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El cuerpo, el dolor, lo bello: entrevista a Lina María Parra

En sus dos libros de cuentos esta autora antioqueña se adentra en el dolor y la enfermedad, en tensión con lo saludable y lo bello. Mirada profunda, pulso literario y una voz tan incisiva como sensible laten intensamente en los relatos de Malas posturas y Llorar sobre leche derramada.

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Lina Parra

© Carlos Felipe Ramírez

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ace unos años, la escritora Lina María Parra realizó una investigación sobre las relaciones entre violencia y cuerpo en la novela Los Ejércitos de Evelio Rosero, trabajo con el cual obtuvo Máster en Estudios Literarios Latinoamericanos de la Universidad de Leiden en Holanda. La investigación era una constelación más de sus fijaciones sobre el cuerpo; el cuerpo como espacio narrable y la enfermedad como una condición que ha definido su vida y parte de su trabajo creativo. Escritora, editora y docente, Lina María publicó en 2018 su primer libro de cuentos Malas posturas (Editorial Eafit) un libro en el que “están la enfermedad, el cuerpo y la mirada del personaje sobre sí mismo. Pero esas cosas están también entrelazadas con las percepciones sociales de lo correcto, lo saludable y lo bello”, como ella lo ha dicho. En unas semanas publicará  Llorar sobre la leche derramada, que saldrá con el sello de la editorial bogotana Animal Extinto. Sus narraciones aparecen en antologías como The Crisis Inside (Alemania, 2016), Ganar es perder un poco (Tragaluz y Caín Press, 2019) y Cuerpos (Seix Barral, 2019).

Fuera de las tendencias y las discusiones públicas en redes sociales Lina María ocupa parte de su tiempo en Atarraya editores, de la cual es una de sus fundadoras, un proyecto que comparte con el ilustrador, grafitero, y escritor Santiago Rodas, su socio. Atarraya es una editorial donde se encuentran la ilustración y la literatura y actúa como un espacio para enfocar procesos emergentes. Con ese propósito ha publicado trabajos como El velo que cubre la piedra de Ignacio Piedrahíta y La vida como era de la poeta Manuela Gómez.

Me gustaría que empezáramos hablando sobre el cuerpo, que es un espacio en sus narraciones, pero también es un vehículo para sus investigaciones. ¿Qué tanto ha cambiado esa relación, desde el trabajo que hizo sobre las ficciones de Evelio Rosero, donde el cuerpo aparece en relación con el conflicto, y en las creaciones donde el cuerpo está atravesado por otras afectaciones?

Creo que la lectura y la investigación sobre el cuerpo violentado en la historia colombiana, y en particular en la obra de Rosero para mi trabajo de tesis de maestría, agudizaron en mí la necesidad de tratar de acceder a la experiencia del dolor desde lo literario. Tratar de narrar lo inenarrable, el dolor que se experimenta en el cuerpo. El lenguaje académico, para mí, solo llega hasta un punto, señala, analiza, categoriza la experiencia de otros y la contextualiza, pero no intenta penetrar el cuerpo y su dolor desde ese esfuerzo que solo sucede en la literatura: el lenguaje haciendo maromas para ver cómo dice lo que no puede decirse.

En Malas posturas, como usted lo ha dicho, aparecen dispositivos como “la enfermedad, la mirada del personaje sobre sí mismo. En relación con lo saludable y lo bello”. Eso me hace pensar que en su literatura hay algo que no termina de encajar, algo desacomodado e incómodo. ¿Hay una búsqueda o una intención por capturar esas marcas a través de su mirada?

Esa necesidad de hablar o de contar siempre un poco desde lo desacomodado es intencional y no. Es decir, por un lado es intencional porque me interesan esas historias, fenómenos, personajes que se salgan un poco de la norma, de la aceptación de lo que debe ser. Primero porque nada ni nadie se acopla realmente a una norma, todo es pura desviación, entonces cuando hablo de que me interesa más aquello que no es como debe ser, me refiero a las historias, a los fenómenos o personajes que desobedecen con un poco más de fuerza, o que simplemente no son capaces de adaptarse, de moldearse a lo deseado. Segundo, creo que suena un poco pretencioso eso de que me interesa más lo salido de la norma, porque a la final las historias que nos contamos, que nos interesan, que nos dan curiosidad son eso, son intentos de desacomodar lo que tal vez en la cotidianidad de los días se acomoda con más obediencia. Así, no sé si pueda haber una historia de obediencia y conformismo sin lo contrario, de belleza y aceptación sin lo contrario, de salud y felicidad sin lo contrario. No tendría mucho sentido, por lo menos eso es lo que creo yo. Pero al final creo que hablar de lo “que no termina de encajar, lo desacomodado e incómodo” se me sale, como un impulso involuntario, porque es una pregunta que siempre me ronda y que intento responder de varias maneras.

Lina Parra

En el cuento “Mitosis” el cuerpo de una mujer es sometido a varias transformaciones, a la vez que hay referencias directas al aborto. ¿Hasta qué punto sus ficciones se ven afectadas por la información y los debates públicos sobre las decisiones que deben tener las mujeres sobre sus cuerpos?

No es tanto que los relatos se vean informados directamente, como que yo escriba de lo que está pasando en el momento a manera de respuesta o para agregar algo a la discusión. Más bien esas preguntas me las vengo haciendo hace mucho, en este caso sobre eso que mencionas de “la decisiones que deben tener las mujeres sobre sus cuerpos”. Es una curiosidad y un dolor personal y familiar que claramente se alimenta y se fortalece con esas discusiones públicas, con los debates, con la investigación y la escritura académica sobre género y feminismos, pero el interés es previo y por lo tanto mi escritura es una manera de poner frente a mí y a cualquiera que me lea esas opiniones mías, esas dudas, esas intuiciones que no termino de perfilar, esos dolores. Dudo mucho de lo que sé, por eso más bien mi interés es construir historias, mostrar, plantar una duda en otro como fue plantada en mí.

En otros cuentos, como “Días de visitas” o “Educar a una mujer” el estado de reclusión o detención (clínico o escolar) determina la formación o la postura de la mujer en la sociedad. ¿Cómo ha sido la relación con estos lugares y de qué maneras influyen en la creación?

Creo que son lugares muy influyentes para mí. Escribir “Educar a una mujer” me hizo entender que el colegio femenino y privado en el que estudié tuvo más injerencia en lo que soy de lo que quería creer y que es un lugar que me interesa mucho, que traté de desechar porque era represor y opuesto a mis búsquedas, pero resulta que sigo pensando en él todo el tiempo. Es un lugar lleno de preguntas y de fenómenos personales que, creo, necesito aún explorar. Lo que nos constriñe es, al final, tan determinante como lo que nos anima. El espacio clínico me ha determinado de otras maneras. He pasado un buen rato en hospitales, sobretodo en mi adolescencia y me siento sorprendentemente cómoda en ellos. Me gustan las salas de espera, los sofá camas de las piezas, los pasillos largos y que huelen a desinfectante. Me gusta el tiempo detenido que para mí existe en los hospitales y los aeropuertos. Y esa experiencia de la enfermedad para mí fue particularmente importante porque por un tiempo me dio una identidad, yo era la enferma, y por ende no se esperaba nada de mí, y en ese encierro encontré una liberación extraña. De ahí sale “Días de visitas”. Sé que suena poco sano y que seguro alguien dirá que necesito terapia, pero me interesa hablar de esos sentimientos de renuncia, de ese deseo de sumisión que a muchos a veces nos ronda, aunque sea chocante.

Sin embargo, usted no tiene reparo en enunciar cuerpos masculinos, y narrar a través de ellos. En narraciones como “Límites” y “Desdoblamientos”, la mirada está sobre lo que le sucede al cuerpo de los hombres ¿Cuál es su posición para abordar los cuerpos masculinos?

Realmente cuando escribo no estoy pensando que voy a hacer un cuento de mujeres o de hombres. Estoy pensando en una imagen, en un personaje, me robo una cara de alguien, o el nombre, y de ahí van surgiendo preguntas y momentos que son los que intentan componer el cuento. En ese sentido no es mi interés escribir hombres como un “reto”. Aun así, me parece muy interesante que es más probable que a una escritora se la cuestione mucho más por el género de sus personajes que a un hombre. Si la mujer escribe mujeres a veces se la tilda de autorreferencial, de no poder salir del “género”, pero si escribe un hombre se la cuestiona por no hablar de la experiencia de las mujeres y seguir dándole voz a la hegemonía o por intentar habitar la experiencia que no le es propia. Todo esto lo digo por entrevistas, artículos y críticas que he leído sobre el trabajo de escritoras latinoamericanas. No es siempre la regla pero seguir preguntando el porqué del género de un personaje cada vez es más inútil, es una posición un poco ciega a la idea de la escritura. En sí, me interesan los personajes, sus maneras de existir en y mover una historia.

Usted ha tenido varios procesos de formación; en la academia, en talleres de escritura, pero también una formación como lectora que ha ido cambiando con los años, la cual no desdice de cualquier tipo de literatura o influencias populares. ¿De qué manera ha cambiado su relación con la lectura, desde esos años donde leyó por primera vez Harry Potter o Cien años de soledad, hasta los últimos años, donde se ha cruzado con otras literaturas, de otras escritoras que están vivas como Mariana Enríquez? 

No creo que esta pregunta pueda responderse de una sola manera. Creo que mi relación con la lectura ha ido cambiando en tanto se ha vuelto más intencional. Es decir, en la niñez me leía lo que encontraba en la casa o lo que me regalaban para leer, pero incluso entonces iba desarrollando un gusto lector y pedía que me compraran ciertas cosas como Harry Potter, mitos y leyendas o las historias de Sherlock Holmes. Ahora mi lectura es más intencional, busco específicamente autores, géneros y temas que me interesen y dejo pasar muchas cosas que “debería leer” pero que no están dentro del panorama de preguntas que voy construyendo. Ese panorama siempre cambia, pero sí creo que la literatura y la influencia de lo popular en mi lectura sigue presente en la manera en la que me intereso por temas, por autores y por libros o películas desconfiando mucho de esa premisa de que lo “popular es mala literatura”. Creo firmemente que también lo popular, todo el contenido de consumo masivo que tragué en mi niñez, mi adolescencia y que sigo tragando ávidamente hoy, informan mi escritura, mi mirada y mi lectura. Para mí es tan importante Harry Potter, Star Wars o Friends como Cien años de soledad, Una habitación propia o el Ulises.

Lina Parra

© Santiago Rodas

Volviendo a Malas posturas, el último cuento, que le da nombre al libro, puede leerse como una constelación de las afectaciones que cobran presencia en los demás cuentos. No sé hasta qué punto es un resumen de su historia clínica, y todo lo que ha sufrido su cuerpo ¿De qué forma esas experiencias han influido para saber cuándo algo no está bien puesto?

Es un resumen de mi historia clínica, más que menos. Aunque sigue siendo ficción. Aun así, pensar tanto el cuerpo como ese “lugar” que se tuerce, se daña, se altera, termina por generar una conciencia aguda del propio cuerpo, de saber cuándo algo “no está bien”. Pero también esa conciencia aguda de entender cuando algo no está bien puesto se extiende a la mirada sobre el mundo y sobre los demás. No sé si exactamente sea “saber” si no más bien que la mirada se me va sola y se concentra sobre esos fenómenos de lo anormal, lo desviado, lo torcido, lo enfermo, lo desagradable incluso.

Otro de sus proyectos es la editorial Atarraya, ¿La editorial es una extensión de sus intereses estéticos o apunta a otros lugares?

Las dos cosas. Por un lado no me animaría a publicar y apoyar un texto o un autor que no me interese, pero también es una plataforma más amplia que mis propias búsquedas estéticas.

No aparece usted traccionando las redes sociales o aprovechando las tendencias para ser leída. ¿Cuáles son las motivaciones que le han llevado a tener distancia en esos lugares?

Primero, no creo que tenga muchas cosas interesantes que decir, más que todo pondría memes. No soy buena ni me interesa hacer “marca” de escritora o de figura pública. Lo que tengo para decir, o intento decir, lo escribo. Algunas cosas se publican, otras no. Pero por ahora me interesa escribir más que buscar maneras de ser leída a toda costa. Segundo, no tengo ni la dedicación ni la fuerza ni el interés para “traccionar las redes sociales”, y tampoco sigo realmente a otros escritores. Me interesa mucho más el silencio, y quiero que lo que escribo, si es posible, encuentre sus propios caminos, sin tanto pensamiento publicitario por ahora.

Llorar sobre leche derramada será su segundo libro de cuentos, el cual publicará con Animal Extinto, ahí aparecerán cuentos como “La lista de tus órganos” o “Mensajes al futuro”. ¿Qué cambia en este nuevo libro con relación a Malas posturas?

Cambia todo y nada, no sé. Cambia que son otros cuentos, otras historias, otras preguntas. No cambia que sigue siendo mi búsqueda por una voz en la escritura y es inevitable que se compartan elementos o características con el libro anterior.  Pero también creo que en Llorar sobre leche derramada hay un elemento más desesperanzador, como de impotencia que salió un poco sin que me diera cuenta del todo.

Me gustaría hacer una última pregunta, que no tiene tanto que ver con la tradición sino con el espacio de su literatura, en el ahora, y tal vez en el futuro ¿Cómo ve su literatura en relación a literatura colombiana-latinoamericana que se está escribiendo en los últimos años?

No sabría ubicarme en ningún lugar porque sería dármelas de que estoy al nivel de otras escritoras mucho mejores, aunque sí es verdad que en los últimos años ha habido toda una explosión de las escritoras latinoamericanas, lo que también genera mucha discusión sobre crear esa distinción de género. Que exista ese interés editorial, de consumo y de lectura por las escritoras mal que bien permite que se visibilicen trabajos que de otra manera quedarían en las sombras, o que se diversifique la oferta editorial con el fortalecimiento de las editoriales independientes como contraposición a la dieta un poco árida y conservadora de las grandes editoriales. Me ubicaría entonces más bien en la literatura independiente que está expandiéndose en Colombia.

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