La lista de tus órganos

La anatomía de los afectos es cuidadosamente diseccionada en este cuento de una autora antioqueña. El relato fue tomado de la antología ‘Cuerpos’ e ilustrado para Bacánika.

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engo en mis manos la lista de tus órganos. Los que serán donados. Paso los ojos por cada uno y es como si los viera dentro de tu cuerpo, aunque en realidad no los he visto jamás. Y si caminara hasta la habitación donde estás ahora, en la que está tu cuerpo inmóvil y desnudo sobre una camilla de metal, y si pudiera abrirte y asomarme dentro de ti y verlos, a tus órganos, sé que no me sorprendería porque ya me los sé de memoria. Un par de doctores me miran mientras reviso la lista. Se nota que están apurados, que quieren la autorización para llevarse los órganos, pero no son capaces de manifestar su afán ante mí, que estoy de luto porque acabas de morir. No sé realmente por qué necesitan que dé el visto bueno, se supone que ya te habías registrado como donante, que ya todo estaba aprobado, pero heme aquí con el papel entre las manos y la lista en el papel y los doctores vestidos de doctores; uno más serio, más clásico con gorrito quirúrgico verde hospital, mientras que el otro lleva un gorrito de muñecos coloridos, porque debe ser pediatra y espera algo dentro de ti para sacarlo y meterlo en un niño.

Imagino el tamaño de tus órganos, tus órganos adultos, metidos en el cuerpo de un infante. No sé si se podrá hacer. Cómo le quedaría a un niño de siete años tu corazón, que conservaste perfecto hasta la muerte, cual si no lo hubieras estrenado. En lugar del papel con la lista veo una mesa de cirugía y sobre ella el pecho abierto de un niño y dentro del pecho tu corazón enorme. Es que tu corazón tiene que ser enorme, musculoso. Y el órgano palpita por primera vez dentro del pecho del niño, pero ya no cabe nada más y los doctores no saben cómo cerrarlo.

Me arden los ojos, les entrego la lista a los doctores que zapatean impacientes. Digo que sí, que claro, que esos son los órganos, que ojalá todo salga bien. Me siento en la sala de espera, aunque me dicen que me puedo ir, que ya moriste, lo que resta es sacar los órganos y luego arreglar el cuerpo. Pero yo me quedo porque quiero esperar y esta es la sala para eso. Ojeo una revista de chismes de famosos, los conozco a todos, estoy enterada de los pormenores de sus vidas famosas y me asqueo un poco de que los estantes de mi cerebro estén rellenos de esos datos inútiles, pero no dejo de leer. Me gusta sobre todo enterarme de las familias reales, como a ti. Esa idea de la realeza, tan alejada de nuestra vida de clase media, es algo irresistible. Los vestidos de las princesas, los sombreros horribles de las reinas, los palacios, los escándalos tan inocuos pero tan reveladores, los amoríos, las drogas, la anorexia. Sobre todo el desconocimiento, no saber qué es verdad y qué es chisme, no saber qué comen en un día normal, de qué hablan, si alguna vez han ido a un mercado, si saben cuál es el precio actual de un kilo de papas. No saber es lo que me gusta, lo que nos gustaba. 

Esta revista que leo tiene un reportaje especial sobre los miembros más jóvenes de las familias reales de Europa, las nuevas generaciones. Miro las fotos y trato de imaginarme cómo se moverán esas personas tan bellas y estáticas. Pienso en los órganos que funcionan dentro de sus cuerpos reales y me pregunto si serán iguales a los nuestros, a los que seguramente ahora los médicos sacan con premura y delicadeza de tu cuerpo; o si serán diferentes, los órganos reales, de sangre azul y carne negra.

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La última vez que te vi ya habías muerto y tu piel no era tan blanca como la mía, estaba más bien gris. No era tu piel suave, incluso después de tantos años, más suave que la mía y más blanca. Cuando te vi así, recordé las venas de tus brazos y de tus muñecas, las mismas que se traslucen bajo mi piel, azules y bien delineadas. Recordé oír de tu boca por primera vez lo de la sangre azul. Me dijiste que éramos de sangre azul, porque te gustaba apelar a una idea de la alcurnia que está tristemente instalada en la conciencia colectiva de nuestra familia. Eso de que descendemos de los españoles, eso de buscar nuestros apellidos en los árboles genealógicos y conocer los orígenes de las familias y los escudos de armas. Eso de mirarse la piel y las venas y decir, aunque solo en chiste, que descendemos de los españoles, como si ellos fueran mejores, como si fueran tan buenas personas.

Todos los jóvenes del reportaje de la revista son blancos y rubios. Seguro que si uno se acerca con un buen lente, tienen la piel tersa y debajo se traslucen sus venas azules, como las nuestras. Pero resulta que todo el mundo tiene las venas azules o, más bien, que nadie tiene las venas azules. O que, como en las ilustraciones de anatomía del colegio, las venas son azules, pero las arterias rojas. 

Tu cuerpo ahora debe estar abierto como una flor carnívora, como uno de esos dibujos anatómicos y esquemáticos de los libros, mostrando los órganos de la lista en un orden impecable. Pero no podría señalarlos uno a uno, aunque me los aprendí de memoria, porque al asomarme adentro de tu cuerpo vería solo carne, sangre, tejidos. Los cuerpos son caos, no son discernibles a simple vista como el muñeco desollado del libro de Biología. No son higiénicos ni secos ni tienen espacios vacíos. 

Entonces tu cuerpo se siente ajeno, y me asusta no poder conocerlo, no poder señalar en él los órganos de la lista. Y me asusta luego no saber quiénes irán por ahí con tus órganos adentro, como si fueran de ellos y no prestados. ¿Será que si me los cruzo en la calle los reconoceré? Claro que no. Así no funciona la ciencia, y tú hiciste esto en nombre de la ciencia. Por la ciencia. Aunque creo que lo de la ciencia más bien lo dijo el papá, cuando señaló que ser donante era ayudar a la ciencia, como si la ciencia fuera algo o necesitara ayuda. Y tú dijiste que sí, que así por lo menos evitabas que alguien más muriera y no se desperdiciaban tus órganos buenos. Lo que quede de mí lo siembran en la finca, dijiste luego. Solo que ahora no se puede porque tampoco hay finca. Le van a construir una carretera por encima. Una retroexcavadora va a arrasar con tus matas, las que tanto cuidaste. A la casa de la finca le va a pasar lo mismo. Mientras tanto, a tu cuerpo lo escarba la ciencia para salvar otras vidas, aunque cabe la posibilidad de que sean tan tuyos tus órganos, medio repelentes y distantes como tú, que sus nuevos dueños no los asimilen. 

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Me canso de las miradas de las enfermeras que, desde su escritorio, me juzgan porque no me he ido y les ocupo las sillas: una para mí, otra para mis pies y otra para mi morral y mi chaqueta. La enfermera jefe se acerca y me informa que ya terminaron de remover todos los órganos viables, que ahora tu cuerpo quedará en manos de la funeraria que lo arreglará para el velorio. Me recorre la cara con sus ojos chiquitos y me dice que tengo muchas ojeras, así, de frente, que seguro estoy muy cansada, que por qué no me voy. Claro. Qué más me voy a quedar haciendo aquí, me duele la espalda. 

Dejo las sillas y me dirijo hacia la salida, pero antes de llegar volteo a la derecha y me meto en la cafetería del hospital. Me siento a tomar un café, no compro nada de comer, todo tiene queso y yo soy intolerante a la lactosa. Pienso en la lista de tus órganos, en tu estómago que toleraba todo, en tus pulmones limpios, incluso después de que respiraste tantos años en esta ciudad. Pienso en tu hígado tan conservado, como si fuera de una mujer mucho más joven, porque nunca tomaste, o si tomaste fue apenas una cerveza de vez en cuando. En tus últimos años hubo más cervezas, porque descubriste las artesanales y las que yo te traje de Europa. Entonces tal vez el hígado no esté totalmente limpio, tal vez tenga una que otra cosita, pero estaba en la lista de tus órganos, aprobado, ya seguro en una loncherita congeladora camino a alguien que lo espera. 

El papá te miraba con desaprobación cuando tomábamos cerveza en las noches de la finca, tú con ruana, aunque no hacía frío. Te miraba pero no decía nada, porque qué iba a decir, si tú disfrutabas la desaprobación. Una de esas veces nos sentamos en el borde de la piscina con los pies en el agua, era de noche como ahora que miro por los ventanales de la cafetería las luces de los taxis que dejan y recogen gente en la entrada del hospital, y esas luces son un poco como los reflejos en la piscina esa noche. Nos tomamos dos cervezas belgas que compramos en un supermercado que traía cosas importadas, mientras el papá leía en una hamaca. Con el pie sentí algo frío y sólido. Alumbramos con una lámpara el agua oscura y vimos un sapo muerto flotando cerca del borde. Algunos animales llegaban a morir en la piscina, buscando agua se encontraban con cloro. Lo saqué con la mano y lo miramos. Quedó bocarriba, la panza pálida y las extremidades extendidas sobre un charquito de agua. 

Acabo de tomarme el café que ya está frío y la imagen de ese sapo se me confunde con la tuya. De repente estás en una camilla metálica, bocarriba, con las extremidades extendidas y la panza blanca y distendida. Te abren y te escarban y yo miro desde arriba como si fuera una  cámara o un alma de las que quedan flotando en el quirófano. Qué venas tan azules, señala uno de los doctores. Qué anatomía tan ordenada, responde el otro, y te ves igual que los dibujos de los libros, esquemática y llena de espacios vacíos. Una de las enfermeras admira tu páncreas muy ibérico, tu piel muy digna. Esta señora debe ser de alcurnia. Apareces en una revista, en el matrimonio de alguna princesa, usas un sombrero grande, ridículo y tomas cerveza belga aunque no sea bien visto en ese tipo de eventos. Luego estás vacía, desinflada, solo queda el forro. Todos somos eso, un caos de tripas metido en un forro. Tu caos ya fue diseccionado, separado y reciclado para otros. Seguro ahora los de la funeraria están rellenando tu forro quién sabe con qué. Quizá con algodón blanco, como si fueras un cojín o un sapo disecado. 

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El papá se fue del hospital hace tiempo. Necesitaba dormir, pero yo no quise acompañarlo. No fui capaz de dejarte, como si aún fueras algo. En una de las mesas cercanas a la mía alguien olvidó una revista de chismes: Vanidades. La ojeo pero no hay nada sobre la realeza ni sobre ti. No importa, la sigo leyendo. 

Mañana en el velorio va a estar el papá junto al féretro y tú adentro, rellenita de cosas que están ahí para reemplazar la solidez de tus órganos. Haré la lista en mi mente mientras las tías rezan los rosarios y la gente come empanadas y toma aguardiente. Diré como un mantra la lista de tus órganos: corazón, pulmones, riñones, hígado. La voy a repetir como si fuera otro rosario, pero no te miraré porque no podré sino ver al sapo de la piscina que ya no estará, ahora que van a derribar la finca y así abrir paso a carreteras de doble calzada para traer más productos al interior y sacar más productos al exterior del país, y van a tumbar más bosque, que es lo contrario al progreso, es caos, naturaleza, como tus órganos enmarañados y para nada ibéricos ni dignos, que ahora deben estar por ahí metidos en otros pechos, en otros torsos, en otros vientres, luchando la lucha de la vida incluso después de muertos, tratando de no ser tan repelentes, de que las células de esos otros cuerpos no los rechacen. El progreso y la ciencia salvan vidas. No son triviales como la realeza o ficticios como la sangre azul. 

Miro mi mano abierta y vacía, y en ella puedo ver tu corazón latiendo. Voy a la recepción del hospital. Quiero preguntar uno dónde se inscribe para donarle el cuerpo a la ciencia. Cómo así, niña, me dice la recepcionista medio dormida. El cuerpo, todo entero, lo quiero regalar a la ciencia para que haya progreso y carreteras y la gente no se muera por enfermedades. Quiero que mis órganos los usen otras personas, que mi cuerpo sirva en clases de Anatomía en la Facultad de Medicina, y que luego conserven mi osamenta colgada de un gancho en algún salón de Biología. La recepcionista no me entiende, ni yo misma me entiendo. Tengo en mis manos la revista de la cafetería como antes tenía la lista de tus órganos. La enrollo y me la meto bajo el brazo, en un gesto que me es ajeno pero que he visto en otros y que ensayo, porque de ahora en adelante ensayaré puros gestos nuevos, los gestos de alguien que ya no tiene mamá, o de alguien que tiene la mamá desperdigada en pedazos dentro de los cuerpos de otros. Voy a intentar dormir un poco antes del velorio. Tal vez en unos meses una señora junto a mí en el metro traiga puestos tus riñones. 

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‘La lista de tus órganos’
Cuento de Lina María Parra Ochoa
Tomado del libro ‘Cuerpos’
Editorial Seix Barral
Colección Biblioteca Breve
280 páginas

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Stickers e intervenciones en muro y papel.

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