Prueba

El mundo de los espacios interiores

Una entrevista con Andrés Felipe Solano

Andrés Felipe Solano vive en Corea del Sur y desde allá escribió sobre su experiencia de encierro debido al coronavirus. El suyo es un testimonio que se mueve por lugares tan disímiles como un culto evangélico apocalíptico, aplicaciones que señalan las rutinas de los contagiados, grandes urbes desoladas, bares con personas enmascaradas, montañas, nieve, faisanes y muchos espacios interiores.

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Foto Solano 1

//Fotos cortesía de Andrés Felipe Solano//

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Lost in the night of the living room/ Adrift in the world of interiors”, nos dice Jarvis Cocker desde algún reproductor de música en la casa donde Andrés Felipe Solano escribió, encerrado, un libro sobre el virus que desde hace meses nos tiene a la deriva a todos. A todos. “It's serious/ Who the hell would live in a house like this?”, continúa, mientras la respuesta queda suspendida en el aire, invisible, un virus, a falta de palabras con las cuales expresar aquello que acecha en nuestro interior, a falta de las palabras que solo llegan eventualmente como apariciones misteriosas. Esas que se mueven en el libro de Solano. Porque su libro, Los días de la fiebre, publicado por la Editorial Planeta, no solo va sobre ese misterio, el virus, que aún no desciframos, sino que está hecho de imágenes evanescentes como esta: “¿Sueñan los humanos confinados con ovejas pastando?”.

Solano es colombiano y autor de libros como Cementerios de neón y Corea: apuntes desde la cuerda floja. Allí, en Corea del Sur, vive desde hace siete años. Trabajaba en otro libro cuando una mujer mayor asistió a un par de servicios de la iglesia evangélica a la que pertenece, liderada por un pastor que asegura tener vida eterna y promete llevarse 144.000 almas al cielo el día del juicio (!!!), y en menos de una semana pasó a ser la responsable de un tercio de los contagios del país. Entonces Solano comenzó a seguirle la pista en las noticias y en algún punto se puso a tomar nota, a escribir, a encontrarle sentido al destino de esa mujer (unido al de esa iglesia del fin del mundo, unido al de los contagiados, los recuperados y los muertos por un virus, unido al despliegue de medidas de vigilancia sanitaria, unido al encierro) unido al suyo propio.

En Los días de la fiebre se entrecruzan imágenes, recuerdos, reflexiones, voces, silencios sobre el virus, la ciudad, la naturaleza, la religión, la literatura, la música, el cine, y que caen como la nieve en una aproximación por atajar algo del sinsentido de estos meses. “En la noche, antes de dormirme, con los ojos cerrados, seguí viendo los copos. Eran cientos, miles, no paraban de caer”, escribe Solano en algún momento. Y entonces la frase parece esfumarse ante él y ante nosotros, y dejarnos de nuevo a la deriva, con los ojos cerrados, en el mundo de los espacios interiores.     

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En el libro usted insinúa que el virus está y no está acabando con nuestra vida interior: una especie de tensión en la cual cedemos grandes parcelas de nuestra privacidad mediante aplicaciones, por ejemplo, mientras pasamos más tiempo con nosotros mismos, encerrados. ¿Cómo conciliar eso?

La privacidad hace rato la entregamos y no nos importó. También creo que es una pregunta del siglo XX. Alguien nacido en el siglo XXI, alguien que este año haya cumplido veinte años, no se pregunta por su privacidad.

Pero igual pretendemos que aún nos pertenece y debemos protegerla ante alguien, ¿no? Que es lo mismo que ha pasado con el discurso frente al virus: complejizó nuestra idea de amenaza e insistimos con la noción de “enemigo”.

Creo que la retórica bélica usada por políticos y periodistas ha calado tan hondo que tal parece ser que no hay otra forma de nombrar todo lo relacionado con el Covid-19. Para afrontarlo es hora de separar guerra y virus. Esa ojalá sea una de las consecuencias una vez se controle, el nacimiento de un vocabulario más acertado para una situación que de hecho siempre ha estado ahí. No en vano el hombre ha convivido con las plagas desde sus inicios y eso se nos había olvidado.

Además porque al ser algo que no pasa por nuestros sentidos también implica nuevas relaciones con lo sensible, con la mirada, el olfato, el tacto, el oído, el gusto. Se trata, como dice, de un nacimiento. Durante estos meses de encierro, ¿ha notado en usted esos cambios?

Claro, al regresar de la calle, de haber estado en la calle con la mascarilla, a veces me la quitaba y apenas cruzaba la puerta sentía el olor a mi casa. Que, obviamente, si estás todo el tiempo allí o si vas y vienes con mascarilla, no lo percibes. A veces sentía el polvo. Otras veces me daba cuenta de que dos días antes había cocinado un curry y todavía estaba el olor a pesar de haber abierto las ventanas. Eso me sorprendió. He estado un par de veces en bares con la mascarilla puesta y lo primero que pienso es: “¿Cómo olerán estas personas sin la mascarilla? ¿Cómo oleremos todos?”.

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Finalmente el virus no solo complejizó nuestro mundo interior, sino que también nos arrebató temporalmente nuestro mundo exterior, y esa fórmula debe alterar algo en nuestras relaciones. 

Hace poco leía que después de la gripe española, que diezmó significativamente la población del mundo a principios del siglo XX, mucha gente abrazó una forma de vida ligada otra vez a la naturaleza. En Alemania, por ejemplo, durante varios años y hasta casi después de la Segunda guerra mundial existió un movimiento nudista importante. Gente sin ropa disfrutando del campo. Definitivamente este es un momento en el que las cosas van a cambiar. No lo que queremos, como que vayamos a desprendernos de una sociedad capitalista y pensar de otra forma. No creo que los cambios vengan por ese lado. Se van a ver por las esquinas menos pensadas.

¿Tal vez empezando por esto que decía del olor de los demás, del nuestro? ¿En ese tipo de relaciones con lo otro?

Yo me pregunto, por ejemplo, si los adolescentes que están teniendo sus primeras relaciones, sus primeras novias, sus primeros encuentros sexuales, han encontrado en este bache que quizás el sexo puede ser a través de pantallas y ya. No sé si muchos que están en esa etapa tomen este camino y digan: “No, a mí no me interesa experimentar la relación sexual a través de los cuerpos sino a través de las pantallas”. Es una pregunta que hay que hacerse. Y sobre todo en esos confinamientos tan largos como los de Colombia, que, no sé, me parecen brutales.

Y también por esto que usted mencionaba de una privacidad ya entregada a las pantallas.

Claro. Cuando salgan, ¿lo harán con temor? ¿Se mandarán llenos de ganas a montar otros cuerpos? ¿O simplemente ya habrán elegido: “no, yo habito un mundo diferente donde el sexo es través de las pantallas”? Casi una epidemia de agorafobia.

Si sucede lo mismo que con la gripe española tendremos la respuesta en unos meses, cuando salgamos corriendo al parque Simón Bolívar a nadar desnudos en el lago. 

Jajaja. Ojalá saliendo encuentres la ropa.

Ojalá para entonces nos quede la ropa.

Jajaja.

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El virus trajo consigo un consumo impresionante de números y cifras: de contagios, de recuperados, de fallecidos, de días en cuarentena, demográficos, económicos, etc., etc., etc. Y eso es algo que usted sintetiza en el libro al confesar: “Soy como un corredor de bolsa sediento de números. Obtengo lo que busco, el virus cotiza al alza”. ¿Qué pensar de ese deseo por el número?

Valdría la pena ir más allá de la apreciación de los números como meros instrumentos, eso es lo que en suma ven los corredores de bolsa. Esta debería ser la excusa perfecta para tratar de desentrañar la belleza y el misterio de los números.

¿Qué implica eso? Pienso, por ejemplo, en el tiempo, ese número que nos acecha a diario.

La permanencia en la casa nos ha hecho ver que el tiempo es una cosa muy diferente a como la podemos percibir. Alejados de las obligaciones que marcan nuestro tiempo, como ir a la oficina, tomar el bus, almorzar a la misma hora, nos sentimos perdidos en un principio. Y eso puede asustar, precisamente porque nos lleva a estar con nosotros mismos, y eso altera nuestra relación con el tiempo.

Ahora estamos enfrentados a lo que antes llamábamos “tiempo muerto”.

Pero era algo a lo que nos acercábamos a veces. Ahora somos nosotros mismos los contenedores de ese tiempo que se puede fragmentar o expandir. Es un tiempo que nos ha regalado el virus. Y, claro, como muchos no están acostumbrados a esa sensación nueva le temen.

¿Cómo aceptar ese regalo?

Lo complicado es que además de que muchos le temen, otros tienen que salir a la calle, seguir con la rutina, como es el caso de Latinoamérica, porque el hambre es más importante que nuestra reflexión sobre el tiempo. Pero las otras personas que se pueden poner a pensarlo, podrían aprovechar este ofrecimiento del virus para reflexionar sobre el tiempo, sobre cómo lo habitamos y cómo nos podemos dejar habitar por ciertos momentos. Se trata de enfrentarnos al tiempo ampliado y fragmentado y tratar de comprender nuestras vidas a través de sentirlo.

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¿Usted cómo se lleva con ese tiempo?

Yo he estado más acostumbrado a él porque mi relación con la lectura fue muy temprana. Cuando lees tu memoria puede desplazarse hacia otro lado mientras estás leyendo. Algo la activa en la lectura. Entonces, o sigues leyendo pero tu cabeza piensa en otra cosa, o sigues ese rastro que ha dejado una frase, o las dos cosas al mismo tiempo sin tu mismo saberlo. Y después algo estalla, más tarde. Sucede lo mismo cuando escuchas música o cuando la haces.

Esta relación con el tiempo no solo está presente en la experiencia de la lectura, sino que ya ha sido expresada en la literatura misma, se me ocurre la ciencia ficción. En el libro usted menciona a Ballard, por ejemplo, cuyo interés confeso era escribir sobre los próximos cinco minutos.

El verdadero genio de Ballard reside en que escribía sobre los últimos cinco minutos.

En efecto, ahí está: el tiempo dislocado. ¿Puede ser que la ciencia ficción haya sabido leer ese tiempo?

No sé, porque yo no soy especialmente lector de la ciencia ficción. Me gustan algunas cosas. Algo que quizá me interesa más –y se desprende de mi formación católica, que no lo soy hace mucho tiempo–, es que para las religiones, si las entendemos de una manera amplia y desprejuiciada, la relación con el tiempo es muy importante, y allí también esos tiempos se quiebran. Tiempos y espacios. Si lo piensas nada más en la resurrección de Jesucristo: ¿qué pasa con el tiempo ahí? ¿Qué pasa esos tres días? Lo mismo con la meditación budista, a la que me he acercado un poquito acá en Corea, no porque yo medite, sino porque leo, visito templos y veo a los monjes en sus actividades cotidianas. Ellos también tienen otra relación con el tiempo muy diferente.

En una escena del libro usted dice: “Soy una de esas personas que con una taza de café en la mano se queda viendo por la ventana”. ¿Esa actitud podría hacer parte de esa misma forma de relacionarse con el tiempo? 

Una cosa que siempre me quedó en la cabeza de cuando fumaba –no fumaba tanto, uno o dos cigarrillos al día–, es algo que leí hace mucho, no me acuerdo dónde, de alguien fumador que decía que el cigarrillo en su vida equivalía al momento de oración de un monje. O sea, tomarse esos tres o cinco minutos que dura un cigarrillo, tomarse esos tres o cinco minutos que dura una taza de café es permitir que una suerte de oración entre en el día.

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En el libro, al rastrear la historia de la iglesia evangélica, usted cuenta que en Corea del Sur hay suficientes pastores que se creen reencarnaciones de Jesús como para hacer un Jesús X o un Máster Jesús Corea. ¿Entre tantos salvadores a quién orar? ¿El virus está llevándonos a replantear nuestra relación con la fe?

No, eso pasó hace mucho tiempo con las plagas medievales. Con ellas empezamos a dudar de todos los dioses. Lo de ahora son esquemas piramidales, que además de captar almas, captan dinero abiertamente. No creo que tengan que ver con una fe profunda.

Lo pregunto también porque en este año ya hemos pasado por tres o cuatro alarmas del fin del mundo. De hecho, este año sacó a la luz en más de uno el escritor distópico que todos llevamos dentro.

Esa es la distopía más horrenda posible: todos, absolutamente todos, convertidos en escritores de distopías.

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Esa actitud también podría ser consecuencia de nuestra incapacidad para nombrar lo que estamos viviendo, ¿no?, como si aún no descubriéramos las palabras para ello. Por eso me pregunto cómo vio su proceso de escritura durante este libro, ese encontrar la forma de narrar lo que aún necesita palabras. 

Leonard Cohen lo explica mucho mejor, por supuesto: “Si supiera de dónde vienen las buenas canciones, visitaría ese lugar más a menudo. Es una condición misteriosa. Casi como la vida de una monja católica. Estás casado con un misterio”.

En el libro usted también menciona a Cohen junto a Buñuel, Manet, Benjamin, Camus, Sor Juana Inés, y otros tantos. ¿Quién que se haya quedado fuera del libro lo ha acompañado durante estos meses?

He oído mucho una canción que Jarvis Cocker escribió antes de la pandemia pero parece escrita en mitad de la cosa. La voz de él siempre me ha gustado y sus letras siempre han sido oscuras pero a la vez con una carga de deseo muy grande. En fin. La canción se llama House Music All Night Long. La he oído bastante y si lees la letra creo que entenderás por qué me sorprende tanto.

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