Balón pesado, el deporte de Buenaventura

El único deporte de conjunto creado en Colombia, fue inventado en Buenaventura por el profesor Roberto Lozano Batalla. Lo han jugado estudiantes descalzos en la calle, tripulaciones aburridas en el puerto, oficiales de buques militares que pasaban por el muelle y hasta deportistas profesionales. Así nació y así se juega el balonpesado.

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iez jugadores, cinco de un lado y cinco del otro. La pelota va de mano en mano. Alguien la lanza por lo alto. Los jóvenes saltan unos sobre otros impulsándose sobre los hombros de sus compañeros, y el que llega más alto agarra con fuerza un balón de voleibol desinflado. Corre a zancadas esquivando las manos que quieren agarrarlo, inmovilizarlo en un violento abrazo, completamente permitido según las reglas; avanza hacia uno de los círculos dibujados a cada lado de la cancha. Un jugador sale de la nada y lo aprehende, entonces se ve obligado a hacer un pase lateral. Un compañero de su equipo atrapa la pesada piel del balón blanco y de inmediato se zambulle contra el asfalto, estira la mano y pone el balón dentro del círculo. Un grito del árbitro y eso fue todo: punto. Vuelve y juega.

Hubo una época en la que en los patios de los colegios o en las estrechas calles de Buenaventura, donde el bochorno mancha con un filtro ocre la vista y el concreto de cada casa lucha contra la maleza que crece alrededor, se podía ver a los jóvenes jugar todo eso en una cancha improvisada, dibujada con tiza sobre el asfalto.  De eso ya nada. Ahora los jóvenes solo quieren jugar fútbol.

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Roberto Lozano Batalla es viejo y viste como tal. Eso, o como un ingeniero: pantalón al cinto, una camisa de manga corta y líneas discretas, con un bolsillo del que siempre se asoma un lapicero, y gafas gruesas. Las mangas cuelgan alrededor de sus brazos, como si la camisa le quedara una talla grande; su cabeza asoma a través del cuello de la camisa como la de una tortuga saliendo de su caparazón. Las tortugas, sin embargo, no tienen orejas ni nariz visibles; Roberto Lozano Batalla tiene ambas en exceso. Tiene por regla pedir a las visitas que le recuerden su nombre completo, el cual anota en una hoja plegada llena de apuntes ilegibles que sostiene en su mano. Para quienes lo acaban de conocer puede parecer algo cortante, pero para los que ya le tienen confianza son solo las excentricidades de un viejo que se ríe con un “ji ji ji” pícaro al echar sus cuentos. Me estrecha la mano con las fuerzas que sus 88 años le permiten y me ofrece un paquete de galletas Festival junto a un vaso de Coca-Cola. Sus grandes gafas rectangulares resaltan lo delgado de su figura y lo redondo de su calva. Es difícil imaginarlo joven, imaginar que hubo un tiempo en el que no parecía haberse encogido en sus ropas y en el que vivió docenas de aventuras en Panamá y Estados Unidos, viajes que me tomarían una revista entera relatar. Sería fácil suponer que siempre fue así. Pero este viejo diezmado por los años fue un pesista batidor de récords internacionales que por poco va a los Olímpicos de Roma, un bombero capaz de levantar vigas con sus manos y un deportista multidisciplinario; fue periodista, columnista, concejal, profesor, historiador y últimamente se ha dedicado a escribir.

También es el inventor del balonpesado, el único deporte de conjunto creado en Colombia.

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A cualquiera que lo busque para hablar de su invención lo recibe con una sonrisa y un paquete de fotocopias: las reglas del juego, su biografía y algunos artículos que han salido aquí y allá sobre el deporte. Habla hasta por los codos. Pero por mucho que le gusta charlar, hay una cosa que el profesor Lozano Batalla prefiere callarse: dónde nació la idea del balonpesado.

Tiempo después de haberse lastimado la rodilla por intentar superar el récord de levantamiento de pesas de Latinoamérica –“tomé las pesas, bajé y cuando subía me fui hacia adelante. Mis rodillas hicieron ¡Craaaac!”–, el profesor se dedicó a dar clases de educación física en la Institución Educativa Técnico Industrial Gerardo Valencia Cano de Buenaventura (ITI, para ahorrar espacio). No había mucho con qué trabajar en el colegio, aparte de un solo balón de fútbol y un solo balón de baloncesto. Alcanzaban a jugar veinte jóvenes mientras otros cien se quedaban a un lado de la cancha, mirando. Desde hacía unos días tenía la idea de inventar una actividad para que los otros muchachos no se pasaran de brazos cruzados toda la clase.

La noche del 26 de marzo de 1973, el profesor juntó sus ideas con la intención de crear algo nuevo. Lo hizo sentado en el excusado. “Estaba yo ahí sentado cuando me acordé del balonpesado y me puse a escribir”, cuenta. “No me basé en otros deportes, sino que cuidaba que no fuera la copia de nada. Por el conocimiento que tenía de deportes, sabía que si hacía ciertas cosas, no reñía con otras disciplinas. Cuando terminé de escribir, en la madrugada, todavía en el sanitario –eso no lo cuento públicamente, porque suena burdo– yo me sentía embarazado. Sentía que tenía algo que aportar”.

Al día siguiente, en su clase de educación física, llevó a los muchachos al salón de inglés. Algunos chicos tomaron asiento, la mayoría se sentó en el piso.

El profesor se paró junto al tablero negro de tiza. “Muchachos”, dijo serio, que no se notara la mentira, “durante mi permanencia en Estados Unidos, yo vi un juego que se llamaba heavy handball”. Escribió con tiza el nombre del juego para que sus cincuenta alumnos lo vieran. “Se juega así”, continuó, y empezó a dibujar sobre el tablero las ilustraciones que luego se convertirían en las guías oficiales del deporte.

Al tiempo iba explicando las reglas –“la cancha es de tanto por tanto, se juega así y asá”– con un discurso tan hermético y bien memorizado que incluso hoy dura los mismos ocho minutos que duraba en 1973.

Cuando terminó de explicar, se volteó hacia los chicos y preguntó “¿Entendieron?”.

Un segundo de silencio, seguido de la voz de un joven: “Sí, ¿pues y qué? ¿Cuándo jugamos?”.

“Ya mismo”.

Es debatible si el balonpesado –que en sus principios se llamó “balonmano pesado”– tiene por conveniencia las medidas justas del aula máxima que hay en el ITI de Buenaventura, o si el aula máxima del ITI de Buenaventura tiene por casualidad las medidas de una cancha de balonpesado. De cualquier forma, el profesor llevó en manada a sus estudiantes hasta el salón y, con la ayuda de un hilo como compás, marcó a cada lado del aula un círculo perfecto trazado con tiza. Básicamente, si el balón entraba ahí, lanzado o llevado, eso era un punto. Los balones, que tenían que ser ligeros como para permitir pases largos pero incapaces de rebotar hasta por descuido, eran hechos de antiguas pelotas de fútbol dañadas y rellenas de hilaza. “Aprovechando los desechos”, como dice el profesor.

Mientras los alumnos del profesor Lozano Batalla jugaban, aprendiendo sobre la marcha las reglas del deporte, sonó la campana. Los estudiantes que salían de otros salones se extrañaron al ver a sus compañeros. Ese deporte no se parecía a nada que hubieran visto antes. En vez de ir a sus salones, muchos se quedaron a un costado, observando. No habían pasado ni cinco minutos cuando se presentó el coordinador, acompañado del rector del colegio.

“¡¿Qué es lo que pasa aquí?!”, preguntó el rector.

“Padre, es un deporte nuevo”.

“¡Qué deporte nuevo ni qué nada! Pare eso”.

“Sí, señor”, respondió el profesor.

Los balones volvieron a sus armarios y los alumnos volvieron a sus salones, pero en menos de media hora el deporte ya estaba en boca de todos los estudiantes del colegio. La historia del nuevo deporte se regaría rápidamente entre los tres colegios que existían en ese entonces en Buenaventura. Meses después de ese incidente, boxeadores, futbolistas, basquetbolistas y casi todos los deportistas de Buenaventura también se interesaron por probar la nueva invención.

Al otro día el profesor Lozano Batalla buscó a los estudiantes que había iniciado en su nuevo deporte e, interrumpiendo la clase de un colega, les dijo que tenía que ofrecerles disculpas. “Yo les conté a ustedes que, durante mi permanencia en los Estados Unidos yo había visto este juego”, les dijo. “Ni lo vi allá ni conocí un deporte que se llamaba heavy handball. Fue una idea completamente mía”.

Al igual que el día anterior, hubo un instante de vacilación en el que nadie dijo nada. Pero al fin un estudiante preguntó:

“Oiga, profe, ¿cuándo volvemos a jugar?”.

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Coldeportes, la máxima entidad del país en materia de deporte y recreación, se negó a conceder una entrevista para este artículo dado que el balonpesado no es un deporte “federado” y, por tanto, no les compete. Explicarles que se trata del único deporte de conjunto inventado en Colombia, que ya había sido reconocido por Coldeportes en 1974 (un año después de su creación), que ha sido parte de numerosos eventos nacionales e internacionales y que la liga vallecaucana de balonpesado –que el hijo del profesor Lozano Batalla administra hasta hoy– había sido reconocida de nuevo por la institución en 2013, con una vigencia de cinco años, no sirvió de mucho.

Es bastante sencillo: no hay una federación del balonpesado. Por lo tanto, no es su problema.

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Nunca había llegado un barco como el USS Sanctuary al puerto de Buenaventura. Era el buque-hospital más grande del mundo, un titán de metal blanco por fuera y un museo de maravillas tecnológicas por dentro. Aún más importante, no estaba solo de paso. En 1973 vino a quedarse por un tiempo, flotando junto a los malecones y las grúas del puerto. Los marinos estadounidenses vinieron con la intención de brindar atención médica a la gente más necesitada, además de cumplir con el molesto protocolo diplomático de atender a cuantos políticos se arrimaron al barco; pero también tuvieron tiempo de divertirse, regateando el precio de un par de souvenirs con los comerciantes del puerto –“si el soldado americano ofrece $1.00 por un objeto, el comerciante colombiano pedirá $100.00. Si, en la siguiente hora de discusión, el comerciante baja su precio a $5.00, probablemente consiguió un buen trato”, cuenta en su bitácora el capitán del barco, Thomas Rodgers– o probando algo de aguardiente en las noches que los hombres salían a bailar y divertirse –“hasta el día de hoy no creo que alguien de verdad sepa lo que hay en esa bebida, pero considerando sus efectos en el cuerpo humano, quizá sea algo bueno que no se encuentre mucho en Estados Unidos”–.

Algunos miembros de la tripulación, como típicos jockeys, salieron al pueblo a buscar una víctima dispuesta a jugar baloncesto con ellos. Así se toparon con el profesor Lozano Batalla, que estaba en el coliseo de la ciudad con unos estudiantes del colegio Seminario, practicando balonpesado. Un muchacho se le acercó y le dijo, “Profe, hay unos gringos que quieren algo pero no les entendemos bien”.

El profesor fue hasta ellos y preguntó cómo podía ayudarlos.

“Queremos hacer un encuentro de baloncesto con el mejor equipo del municipio que ustedes tengan”, dijeron los soldados.

El profesor Lozano Batalla fue con ellos hasta una caseta cercana donde estaba el comité de baloncesto de Buenaventura. Los presentó y les ayudó a arreglar el encuentro. Mientras hablaban, en la cancha seguían jugando sus alumnos balonpesado y, entre los soldados, eran más lo que estaban espiando hacia la cancha que los que prestaban atención a la conversación que tenían al lado. El capitán del equipo del Sanctuary se acercó al profesor y le preguntó:

“¿Qué es eso?”.

“Obsérvelo bien”, le dijo el profesor, sonriente. Quería medir el éxito de su propia invención. “¿No lo ha visto antes?”.

“No”.

“¿Lo entiende?”

“Sí”.

“¿Serían capaces de jugarlo?”

Dos o tres de los soldados que seguían la conversación respondieron de inmediato: “Sí”.

“Señor”, le dijo el profesor al capitán, “si ustedes realmente se sienten capaces de jugarlo, entonces los invito a que hagan ese deporte y se convierta en el primer evento internacional de ese deporte que se haya hecho”.

“Si eso es así”, respondió el capitán del equipo, “lo invito para que mañana nos veamos a bordo de nuestro buque con el capitán, y usted mismo le haga la invitación”.

Al día siguiente el profesor Lozano Batalla fue a bordo del Sanctuary a darle al capitán del barco, a los oficiales y a los jugadores la misma explicación de las reglas que le había dado a sus estudiantes, usando un papelógrafo y defendiéndose con su inglés.

Con mal acento, el capitán Rodgers se volteó a mirar al profesor y dijo: “Juego”. Aceptaron el desafío.

Por más que quiso llevar al partido a los muchachos del ITI, el lugar donde nació el deporte –“Hasta el día de hoy en el colegio, en un paredón gigante, se lee ITI GVC, cuna del balonpesado”, dice el profesor–, los muchachos no tenían presentación para un evento así. Paradójicamente, la gente del puerto más importante del país tiene más ambiciones que capital, y la pobreza de Buenaventura se veía en las condiciones de esos chicos, que a veces no podían ni comprarse un almuerzo. No tenían zapatillas, ni pantalonetas de uniforme. Las pocas camisetas que llevaban algunos estaban roídas. Pero los estudiantes del Seminario, que eran un poco más “pudientes”, sí tenían un uniforme con el cual presentarse. Por la dignidad de Colombia, como dice el profesor, tuvo que llevar a los alumnos del Seminario.

El partido, que se realizó dos días después, fue en el mismo coliseo en el que el profesor Lozano Batalla encontró a los gringos.

Para el evento, un capitán de la Armada de Colombia entró comandando a cuarenta y dos soldados que escoltaban la bandera del país. Los soldados y el auditorio cantaron el himno de Colombia. En el recinto estaba el alcalde, estaba el presidente del concejo, estaba el concejo en pleno. Estudiantes y profesores de los tres colegios se asomaban unos sobre otros, espectadores de todas partes del puerto llenaban los rincones que la gente importante no se había molestado en ocupar. Las emisoras de Buenaventura estaban listas para cubrir el evento. Al lugar no le cabía un alma. Detrás de la escolta de bandera de los gringos, entraron 120 marinos con su uniforme de parada. Se acomodaron en la gradería del coliseo, formando una pequeña zona en la que contrastaba el blanco de sus trajes con la negra piel bonaverense. El capitán del barco y diez oficiales más estaban ahí, para hacer barra por su equipo. Los gringos, sin orquesta y a viva voz, cantaron The star-spangled banner.


Con las formalidades a un lado, un pitido dio inicio al partido. Fue un juego vigoroso, emotivo, lleno de momentos emocionantes.. y del cual el profesor, para ser un hombre que repite con la seguridad de un escritor lo que dijeron tal y tal persona en tal fecha, no se acuerda de mucho en específico. Sí recuerda que la gente saltó en sus sillas y gritó y aplaudió las jugadas, incluso pese a ser un deporte que la audiencia conoció unos meses antes y que la mitad de sus jugadores conoció un par de días atrás. En cuanto a jugadas, seguro que estuvieron todas las del manual: soldados corriendo con el balón sobre el círculo que marca la zona del gol, pases desde la lejanía y saltos impresionantes para atraparlo en el lugar preciso, tiros desafortunados que dejaron el balón a centímetros de la línea para marcar un punto.

Cuando terminó todo, el marcador era 7 a 5. Ganaron los gringos.

Al llegar a este punto de la historia, Roberto Lozano Batalla está recostado en el sofá, con la mirada baja, como viendo el momento volver a la vida en la palma de sus manos. Su voz se ha convertido en una melodía a punto de colapsar. Parece que fuera a llorar.

“Cuando yo digo que ganaron los gringos, la gente como que se desilusiona. Como que no comprende esa parte. Yo le quiero explicar eso. Si usted coge el reglamento internacional de baloncesto, dice que este nació en 1863, en… hmm… un lugar de los Estados Unidos. Que su creador fue James Naismith, un profesor de educación física, y que desde que comenzó todo el pueblo estuvo con él. Pasaron catorce años –no cinco meses, como con nosotros– antes de que tuvieran un juego internacional. ¿Sabe dónde jugaron la primera vez? En Moscú, en Rusia. Cuando terminó el partido, ganaron los rusos.

“Si hay honradez en lo que está haciendo, puede ocurrir una cosa o puede ocurrir otra. Es parte del juego. ¡A eso es a lo que uno va a jugar!”.

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Cuando llegó el turno del Instituto de Deportes del Valle (Indervalle) de responder sobre sus políticas para fomentar y preservar el balonpesado, solo me autorizaron a decir que la organización no podía respaldar este deporte ya que no cuenta con la estructura de clubes, ligas y federaciones que se ven en otras disciplinas, como el fútbol o el baloncesto; el balonpesado es solo un “deporte informal” que se juega en Buenaventura, después de todo.

Es curioso, porque un deporte así no tiene nada que estar haciendo en el directorio de ligas de la página web de Indervalle. Y, sin embargo, ahí está.

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Por el puerto de Buenaventura pasan más de cien navíos al mes. Barcos con diferentes banderas, cargamentos y destinos. Lo único que tienen en común es una trpulación aburrida dispuesta a matar el tiempo con lo que tenga a la mano, más o menos como los estudiantes para los que se creó el balonpesado. Quizás por eso no era sorprendente que un año después de la llegada de los soldados americanos, los tripulantes de un buque de carga cubano llegaran a Buenaventura con ganas de jugar algo de fútbol. En vez de eso, se encontraron con el profesor Lozano Batalla quien, con una varita de madera en la mano, les dio su charla sobre el balonpesado.

“Juguemos con eso”, dijeron.

Fue el mismo caso con el buque insignia de la armada mexicana, el Cuauhtémoc.

Al poco tiempo de eso llegó a Cali una delegación del Equipo Olímpico de Berlín de Atletismo, buscando al profesor para conocer el deporte que había inventado. “Me encontraron en Juanchaco”, cuenta el profesor. “En inglés nos entendíamos. Me preguntaron cómo era el deporte, y así como hice con los cubanos les expliqué en la arena”. Días después, Buenaventura tuvo su encuentro oficial contra Alemania Occidental.

Los extranjeros le dieron algo de prestigio al deporte, pero era Colombia donde se tenía que expandir. El profesor Lozano Batalla se dio a la tarea de luchar por su deporte, de armar clubes y ponerlo a jugar en las calles; de escribir manuales y patrocinarlo por el litoral. Lo hizo junto a su amigo, el boxeador Jacinto “Jacho” Moreno. Jacho iba a las escuelas de Buenaventura y agrupaba a los jóvenes que jugaban en las canchas:

“Ármenme el grupito y dejen de jugar fútbol, que vamos a jugar balonpesado”.

Él y el profesor recorrieron gran parte del Pacífico, como misioneros propagando el evangelio del balonpesado. Según dicen, hubo un momento en el que se jugaba más por fuera que en la misma Buenaventura. Ayudaba que el deporte se presentara en eventos populares como los Juegos del Litoral Pacífico (el balonpesado estuvo presente de 1978 a 1990), los Juegos del Valle (de 1981 a 2005) y el Campeonato Mundial de Deportes Autóctonos TAFISA (1994). Este último contó con la participación de 14 países. Incluso lograron reunir cincuenta millones de pesos para poder financiar una exhibición del deporte durante los World Games de 2013, celebrados en Cali.  En esos juegos, fue uno de los dos únicos deportes de conjunto autóctonos de América Latina, junto al fútbol sala de Uruguay.

Los dos hombres lo dieron todo por el deporte, pero sin una institución dispuesta a cargar la antorcha, no fue suficiente. Poco a poco, fue removido de los torneos y la gente perdió el interés. Una enfermedad incapacitó a Jacho al punto de que ya le es casi imposible hablar, y la avanzada edad del profesor Lozano Batalla le impide volver a los caminos a predicar su invención. Y como los cuerpos de sus promotores, el balonpesado empezó a decaer.

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En 2009, el Concejo de Buenaventura declaró el balonpesado el deporte distrital de la ciudad. Se comprometió a darle prioridad, a facilitar la creación de espacios y eventos para su práctica. Más feasible fue la idea de asignar recursos para su promoción en los colegios del distrito, haciendo obligatoria su enseñanza. Y aunque las palabras de la ordenanza son fuertes, con términos como “patrimonio”, “fortificación” y “proyección internacional”, según los habitantes de Buenaventura ningún paso se ha tomado para cumplir ninguno de sus objetivos. Fue un bonito gesto por parte del concejo, pero no pasó de ser solo eso.

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La primera y única vez que vi un partido de balonpesado en vivo fue en el coliseo del colegio Santa Isabel de Hungría, en Cali. Todo el colegio llenaba las graderías, los chicos de sexto y los casi adultos de bachillerato, cada quien gritando y saltando y haciendo de todo menos prestar atención. Un profesor de educación física, con sudadera azul y camiseta blanca, sujetaba el micrófono. Impasible, Hilder Molina, siguió hablando:

“Si Estados Unidos tiene a James Naismith, creador del baloncesto, y a William Morgan, creador del voleibol, nosotros tenemos en Colombia al creador de un deporte autóctono, hecho aquí”. Se volteó a su izquierda. Tras una mesa plástica, a un costado de la cancha, estaba sentado el profesor Lozano Batalla. Había traído su propio balón desinflado y esperaba con la mirada baja. “Démosle un fuerte aplauso al profesor Roberto Lozano Batalla”.

El aplauso apenas se sintió por encima de la recocha.

Me topé con Hilder Molina buscando casos de gente que aún lucha por mantener el balonpesado vivo. “Siempre alguien se pone la camisa”, es lo que dice Billy Obregón, director del periódico Buenaventura Deportiva, un medio local que aún cubre los pocos eventos relacionados con este deporte. “Porque el balonpesado no es solo de Buenaventura. Es de Colombia”. Existen algunos casos, como los equipos particulares de balonpesado (particularmente en Buenaventura), o el caso del propio Billy que se da a la tarea de brillar algo de luz sobre el deporte olvidado. Pero en esta metáfora, ‘la diez’ la tiene puesta Hilder.


En 2001, a este profesor de educación física se le metió una idea a la cabeza: enseñarle a sus alumnos a jugar balonpesado. El hecho de que no tuviera ni idea de cómo se jugaba era solo un pequeño contratiempo. Había oído a amigos hablar del deporte y recientemente había conseguido un esquema de la cancha oficial con algunas anotaciones. Eso debía bastar. Rellenó con trapo los balones viejos del colegio Santa Isabel de Hungría, hasta conseguir una pelota de casi cinco kilos que se negaba a rebotar en cualquier superficie. Dibujó en la cancha del coliseo los círculos blancos a cada extremo y puso a sus estudiantes a pasarse el balón unos a otros, a lanzarlo y a lanzarse al círculo, hasta que por fuerza de intento tuvieron algo que podían más o menos jugar. Y a eso lo llamaron “balonpesado”.

Un par de años después, una alumna se le acercó y le dijo:

“Profe, conocí al creador del balonpesado”.

La joven era de Buenaventura. Mientras visitaba a su familia, se había tropezado con un anciano pequeño y calvo que, según le dijo, había inventado el deporte.

“Si es capaz de localizarme a ese señor y darme el contacto”, fue la respuesta de Hilder,  “yo la exonero de toda la clase el resto del año”.

La chica volvió un mes después con el contacto. El señor se llamaba Roberto Lozano Batalla. Hilder lo llamó y le respondió un hombre que lo atendió como si se hubieran conocido de toda la vida. Accedió con gusto a ir al colegio a contarle la historia de cómo había nacido su invento, a crear los balones oficiales –“Lo menos que tiene el balón nuestro es pesado”, le dijo el profesor mientras se reía de los balones que había improvisado Hilder– y a enseñarle a sus estudiantes a jugar.

Hilder, fascinado con el juego, se empeñó en capacitar en el deporte a los otros profesores de educación física de los colegios de la arquidiócesis de Cali y logró que sus respectivos colegios incluyeran balonpesado en su plan de estudios durante casi ocho años, hasta 2011; él estuvo junto a Roberto y a Jacho ayudando a organizar los partidos de exhibición para los World Games, y el equipo de su colegio quedó como subcampeón del evento; últimamente ha estado planeando crear una serie de tutoriales en YouTube sobre cómo jugar balonpesado e invitar al profesor Lozano Batalla a su colegio para que le enseñe a toda una nueva generación de alumnos a jugar es un gesto modesto en comparación a lo que ya ha hecho.

“Voy a hacerle un homenaje al maestro en el Colegio Santa Isabel de Hungría”, me dijo Hilder cuando hablé por primera vez con él por teléfono. “Vení a darle un homenaje a Roberto, que se lo merece”.

Ese día, como es costumbre, solo le tomó cinco minutos al invitado de honor tener a los jóvenes jugando, lanzándose el balón, intentando jugadas cada vez más osadas. El flujo del juego era interrumpido a momentos por alguna falta que los chicos no tenían ni idea que estaban cometiendo. Pero al poco tiempo ya estaban todos saltando para atrapar el balón, amagando para despistar a sus contrarios. Las graderías empezaban a vitorear cada jugada con más y más fuerza.

Al final del partido, Hilder le entregó una placa conmemorativa en nombre del colegio al profesor. “Ciudadano de muchas facetas e inventor del balonpesado”, rezaba la placa. Con gratitud, esa que expresa ante el gesto más banal y que nunca finge, Roberto Lozano Batalla la recibió y agradeció el honor entre los aplausos del coliseo.

Me gusta pensar que esta vez los aplausos sonaron un poco más fuerte.

“Ojalá esto no quede solo en la memoria”, dijo el profesor al micrófono. Y con el balón de voleibol desinflado en una mano y sus papeles llenos de garabatos en otra, partió.


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