Juegos callejeros

Nuestra infancia se puede resumir en cómo nos divertíamos. En Bacánika nos gusta ponernos nostálgicos y recordar esas épocas en las que un juego parecía todo lo que sucedía en el mundo.

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En este clásico –que en otro lados llaman rayuela– se evidencia la destreza, talento y creatividad de los niños. El asfalto era un lienzo donde pintábamos nuestras aventuras; calles de la cuadra, del colegio, pintadas a punta de tiza con numeritos y ¡a buscar piedritas para trazar el recorrido! Había ciertas reglas, aplicadas a todo participante, una era saltar “en un piecito” –un pie levantado–; otra, no pisar las rayas que se trazaban, ni los cuadritos donde la piedra había caído; la última, era recoger la piedrita dependiendo del número y posición en la que se encontraba el participante, para al final llegar a dos destinos –cielo e infierno– donde hacíamos el giro más arriesgado de todo el juego y sobrevivíamos, triunfábamos y volvíamos a esperar el turno. Era uno de los juegos más bonitos e inocentes, terminábamos con las manos llenas de tiza y un pie más dormido que el otro, pero éramos felices. Supera esto, AppStore.

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Juegos02

A pesar de lo doloroso, también era muy divertido: se reunía un grupo y había un ponchador que, con una pelota (preferiblemente de caucho o de letras), golpeaba tan fuerte como podía a cualquiera que se atravesara por su camino. El que era ponchado debía salir del juego. Era el Terminator de los juegos: terminábamos con brazos, piernas y rostros rojos, con balonazos marcados en la piel, y con tanta euforia corriendo por nuestros pequeños cuerpos que, la verdad, no añoramos para nada el CrossFit.

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Juegos03

Típico juguetico de las fiestas infantiles. Si usted era osado, podía tomar de a tres juegos en una sola recolecta, en la que como fieras nos lanzábamos por las sorpresas de la piñata, esas fiestas que eran acompañadas por canciones como “¿Quién rompe la piñata?” y “Los enanos sí bailan”. Luego de tener el Jazz, era el momento del juego: con una sola mano había que lanzar la pelota, tomar por rondas uno tras otro Jazz –esos asteriscos de plástico– antes de que la pelotica cayera de nuevo, y ganar dejando el suelo vacío y las manos llenas. Lo mejor eran los colores, fosforescentes como ellos solos.

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Si podemos definir la adrenalina infantil en un momento, probablemente sería este juego. Pocos planes eran tan divertidos como molestar a nuestros vecinos timbrando en sus casas y salir corriendo para que, al abrir la puerta, se encontraran con la sorpresa de un panorama vacío. Gozábamos escapar después de encendernos con el timbre, era valentía y osadía pura, casi una forma de vandalismo. En ocasiones, el jueguito podía verse afectado por alguna vecina que tiraba agua desde el balcón o por el avispado que estaba en la puerta y salía a maldecir la diversión. 

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No podemos asegurar que sea una invención colombiana, pero no tenemos referentes de otros países. Las tapas de gaseosa eran una fuente de premios que uno nunca reclamaba –excepto cuando se trataba del clásico “Ganaste una bebida gratis”–, pero también eran muy útiles para este juego. Ahora, si alguien sabe por qué se llama así, agradecemos que nos lo haga saber. Era el béisbol aficionado combinado con jenga, para que lo entiendan las generaciones más jóvenes. Y tocaba correr, tener puntería y agilidad. Se trata de dos bandos que pelean a muerte mientras uno destruía la torre hecha con tapitas del otro equipo valiéndose de una pelota de caucho. Defendiéndose con palos haciendo las veces de bates (no para golpear al rival sino para evadir la pelota), este fue nuestro primer acercamiento a la sociedad en la que unos destruyen y otros trabajan para que no destruyan. Más de una vez terminaron vidrios de los vecinos rotos por culpa del famoso yermis.

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Aún nos faltan muchos más juegos que acompañaron nuestra niñez; si le gustó esta corta lista o le hizo recordar su infancia y quiere aportar otro juego, siga con todo gusto.
 

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