El arbolito de navidad colombiano

Invitado especial a todas las novenas y testigo de fotos ochenteras con peinados espeluznantes, el arbolito de navidad está tan arraigado en la cultura popular colombiana como las canciones decembrinas de Pastor López. ¿De dónde viene este objeto, cómo ha evolucionado su diseño, qué pasó con sus coloridas y afiladas luces que chuzaron los dedos de generaciones enteras?

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n vez de pasar una década creciendo en colinas nevadas, el arbolito de navidad colombiano permanece 11 de los 12 meses del año apretujado en una caja polvorienta (o menos, dependiendo del entusiasmo por armarlo y la pereza de volverlo a guardar). Es un árbol hecho principalmente de PVC verde —tal vez con distintos tonos, asomos de nieve falsa en las puntas de las ramas y una que otra piña escondida por ahí—, y en casos de extremo desenfreno puede ser completamente blanco o dorado. Si el arbolito se fabricó en la última década, lo más probable es que traiga las ramas pequeñas adheridas a las ramas grandes, y que quien lo arme todavía conserve algo de cordura gracias a ello. Aun así, es un árbol cuyo armado requiere de paciencia y un par de guantes gruesos que eviten el contacto con las navajas que están en la punta de cada rama. Dependiendo del estado del árbol y de los encuentros que haya tenido con gatos y/o tíos borrachos, es probable que armarlo también requiera de algún truco como dejar el lado más chueco apuntando a la pared o poner directorios debajo de la base para hacerlo ver más alto.

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El árbol de navidad engloba prácticas que asociamos con la familia y la unión, y que en la misma medida puede evocar nostalgia y melancolía. Sin embargo, visto desde un lugar menos cursi, es un objeto que nos es completamente ajeno: todo apunta a que se originó en Europa, a que tiene una relación directa con el invierno y a que su significado religioso es más bien ignorado por el grueso de la población. Entonces, ¿por qué destinamos todo ese preciado espacio de almacenaje para un trasto grandísimo que va a estar guardado el 98,7 % del año? ¿Por qué nos quedamos inertes ante la escalada que se pega la cuenta de la luz en diciembre? ¿Por qué le dedicamos tiempo, espacio, corazón y dinero a un árbol plástico?

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Las anotaciones más antiguas sugieren que lo más parecido a un arbolito de navidad surgió en el norte de Europa, dónde se decoraban árboles para representar el Yggdrasil, un árbol sagrado en la mitología nórdica, y que San Bonifacio, un evangelizador que vivió entre los años 680 y 755, hizo honor a su cargo talando uno de esos árboles y sembrando otro que simbolizaba el amor de su Dios. Ese nuevo árbol parece haber arado el terreno para los que aparecieron en Alemania en el siglo XVII y para los que se regaron por Europa un siglo después: el Príncipe Carlos y la Reina Victoria pusieron su primer arbolito en el Castillo de Windsor en 1841, y Sofía Troubetzkoy, una princesa rusa que vivió en España, estableció allá la tradición en 1870.

Respecto a cómo llegó a Colombia, no encontramos más que callejones sin salida. En Google, los términos “árbol navidad colombia” arrojan todo el cubrimiento sobre la apasionada batalla que hubo entre Bogotá y Barranquilla por saber quién levantó el árbol de navidad más alto del país el año pasado. El lío estuvo en que el árbol de Bogotá medía 51 metros pero no tenía estrella, mientras que el de Barranquilla, que sí tenía, medía 49 metros sin estrella y 52 con estrella. Todo fue tan confuso y la necesidad de aclarar quién tenía el árbol más alto de Colombia era tan fuerte, que La FM incluso sugirió “contratar un ‘superintendente de árboles de navidad’ para determinar cuál de los dos es más alto y si la estrella cuenta o no”. Al parecer no tenemos nada más importante de qué preocuparnos en el país.

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En ese mismo callejón sin salida surgieron todas las páginas que venden árboles en línea, una opción ante la que aconsejamos cautela: comprar arbolitos de navidad por internet puede parecer práctico, pero el riesgo es alto. ¿Cómo sabrá usted si el polietileno usado para emular las agujas del los árboles está cortado del grosor correcto? ¿Cómo sabrá si tiene el brillo adecuado, si no se ve más artificial de lo que ya es o si el árbol será lo suficientemente frondoso? ¿Cómo sabrá si el árbol lo hará suspirar como un abeto que creció en una colina nevada en Noruega? ¿Cómo sobrevivir a los villancicos y a las lágrimas?

En Colombia prácticamente todos los almacenes de cadena venden árboles de navidad. El año pasado La República comparó los precios de Jumbo, Falabella, Homecenter, Alkosto y Éxito, y encontró que un “abeto” de 180 centímetros puede costar entre 60.000 y 600.000 pesos en esos almacenes. Los precios variaban según las referencias (si tiene 420 ramas o 530, por ejemplo) y si había alguna promoción (para que aproveche y también se lleve el set de 50 bolas de 8 centímetros). En tiendas más especializadas como Arbocol, un arbolito “Clásico” de 130 centímetros cuesta 130.850 pesos, mientras que el “Italiano” de 400 centímetros cuesta 9.750.100 pesos. Opciones más intermedias, como el “Suizo champan [sic]” oscilan entre $830.750 y $1.367.900.

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Sin importar el precio, todos esos árboles son la evolución de especímenes que se fabricaban con plumas o pelos de origen animal. Ahora habría que mirar etiqueta por etiqueta, pero lo más probable es que sean hechos en China. YouTube está lleno de videos que muestran el proceso: máquinas que cortan láminas de PVC hasta que las dejan como espinas de pescado y que luego las retuercen con alambres para crear el follaje falso. Ese follaje se corta en segmentos manejables y después se unen en una especie de ramos que, con el “fluff” adecuado (¿en español sería encrespado? ¿rizado? ¿agitado?), se ve más o menos como un árbol real. Partiendo de ahí, el límite es el cielo: las láminas de PVC vienen de todos los colores del arcoiris, y hay máquinas que las pueden rociar con pintura de látex para que parezca que acaba de nevar, o con escarcha, para que su cara, su piso y su alma brillen durante todo el año.

Los materiales y la construcción de los arbolitos de navidad son una parte esencial de los imaginarios que tenemos sobre ellos. Ya hablamos de que sus ramas atentan directamente contra nuestras manos, pero aquí va una teoría más elaborada: el armado de un árbol de navidad es lo que hace que se necesiten más personas para la tarea y que terminemos relacionándola con la familia, la unión y el calor del hogar. El proceso es complejo, y transcurre más o menos así:

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1. Bajar la caja, que seguramente está en el rincón más alto de toda la casa. A diferencia de todos los demás pasos, por voluntad divina, este se tiene que hacer estando solo y sin una mano amiga cerca.separador

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2. Quitar los 45 kilómetros de cinta, cuerdas y cadenas que mantienen al árbol dentro de la caja y la caja cerrada.
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3. Ubicar la base en el lugar donde irá el árbol.
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4. Ponerse guantes gruesos e indestructibles y cubrir cualquier pedazo de piel que pueda estar expuesto.
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5. Empezar a abrir las ramas una por una, cuidando que todas apunten en direcciones distintas para mayor frondosidad.
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6. Seguir abriendo las ramas una por una, cuidando que todas apunten en direcciones distintas para mayor frondosidad.
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7. Quitar y poner todos los bombillos de la serie para ver cuál es el que no funciona.
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8. Hacerle feng shui a su árbol. Los adornos deben estar distribuidos de manera pareja, teniendo en cuenta su color y forma. Que también haya en la parte de atrás.separador

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9. Encontrar el banco más inestable de toda su casa para subirse en él y ponerse la estrella.
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10. Guardar todo el reguero de cajas, bolsas y papeles, para poder apreciar cómo nos quedó.
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Cuando no hay manos o voluntad suficiente, el árbol tradicional comienza a ser un objeto del que se puede prescindir y deja la pista libre para nuevos símbolos: “árboles” hechos a partir de tablas superpuestas, láminas de MDF cortadas a láser o el diabólico chamizo: un árbol liberado de la imperante necesidad de ser frondoso y que le hace pistola a todos los puristas con su mera existencia.

Lo interesante es que tanto el arbolito verde como sus alternativas menos sacras existen para responder a la misma costumbre: tener algo semejante a un árbol decorado en diciembre. Una costumbre que no tiene un camino trazable hacia Colombia (al menos desde Google) pero que se ha ido transformando con nosotros. Algunas cosas cambian más lentamente, otras se resisten a desaparecer.

A veces un objeto puede encapsular valiosos fragmentos de la memoria; con frecuencia, el diseño presta sus líneas para dar forma a los más caprichosos puntos de encuentro: un arbolito de navidad es plástico, tradición, familia, consumismo, parranda, invierno, natilla y deuda.

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