Entre viñetas y palmeras

Varias generaciones de artistas y escritores protagonizan una activa movida gráfica con sede en Palmira. A propósito de la Feria del Libro de Cali, aquí algunas de las voces que lideran ese movimiento valluno de cómic, caricatura y novela gráfica.

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almira, la pequeña ciudad hermana de Cali que descansa en el Valle del Cauca, remite a paisajes de palmeras y casas con solares, a viajes en victorias y a pesadas bicicletas con parrilla, a octogenarios hinchas de fútbol que discuten eternamente sobre el Rodillo Negro y la Maldición de Garabato en un parque entre palomas y estudiantes volados de clase.

Uno de esos paisajes, que ya no se verá nunca más, es el de la literatura de cordel: novelitas de vaqueros, revistas de enamorados, fotonovelas y hasta escondidas reproducciones de historias pornográficas de Hernán Hoyos colgadas en una cuerda y que se alquilaban para el entretenimiento de jóvenes “de todas las edades”, como diría la publicidad de hoy. Los muñequitos, como llamaban en esos lejanos días a los cómics, eran los más rentables, pues los niños se gastaban los centavos que les regalaban los adultos en leer las historias del Pato Donald, de Supermán y de Arandú, los ídolos previos a la televisión.

Hoy, solo queda un par de victorias como reliquia, las bicicletas han sido reemplazadas por motocicletas de todos los cilindrajes y los niños van al parque a buscar alguna conexión wifi gratuita. Los tiempos y las generaciones cambian y, nostalgia aparte, no siempre para mal. En el caso de las historietas colgadas de una cuerda, han ganado un nuevo espacio en Palmira y muchos de sus antiguos lectores hoy son renombrados artistas de la caricatura, el cómic y la narrativa gráfica colombiana.

La caricatura antes del cómic

Antes del manga japonés, antes de las revistas de superhéroes que se convertirían en fenómenos culturales de millones de dólares, la caricatura ya tenía más de tres siglos fastidiando a los poderosos en los periódicos. En los talleres de arte de la familia Carracci en Bolonia, los estudiantes salían de su oficio a descansar y recrearse. La mayor diversión era dibujar a los viandantes con trazos exagerados y burlescos. Ahí, entre vinos italianos y risotadas juveniles, nació la caricatura.

Casi de la misma manera, pero sin vino, pues aún era un niño, nació la vocación de Luis Eduardo López. Luisé, como sería conocido años más tarde, comenzó su carrera de caricaturista dibujando jocosamente a un vecino de su natal Palmira a mediados de los años cuarenta, broma que le trajo su correspondiente castigo paterno. Algo parecido le sucedería en el ejército en 1955: dibujó a un general de su brigada, pero se salvó del castigo por el ingenio de la grafía. A principios de los sesenta, tras estudiar junto a Omar Rayo en Bellas Artes, se convirtió en el caricaturista oficial del periódico El País de Cali y, posteriormente, de El Tiempo en Bogotá.

En sus dibujos, Luisé criticaba con un gran sentido del humor a los mandatarios locales, a los presidentes del Frente Nacional y a todos los políticos, sin distinción de liberales o conservadores. Su estilo minimalista, de pocos y firmes trazos, lo hicieron destacarse entre sus colegas caricaturistas. Sin embargo, a Luisé lo llamaban las palmeras y el calor de su pueblo natal, así que a principios de los ochenta regresó de manera definitiva a Palmira; no quiso abandonarla ni siquiera cuando le ofrecieron trabajo en el Miami Herald y en el Chicago Tribune. No es que él viva en Palmira, es que Palmira vive en él.

Este maestro de la caricatura colombiana aún recorre las calles de su ciudad con su lento andar y su saludo a los vecinos. Todos los días camina catorce cuadras y toma un bus hasta a Cali, a la redacción de El País, desde donde pisa los callos de los poderosos con sus agudas sátiras gráficas, y regresa por la noche a las calles que lo vieron correr cuando aún desconocían el pavimento. En sus más de noventa años y su incontable número de caricaturas, ha visto la joven Villa de las Palmas convertirse en una ciudad pujante y complicada; vio aparecer y desaparecer la literatura de cordel, vio a los periódicos de papel convertirse en letras digitales, y ha visto cómo las nuevas generaciones de la narración gráfica han surgido tras los primeros dibujos de un recluta irrespetuoso.

Salta, palmirano

fernando gomez

[© Viñeta de Salta, cachorro, escrita por Fernando Gómez dibujada por Luis Carlos Cifuentes]

Curiosamente, la primera novela gráfica, o al menos parcialmente gráfica, de Colombia no se gestó en las metrópolis multiculturales, sino en la provincia, en la cálida y hogareña Palmira. Un niño llamado Fernando Gómez madrugaba los domingos para leer las tiras cómicas de Mandrake y El Fantasma en El País, a pocas páginas de las caricaturas políticas de Luisé. En esos años, finales de los setenta, no existían cómictecas, pero cada peluquería contaba, junto con las revistas de moda y de chismes, con un buen surtido de Memín, Kalimán y Condorito. Entre esas viñetas y las películas clásicas del teatro Rienzi, se fue forjando un imaginario de historias complejas e ilustraciones policromáticas que luego sería complementado por las sombras de Frank Miller y otros grandes de la narrativa gráfica.

El cómic siempre fue un referente, afirma Fernando. Al empezar a escribir su primera novela, la historia de una bruja bebedora de sangre que cambia de forma cada noche y se enamora de manera irremediable, pensó que le faltaba algo, que necesitaba verosimilitud. Por ello contactó al artista Luis Carlos Cifuentes para que “fuera el médium para sacar esas imágenes que tenía en la cabeza”. De esta esotérica colaboración surgió Salta, Cachorro, experimento arriesgado no solo para los autores sino para el sello editorial Seix Barral. Cuando recibió la propuesta, el editor Gabriel Iriarte le dijo a Fernando: “Maestro, esa vaina está rara, pero está buena y vamos a publicarla”. La novela, una vertiginosa cacería de monstruos en la que una historia de amor se disuelve con violencia, ninjas y videojuegos, y que combinaba la narrativa verbal con la gráfica, fue publicada en 2007 y pronto se convirtió en un texto de culto, coleccionable, referente perpetuo, adorada por algunos y despreciada por otros, particularmente en una época en la que el cómic y sus lenguajes y personajes no eran tan populares como ahora sino marginales, subterráneos y no pocas veces menospreciados.

Fernando hace mucho no vive en Palmira. Su carrera como editor y escritor lo ha llevado a radicarse en la fría Bogotá, tan lejana de las cálidas aceras de su niñez. Pero aún lleva el recuerdo de lo aprendido en esos días. “Los personajes de mis libros caminan”, dice convencido de que algo tan sencillo solo se aprende en una población como Palmira, donde las distancias son cortas y todos pueden recorrerlas a pie, escuchando los chismes a la sombra de la catedral. Palmira ya no es tan pequeña como en la infancia de Fernando, y las tradicionales victorias fueron reemplazadas por taxis genéricos; pero en la memoria y la literatura vive la Palmira señorial.

De Palmira para el mundo

nana sanclemente

Uncertainty, de Nana Sanclemente]

Las nuevas generaciones no llegaron de la mano de DC y Marvel, sino del manga. En los últimos treinta años, la animación japonesa se tomó la televisión colombiana y, claro, palmirana. He-Man y los Thundercats fueron reemplazados por Sailor Moon y los Caballeros del Zodiaco. Estas nuevas formas gráficas contagiaron a artistas como Nana Sanclemente, autora de las novelas gráficas Luna, Uncertainty y Lo invisible, quien desde niña supo que quería narrar historias y que la combinación de palabras e imágenes le iba a permitir expresarse. Vivir en una ciudad pequeña como Palmira le permitió experimentar socialmente un ambiente más cercano con la comunidad con la que compartía esos gustos. La Casa de la Cultura Ricardo Nieto fue como un segundo hogar donde estudió pintura desde los cinco años, décadas antes de su recorrido académico que incluyó instituciones internacionales en Colombia, República Dominicana y Estados Unidos, donde realizó publicaciones y exposiciones.

Palmira le dio fortaleza a Nana. Vivir una adolescencia tranquila en una población menor enseña a discernir amistades y conceptos que van desde lo académico hasta lo moral. “El mundo es gigante”, dice Nana en un suspiro cuando piensa en su experiencia en el exterior. “El valor de comunidad en las grandes ciudades es relativo, uno se puede sentir muy solo, andar perdido en un mar de cosas. Palmira me acostumbró a la comunidad, a los amigos que se encuentran en los mismos sitios para compartir los mismos gustos, pero también fue escuela, brindó muchas experiencias que aportaron para vivir luego en las ciudades grandes. Precisamente, la novela gráfica Luna narra las vivencias de una chica que viaja de una ciudad pequeña a New York, las mismas de la autora que pasó de su comunidad artística palmirana a la capital del mundo. Tanto Nana como su personaje se cuestionan el sentido de pertenencia a un sitio y, por supuesto, sus inexplicables vidas.

Nana Sanclemente vive en dos mundos, el de Palmira que siempre la espera y el de Nueva York que siempre la recibe. Seguramente, algún día se radicará en Estados Unidos y trascenderá su recorrido artístico, el mismo que empezó en la casa de la cultura de un pueblo vallecaucano.

El Club Cómic Palmira

En los años setenta, durante la niñez de Fernando Gómez, no había comunidad alrededor del cómic. Cuando mucho, había coleccionistas que no eran muy bien vistos por sus padres, quienes pensaban que acumular muñequitos de Batman era un desperdicio de tiempo y dinero. Ganarse la vida con el arte secuencial era tan utópico como ser astronauta. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Hoy hay nuevos espacios para el arte y el cómic en Palmira. La casa Ricardo Nieto, por supuesto, se mantiene como el epicentro; pero también son referentes constantes el Centro Cultural Guillermo Barney Materón, el Centro Cultural Comfandi y el Centro Cultural Urbanarte.

hunter montoya osorio

[© Hunter Montoya]

Como si forjaran su propia Liga de la Justicia, algunos de los artistas y gestores más jóvenes de Palmira se han unido para luchar, no contra el crimen, sino a favor del arte secuencial gráfico. Kevin Obrien Daza, María Tiuso, Julián Restrepo, Kendra y otros amigos ya idos o fallecidos formaron el Club Cómic Palmira con una misión: fomentar el conocimiento sobre el noveno arte en la ciudad. Para ello, no bastaba con reunirse a intercambiar revistas o evaluar sus ilustraciones, sino que formaron la corporación Ikigai, un grupo interdisciplinario conformado por artistas, diseñadores, publicistas y comunicadores sociales, con el objetivo de hacer charlas, talleres, conversatorios, exposiciones y todo tipo de eventos que permitan ampliar la cultura regional alrededor del cómic y sus manifestaciones.

Kevin, el representante legal de la corporación, narra que es un trabajo de tres años iniciado con el fallecido Hunter Montoya Osorio. Empezaron en la biblioteca de El Materón con charlas, talleres de dibujo y cursos de japonés. Lamentablemente, Hunter falleció en 2017, pero Kevin y otros nuevos amigos decidieron continuar el legado con mucho más orden y disciplina, delegando labores y cargos administrativos. Los talleres también se hicieron más especializados, ya no se trataba simplemente de enseñar a dibujar, sino que había sesiones de boceto, manejo de lápiz, guionización para cómic, etc. También han extendido las charlas y conferencias a colegios y eventos culturales como el Festival Ricardo Nieto, con el que han trabajado tres años seguidos. El público objetivo son niños y adolescentes; María afirma que en estos momentos están mucho más enfocados en la formación, ya que por razones laborales muchos de ellos no se pueden dedicar directamente al cómic.

El colectivo ofrece algo que no existía en la ciudad, un espacio para estudiar el noveno arte. Según Julián, fueron pioneros en la divulgación de manga y anime en Palmira, pues la mayoría de las personas no conocía las diferencias entre este arte y el cómic norteamericano o europeo. Aún hoy, aunque menos que ayer, el arte secuencial parece marginal. Pero ese es otro de los fines del grupo, que los jóvenes puedan expresarse, comunicar a través de la literatura, el cómic o el arte. Como dice María, que no se queden en un “me gusta dibujar, pero…” Así lo han hecho en su club. Julián cuenta que, aunque les gusten culturas de otros países, siempre está a la vista lo que pasa en la ciudad.

Cada uno de ellos tiene su historia personal en Palmira: Kevin habla japonés, María es psicóloga y Kendra tiene alma de educadora; y siempre tratan de enriquecer sus creaciones con los hechos cotidianos de la ciudad para que el lector se sienta identificado con las problemáticas sociales, culturales y hasta míticas. El gran proyecto a corto plazo del grupo es un texto ilustrado sobre la cultura malagana, originaria de la región y prácticamente desconocida. Individualmente, pero dentro del colectivo, han presentado obras como Niño raro, de María, la historia de un pequeño demonio, encargado de causar dolor a los humanos desde el infierno, pero aburrido con los papeleos de su oficina; y “Rosa y el espíritu de la montaña”, de Julián, un cuento infantil con tintes fantásticos y ecológicos;  además de infinidad de ilustraciones y diseños.

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[© Kendra]

El Club Cómic Palmira, en sus cortos años, ya ha dado resultados. Kendra, la más joven ilustradora, llegó a una charla por afinidad con el género y se quedó por gusto. Es gratificante verla trabajar con niños y guiarlos por la creatividad entre pinturas y lápices de colores, esa labor le encanta por la imaginación y las historias que traen los más pequeños, pero también porque sabe que ellos son el futuro y que si no se les enseña la importancia del cómic se perderá esa tradición que están forjando. En estos eventos sociales y culturales, en espacios tan tradicionales como el Bosque Municipal y el Coliseo de Ferias, es cuando el grupo ha ganado más reconocimiento. María confía en que las nuevas generaciones, con un buen acompañamiento, independientemente de que se dediquen al dibujo como profesión de vida, no dejarán a un lado esa pasión por lo gráfico.

Del cordel al ciberespacio

Aún hoy, a pesar de tantos avances tecnológicos, es difícil y costoso imprimir una revista de cómics. Sin embargo, esta es una generación que, como un oxímoron histórico, no necesita papel. Son los artistas de Internet, de plataformas virtuales, blogs y redes sociales; algo chocante, quizá, para los lectores de vieja guardia que aún abren un libro y meten el rostro en sus páginas para sentir el olor a historia. Pero sería ingenuo y alarmista predecir, como lo hacen tantos, la muerte del cómic impreso a manos del fantasma cibernético. Por el contrario, Fernando Gómez piensa que, aunque el cómic circula más de forma digital, el papel se está volviendo un gran objeto de lujo. Nana Sanclemente, quien tiene su propia página web y redes, también reconoce el encanto de ambos formatos, entiende que las redes sociales ofrecen una plataforma gigante de visibilidad que antes no existía y que permite publicar a autores independientes, pero disfruta la calidad del papel, el tacto, el brillo, etc. Julián señala que, aunque ya se venden revistas de manga y cómic estadounidense en almacenes de cadena, la mayoría del material, sobre todo el menos comercial, no se consigue impreso y sólo se puede obtener por internet, y a veces de manera pirata. Kevin lo tiene muy claro, todo el contenido del colectivo va enfocado a redes sociales, aunque también planean hacer ediciones impresas en un futuro cercano.

La Biblioteca Comfandi tiene una cómicteca digital, pero aún falta en la ciudad una librería especializada, y para ello se necesita forjar mercado y cultura alrededor de la narrativa gráfica, labor en la que el Club Cómic se destaca y en la que ha recibido apoyo de la Secretaría de Cultura y de las bibliotecas públicas. No es tarea fácil. Palmira aún tiene espíritu de pueblo, sencillo y conservador. Todo puede aplazarse un día más, la gente no sale a la calle si llueve y a veces se asusta fácilmente ante las novedades. María señala que todavía existen padres que se horrorizan cuando escuchan que su hijo quiere dedicarse al arte. Sin embargo, estas nuevas generaciones han aprendido a vivir de su pasión, no necesariamente entintando títulos de Hulk o diseñando pokémon, pero sí dibujando. Muchos de los amantes de los cómics son diseñadores gráficos e industriales, profesiones en las que pueden unir su cariño por el dibujo con su carrera laboral. A veces se dedican a crear logos y personajes para empresas o eventos de la región, o se desempeñan como docentes en colegios, universidades e instituciones artísticas.

María afirma que en Palmira formalmente no hay una empresa que se dedique a crear cómics, lo que es uno de los objetivos a mediano plazo de su club. Palmira está buscando su identidad propia, desligada de Cali; muchas de las propuestas gráficas, así sean artesanales, muestran la cotidianidad de sus habitantes. Pero la palabra cómic hace mucho sobrepasó las 24 páginas impresas, y ahora a su alrededor hay fanzines, afiches, botones, camisetas y una creciente oferta de material alternativo y masivo con el que los artistas locales muestran su arte. Estos nuevos ilustradores saltan del internet a las exposiciones; el trabajo de los creadores de historietas pasó de ser una manifestación gráfica marginal, demeritada y excluida, a ser objeto de culto y a protagonizar exposiciones en espacios que van desde el salón cultural hasta el bar alterno. Asimismo, son estrellas en las redes sociales, con miles de seguidores y likes, incluso de celebridades internacionales. A veces, son más reconocidos en el exterior o en Instagram que en las calles de su barrio. Inevitablemente, Palmira es sólo un barrio de la nueva aldea global.

Volver al futuro

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[© Julián Restrepo]

Irónicamente, Palmira ya salió retratada en una revista de talla internacional. Hit-Girl, la violenta niña coprotagonista del cómic Kick-Ass, tuvo una historieta llamada “Hit-Girl en Colombia”, particularmente en Palmira, donde vive una vendetta contra mafias de la cocaína. Ese estigma del narcotraficante colombiano ya se había visto en títulos como Spawn, Punisher y hasta en La Liga de la Justicia; incluso hubo un villano de DC, Snowflame, que obtenía superpoderes al esnifar coca. Es una realidad lamentable e inocultable; pero hay que resaltar que esa es la imagen caricaturesca y reducida que tienen los estadounidenses de una banana-coca republic. Solo los colombianos pueden mostrar a través del noveno arte historias más reales de la otra Colombia, la pluriétnica y multicultural, la de los artistas y sus inacabables manifestaciones, la de los niños que quieren contar su historia con un lápiz.

Cuando Luisé satirizaba a los gobernadores del Valle desde las páginas de El País, Fernando Gómez aún no sabía leer, pero miraba sus caricaturas junto a las de Tarzán en el periódico. Cuando Fernando publicó Salta, cachorro, Nana Sanclemente dibujaba cómics rudimentarios con sus compañeras del colegio entre carcajadas preadolescentes. Cuando Nana hacía exposiciones en Nueva York, unos muchachos inquietos y talentosos fundaron Club Cómic Palmira para ampliar la cultura del cómic y el manga en la región.

¿Qué hará ese niño al que Kendra le enseña a dibujar o al que María le explica lo que es un guion? A lo mejor, esos chicos inquietos e imaginativos mañana estarán publicando el primer anime palmirano, narrando las desventuras de la adolescencia en una novela gráfica local o caricaturizando a los políticos corruptos del futuro, seguramente hijos de los políticos corruptos del presente. Y en todos esos casos, la catedral, las victorias, incluso la memoria de la literatura de cordel estará en esos trazos, Palmira vivirá en cada una de sus obras. El futuro es ilegible, incluso de izquierda a derecha, como el manga, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que Palmira seguirá siendo cuna de maestros de la caricatura, el cómic y el arte secuencial.

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