Preservar o morir: una colección colombiana de fanzines

Guardar fanzines en una biblioteca es más común y necesario de lo que podría parecer. Apostarle a su conservación es apostarle a la trascendencia de sus mensajes, sus procesos técnicos y los momentos culturales que manifiestan.

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Mientras el país se iba a la mierda, el punk hizo erupción”. Esa frase está en la página número nueve del fanzine Refractarios: ruido y fotocopias, junto a un collage que mezcla textos con el esqueleto de un lector vestido de traje. El autor es Marco Antonio Sosa, un “punk tercermundista” que vio “la necesidad de hablar desde su orilla, de sacudir al mundo con estruendosos fanzines provenientes de las cloacas”. Sosa también está detrás de esas dos últimas frases, solo que no las utilizó para hablar únicamente de sí mismo, sino para referirse a quienes, entre 1983 y 1991, presenciaron y participaron del nacimiento del punk (y de los fanzines) en Colombia.

Sosa es el fundador de La Valija de Fuego, una editorial y librería independiente que, entre cerveza, calcas y libros de segunda, le rinde culto al fanzine y a todo lo que se edite de manera autónoma y “fuera del radar”.
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Ese culto, o más bien, a lo que se le rinde culto, no tiene forma. Como bien dice la Biblioteca Pública de Nueva York, que tiene una fanzinoteca con más de 136 títulos, los fanzines son más fáciles de describir que de definir. Para Sosa son apuestas personales o colectivas donde prima la recursividad: recortes, papel reciclado, fotocopias y grapas. En tanto permitan que el fanzine difunda su mensaje, los medios de producción pueden ser tan sofisticados como las habilidades y el bolsillo del autor lo permitan.

Si en Colombia hay fanzines desde los años ochenta, y si cada autor busca y logra sus propios medios para decir lo que piensa, tiene sentido asumir que en el país se han curtido, a punta de hacer fanzines, manojos de autores, editores, diseñadores e impresores. Tiene sentido asumir también que el fruto de su trabajo es vasto y valioso, y que merece conservarse y estudiarse.

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La Valija de Fuego es la consecuencia de un fanzine: el primero que hizo Sosa, cuando estaba en el colegio, en 1993. Como muchos, él entró al circuito de la edición independiente a través de estas publicaciones, y ahora actúa como un nodo más en las redes de complicidad que facilitan la producción de fanzines en Colombia y el mundo. De unos años para acá, Sosa ha utilizado esas redes para otro propósito: recolectar fanzines para sumarlos a la fanzinoteca de la Biblioteca Nacional de Colombia, que al momento de escribir esto, rondaba los 124 ejemplares.

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La cifra no es muy alta —los fanzines apenas ocupan un par de contenedores en las repisas de la Biblioteca— pero sí alentadora: hay fanzines de música, otros que le hacen guiños al cómic y algunos hechos solo por mujeres. También hay algunos que llevan años circulando en Colombia, como ETC y Chirriando, de Ambidiestro; Ficciorama, de Boris de Greiff, y Fuego, Sin Imagen y Fanzinoteca del rock, de La Valija de Fuego. ¿Nuestro recomendado? El primer volumen de Punk Zine. Su portada está adornada con una foto(copia) de Diomedes Díaz y la frase “God save the king, he ain’t no human being”.

Sosa aceptó la misión de convencer a los fanzineros del país de que donar sus fanzines a la fanzinoteca (ojo al trabalenguas) no implicaría “institucionalizarlos”, como dice él. La idea no es que estas publicaciones reciban el mismo tratamiento que un libro o una publicación periódica, sino que sus dinámicas se respeten y que la Biblioteca aprenda y se adapte a ellas: si le echa un ojo al catálogo de la Biblioteca (abajo le contamos cómo acceder a él y consultar la colección de fanzines), se dará cuenta de que muchos fanzines no tienen autor o editorial y que sus títulos no cumplen con todas las normas de la Real Academia Española. Igual hacen parte del catálogo, y del patrimonio impreso del país.

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Según Sosa, engrosar las filas de la fanzinoteca contribuye a “dejar de entender los fanzines como una publicación adolescente” y a reafirmar que son de “gran valía para el patrimonio cultural”. Además, es un espaldarazo a la cultura de la autopublicación y reconoce el trabajo de esos “saboteadores culturales” que no se complican a la hora de lanzar mensajes al mundo.

Para la Biblioteca, la fanzinoteca puede traer nuevos vientos. Camilo Páez, coordinador de colecciones y servicios de la institución, cuenta que la Biblioteca ya había empezado esa tarea en 2015 con los murales que los artistas urbanos Erre, Lesivo y Toxicómano hicieron en el salón central del edificio para la exposición que conmemoraba los 250 años del nacimiento de Antonio Nariño. “El público de investigadores y académicos está copado. Ellos saben que existe la Biblioteca, pero son un porcentaje mínimo de la ciudadanía. Entonces, ¿cómo llegar a otros públicos?”. La fanzinoteca, que también tiene su cuota de irreverencia y trasgresión, es una estrategia similar.

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En Refractarios, el fanzine con el que abrimos este artículo, Sosa habla de las redes de fanzineros que se crearon incluso cuando no había internet ni celulares (él dice “la intranet punk”) y de la “necesidad imperante” de comunicar que tienen “aquellos que salimos de la dinámica convencional”. Aún así, no ignora que para muchos fanzineros reinaba la “lógica de no prevalecer”, y que mucho de lo que produjo el punk a finales del siglo pasado se perdió por su cuenta. Con la fanzinoteca no pretende cambiar la lógica de nadie. Más bien, implantar una idea: la de preservar o morir.

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¿Cómo acceder a la fanzinoteca?
Si usted quiere consultar los títulos que hacen parte de la fanzinoteca, primero debe ingresar al catálogo digital de la Biblioteca. Luego, haga clic en “Publicaciones Seriadas”, y después en “Colección de Fanzines”. Si ya sabe qué busca, puede diligenciar los campos disponibles. Si no, haga clic en “Buscar” y podrá ver todos los elementos catalogados dentro de la colección.

¿Cómo hacer un aporte a la fanzinoteca?
Si usted hace fanzines o los colecciona, y le interesa donarlos a la Biblioteca, puede llevarlos directamente allá. Pueden ser de este año, del año pasado, o aún mejor, de hace unos treinta. Lo ideal sería que tuviera dos ejemplares de cada uno, pero si las copias son limitadas, no se preocupe.

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Nota: el título de este artículo le hace guiños a una frase de Tiempos nuevos, tiempos salvajes. La fanzinoteca en la Biblioteca Nacional, el lado B de uno de los tres informes que Marco Sosa entregó a la Biblioteca Nacional de Colombia como parte del proyecto de la fanzinoteca de dicha institución.

Imágenes: Cortesía Biblioteca Nacional de Colombia

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