Los hongos y bacterias que habitan los libros

En la Biblioteca Nacional de Colombia hay un cuartito en el último piso lleno de gente obsesionada por los hongos y las bacterias que habitan los libros: de dónde salen, qué comen, cómo se pueden eliminar. Esta es una historia de amor, guerra y conservación.

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De agua vivimos,
de migas de aire.
“Hongos”, Sylvia Plath

H

abría primero que hacer una defensa. Los hongos no saben lo que hacen. O mejor, son obreros perfectos en su oficio, mas no distinguen entre lo que, bajo una mirada humana, es lo correcto y lo que no.

Esta idea es algo así: está bien que el hambre de los hongos y bacterias se devore las islas de basura que ahora invaden el mundo, está bien que funcionen en la infección programada del queso y que crezcan en las montañas si son alucinógenos o comestibles, pero ni por error son aceptados en la piel, en las paredes húmedas y mucho menos en los libros que guardan nuestra historia. Pero ellos no saben nada de esto, cuando se trata de los hongos y bacterias hay que entender su naturaleza ávida y glotona que no diferencia y que va devastando, alimentándose.
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En la Biblioteca Nacional de Colombia saben eso, entienden que, como dice Guadalupe Nettel en el cuento “Hongos”, “Vivir con un parásito es aceptar la ocupación. Cualquier parásito, por inofensivo que sea, tiene una necesidad incontenible de avanzar”. Y es por esto que el Grupo de Conservación creó hace ocho años en el último piso de la Biblioteca Nacional, un laboratorio de microbiología que acompaña los procesos de conservación de las piezas bibliográficas y hace, además, una tarea de puntillismo: toman los microorganismos que están en el ambiente y los objetos que habitan en la Biblioteca y los clasifican, estudian e investigan para buscarles potencial científico e industrial.

Hay contados ejemplos de bibliotecas en el mundo que cuentan con un laboratorio de este tipo; incluso en las más grandes y robustas no existe un espacio dedicado a identificar los organismos que atacan sus bienes más preciados. Las bibliotecas normalmente aplican productos letales a universos que no conocen. Es por esto que los integrantes de este laboratorio son unos rockstars en su materia, porque no solamente utilizan procesos en los que seleccionan el mejor producto de control para eliminar un hongo o una bacteria, sino que estudian y entregan un diagnóstico de cada libro y cada espacio para entender los organismos que están haciendo todo por habitarlos.

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Luz Stella Villalba Corredor es bacterióloga con MSc. en Microbiología Ambiental y con casi veinte años de experiencia en microbiología aplicada a la conservación en instituciones como el Archivo de Bogotá, el Archivo General de la Nación y el Instituto de Antropología e Historia, y es la líder del laboratorio. Ella trabaja con la microbióloga Eliana Pachón y el químico con experiencia en patrimonio cultural Darío Alberto Rodríguez en el primer espacio que uno se encuentra cuando llega al Centro de Conservación de la Biblioteca Nacional. Es un lugar más pequeño de lo que podría pensarse, al que solo se tiene acceso por un ascensor que necesita un operador. Hay incubadora, microscopios, campanas de extracción, pocetas de lavado y una nevera donde se archiva todo el cepario. La mayor parte del espacio es blanco y gris y no huele a nada —ni a alcohol, ni a húmedo, ni a lejía, ni a viejo—, los toques de color los dan los cultivos de hongos y bacterias que están sobre una mesa en placas petri y, claro, los libros o archivos que estén trabajando en ese momento. A pesar de que los cultivos resultan vistosos, los hongos en los libros se presentan normalmente en colores marrón y beige, como manchas o pecas. Bajo el microscopio se ven azules por el tinte que se les aplica para poder observarlos, “estalkearlos”.

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Desde que empezó en 2010 este proceso en la Biblioteca Nacional, han identificado y archivado más de cuatrocientos microorganismos (entre hongos, bacterias y levaduras) de diferentes géneros que han recuperado de los libros y del ambiente de la Biblioteca. Por su lupa han pasado libros importantes como La Biblia del Oso, que fue publicada en 1569, pero el trabajo principal se hace con el fondo antiguo y colecciones como los José Celestino Mutis, Anselmo Pineda, el Jorge Isaacs, el José María Vergara y Vergara, el Rufino José Cuervo, entre otros. Desde que llega un material bibliográfico, independiente de su relevancia o estado, empieza un proceso metódico en el que el libro es sometido a un escrutinio absoluto y minucioso por parte de los científicos que puede durar de ocho a diez días y con el que determinan el nivel de biodeterioro, toman muestras y formulan el mejor producto para dejar el libro fuera de peligro.

Existen tres vías comunes de llegada de los microorganismos a un lugar: por vía aérea, por transportes como los ácaros y por corrientes de agua. Lo más común es que se muevan por el aire y que por gravedad se depositen en un lugar. Una vez sobre el papel, los primeros que atacan, normalmente, son los hongos, pues estos producen celulasas, que se alimentan de celulosa, el material del que está hecho el papel. Los hongos llegan y sacan su arsenal de enzimas y empiezan a degradar como si fueran cientos de tijeritas microscópicas que vuelven más pequeñito el papel, y ahí aparecen las bacterias y las levaduras, colonizadores secundarios, que comen todo lo que el hongo ya ha degradado. Muchas veces los últimos en llegar (bacterias y levaduras) inhiben el hongo para quedarse con todo y a veces trabajan en sinergia.

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El primer paso del proceso de identificación de estos hongos, bacterias o levaduras es pasar por el área de saneamiento, donde se hace un diagnóstico. Allí, con guantes y tapabocas, se estudian los indicadores de biodeterioro: las manchas café o amarillas, o el papel raído, o los parches de hongos comunes en las tapas interiores. Si se detecta que el ejemplar tiene biodeterioro activo, se aísla, se toman muestras, se hacen cultivos y se identifican los agentes que lo están impactando, bien sean hongos o bacterias. En otras bibliotecas es común que se apliquen un par de productos para controlar el biodeterioro, es decir, que prescriban ibuprofeno para todos los males, pero en la Biblioteca Nacional, luego de identificar lo que está enfermando el material, hacen una prescripción de sales de plata, alcohol, amonios cuaternarios, azoles o isotiazolinonas, según el tipo de hongo, bacteria o levadura.

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Una vez se escoge el mejor producto para el tratamiento, se hace el saneamiento puntual aplicando el “remedio” manualmente con algodón, y luego un control de calidad para revisar que no crezca nada más, asegurarse de que se pusieron los límites adecuados para detener la invasión. Pero el proceso no para ahí. El laboratorio de microbiología es solo una parte del Centro de Conservación. Una vez el libro está libre de hongos, bacterias o levaduras, debe pasar por restauración. Allí ponen los faltantes a las cubiertas con tela (ya no se restaura con cuero porque con el tiempo se descompone y empieza a manchar el libro), y reparan las páginas con el papel con el que está construido el libro o papel japonés, pues este no se oxida ni se deteriora ya que está hecho completamente de celulosa. Hay libros y documentos que salen del proceso curados, con arreglos apenas visibles y con cada fibra limpia, pero hay otros con menos suerte que pierden información, pues los hongos afectan lugares donde hay registro. En este caso no puede recuperar la información, pues alterarlo hace que se pierda su valor patrimonial. Y hay casos extremos cuando el deterioro biológico es avanzado y ha degradado el material a tal punto que debe desecharse como residuo de riesgo.

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Además de los hongos que están directamente sobre los archivos, el laboratorio se encarga de monitorear la calidad del aire de cada espacio de la Biblioteca, de saber qué organismos habitan el ambiente y la concentración de polvo que hay en cada uno. Otro de los factores que todo el tiempo están revisando es la temperatura, que, junto con la rugosidad del material, es una de las condiciones primordiales para que el hongo o la bacteria se acomode, crezca y se alimente. Los libros funcionan igual que la piel humana: si las temperaturas son altas, se humedecen, y si están muy bajas, se resecan.

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Con todas las investigaciones y monitoreos que hacen en ambos campos —en el material y en el ambiente— se han identificado los organismos que más atacan las colecciones de la Biblioteca y las formas más pertinentes para combatirlas. Los hongos de géneros como el Penicillium, el Aspergillus y el Cladosporium, las bacterias de género Bacillus y levaduras como la Rhodotorula son los más comunes que se encuentran sobre el soporte. En el ambiente, la diversidad es mayor y allí es común encontrar hongos dematiáceos, que producen pigmentos como las melaninas que tenemos los seres humanos y que les ayudan a protegerse de los rayos ultravioleta, del estrés, la sequedad. Este tipo de hongos, por ejemplo, producen antibióticos o agentes repelentes que una vez aislados pueden tener aplicabilidad en la industria farmacéutica y alimentaria.

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Así como los pigmentados, mucho hongos, bacterias y levaduras que habitan en la Biblioteca Nacional tienen cualidades que pueden ser usadas en los campos científicos e industriales, y encontrar este tipo de cualidades en los microorganismos es gran parte del trabajo de Luz Stella y su equipo: “Investigamos el cepario para ver el potencial riesgo que tienen para las colecciones, pero también para ver el potencial enzimático de cada microorganismo, y para ver el poder de degradación que tienen las enzimas. Una vez aislamos esta información podemos ver si tiene una aplicabilidad”. Por ejemplo, hay hongos que producen enzimas que pueden usarse para desarrollar detergentes, e incluso pueden ser útiles para la biorestauración, que es usar los mismos microorganismos para regenerar materiales que han sido afectados.

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En la actualidad, el laboratorio se encuentra haciendo un catálogo de todos los microorganismos que han identificado con el fin de hacer alianzas académicas que puedan potenciar el conocimiento que están generando.

Otro de los intereses del laboratorio es que se entienda que estos organismos están comiendo libros porque les toca, porque su función es la de degradar, y sin ellos estaríamos llenos de basura. Por eso es importante, afirma Luz Stella, entender la diferencia entre biodeterioro y biodegradación. Los hongos cumplen una función ambiental sustancial como degradadores primarios del universo. Si ellos no existieran, estaríamos rodeados de basura. Pero ellos no saben la diferencia entre lo que es o no patrimonio, y es por eso que cuando impactan bienes de relevancia histórica u objetual, se llama biodeterioro.

Y es así, como muchas veces, y sobre todo en una biblioteca que guarda en sus paredes nuestra historia, el mayor enemigo no es el paso del tiempo, ni el olvido, sino los hongos, que no saben lo que hacen.

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separadorFotos: Erick Morales

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