Mi abuela, la mala

Fuerte, libre y desprendida del qué-dirán, la abuela de nuestra Mamá Milenial representa para ella un modelo inspirador y admirable. Sin embargo, desde muchos otros ojos familiares, Vita ha sido considerada una mala mujer, una mala madre, la mala del paseo. Entre malas, abuela y nieta han compartido lo que es ser mujeres en siglos distintos.

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M
i historia familiar comienza con mi abuela materna. Con su cabello blanco, siempre corto y ondulado y las arrugas que poco a poco han inundando su rostro, manos y cuerpo; con su mirada tosca, que guarda una juventud intensa y difícil, su tez blanca, boca pequeña y nariz prominente. Mi historia comienza con ella porque fue quien se atrevió, hace cincuenta años, a hacer cosas que para su época y ciudad estaban mal vistas, porque con ella nace una familia no tradicional, distinta, que aunque es conservadora en muchos aspectos es  rebelde en otros. Porque se casó en contra de la voluntad de su madre y hermanos, se divorció, estudió, se volvió a enamorar, trabajó, se embriagó, fumó, disfrutó, vivió en unión libre por más de treinta años y porque en muchos aspectos podría verse como una mala mujer, mala esposa y mala madre. Porque detrás de esa “maldad” hay belleza y revolución. Y porque detrás de esa “maldad” me reflejo yo.

Mi abuela es la menor de cinco hermanos, dos hombres y tres mujeres, de una familia acomodada de Manizales gracias a propiedades que el padre había adquirido y administraba. Esas propiedades no les alcanzaban para pertenecer a la clase alta de la ciudad, pero sí a una capa de la sociedad manizalita que logró salir adelante gracias a los negocios y cuyo principal valor, como es normal en las clases medias, era la educación. Para el padre y madre de mi abuela, sacar a sus hijos adelante significaba brindarles una educación privada, religiosa y arraigada en los principios conservadores de la ciudad. Sin embargo, sacar adelante a mi abuela, que era la chiquita, significaba para ellos otra cosa: como era tan bonita, la meta con ella era casarla bien, aprovechar esa belleza “que Dios le dio”. Así, cuando mi bisabuelo murió, uno de los hijos se convirtió en el hombre de la casa, en el guardián de su madre y hermanas y continuó con la idea de que mi abuela, Maria Teresa, Teresita, era una promesa de mujer a la que, sobre todas las cosas, había que casar bien. Fue por esto que desde muy pequeña, ella empezó a conocer jóvenes que su madre y hermano le escogían y que no le gustaban.

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Y no es que mi abuela fuera mojigata y no le gustaran los hombres y las citas. Lo que no le gustaba (ni le gusta todavía) es que le digan qué hacer, a quién ver y con quién debe estar. Novios tuvo desde los 13 años hasta el día en que se casó. Incluso tuvo más de un novio a la vez. Hasta salía con los amigos de sus novios, como con mi abuelo, amigo de su novio del momento y al cual ella, sutilmente, le paró bolas hasta que se ennoviaron y comenzaron los problemas en su casa. Aunque a ella estar con mi abuelo le costó lágrimas y amenazas por parte de su familia, duraron dos años de novios.

Manizales es una ciudad que hoy en día sigue siendo pequeña. En ella importan los apellidos, el barrio donde se nace y la familia en la que se crece. Es conocida por ser la ciudad de las puertas abiertas, y si bien es bella, hogareña, cercana y amable, también es cerrada y dolorosamente discriminatoria. Hace tres años me fui de allí y, aunque la sigo amando, este tiempo fuera me ha desnudado los prejuicios que encierra esa ciudad  –que es heredera de la cultura española, campesina y paisa–, prejuicios que yo también encarno. Otra de las cosas que importan en Manizales y que fue decisiva en la relación de mis abuelos es el color de piel. Mi abuelo Mario Vásquez es de tez oscura, lo que hizo que la familia de mi abuela no aceptara su relación.

Pero mis abuelos, en un acto de rebeldía, se casaron por la iglesia en Bogotá, a donde mi abuela huyó de su hermano y de su madre. Ya casada, no hubo nada que hacer más allá de que el hermano le retirara el saludo por un tiempo y le restringiera la entrada a la casa. No hubo nada que hacer cuando, tan solo un mes después, quedó embarazada de mi mamá. No hubo nada que hacer porque Teresita la bella se les había casado con alguien que ellos no habían escogido y que para colmo de males era moreno.

Ignoro cuál fue la intensidad de ese amor, pues no conocí a mis abuelos juntos. Ignoro si mi abuela quería a mi abuelo Mario o si tan solo quería llevar la contraria a la familia, especialmente al hermano, o si, como me dijo mi abuelo hace poco, solo quería irse de la casa. No pude hacerme estas preguntas antes porque desde que tengo memoria mi abuela vivía con Héctor Londoño, un hombre veinte años mayor que ella, quien había sido su profesor universitario. Fue a él a quien toda la vida vi como su gran amor, y quien al mismo tiempo se convirtió en mi abuelo favorito, al que me encantaba escuchar y cuya vida soñé con reconstruir desde pequeña, pues yo, no sé si por machista o simplemente por admiración, o por ambas cosas, vi en su historia el comienzo de la mía. Pero volviendo a mi abuela, la historia de ella no me interesaba más allá del rol de musa de mi abuelastro Héctor.

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Sin embargo, ahora que soy madre veo las cosas de otra manera. Me doy cuenta de que el fundador de mi familia no es ni mi abuelo Mario, ni mi abuelastro Héctor, ni mi padre, madre o bisabuelos, sino mi abuela Vita. Esa mujer construyó su hogar con ideales que para la época y la ciudad en que le tocó vivir eran rebeldes y pecaminosos: diez años después de haberse casado, mis abuelos se divorciaron. Lo hicieron aunque tenían dos hijos (mi mamá y tío); en una época en la cual un divorcio implicaba volverse a casar por lo civil para llevar a cabo la repartición de bienes (ellos siguen casados por la iglesia); cuando una mujer divorciada, con dos hijos y además cursando sus estudios universitarios era vista, ante la sociedad manizalita (y colombiana), como un peligro para el orden social, la estabilidad familiar y, por supuesto, para el rol tradicional de la mujer. Incluso hoy, cuarenta años después, soy testigo de los ojos sorprendidos y de las palabras de admiración o de rechazo cuando cuento que mi abuela es divorciada y vivió en unión libre por más de treinta años. Es un hecho que la marca.

Lo gracioso y preocupante del asunto, es que cuando continúo la historia de ella, hasta ahí llegan las opiniones. Cuento que estudió, que se graduó como psicóloga, que trabajó muchos años como profesora universitaria, que es una mujer independiente, fuerte, feroz, y a nadie parece importarle esa parte de su vida, es como si estuviera condenada a ser Teresita la bella divorciada y no Maria Teresa, la que estudió y sacó su familia adelante. Incluso quienes la reconocen como profesora la ven como la discípula de mi abuelastro, quien fue su maestro y con quien compartió por más de treinta años el pizarrón y la cama.

Mi abuela cursaba séptimo semestre en la universidad. Estaba recién separada cuando lo conoció. Ella me contó hace poco, entre carcajadas picaronas, que la primera vez que lo vio sintió decepción. En la Universidad de Manizales les habían prometido a los estudiantes que llegaría un magister (algo que no había en la época) a darles clase, un hecho por el que la institución se sentía orgullosa y por la que los futuros psicólogos se debían sentir privilegiados. Mi abuela me contó que todos estaban muy entusiasmados y ansiosos porque iban a tener un “doctor” de profesor de psicología organizacional. Pero cuando vio a un hombre que se estaba quedando calvo, que era bajo, flaco y que se vestía con zapatos de plataforma, solo pudo pensar que ese señor no tenía cara de doctor ni de magister ni de nada. Ella esperaba a alguien con pinta de intelectual, de profesor emérito y no a alguien tan “simple” como mi abuelastro.

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El coqueteo empezó por él, con miradas en clase e invitadas a salir que mi abuela rechazaba. Ella llegó a esconderse en los baños para evitarlo, pues le daba miedo que por salir con un hombre diferente a mi abuelo le quitaran a los niños. Sin embargo, en algún momento aceptó la invitación, pero antes le dijo que ella no estaba en plan de enamorarse. Esa salida casual terminó en seis años de noviazgo y muchísimos años más viviendo juntos; también terminó en que mi abuela se graduó de la universidad siendo la discípula de mi abuelastro, pues él le enseñó a investigar, a ser psicóloga, a aplicar el Test de Rochard, una de sus grandes pasiones; el problema es que nunca pudo (y tal vez no quiso) revelarse del papel de discípula. Esto lo ratifica el último libro de mi abuelastro, publicado en 2013, donde hay una dedicatoria a mi abuela que dice: “A mi esposa, discípula y colega María Teresa, por el rigor y profesionalismo (...) a lo largo del proceso investigativo”.

Pese a su confinamiento como discípula, creo que mi abuela fue feliz con mi abuelastro. Decidieron no casarse ni tener hijos, porque ambos tenían de sus matrimonios anteriores (él se había casado dos veces y tenía tres hijos); también eligieron dividirse las cuentas a la mitad (algo normal ahora pero que en ese momento ponía en duda la idea del hombre como el gran proveedor); mi abuelastro acompañó la crianza de mi mamá y mi tío, tomaron mucho trago, hicieron muchas fiestas, trabajaron mucho juntos. Luego, cuando él se pensionó y yo nací, me convertí en la hija que habían decidido no tener, compraron una finca cafetera a la que íbamos cada ocho días, adoptaron perros, mi abuela se pensionó y adoptaron aún más perros. Y si se preguntan dónde quedó mi abuelo, les cuento que en una amistad inquebrantable con mi abuelastro hasta su muerte, hace dos años, y en una amistad que hoy en día sostiene con mi abuela. 

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Siempre romanticé la relación de mi abuela y abuelastro y si bien sostengo que fue bonita la mayor parte del tiempo, solo hasta ahora me doy cuenta de la desigualdad respecto al trabajo intelectual. Antes de que mi abuelastro muriera, me dijo que le dolía que cuando mi abuela se pensionó abandonara su vocación profesional y lo dejara solo en sus investigaciones. Hoy, años después de eso, pienso que mi abuela, después de la pensión, tuvo, por primera vez, la libertad de ser y hacer lo que ella quisiera. Desde ese momento mi abuela empezó a desarrollar otra vocación: la de ser rescatadora de perros, gatos, conejos, pájaros y cualquier animal que se le cruzara por el lado y fuera vulnerable, vocación que persiste hasta el día de hoy y que la ha llevado a alejarse de familiares, vecinos y personas que la critiquen por decidir vivir a su manera, un hecho que se tiende a castigar con el abandono, el destierro y la soledad.

Hoy en día veo poco a mi abuela, pero siento que estamos más unidas que antes. Cuando mi abuelastro estaba vivo, yo los visitaba para verlo a él, hablar con él, aprender de él. Después de su muerte, poco a poco me he ido acercando a ella, entendiéndola, conociendola. He ido comprendiendo que ella es más que Teresita la bella, Teresa la divorciada, Maria Teresa la discípula. Toda la vida ella luchó por encontrarse a sí misma y tener una libertad que le ha sido negada por el hecho de ser mujer, porque siempre ha sido la “hija de”, “esposa de”, “discípula de” y no ella misma. Tal vez por eso prefiere vivir con perros que con nosotros, su familia, pues ellos no la condicionan ni obligan a ser ni hacer lo que no quiere. Con ellos encuentra esa libertad tan añorada que de distintas maneras todos buscamos.

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