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La cerámica pop de El Santo

En el corazón de Palermo, en Bogotá, un artista cartagenero transforma el barro en obras de una fuerte carga política. Su exposición Divas y diatribas nos confronta con la sexualidad, la cultura y la memoria.

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Sergio Ferro, El Santo, llegó de Cartagena a la capital hace más de una década y, desde entonces, ha estado trabajando en torno al barro para dar forma a una serie de obras de influencia kitsch con las que reflexiona sobre la cotidianidad de la cultura que lo rodea, honrando la memoria de activistas y actores trans de Bogotá o intentando descubrirse en medio de este material dúctil a través de sus manos: quién es, qué le gusta, qué determina sus apetitos, cuáles son los lugares que signan su habitar en la urbe. Hace poco, en el espacio de arte contemporáneo Salón Comunal, El Santo presentó su última muestra individual titulada Divas y diatribas, una colección de piezas cargadas de detalles minuciosos trágicos y cómicos en los que se desnuda desde el barro para contar la historia de sus afectos y, en el proceso, ofrecernos nuevas formas de juzgar y entender la cultura, la sexualidad y la memoria.

“Yo no sé si yo llegué a la cerámica o la cerámica llegó a mí. Por más cliché que se escuche, yo creo que la disciplina me atrapa a mí en el camino en un punto. Ese punto empieza cuando tomo una electiva en la universidad Jorge Tadeo Lozano de Cartagena y luego cuando me vengo a Bogotá y por casualidad me hago amigo de muchos artistas, entre ellos había uno que hacía cerámica”, explica el artista. Es en la efervescente escena artística de Bogotá que Ferro empezó a colaborar con varios creativos independientes para construir su identidad desde el barro, un ejercicio en el cual el despliegue de su imaginación colinda con reflexiones políticas y sociales que le han dado un diferencial a su propuesta. En este sentido, la idea de lo colectivo y lo asociativo es parte de su proceso creativo desde el primer momento. “Juntos formamos un colectivo de arte que tenía como corazón la cerámica. Desde esa época estoy haciendo y trabajando con el material sin parar. Una vez uno entra en contacto con el barro es muy difícil no enamorarse. Muy, muy difícil”.

Divas y diatribas es una muestra monumental que recogió la creación reciente del Santo, una colección de mementos personales que dialogan con su experiencia en la ciudad, las reflexiones que ha formado desde que empezó a habitar una ciudad para pocos conocida: la de la noche, la comunidad LGBTIQ+ que tiene un peso simbólico en su obra y la relación fraternal con varios artistas y personajes del circuito artístico que lo han ayudado y lo han visto crecer como creador. “Me interesa mucho lo cotidiano, las cosas que nos pasan, las cosas que uno escucha, cómo la gente se relaciona hoy día”, explica. “Por eso también el juego con los íconos, las divas y las heroínas. ¿Quiénes son las heroínas?  ¿Por qué esa obsesión también desde lo maricón?”, añade, mientras empieza a recorrer el espacio y presenta su variada producción, que es a veces irónica y mordaz y otras veces cruda y visceral. Muchas de estas piezas son producto del aislamiento, del dolor de la distancia simbólica que planteó la pandemia, cuando nos separaban kilómetros de angustia y miedo de nuestros habituales.


Los símbolos de la cultura pop presentes en su obra van desde memes en platos de cerámica hasta divas de los filmes de Almodóvar en el mismo formato. Recorrerla minuciosamente resulta apabullante. 

El Santo es un artista obsesivo que juega con todo lo que su ávida mirada captura en sus recorridos urbanos, con todo lo que escuchan sus atentos oídos, con todas las conversaciones que sostiene con colegas y amigos. En ese sentido, la cerámica es una excusa emocionante que le permite crear, conectar con los procesos alquímicos de su solidificación y oxidación, un juego de negociaciones con el material y sus procesos. “Lo que atrapa mi atención es la complejidad del material. Y la complejidad de todos los procesos cerámicos. Esto encierra un trabajo y procesos que me gustan muchísimo y se conectan con un lado en el que soy como un obrero del material. Eso me gusta muchísimo”, explica. “Creo que eso llama mucho mi atención y de entrada es como lo que me atrae de la cerámica, la nobleza que tiene, el misticismo que encierra, que estén involucrados todos los elementos, la fragilidad que posee y su transformación, ese poder de ser tantas cosas y de ser un material tan resistente al fuego. Toda esa complejidad me encanta”, añade entusiasmado. Y sus ojos brillan como los esmaltes cristalizados sobre el barro duro.  

Después de tanto tiempo trabajando con sus manos la arcilla húmeda, una de las primeras prácticas artísticas de los pueblos una vez creyeron dominar el fuego, El Santo ha aprendido a negociar con la materia prima de sus creaciones. “Creo que no nos movemos tanto en el azar, como sí nos movemos en procesos que son mucho más fuertes que nosotros, como las quemas, y la manera como reaccionan los materiales ante el fuego”, comenta sobre la intervención de la fortuna en los resultados finales. “Pero, de alguna manera, sí que tenemos claras algunas cosas. En mi trabajo yo siempre estoy abierto, ¿sabes? En mi trabajo trato de estar muy atento a los resultados que el material me ofrece para incorporarlos en mi obra, antes que descartar, lo asimilo y asumo que es el resultado del fuego. Intento pensar de qué manera dialoga con lo que quiero, de qué manera lo puedo comunicar”, añade.

Toda esta sensibilidad y el acto espiritual de construir piezas de barro le ha permitido dar forma a piezas cargadas de un profundo sentido político, en el que sus pasiones, sus luchas y sus dolores se cristalizan en piezas con un sentido decorativo y doméstico que es casi una inserción disruptiva en la mentalidad familiar, burguesa, de la sociedad capitalina. “Los retratos de personajes de Almódovar están porque él es un ícono gay, pero yo quiero ir un poco más allá, preguntarme de ¿dónde sale ese deseo maricón de él con sus protagonistas y del público con él también?”, comenta mientras se riega sobre cada una de las protagonistas de las películas del director español. “Siento que fue muy valiente de su parte ser abiertamente gay en el momento del post franquismo, aunque estuviera la movida madrileña. Es una reflexión también sobre estos personajes femeninos y su relación con el machismo. Es un humor muy maricón, por eso lo quise como meter, porque siempre está hablando desde una diversidad. Mostrar esa obsesión de los hombres con las mujeres, eso es claro, que nosotros tenemos una fijación hacia ellas y ellas hacia nosotros. Yo me siento violentado por el machismo desde que soy un niño, pues hay un deber ser del hombre desde la cultura. Yo no salí clóset. Ese es un privilegio para algunos, el poder tener una doble vida. Yo vengo de una familia clase media-pobre, con un papá que desde temprano estaba preguntando ‘¿Dónde está tu novia? ¿Por qué caminas así?’. Todo eso desemboca aquí. Aunque no quiera hablar de eso, sale en mi trabajo”, añade, recordando un momento de su vida en el que pudo sentarse a hablar con Carmen Maura, una de las musas de Almodóvar, sobre su sueño de montar un taller de cerámica.    

Yendo más allá, El Santo ha empezado a trabajar con objetos cotidianos para explicar dinámicas complejas dentro de la ciudad que habita, que no siempre es el espacio más seguro. Este es el caso de la serie Transmemoria, inserta entre la disposición de mobiliario del resto de la muestra. “El proyecto nació de un trabajo con la red comunitaria trans y yo hice estas baldosas para honrar la memoria de chicas trans que han sido asesinadas en el barrio Santa Fe, en su mismo territorio, por diferentes motivos”, explica sin tragar saliva. “A nosotros nos invitaron a la marcha del orgullo trans y allí establecimos contacto con ellas. En la marcha del orgullo ellas recorren los lugares donde han sido violentadas y asesinadas, que coinciden con sus lugares de trabajo. Hay algo muy interesante en esta rebeldía y esta fuerza que se siente al pararse frente a una sociedad y decir ‘Pues sí, ¿y qué?’. Con las chicas se siente muchísimo esto y te contagia. Luego diseñamos las baldosas y las pusimos en la calle en una acción que ellas llamaron poética-puteril. El proyecto ha evolucionado. Cuando una amiga fallece les regalo a sus amigos una baldosa. En un país como Colombia no es tan difícil buscar muertos”, añade mientras recuerda a Lady Zunga, una artista multimedia que fue su amiga y quien se suicidó hace un par de años en Bogotá y que tiene una baldosa especial en medio de Divas y diatribas.  


Adicionalmente a estas obras con una carga de género más evidente El Santo también preparó una exposición de sus discos favoritos, que representó en forma de vinilos en la mitad de la sala de la galería. La banda sonora de mi vida, que es el nombre de la serie, recrea vinilos de Björk, Madonna, Spice Girls, Lana del Rey, Alaska y Dinarama y Aterciopelados. Son álbumes que de alguna manera marcaron la trayectoria emocional de Ferro y canciones que a vece se reproducen en su taller de Palermo, en el que también dicta clases particulares. Por ejemplo, así presenta el cartagenero explica en la ficha técnica la importancia personal que lo une al Homogenic de Björk: “Homogenic es el tercer disco en solitario de Björk, publicado en 1997. Pero yo logré escucharlo completico en 2002 cuando un vecino que tenía internet me lo descargó y vendió por dos mil pesos. De hecho, en esa época Cartagena era de pocos, y yo un HUNTER esperando ser cazado, mirando al mar, buzando los colores del atardecer, esperando que se derramaran en mí y Brillar…. solo, siempre solo”.

Divas y diatribas tiene su origen en El Santo Taller de Cerámica, ubicado discretamente en una casa del barrio Palermo, un sector históricamente tradicional de la capital. Allí, El Santo produce sus piezas particulares, conforme enseña a alumnos que vienen de distintas disciplinas y con distintas narrativas como su parte de su carga identitaria. “Este oficio, esta disciplina, me enseñó a enseñar. Y eso es algo que me hace ser mejor persona. Siento que, además, quiero más a la gente desde que soy profesor. Porque yo pensaba que la gente no era chévere. Cuando empecé a enseñar, comencé a conocer a estas personas tan increíbles que le dieron sentido a mi trabajo, que pagan por mi trabajo, que vienen a escucharme y a compartir lo que sé”, comenta emocionado. “Eso te pone a ti en un lugar súper bonito, energéticamente. Tú lo sientes, porque los estudiantes se van felices, quieren volver, no se quieren ir. Los estudiantes pasan de ser extraños a ser tus compañeros de trabajo, a ser tus amigos y, en un punto, de una manera muy silenciosa, se convierten en tus confidentes. Aquí hablamos de cosas que no hablamos con nadie más y que nunca más las discutimos. Nos desahogamos y sentimos. Para mí eso no tiene precio”, complementa sobre el espacio que construyó con parte de los dineros de una beca que recibió de algún país de Europa que tenía un enfoque de género diferencial.

Así, El Santo enseña y aprende de su oficio de manera constante. “Casi que el material todo el tiempo te está enseñando a pensar que no eres tú solo y que no se trata de un asunto de poder. Porque, en ese sentido, lo tendría él. Porque es un material ancestral, porque tiene muchos secretos”, comenta, sin forzar la inflexión de su voz, hablando con naturalidad. “Cuando uno entra a trabajar el material, entra en contacto con todos esos secretos. Si tú te suavizas, él se suaviza. Si tú lo tratas bien, él te trata mucho mejor, que te va a mostrar el resultado de lo que tú hiciste. Es una relación constante que te aleja precisamente de eso que es el ego creativo. Transforma la creación en una acción súper poderosa constructiva. Y de ahí puede ser muchas cosas más bellas: la cerámica puede ser terapéutica”, explica. Por ello, y no en vano, una de las series más interesantes de su muestra parte de su experiencia con alumnas diversas de su taller. “Esta serie me gusta mucho. Es un homenaje a mis estudiantes mujeres y se enfrenta con el tema de lo femenino, es un tema que me interesa mucho porque es una cuestión que siempre me ha interesado desde chiquito. En un punto uno se enfrenta con el problema de lo femenino, empieza a preguntarse qué significa lo femenino”, dice sobre unos retratos sobre platos esmaltados en los que dibuja a sus estudiantes que han padecido experiencias particularmente traumáticas por la cultura machista.


En sus piezas de barro, El Santo se descubre y se reinventa, se conoce y se transforma, se disfraza de esmaltes policromos. Es un ejercicio de catarsis y de reflexión y Divas y diatribas, su última muestra, lo encuentra celebrando todos aquellos elementos que lo hacen una persona única. Sus obras son un entramado simbólico cargado de referentes de la cultura pop en el que películas, canciones y personajes del jet-set dialogan con los amigos más cercanos del artista cartagenero, con sus miedos y frustraciones, con sus más hondos anhelos. “Creo que llevamos muchísimo más allá ese saber cuando lo usamos en nuestro tiempo, aprovechando todas las cosas que hoy en día tenemos: mucha más tecnología y un ambiente social y cultural completamente diferente. Por eso me gusta indagar sobre lo que sucede a mi alrededor y sobre lo que sucede en mi cotidianidad”, concluye El Santo, sonriendo.

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