estaríamos en problemas mucho más serios si la política se hiciera en plenarias sin asientos? Estar parado demasiado tiempo y sin moverse es, por consenso universal –tal vez occidental–, un fastidio absoluto.

Cualquier tarea que no se realiza sobre una silla es pasajera y afanosa o requiere de un estado físico superior. Técnicamente la silla soluciona un solo problema humano: descansar sin perder del todo la verticalidad del cuerpo; las caderas se asientan, la columna permanece erguida, los pies dejan de sostener todo el peso. Pero esa única solución es a la vez tantas y tan útiles para nuestra cotidianidad: comer, beber, conversar, conducir automóviles, aviones, barcos. A la luna se llegó también sobre asientos. Trabajar, contemplar, cuidar, torturar, jugar. Es una máquina tanto para la concentración como para el reposo.

La relación entre el hombre y la silla es de una dependencia categórica. Hoy estamos atados o casi siempre encaminados hacia un objeto que en sus inicios fue propuesto únicamente para el confort de unos pocos y como un símbolo de estatus. La primera silla que se conoce, representada en una escultura entre 2800-2700 a.C. y que fue construida por la civilización cicládica, está ocupada por un músico; en la civilización egipcia usar una silla con respaldo o reposabrazos era una costumbre reservada para la élite, los demás debían someterse al suelo o a insípidos taburetes, y en 1523 el escritor español Bernardo Pérez de Chinchón quiso hacer una distinción entre cristianos y moros con la siguiente alusión “Nosotros los cristianos nos sentamos en sillas con altura, no en el piso como animales”. Solo fue hasta el siglo XVI, como se afirma en el libro Cómo diseñar una silla de la editorial GG, que este objeto pasó a ser de uso común.

Tal vez esa democratización, producto de la necesidad de sentarnos sobre objetos antropomorfos –la silla tiene brazos, piernas, codos, rodillas–, es la que ha llamado a los diseñadores industriales a querer perpetuar su nombre y su estilo a través de la silla. Tal vez piensan que pueden hacer la silla ideal, a resolver mejor lo que parece ya resuelto. Pretenden decir algo nuevo. Tal vez creen, como creyeron los arquitectos Frank Gehry, Zaha Hadid o Alvar Aalto, que solucionar un problema estructural en una silla puede ayudarlos a solucionar problemas arquitectónicos más ambiciosos.

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[Silla Barcelona, diseño de Lilly Reich y Mies van der Rohe, 1929]


Lo cierto es que la ansiedad de esos diseñadores, arquitectos y aficionados nos ha dejado una hilera interminable de sillas increíbles, muchos problemas de diseño resueltos, un objeto/conejillo de indias para experimentar con materiales poco convencionales y una huella de época. La historia de la humanidad puede contarse por el tipo de silla que existía o la ausencia de ellas, por lo que usaron para sentarse los hombres más y menos poderosos. De atrás para adelante y solo en el siglo pasado: el futurismo y la psicodelia de los setenta se pueden leer en el apogeo de la silla Tulip; el surrealismo está condensado en la divertida silla Leda, diseñada por Salvador Dalí, y el manifiesto de la Bauhaus está impreso en cada una de las sillas que se diseñaron mientras esta escuela alemana estuvo vigente.

“Formemos pues un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que querían erigir una arrogante barrera entre artesanos y artistas. Deseemos, proyectemos, creemos todos juntos la nueva estructura del futuro, en que todo constituirá un solo conjunto, arquitectura, plástica, pintura y que un día se elevará hacia el cielo de las manos de millones de artífices como símbolo cristalino de una nueva fe”, rezaba el credo que escribió Walter Gropius,  fundador de la Bauhaus, cuando abrió la primera sede en la ciudad de Weimar, Alemania, en 1919. La Bauhaus se levantó frente a la mirada del mundo como una masa a punto de cambiar totalmente y donde era inútil aferrarse a las certezas del pasado. Querían un cambio absoluto proveniente de todas las artes y artesanías y como resultado instauraron, más que un estilo, una actitud frente a la creación.

La escuela se dividió por talleres: carpintería, impresión, metales. Como Gropius había hecho mobiliario para residencias antes de la guerra, asumió la dirección del taller de muebles en 1921. Este resultó ser uno de los más prolíficos y de los que más prototipos desarrolló en los 14 años que estuvo vigente la Bauhaus. Además, fue la dependencia que no registró nunca escasez de personal o materiales. El mobiliario era un pilar de la escuela. Los prototipos que desarrollaron –desde mesas y sofás hasta juegos de ajedrez y revisteros, muchos de los cuales se producen industrialmente aún hoy– tenían en común estar operando bajo doctrinas precisas de funcionalidad y de reproducción masiva. El cometido siempre fue hacer muebles útiles para todo el mundo.

Este carácter de interés general hizo que resultara apenas normal que la silla fuese uno de los objetos que más se pensó dentro del taller. Los avances de la época en procesos industriales llevaron la experimentación más allá de lo estructural, despertando el interés por probar materiales distintos como el acero, el plástico, el vidrio y la madera contrachapada. En un ensayo publicado en 1953, George Nelson, diseñador de la coconut chair, afirmó que “toda idea verdaderamente original –toda innovación en diseño, toda nueva aplicación de materiales, toda invención técnica para mobiliario– parece encontrar su principal expresión en una silla”. La Bauhaus no fue la excepción.
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[Silla Wassily, diseño de Marcel Breuer, 1926]


Uno de los materiales que más estudiaron fue el acero tubular, protagonista de las sillas más representativas de la escuela. Usar el acero de esta manera era una novedad que se caracterizaba por la ligereza, la resistencia y la flexibilidad visual típica de los insumos que no responden a un estilo. Oficialmente, la primera silla en hacerse utilizando el acero doblado de esta manera fue del holandés y profesor invitado de la escuela Mart Stam. Su silla Cantilever (1926), que cambia las patas traseras por una extensión horizontal y está hecha a partir de líneas curvas, inspiró otros dos modelos que marcarían tajantemente el diseño del siglo XX: la silla Wassily y la Barcelona.

Marcel Breuer pasaba sus días sumergido en el taller de ebanistería de la Bauhaus en la sede de Dessau a los que llegaba todos los días en una bicicleta. Tomó como inspiración su medio de transporte que era de referencia Alder y la forma de producción de la Cantilever e hizo una silla que perteneció a la sala de estar del artista Vasili Kandinski. Aunque muchos de los muebles diseñados por integrantes de la Bauhaus tenían acolchado, su pesadez, costo y poca practicidad sobre todo a la hora de limpiar hacía que no fueran la opción más consecuente. La silla Wassily (1926) logra la comodidad de una poltrona a través de su asiento y respaldo elástico en cuero y las líneas austeras de una silla convencional. Esa fue su gran contribución.

En 1929, el entonces rey de España Alfonso XIII visitó el Pabellón de Alemania en la Exposición Internacional de Barcelona, la silla que hizo las veces de trono fue diseñada por los alemanes Lilly Reich y Mies van der Rohe, ambos diseñadores docentes de la Bauhaus. Inicialmente llamada la MR90 y posteriormente bautizada como la silla Barcelona. La pretensión de Reich y van der Rohe era hacer una silla inspirada en los asientos Curulis usados por los magistrados del Imperio romano y que además fuese ligera, fuerte y cómoda. Para eso utilizaron igualmente el acero, la inclinación del asiento que ya se había utilizado en la Wassily y un acolchado sutil.

Las sillas están conectadas de manera directa con ideologías, enfoques creativos, teorías económicas y los desarrollos tecnológicos de cada época. Tanto la Cantilever como la Wassilly como la Barcelona tienen en común que en sus formas está la historia del diseño del momento. También tienen en común la potencia que desprenden al ponerse en medio de los espacios. David Lynch lo dijo mejor: “Me gusta la Bauhaus: ese estilo medio puro y formal. Me gustan las habitaciones grises que no tienen nada, salvo por un par de muebles que son perfectos para que alguien se siente allí. Y entonces, cuando alguien se sienta, de verdad se puede ver el contraste y, por lo tanto, la habitación se ve bien y la persona se ve muy interesante”.

Con la silla Cesca (1928) –diseñada igualmente por Breuer– pasa algo parecido. Pasa que su asiento y el respaldo están hechos con un tejido de caña natural y sus patas y estructura de acero y ese contraste es tan fuerte que no se sabe si para describirla debe usarse su carácter industrial o el acogedor. Cuando está vacía parece un intento por volver hospitalario lo funcional, y cuando es usada se ve su finura y elegancia fabril. Como la Cesca, otras sillas diseñadas por la Bauhaus se hicieron a materiales igualmente prácticos y que eran fáciles de utilizar en procesos industriales, pero suavizaron su tecnicidad de una u otra manera.

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[Silla Cesca, diseño de Marcel Breuer, 1928]


La manera que escogió Eileen Grey fueron unas almohadillas. La estructura de la silla Bibendum (1929) diseñada por esta alumna de la escuela es igualmente hecha con acero tubular pero la parte superior es de una voluptuosidad descomunal que recuerda al hombre Michelín. Es un asiento hecho en cuero y relleno con poliéster y dos cojines ovalados con la misma composición que están puestos como si fuera a recibir a alguien en un abrazo. Esta silla es tal vez el objeto menos prudente de todo el movimiento.   

Los diseñadores de la Bauhaus pensaron que serían ellos quienes vinieran con la real solución, quienes aportarían algo nuevo al asiento más pensado de la historia. Y tal vez lo lograron, pues sus materiales y formas siguen vigentes. Aunque la nostalgia nunca fue propia de los integrantes de la Bauhaus –su preocupación era el porvenir– todas las sillas que diseñaron están sometidas a ella. Estos sillones se erigen hoy como esfinges que hablan del pasado en salas de estar, oficinas, habitaciones, salones de reunión y exposiciones en su honor. Se diseñaron, se produjeron y están presas en un para siempre.

Las sillas que escogemos hablan de quiénes somos, de lo que nos mueve, de nuestras preocupaciones y de lo que queremos mantener más cerca. Quien escogió de manera consciente una silla de la Bauhaus tal vez tiene una mente afilada y práctica sin mucha ornamentación o tal vez sea dominado por la añoranza y el fanatismo. Al final, ¿qué tanto importa? Escoger esta o cualquier otra silla dice que alguien es humano pues, aunque los materiales, el estilo o las formas muten, el cuerpo humano ha permanecido en mayor o menor medida igual y su necesidad de tomar asiento, imperturbable.

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