¿Por qué comer más plantas (y menos animales)?

Cada vez más personas están asumiendo este cambio y un número creciente de restaurantes, mercados y grupos lo hace más viable. ¿Cómo completar el proceso? Una guía práctica, en 10 pasos simples pero trascendentales, para una alimentación más amigable con los animales, con la salud y con el planeta.

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// Ilustraciones de Mariana Matija //
 
Hay un asunto sobre el cual suele ser muy incómodo conversar, pero que a estas alturas ya no puede seguir escondiéndose bajo el tapete imaginario de la sala de nuestra sociedad: comer animales (y sus secreciones) tiene un enorme impacto negativo en el equilibrio de los ecosistemas que nos sostienen, tiene impacto negativo en nuestra salud y, como si eso fuera poco, implica casi siempre prácticas de maltrato, abuso y explotación que si fueran aplicadas a otros animales como los perros o gatos que roban nuestra atención en redes sociales nos escandalizarían hasta el punto que estaríamos movilizándonos multitudinariamente a pedir cárcel para quienes perpetúan esas barbaridades.

Una de las cosas más incómodas de esa conversación consiste, precisamente, en darnos cuenta de que quienes perpetúan esas barbaridades no son personas malvadas, desadaptados sociales y psicópatas, sino personas que están haciendo un trabajo por el cual pagamos quienes consumimos los productos que se obtienen a través de esas prácticas. Lo que hay detrás de todo eso no suele ser maldad (aunque obviamente se dan casos) sino desconexión, desconocimiento e indiferencia.

Aquí no quiero describir qué pasa en los mataderos, en los centros de producción de lácteos o en las avícolas (abunda esa información en internet para quienes tengan las tripas para verla y enfrentarla), ni quiero tratar de convencer a nadie de la importancia de hacer un urgente cuestionamiento, una profunda revisión y un ajuste a sus hábitos alimenticios (cada quién tiene sus ritmos y sus procesos). Lo que quiero es compartir algunas herramientas básicas para quienes ya saben que quieren hacer una transición a una alimentación más amigable con los animales, con su salud y con la salud del planeta, pero todavía no saben por dónde empezar. Así que, para ahorrarnos desgastes innecesarios: si la idea de cambiar tu alimentación a una que tenga más plantas y menos animales (o ninguno) te parece absurda y no tienes ni el más mínimo interés de cuestionar tus hábitos, entonces este texto seguramente te parecerá una pérdida de tiempo y, para ahorrarte energía y valiosos minutos de tu vida, te recomiendo que vayas a leer otra cosa (aunque si realmente piensas eso lo que te recomiendo es que dediques un rato a informarte mejor y a abrir un poco tu visión sobre este asunto, porque este es un tema que nos afecta a todos y frente al cual es urgente que tomemos medidas colectivas).

En cambio, si la idea de comer menos animales te ha rondado la cabeza (aunque sea de lejos) y quieres saber un poco más, entonces, por favor, sigue leyendo. Este texto es para ti :-)

Desde la perspectiva del consumo, pocas cosas son tan eficientes para reducir nuestra huella ambiental como cambiar nuestra alimentación. La razón es muy sencilla: no hay nada en el mundo que consumamos con mayor frecuencia que alimentos. Es el tipo de consumo que nos une de manera más básica con todos los demás seres humanos. No todos tenemos carro, no todos compramos ropa con frecuencia, no todos tenemos aparatos tecnológicos… pero todos, TODOS, comemos. Y quienes tenemos el privilegio de contar con acceso estable a alimentación, comemos todos los días, varias veces al día. Cambiar la manera en la que nos alimentamos es una de las transformaciones más brutales y eficientes que podemos hacer en nuestros patrones de consumo para reducir el impacto negativo que generamos en el planeta y los seres que lo habitan.

No importa si tu objetivo no es llegar al veganismo: si tienes el privilegio de poder hacerte preguntas sobre lo que comes, entonces tienes la responsabilidad de hacerlo, teniendo en cuenta las diversas maneras en las que esas decisiones impactan a otros seres (humanos y no humanos) y a los ecosistemas que sostienen la vida en el planeta, incluyendo la tuya.

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1: Tener claras las motivaciones
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Son diversas las razones por las que podemos tomar la decisión de cuestionar y ajustar nuestros hábitos alimenticios, pero cuando se trata de hacer transición a una alimentación que esté basada (o centrada) en plantas y que busque reducir considerablemente (o eliminar por completo) los productos de origen animal, la motivación usualmente viene de un interés por el bienestar de los animales, por el equilibrio del planeta o por nuestra salud… o, teniendo en cuenta que todas estas cosas están conectadas, por un mega-mix entre las tres.

Lo que comemos tiene un profundo impacto en el bienestar de los animales, porque para que podamos sostener dietas basadas en carne, lácteos y huevos (especialmente en sociedades cada vez más pobladas y cada vez más desconectadas del origen de lo que consumen) es necesario que miles de millones de animales tengan vidas muy cortas y miserables. Sus cuerpos son mutilados para evitar que se hagan daño entre ellos o a sí mismos debido al estrés que les genera estar en esa situación de encierro, viven hacinados en instalaciones donde no pueden disfrutar de ninguno de sus comportamientos naturales, donde casi no pueden moverse, donde abundan los patógenos y debido a los cuales sus organismos son constantemente bombardeados con antibióticos que les dan para evitar que enfermen y mueran antes de tiempo.

El asunto de los antibióticos es uno de esos ejemplos que muestra cómo la producción de alimentos de origen animal tiene impacto también en la salud humana: de acuerdo a la web Our World in Data, “El uso de antibióticos para el ganado excede en gran medida el uso para humanos… es probable que el uso de antibióticos en el ganado represente aproximadamente el 70-80% del consumo total”. Eso se traduce en la propagación de “súper bacterias”, patógenos que son resistentes a los medicamentos y que representan una importante amenaza para la salud pública.

Las súper-bacterias no son el único problema para la salud humana. La alimentación centrada en productos de origen animal tiene muchos efectos nocivos, y de hecho la Organización Mundial de la Salud publicó un informe sobre la relación entre el consumo de carnes procesadas y el desarrollo de cáncer. La OMS estima que 34.000 muertes por cáncer al año pueden estar relacionadas con el consumo de carnes rojas y procesadas. Su consumo también está asociado a enfermedades como la diabetes y patologías coronarias.

La producción de alimentos de origen animal, además, tiene un impacto enorme en el equilibrio del planeta. Los animales usados para consumo humano (vacas, ovejas, cerdos y cabras, principalmente) son la segunda mayor fuente de emisiones de metano en el mundo. El metano es un gas 86 veces más potente que el CO2 en el proceso de calentamiento global. La ganadería es responsable de un porcentaje de gases de efecto invernadero que supera el de todos los carros, motos, trenes, barcos y aviones combinados. La ganadería es responsable de entre un 20% y un 30% del consumo de agua dulce en el planeta, y en esas cifras no se está teniendo en cuenta la cantidad de agua que se requiere para convertir a una vaca que toma agua (MUCHA agua) en un producto alimenticio procesado.

La ganadería, además, requiere el uso de terrenos enormes (sin contar los que se usan para cultivar alimentos que están destinados exclusivamente a alimentar a los animales utilizados en ganadería), tanto así que se calcula que el ganado ocupa casi el 30% de la superficie total de la tierra. La ganadería es la principal responsable de la destrucción de la Selva Amazónica y está comprobado que también es la principal causa de la extinción de otras especies, zonas muertas oceánicas o hipoxia, contaminación del agua y destrucción de hábitats.

Un artículo publicado el año pasado en la web de noticias de la ONU afirma:

“Si las vacas formaran un país, sería el tercero en emisiones de gases de efecto invernadero. Producir una hamburguesa drena alrededor de 1695 litros de agua. Además de aumentar los gases contaminantes que ifluyen en el cambio climático, la cría de vacas contribuye a la deforestación y al desplazamiento de comunidades rurales e indígenas. También cuando se hace a larga escala, puede llegar a afectar la salud humana”.

El pollo no es una alternativa más sostenible. La producción de pollo y de huevos también tiene un impacto ambiental enorme por las grandes cantidades de sustancias contaminantes que produce, como nitrógeno, fósforo, azufre y amoníaco. Y el pescado tampoco es la solución: se calcula que un 75% de las pesquerías mundiales están agotadas, y diversos estudios advierten que estamos dejando a los océanos sin peces. Además, se desecha aproximadamente el 40% de lo que se pesca mundialmente al año, y se calcula que al año se atrapan “accidentalmente” alrededor de 300.000 cetáceos (lo que equivale a más de 800 ballenas, delfines y/o marsopas al día), que se vuelven a tirar al mar cuando ya están muertos y se consideran “muertes incidentales”.

Esto es apenas un rápido acercamiento al panorama.También podemos hablar de asuntos de justicia social relacionados con la industria de producción de alimentos de origen animal, como el hecho de que la mitad de los granos del mundo se usen para alimentar las vacas que se convierten en alimento para la gente que tiene más plata, mientras al mismo tiempo una de cada nueve personas en el mundo no tiene acceso a suficiente alimento para tener una vida saludable y activa, o los miles de activistas que han sido asesinados en Colombia y otros países como Brasil, México, Filipinas y la República Democrática del Congo, principalmente por tratar de oponerse a que las selvas se conviertan en tierra de pastoreo.

Y podríamos entrar en muchos más detalles de las diversas, interconectadas e interdependientes problemáticas que se derivan del consumo desmedido de productos de origen animal, pero ese no es el foco de este texto y esa es información a la que puede accederse con facilidad en internet. Si quieres leer un texto que escribí hace tiempo sobre el impacto ambiental del consumo de productos de origen animal, lo encuentras aquí. Si quieres ver documentales que hacen la tarea de agrupar, organizar y filtrar información sobre estos temas, te recomiendo que veas Earthlings (sobre el impacto de nuestros hábitos en la vida de los animales), Forks over knives (sobre el impacto del consumo de animales a nuestra salud) y Cowspiracy (sobre el impacto ambiental de la ganadería y la producción de alimentos de origen animal).

Entonces… ¿Te interesa el bienestar de los animales, el equilibrio climático del planeta, la preservación de zonas claves de biodiversidad como el Amazonas, el bienestar de otros seres humanos y la justicia social? ¿Te interesa tu salud? Entonces te interesa cuestionar tus hábitos alimenticios, y transicionar a una alimentación con más plantas y menos animales.

Teniendo claras estas motivaciones, vamos al siguiente punto...

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2: Romper mitos y aclarar (un poco) el panorama


Son muchos, muchísimos los mitos que se construyen y se difunden en torno a la alimentación basada en plantas, y no es suficiente el espacio y el tiempo para abordarlos todos aquí, así que nos enfocaremos en tres que son, posiblemente, los más comunes (y, de alguna manera, los más problemáticos).

El primer mito que vale la pena romper es el que dice que los humanos no podemos vivir sin comer carne. De acuerdo a la Academy of Nutrition and Dietetics y muchas otras organizaciones de nutrición de diferentes países, las dietas vegetarianas y veganas adecuadamente planificadas son saludables, nutricionalmente adecuadas, y pueden resultar beneficiosas en la prevención y en el tratamiento de ciertas enfermedades, y son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital: embarazo, lactancia, infancia, niñez, adolescencia, adultez y vejez, y también para atletas.

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Los humanos no somos carnívoros. Somos animales fisiológicamente omnívoros, tenemos la capacidad de digerir alimentos tanto de origen animal como de origen vegetal, y podemos obtener nutrientes de esas dos maneras.

Al otro extremo de este mismo mito hay otro “sub-mito”, que afirma que la alimentación vegana es más saludable, y eso no necesariamente es cierto. Uno puede tener una alimentación totalmente vegana que consista solo en papas fritas, galletas Oreo y Coca-Cola… y eso, obviamente, no es saludable. Comer cosas hechas con plantas no es garantía de comer saludablemente, así como comer carne no es garantía de estar bien alimentados.

El segundo mito es el que dice que tener una alimentación basada en plantas es más caro. La verdad es que los productos más caros de la canasta familiar suelen ser las carnes y los quesos, mientras que los más baratos suelen ser las legumbres, los cereales y los vegetales. Esto, obviamente, varía de caso a caso, porque una cosa es comer arroz y frijoles de producción local y otra cosa es comprar arroz basmati con lentejas importadas, y sazonadas con sal del Himalaya. Se puede tener una alimentación basada en plantas muy cara, o muy barata, o todo lo que hay en medio… realmente depende de qué eliges comer, dónde eliges comprarlo, etc.

Este mito también se encuentra con frecuencia expresado de otra manera: que la alimentación basada en plantas es para gente privilegiada. Y puede que en ciertos contextos lo sea, porque desde un lugar de cierto privilegio es desde donde usualmente podemos darnos el lujo de hacernos preguntas sobre lo que comemos. Claramente una persona que está tratando de resolver cotidianamente qué va a comer para no morir de hambre no tiene tiempo ni energía para hacerse preguntas sobre el origen de lo que come, o si es “sostenible” o no, o si es amigable o no con los animales y con otros seres humanos. No podemos esperar que alguien que no puede cubrir sus necesidades básicas se haga preguntas sobre esas necesidades básicas… pero tampoco deberíamos nosotros, que sí podemos hacernos esas preguntas, escudarnos en la desigualdad de la sociedad para quedarnos quietecitos en nuestras zonas de confort.

En resumen: no usemos la falta de privilegios de otras personas para evitar sacudir un poco nuestros propios privilegios. No juguemos tan sucio.

El tercer mito es el que dice que una alimentación basada en plantas es insípida, o rara, o difícil de conseguir. La verdad es que muchas de las cosas que ya comemos están  basadas en plantas (especialmente si pensamos en ingredientes y no en preparaciones completas), y muchas otras pueden ajustarse fácilmente para prescindir de productos de origen animal. Sin embargo, muchas personas piensan que la comida basada en plantas es rara y que solo se consigue en tiendas especializadas.

Claro, hay tiendas que venden muchos productos específicos para veganos, pero la base de la alimentación vegetal la consigues en cualquier plaza, legumbrería o supermercado común.

“Comida vegetal” básicamente significa cualquier alimento que no contenga derivados de origen animal… no se trata de una corriente culinaria con ingredientes que vengan de otro planeta ni que tenga como requisito tener sabores extraños o ausencia de sabor.

En cuanto a si es o no insípida, recordemos que la comida sabe bien si se prepara bien, y esto es cierto para la carne o para los vegetales. De hecho, a la carne se le suele dar sabor adobándola con hierbas y con especias (que son vegetales al fin y al cabo), y en las frutas y las verduras encontramos arcoíris de sabores, aromas y texturas que superan por mucho a las posibilidades que se encuentran en los productos de origen animal.

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3: Aprender cosas básicas de nutrición (que seguramente nunca te habías preguntado)
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Hablar de hacer transición a la alimentación vegetal tiene un efecto mágico: todo el mundo se vuelve experto en nutrición, y empieza a preguntar de dónde sacamos la proteína, y otro montón de cosas más que nunca le preguntan a alguien que come carne, aunque tenga los peores hábitos alimenticios.

Nos hemos acostumbrado a creer que comer animales (y sus secreciones) es una garantía de estar bien nutridos, y eso no es cierto; de hecho, los vegetales (a diferencia de la carne) sí son esenciales en la alimentación humana, la mayoría de nosotros no los consume en suficiente cantidad y variedad, y muchas personas que consumen animales tienen deficiencias nutricionales y requieren suplementación, así como pasa con quienes eligen alimentación vegetal pero no se informan suficientemente bien y no balancean su dieta adecuadamente.

Yo no soy nutricionista así que no quiero meterme en terreno ajeno, pero sí quiero compartir cinco datos puntuales (que he aprendido gracias a mis amigas nutricionistas) que sé que son útiles para quienes se están planteando esta transición:

1. La proteína se encuentra abundantemente en el mundo vegetal. Específicamente, se encuentra proteína completa y de alta calidad en las legumbres, como frijoles, garbanzos y lentejas. Si quieres hacer transición a una alimentación basada (o centrada) en plantas, las legumbres pasarán a ser protagónicas en tu alimentación, así que es importante que sepas que, para digerirlas mejor (y aprovechar al máximo sus nutrientes) debes remojarlas idealmente desde la noche anterior a prepararlas.

2. El calcio, el hierro, los ácidos grasos Omega 3 y 6, el yodo están disponibles también en las plantas. La vitamina D (que se obtiene tomando el sol) es esencial para fijar el calcio y la vitamina C es esencial para absorber bien el hierro.

3. La vitamina B12 es realmente el único nutriente que no se obtiene en cantidades suficientes en una alimentación vegetariana o vegana, pero no es porque sea de origen animal. La vitamina B12 es de origen bacteriano, y los productos de origen animal la contienen por el contacto que tuvieron los animales con la tierra y las bacterias que están presentes en el suelo. Cuando los animales que consumimos vienen de entornos de explotación intensiva (o sea, cuando no están en contacto con el suelo sino en edificios de concreto, que es tal vez lo más frecuente), reciben la B12 en suplemento como parte de su alimentación… así que quienes consumen animales por lo general también están consumiendo suplementos de B12 –como los vegetarianos o veganos– pero lo hacen a través de un intermediario.

4. El “plato Harvard” es una buena guía para balancear nuestra alimentación: la mitad del plato debería estar llena de vegetales (tomate, cebolla, pimentón, berenjena, zuquini, apio, lechuga, rúgula, acelga, espinaca, brócoli, coliflor… crudos, salteados, al vapor; cuanta más variedad, mejor); un cuarto del plato debería tener carbohidratos complejos (papa, yuca, plátano, cubios, chuguas, arroz integral, trigo sarraceno, espelta, quinoa, pasta integral, pan integral, etc.) y el otro cuarto del plato debería tener una fuente proteica de alta calidad (garbanzos, lentejas, alubias, judías, frijoles, soya texturizada, tofu, seitán, tempeh…). Por último, añadimos como topping una fuente de grasas saludables, como frutos secos, semillas, aguacate, aceite de oliva virgen extra o aceite de coco crudo (según cercanía y disponibilidad), etc.

5. Ten en cuenta que la mayoría de nosotros no sabe comer bien, y simplemente hemos comido lo que nos dicen que está bien comer sin preguntarnos cosas básicas sobre la buena nutrición. Si estás planeando hacer una transición a una alimentación basada (o centrada) en plantas, tómalo como una oportunidad para mirar con lupa lo que comes y, si es posible para ti, asesórate con un nutricionista especializado en alimentación basada en plantas (lamentablemente si vas donde uno que no tenga ese enfoque es muy posible que caigas presa de sesgos y de información muy desactualizada). Puedes encontrar un directorio de profesionales de la salud en laguiaveg.com, o puedes programar una asesoría online con nutricionistas como Jordi Baena, Victoria Lozada o Julia Jiménez.

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4: Empezar a explorar otros sabores


Cuando pensamos en reducir el consumo de productos de origen animal es natural que sintamos que nos quedamos con menos alternativas… pero eso solo pasa porque nos acostumbramos a ciertos sabores que nos resultan cómodos y agradables y no solemos explorar mucho más.

Aunque suene contradictorio, una alimentación basada en plantas suele ser mucho más diversa, porque salir de la zona de confort alimenticia y gastronómica nos lleva a probar ingredientes, preparaciones y combinaciones que antes ni siquiera se nos pasaban por la cabeza. Empezamos a conocer frutas, vegetales, cereales, granos, hierbas y especias que nunca habíamos probado y empezamos a usar de manera mucho más creativa los ingredientes que tenemos a la mano.

Hay personas que piensan en la comida vegetariana o vegana y se imaginan un plato de verduras hervidas e insípidas (yo era una de esas personas), pero la verdad es que el mundo de la alimentación vegetal es muy, muy diverso. De hecho, muchas de las cosas que ya comes —y que seguramente ya te encantan— son hechas con plantas: las papas fritas, la cerveza, el guacamole, el pan, las arepas, los patacones, el hogao, las barras de chocolate de buena calidad y el café son buenos ejemplos para empezar. La verdad es que si alguien dice que las plantas saben mal, es porque no las ha sabido usar bien.

Recomendaciones para explorar nuevos sabores:

Empieza con algo que te guste, buscando y probando versiones veganas de tus recetas favoritas. Puedes explorar restaurantes de tu ciudad en los que puedas encontrar platos veganos o zambullirte en el infinito mundo de recetas que hay en buscadores visuales como Pinterest.

Ábrete a lo desconocido, probando ingredientes que ya conozcas de maneras nuevas. Se puede usar el aguacate para hacer batidos y sopas. Se pueden usar los frijoles negros para hacer brownies. Se puede usar el caldo de garbanzos para hacer mousse de chocolate. No hay por qué seguir haciendo las cosas de la misma manera en la que las hemos hecho siempre, sobre todo cuando un poco de exploración nos puede llevar a tener inimaginables experiencias gatronómicas, con un menor impacto en el planeta y en los otros animales.

Ten paciencia, y recuerda que aprender cualquier cosa lleva tiempo, así que no te frustres si al primer intento alguna receta no te sale bien, si un plato vegano que pediste en un restaurante no llenó tus expectativas o si el resultado de una mezcla en particular no te gusta. Como ha pasado con otras cosas en tu vida, poco a poco irás descubriendo lo que te gusta y lo que no, e irás ajustando tu experiencia a partir de eso.

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5: Replantea la lista del mercado

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El lugar en el que solemos tener un control más directo sobre lo que comemos es nuestra casa, así que tiene mucho sentido empezar a hacer ajustes ahí.

Si tus compras usuales están protagonizadas por productos de origen animal, empieza a reducirlos y a adicionar nuevas cosas, incluyendo ingredientes básicos que son esenciales en la cocina de cualquier persona que quiera comer más plantas y menos animales:

Legumbres: frijoles, lentejas, garbanzos, guisantes, habas, soya y maní son algunas de las más comunes. Son alimentos muy completos, muy buena fuente de proteínas, fibra, vitaminas y minerales. Si le apuntas a tener una dieta basada en plantas, las legumbres serán parte esencial de tu alimentación, y poco a poco te irás adaptando a prepararlas —y digerirlas— mejor.    

Frutos secos y semillas: almendras, nueces, marañones, semillas de girasol, de calabaza, de sésamo (ajonjolí), de chía, de lino (linaza), de cáñamo. Son buenas fuentes de hierro, fibra, magnesio, zinc, selenio, proteína, vitamina E y Omega 3. Además son muy útiles para añadir nuevas texturas y sabores a tus preparaciones, y para preparar productos ricos y versátiles en casa, como el tahine y la mantequilla de maní.

Granos, cereales y pseudocereales: maíz, arroz, avena, centeno, trigo sarraceno, amaranto, quinoa, etc. Seguramente ya forman parte de tu alimentación y sabes que son una buena base para miles de preparaciones diferentes. Son ricos en carbohidratos complejos, fibra, hierro, vitaminas del complejo B y también muchos minerales.

Frutas y vegetales: desde la más común lechuga hasta el más exótico de los lychees, este sí que es un mundo de infinitos sabores y posibilidades. Olvida la idea de que las ensaladas son solo lechuga con tomate, y empieza a pensar en todas las cosas que puedes hacer con tanta diversidad (por ejemplo, ¿ya has probado los chips de col rizada? ¡Son una delicia!).

Seguramente conoces casi todas esas cosas que están en la lista, y muy posiblemente las has probado ya; ahora lo que hace falta es que las empieces a ver de otra manera y empieces a experimentar más con ellas. También puedes conseguir otros alimentos nutritivos y versátiles como el tofu, el seitán y el tempeh, y otros ingredientes que aportan mucho sabor –además de nutrientes– como las algas, el kimchi, el miso y la levadura nutricional.

En lugar de usar leche de otros animales, puedes comprar leches vegetales de soya, almendras, coco, avena, arroz, etc, o incluso puedes hacerlas tú mismo en casa siguiendo estas sencillas instrucciones. Si quieres tener una idea de por qué vale la pena que te alejes de las leches de otros animales, te recomiendo esta publicación.
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6: Elegir metas puntuales


Hay personas que son capaces y tienen suficiente energía, información y convicción para hacer un cambio radical en su alimentación casi de la noche a la mañana… pero para la mayoría de mortales este es un proceso que toma tiempo, pues debemos desenmarañar décadas de hábitos alimenticios, miedos, aficiones, ideas, información desactualizada, tradiciones, etc.

El hecho de que sientas que no puedes hacer el cambio de un momento a otro no es señal de que este proceso no sea para ti ni es una excusa para dejar estos cuestionamientos de lado. Es, más bien, un recordatorio de que los humanos somos seres complejos, que necesitamos fases de adaptación y que debemos aprender a navegar la incómoda –pero inevitable– realidad de las contradicciones y las acciones imperfectas.

Cada persona tiene contextos (internos y externos) diferentes, que hacen que su proceso sea único, incluso si se parece al que han vivido otras personas que han pasado por el mismo proceso. Por eso, no se trata de seguir instrucciones al pie de la letra sino más bien de buscar experiencias diferentes a partir de las cuales puedas plantear cuál es tu propio camino.

Algunas ideas de metas puntuales que puedes incluir en tu proceso de transición:

Prueba el “lunes a viernes sin carne”. Es una manera sencilla de empezar a cambiar hábitos alimenticios y a explorar todo lo que la cocina vegetal tiene para ofrecer. Para ampliar la idea, hay una charla de 5 minutos en la que Graham Hill (fundador de Tree-Hugger) cuenta sobre su experiencia como “vegetariano de días laborales”.

Veganiza tus comidas, una a una. Elige una de las tres comidas principales del día y empieza a buscar opciones para “veganizarla”. Enfocarte en un solo menú puede hacer que el proceso sea menos agobiante, porque te concentras en buscar alternativas puntuales y defines un momento específico del día para la experimentación. Cuando domines una comida ya vas a tener suficiente confianza y práctica para pasar a la siguiente.

Veganiza tus compras. Cuando estamos en casa solemos tener control sobre lo que queremos y lo que no queremos comer, y puede que no no haya que lidiar con preguntas o situaciones difíciles en las que otras personas empiezan a cuestionar nuestras decisiones y procesos (que es tal vez lo más incómodo de este proceso). Una buena manera de reducir los productos de origen animal en tu dieta es directamente eliminarlos de tu lista de compra, y limitar su consumo a las veces que comes fuera de casa.
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7: Compartir el proceso con otras personas


Tener el apoyo —y la comprensión— de otras personas puede ayudar un montón en el proceso de hacer una transición tan significativa como esta. Es natural que en tu entorno inmediato surjan fricciones, que familiares o amigos no entiendan tu interés por hacer este cambio y que, en lugar de ayudar, parezca que quieren hacerte desistir de la idea: finalmente estás cuestionando algo que también forma parte de sus tradiciones y su visión del mundo, así que es apenas lógico que eso genere incomodidad.

Si quieres tener un proceso más tranquilo, compartirlo con otras personas puede ser de mucha ayuda. Si alguien en tu grupo cercano está también interesado en este cuestionamiento, pueden asumirlo como un “desafío” en conjunto; y si nadie en tu entorno inmediato parece tener ganas de revisar, cuestionar y ajustar sus hábitos alimenticios, puedes aprovechar las maravillas de las herramientas digitales y encontrar otras personas que están en el mismo proceso, con quienes puedas compartir inquietudes, dudas, frustraciones, ideas y experimentos.

Hay grupos de Facebook, perfiles de Instagram, foros, encuentros presenciales, etc., que puedes aprovechar para conectar con personas que están en esta misma búsqueda. Incluso, en el proceso de aprender y sumarte –por ejemplo– a unas clases de cocina vegetal, puedes conocer nuevas personas que enriquezcan tu proceso y que sean ese esencial apoyo para seguir avanzando incluso cuando parece que toda la humanidad va en otra dirección.

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8: Aprender a adaptarse al contexto


Lo “normal” es comer carne, lácteos y huevos, y muchas otras cosas que tienen partes y secreciones animales. Por supuesto “normal” no es sinónimo de “deseable” o “bueno” o “moralmente correcto”, ni siquiera es necesariamente sinónimo de “legal”. Que algo sea normal solamente significa que está suficientemente difundido en un grupo social y que no sorprende a casi nadie.

Con ese panorama, si esperamos que el contexto sea 100% amigable con una alimentación basada –o centrada– en plantas, lo que vamos a encontrar es frustración y agotamiento.

Sí, cada vez hay más restaurantes vegetarianos y veganos, y cada vez más restaurantes carnistas ofrecen platos basados en plantas, respondiendo a la creciente (aunque todavía tímida) demanda. Y sí, cada vez es más fácil encontrar productos especializados incluso en supermercados convencionales. Eso facilita ciertas cosas, pero no es garantía de que todo va a ser fácil siempre.

Por eso es importante entender que, si estamos comprometidos con este cuestionamiento, nos conviene cultivar la creatividad y la flexibilidad. Por ejemplo, vale la pena que perdamos el miedo a pedir modificaciones en los menús de los restaurantes; muchos platos son “veganizables”, es cuestión de preguntar y pedir el favor de buena manera. La mayoría de los restaurantes no tendrán problema en modificar un plato para ti… y de hecho es posible que ni siquiera necesites pedir esas modificaciones, pues cada vez es más común encontrar restaurantes vegetarianos y veganos en todas partes.

También vale la pena “pensar fuera de la caja”. Si estamos viajando, por ejemplo, debemos tener en cuenta que un desayuno costeño es diferente a un desayuno paisa, y que un almuerzo turco es diferente a un almuerzo colombiano. Si salimos a buscar comidas similares a las que comerías en casa es posible que te encuentres en situaciones muy frustrantes, pero si te enfocas en las prioridades (comer bien y balanceado) te aseguro que encontrarás muchas opciones.
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9: Recordar por qué se tomó esta decisión


No voy a decir mentiras: cambiar la forma en la que nos alimentamos puede generar muchas fricciones con las personas que nos rodean, especialmente si lo que nos motiva es algo que va más allá de nuestra propia salud.

Si alguien deja de comer “carnes rojas” por la salud de su corazón nadie le dice nada, pero si lo hace por el bienestar de los animales lo más seguro es que le lluevan críticas, chistes, cuestionamientos… en fin. El camino de cuestionar y ajustar nuestros hábitos alimenticios está lleno de obstáculos (que suelen venir más de la interacción con otras personas que de las limitaciones del contexto), así que siempre es bueno hacer el ejercicio de recordar qué es lo que nos motiva.

Para eso puedes recurrir a contenido web en el que se aborden las diferentes problemáticas en torno a la producción de alimentos de origen animal, o ver documentales que te recuerden lo bonito que puede ser el planeta si lo tratamos con más cuidado (lo cual incluye aprender a comer de otra manera), o incluso seguir perfiles de Instagram con memes sobre veganismo, que por lo menos te sirvan como empujoncito humorístico para no perder el impulso cuando sientas que el panorama se pone medio —o muy— gris.
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10: Conectar este proceso con otros cambios


Como lo vimos al principio, comer es nuestro acto de consumo más frecuente, y es una manera de reducir nuestra huella ambiental, mejorar nuestra salud y reducir el impacto negativo que tienen nuestros hábitos en las vidas de otros animales. Sin embargo, la comida es apenas una parte de la historia y es importante que recordemos eso: vivimos en un planeta complejo, en el que cada uno de nuestros actos cotidianos (incluyendo los que son aparentemente más inofensivos) generan algo así como “ondas” que no solo pueden tener impacto en nuestra salud y en nuestro entorno inmediato, sino que pueden estirar nuestra huella ambiental hasta el otro lado del planeta.

Dejar de comer animales (o reducir considerablemente su consumo) nos acerca un pasito más a un estilo de vida más ligero con los ecosistemas que nos sostienen, pero eso no nos convierte automáticamente en ambientalistas. Podríamos tener dietas completamente basadas en plantas y al mismo tiempo estar comprando todo importado, híper-empacado, de marcas súper irresponsables, con procesos destructivos y trato injusto a otros humanos… así que es importante recordar que no es solo un asunto de ingredientes, sino de observación atenta, sensible y crítica de nuestros patrones de consumo y cómo afectan nuestra vida, el equilibrio del planeta y el bienestar de todos los seres que lo habitan.

Esto, en todo caso, tampoco quiere decir que hay que hacerlo todo perfecto o que si no estamos comprometidos 100% con todas las causas ambientales, sociales y animales del mundo entonces nuestra transición alimenticia no tiene sentido. Lo que sí quiere decir es que, ya que estamos en esto, vale la pena que recordemos que no es posible encontrar soluciones únicas y simples dentro de un sistema complejo, que está lleno de crisis complejas, diversas e interconectadas.
separadorCambiar lo que comemos puede ser intimidante. Puede ser difícil. Puede parecer imposible... Lo que comemos suele estar tejido con nuestras costumbres, la historia de nuestra familia, nuestra cultura, nuestros compromisos sociales. Comemos lo que comemos porque llevamos décadas construyendo y reforzando ideas en torno a lo que sabe rico, lo que nos hace sentir bien, lo que nos trae buenos recuerdos, lo que nos une con la gente que nos rodea. Cambiar hábitos no suele ser fácil, y mucho menos cuando son hábitos alimenticios.

Sin embargo, si lo hacemos con buena información y buena compañía puede ser una oportunidad para aprender, para cuestionar lo que hemos considerado "normal", y para repensar y replantear el tipo de huella que estamos dejando en el planeta con cada cosa que ponemos en nuestro plato.

Sacar la carne –y los productos de origen animal– de nuestro plato no significa que le vamos a quitar algo a nuestra vida; es realmente una oportunidad para añadirle cosas que valen la pena: mayor curiosidad por el mundo de la alimentación y la cocina, mayor experimentación y creatividad y, por supuesto, mayor conciencia sobre nuestra huella en el planeta y en las vidas de otros seres que lo habitan.

Podemos ver este proceso como un sacrificio, lo cual hará el camino más difícil... o podemos verlo como una invitación a vivir de otra manera, a aprender, y a alinear el estómago con la cabeza y con el corazón. Es urgente que empecemos a entender el impacto que tienen nuestras decisiones cotidianas en el planeta y los seres que lo habitan, y que empecemos a observar, cuestionar y ajustar nuestra huella ambiental, para responder a la necesidad de adaptarnos a los límites planetarios que colectivamente hemos ignorado. Lo importante no es hacerlo todo perfecto. Lo importante, sobre todo, es empezar.
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