Prueba

Tener veintitantos y tomar salvajemente

Las historias de estos jóvenes recorren la línea entre la euforia fiestera y la adicción al alcohol. Testimonios, voces de expertos médicos y cifras de consumo trazan un panorama sobre el alcoholismo entre la población joven.

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C

omienza con un trago, siempre. Ese primer sorbo que sabe a mierda. Porque así fue para todos cuando probamos alcohol por primera vez, a los once o doce o quince o veintitantos años, no importa. Estoy seguro de que solo después de la tercera, la cuarta o la decimosexta copa pensamos que así sabía el placer. En cambio, el primer sorbo es poco más que el líquido amargo que baja quemando la lengua, el paladar y la garganta, el ácido que se asienta en el estómago mientras la cara explota en una mueca amarga. La pregunta es: ¿si esa iniciación sabe tan mal, entonces por qué aceptamos el segundo trago? En la vida, me refiero. A lo mejor el sabor importa poco y sea más bien la sensación de fuego por dentro lo que nos lleva hasta allá. Es una teoría. Pero hay otras: curiosidad, presión social, estupidez. O de pronto tomamos salvajemente porque queremos tener algo que sentir.

Respecto al alcohol todas son teorías. De hecho, puede que solo haya una certeza: beber una vez, dos veces, ene veces, cada vez con mayor frecuencia o método, tarde o temprano lleva al alcoholismo. De eso va este artículo: la euforia y la desilusión del alcohol. Del alcoholismo como gusto y como enfermedad, porque lo es. Ni siquiera entre los veinte y los treinta años, la edad de la inmortalidad aparente, somos inmunes a desarrollar el impulso de tomar alcohol por necesidad y no solo por el placer de sentir la boca llena del calor de cada sorbo. Más o menos el 50,8% de los tomadores frecuentes de Colombia están entre los 18 y los 34 años, y más de la mitad de ellos, el 34,2%, son personas con consumo de riesgo, es decir, personas con alta probabilidad de desarrollar o haber desarrollado consecuencias adversas para sí mismos y para otros, desde dependencia al alcohol y daños en algunos órganos del cuerpo, hasta episodios de violencia física, tal como señala Miguel Cote, psiquiatra especialista en adicciones. Es así que alrededor de la mitad de los tomadores frecuentes en Colombia son veinteañeros que toman salvajemente, un sorbo tras otro, mientras transitan los paisajes del placer y la necesidad.

–Cuando estaba sobria pensaba en la próxima vez que iba a tomar –dice Fernanda, seria. Luego esboza una sonrisa, una picardía–: Cuando dejé de tomar, algunas veces lloré porque extrañaba el alcohol. Increíble. 

Fernanda no se llama Fernanda, pidió usar otro nombre. Dice esto recordando la ansiedad que sentía cuando no tomaba y también cuando dejó de hacerlo definitivamente, el mal sueño y los temblores. Su último trago fue hace menos de un año y por eso aún está buscando dentro de sí las palabras para entender lo que vivió entre el primer sorbo y ese último. Las suyas son palabras disfrazadas, dolor oculto. Tiene veintiún años y lleva tomando desde los doce. “Salí con mis compañeritas del colegio, fuimos a un lugar cerca a mi casa, compramos un vino súper barato y re malo y con eso nos emborrachamos”. Habla con la voz dulce. “Eso era normal. Ahí empezó todo. Me tomé eso como si fuera una gaseosa: tan, tan, tan”. Es bajita y tiene el pelo corto, alborotado, la cara de una niña pequeña.

–No, sabes que no era tanto el sabor sino más bien sentirme prendida. El sabor no era tan bueno –se ríe–. Pero ya después me comenzó a gustar, créeme –y remata la frase con un cálculo a ojo–: por ahí a los quince.

¿Habrá alguien que conozca con certeza esa fecha? Quizá sí es importante saber cuántas botellas, copas, vasos, pintas, chorros, shots, cajas, medias, litros alcanzaron nuestra boca hasta ese instante en el que el líquido bajó con gusto: esa fecha que marca el paso del desagrado al placer, la mueca que se vuelve recompensa.

Fernanda tomaba sola porque así se sentía: sola. Durante mucho tiempo compró aguardiente –guaro, dice ella–, se encerraba en su cuarto, ponía música y “tan, tan, tan”. Comprar era sencillo: su papá tenía problemas con el trago y mantenía cuenta abierta en la tienda de la esquina; ella iba y le decía al veci que el papá la había mandado por media de guaro y el veci: cómo no, aquí tiene. Al final del mes el papá pagaba convencido de haberse tomado lo que aparecía en la cuenta. Así patrocinó una que otra borrachera con amigos, no muchas, realmente, porque siempre se juntó con personas mayores que tenían cómo comprar. Cuando estaba  en sexto se juntaba con los de once, rumbeaba con los de once, bebía con los de once y los de once invitaban. A pesar de que tomaba parejo, todas las semanas, ellos se cansaron de que se emborrachara rápido y se pusiera cansona, y se quedó sola. Y así comenzó a tomar. ¿Quién disfruta sintiéndose de esa forma, “tan jueputa estoy muy sola, muy triste”? Entonces tomó más.

–Cuando uno tiene un trago en la mano siente seguridad. Uno se siente otra persona.

Y esa sensación es la de la vida en pausa, congelada, durante, ¿qué? ¿media hora, una, dos? Sin duda lo suficiente para sentirnos cómodos siendo esa otra persona que no sufre por lo que sufre la persona que somos cada día. El asunto es que los personajes que representamos cargan otra historia y otros afectos, como si se tratara de una trampa oculta en el disfraz o en la máscara. Siendo otros justamente somos otros para el espejo y para el resto. Fernanda menciona a su mamá y traga saliva.

–No la culpo. Fue muy amorosa, intentó darme lo mejor de ella, pero nunca sentí sus palabras, nunca me tocaron, yo lo que quería era tomar y pasarla bien –dice con una sombra en el rostro. Luego menciona a su papá y mira el asiento vacío junto a ella–. Él también me gastaba, yo le decía: usted también toma, invíteme. Y lo hacía. Nos sentábamos los dos a tomar en la sala de la casa.

Cuando calla, mira por la ventana como si mirara un paisaje mientras la sombra se retira de su rostro como una nube que pasa sobre un valle. Luego mira al frente y termina su bebida de un sorbo.

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Lo primero que le dijeron a Fernanda cuando entró a Alcohólicos Anónimos es que el alcoholismo es una enfermedad. Pero eso es todo y nada, casi una frase de cajón, y en el aire parece una amenaza frívola, un tiro que puede ser para nosotros como para cualquiera.

–Mire –dice Rosaura Gómez, psiquiatra de Colsanitas–, cuando hablamos de alcoholismo hay que hablar de la frecuencia y cantidad de consumo, del número de borracheras a la semana, del deterioro de salud, funcional, económico, social y familiar del individuo. Eso es lo que hay que tener en cuenta para diagnosticarlo.

El tiro al aire, entonces, remueve todo lo que compone a una persona: amigos, familia, estudio, trabajo, plata, salud. Pero saber eso poco importa, incluso cuando la bala pega de lleno en el cuerpo, porque los alcohólicos siguen tomando aún después de que su vida ha comenzado a deteriorarse en cada una de sus partes. Ese es el sinsentido del alcohol.

Gran parte de los efectos del trago suceden en el sistema nervioso, como sucede con cualquier otro tipo de sustancia psicoactiva. El funcionamiento es más o menos este: el sistema nervioso tiene receptores parecidos a huecos que se llenan cuando llega la sustancia, y vuelven a vaciarse cuando se interrumpe el consumo. Al tomar seguido acostumbramos al sistema a tener los huecos copados por la sustancia, a llenarlos cada vez más pronto, a mantenerlos llenos siempre, de lo contrario aparece la abstinencia, el malestar, y para evitarlo vuelve el deseo inevitable de llenar hasta el borde cada hueco una y otra vez. Y esto básicamente porque algunas sustancias, como el alcohol, liberan hormonas como la dopamina en los centros de placer y los estimula produciendo sensación de gozo. Hasta que eventualmente el estímulo cae y aparece el vacío, una sensación horrible.

El proceso lo va explicando la psiquiatra Gómez, deteniéndose cada tanto para buscar la palabra correcta y que yo no la malinterprete. Pisamos terreno inestable, fango puro. Sin términos médicos, técnicos, complejos es muy difícil alcanzar la precisión. Lo que ocurre con sustancias como el alcohol es relativamente más sencillo comprenderlo si se miran otros órganos –el hígado, el corazón–, donde los efectos se pueden ver y medir de manera más evidente. En las neuronas las cosas son abstractas y toca simplificarlas con huequitos que se llenan y vacían; pero la imagen funciona: finalmente el alcohol es un líquido que nos llena y luego nos vacía. ¿Acaso la parte jarta de la fiesta no llega con un malestar tremendo  y un agujero en el pecho?   

–Primero el alcohol lo pone a uno pachanguero, contento, y hablamos duro, la música suena maravillosa, cogemos el ritmo facilito, todo está como chévere —dice la psiquiatra—. Después empezamos a bajar, empezamos a decir pendejadas, nos ponemos sentimentales, nos da por cantar canciones de despecho y se incrementa el sentimiento de que la vida no vale nada, todo se vuelve una porquería. Ahí es cuando uno ve normalmente cómo los borrachos van bajando y bajando, y quedándose quietos y dormidos.

La caída del alcohol es lenta. En cada bajada llegamos más cerca al fondo, es decir, quedamos más abajo, más jodidos, y volver a subir a punta de trago toma mucho tiempo, más del que podemos soportar con el hueco adentro. Aquí es donde algunos mezclan lo que sea que estén tomando con estimulantes –éxtasis, cocaína, bazuco– para estar arriba del mundo en un par de minutos y durante apenas otro par de minutos, porque el efecto pasa relativamente rápido, sucede otra caída y a comenzar de nuevo.

Pienso en Fernanda: “Yo nunca creí que llegaría a consumir drogas. Yo era una niña de casa”.  Muchas veces estas cosas van apareciendo y arrollando a las personas sin aviso. Cuando han pasado y en los brazos o en los pies aparecen las marcas de las inyecciones, o salta el recuerdo y la conciencia de haber consumido una pepa o inhalado un polvo el camión va lejos y no deja ninguna explicación. Arrollada, así parece Fernanda cuando habla de las drogas y el alcohol.

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Julián espera en una camioneta frente a la sede de Alcohólicos Anónimos. Está esperándome desde que terminó la última reunión del grupo. Me saluda con una sonrisa y me da la mano. Todo bien, me dice. Su nombre no es Julián pero vamos a suponer que sí lo es. No veo en Julián los signos de ansiedad que pensé tontamente que tendría por la abstención y por la espera. Y así, tranquilo, me pregunta si vamos a la panadería, justo al frente. ¿Vamos? Vamos, le digo. Del asiento del copiloto se baja Luisa, su pareja, que también está en Alcohólicos Anónimos y me pide que cambie su nombre.

Ella y yo pedimos aromática y él pide tinto. Más adelante dirá: “Vea, lo raro en esta sociedad es no beber. Si yo le ofrezco un tinto y usted me lo desprecia no le voy a pedir ninguna explicación. Pero con el trago no pasa lo mismo”, y levantará su vaso de icopor y lo pondrá frente a mí. “Ahora entiendo que para eso también es el anonimato. La gente que iba al bar era amiga mía, siempre me ofrecía tragos y cuando les decía que era de Alcohólicos Anónimos eran más cagada”. Pero como eso será después, antes me habrá contado que cuando llevaba un mes sobrio decidió comprar un bar.

–¿A lo bien?

Le da risa.

–Por Facebook vi que estaban vendiendo el bar donde bebí toda la vida. Llamé al man, un amigo mío, le pregunté en cuánto, y echando globos decidí comprarlo, aquí está la plata y tenga las llaves. Eso fue una locura, hermano. Yo llegaba y atendía el bar, yo mismo servía la cerveza. Vea, una vez fui a destapar una que estaba medio congelada y se me estalló, quedé bañado. ¿Ahí qué? Nada, límpiese y pilotee la vuelta. Otra vez, sirviendo tequila, me chorrié la mano y, ¿cuál es la reacción natural? Mandar la mano a la boca. “Ey, ey, ey, quietooo”: mi cuerpo mi propio enemigo.

Julián tiene treinta años. Habla con mímica: destapa la cerveza, manda la mano a la boca. Lleva un año largo sin tomar y para este punto ya logra explicar y contar con propiedad su historia con el alcohol. Lo afirma con frecuencia: “ahora puedo decir esto”, “en retrospectiva tal cosa”, y Luisa corrobora lo que él dice apenas lo dice y también ríe.

–Cuando empezamos a salir yo iba al bar, me tomaba una cerveza y cuando lo besaba él me hacía caras, pero yo no caía en cuenta. Hasta que un día después de un beso vi su cara.

Gracias a Julián, Luisa dejó el trago.

–Que ella me besara mientras tomaba era una locura, hermano –ambos sueltan una carcajada–. Terrible. Cuando ella me besaba sabiendo a trago me desestabilizaba mucho.

–¿La embarró comprando el bar?

–Hoy no lo haría. El deseo imperioso, como lo llaman los fundadores de la comunidad, se manifiesta con una gota de alcohol. La enfermedad tiene dos momentos: la compulsión, usted se toma un trago y ya no puede parar; y la obsesión mental, usted siempre está pensando en tomarse un trago. ¿Para qué exponerse?

–Pero si no hubieras tenido el bar yo no hubiera llegado esa noche con los mariachis, y no estaríamos aquí los dos –dice Luisa mirándolo. Luego, a mí–: Mi madrina siempre me dice: “Dele gracias a Dios que puso a ese man en su camino”.

–Vea: el bar me sirvió para pasar el mensaje –remata él.

A Julián lo conocí luego de una sesión de Alcohólicos Anónimos, una semana atrás. Roberto Cañón, el secretario de la oficina principal de Bogotá, me había asegurado que a ese grupo en particular asistían varios jóvenes, “ni idea por qué”, dijo. La reunión fue en un salón pequeño en el barrio Siete de Agosto. En la entrada hay un corcho con mensajes impresos en hojas tamaño carta: “Lo primero primero” (sic), “Hagalo con calma” (sic); en las paredes, retratos de los fundadores y un cuadro con un fragmento de la Oración de la serenidad. Comienzan la reunión recitándola: “Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo y sabiduría para conocer la diferencia”. La sesión fue sobre el poder superior. Leyeron del libro guía de Alcohólicos Anónimos y luego pasaron al frente, uno a uno, los que querían, a compartir su experiencia y su relación con ese poder superior. Aunque la lectura no hablaba de Dios, todos lo mencionaron. En él se cobijan,  un impermeable que los mantiene secos, que los protege, los abraza. Eso dicen. Frente al grupo Julián afirmó no creer en Dios.

–El poder superior es dios como usted lo conciba –me explica en la cafetería, con el tinto en la mano–. Mi poder superior es mi grupo de apoyo: estas personas tienen un poder superior al mío porque ya pudieron parar de beber, además son superiores a mí en número.

Durante la sesión alguno confesó que ese día casi bebe, que a la hora del almuerzo siempre siente el deseo imperioso, entonces uno, dos, tres de ellos, le pidieron la dirección del trabajo, y le aseguraron que al día siguiente le caían para almorzar, una visita, un tinto, hablar. El grupo es más grande que el hombre, dicen. 

–Se trata del dios que cada uno logre entender –continúa Julián–. Mi dios no le sirve pa’ nada a usted, no le pida nada porque es el que me da abstención a mí. Mire, nosotros los alcohólicos no estamos buscando el cielo porque salimos del infierno, de la depresión, de las ganas de suicidarnos, del miedo.

Dice que el miedo es como ese dios que cambia para cada persona: algo más grande que la mujer y el hombre, que también cobija, envuelve, asfixia. Está alrededor pero también adentro. El miedo del que habla Julián se manifiesta en la mano que lo traiciona y le acerca el tequila a la boca, en el pensamiento que le dice que no pasa nada si se toma esa cerveza. “Una noche estoy sirviendo una, la destapo y la voz en mi cabeza me dice ‘tómesela que no pasa nada’”, y no queda más que apretar, aguantar. Sabe que un trago jodió su matrimonio, porque ni su esposa ni su hija lograron hacerlo cerrar la boca para que no entrara una gota de las que vinieron después. Dice que sin familia tomó más, muchas veces sin ganas. “Incluso cuando yo quería parar no podía. Cuando decía hoy no quiero tomar, siempre terminaba en el bar”. Dice que se sintió derrotado. ¿Qué se siente querer dejar de tomar y no poder? Inicialmente, miedo. Eso dice. “El de levantarse y saber que en la noche va a tener que ir al bar y que no hay nada que pueda hacer para decirle que no a esa copa”. Y relajado, tranquilo, como quien cuenta un chiste pesado, afirma: “Yo bebía sin tener ganas de hacerlo”.

–¿En qué punto le gustó el sabor? ¿Recuerda?

–No sé. Al principio no. Uno tomaba vino porque era dulcecito, además era barato. Todo lo que tomábamos en esa época era barato: vino, Tequimón, Niquelao…

–¡Uy, sí! Uno hacía vaca para comprar Chin Chin –dice Luisa.

–Además uno evaluaba: con media de aguardiente no nos emborrachamos, mientras que con un litro de Déjame ciego, de Eduardo III...

–Del Viejo Jhon…

–Vea que incluso en la universidad, con plata, prefería tomar el Viejo Jhon. Hasta que ya me descompuso: me tomaba tres tragos de esa vaina y me daba vómito, diarrea, me rompía el alma.

–Jajajaja.

–Jajajaja.

–En esa época yo era un borracho problemático, de los que cazan pelea –continúa–. Al otro día, cuando me despertaba me dolía todo, me miraba la cara y estaba roto, sin saber con quién me había peleado –pausa–. Esa sensación es horrible, hermano, no saber qué pasó ayer, buscarse en los bolsillos, amanecer en un sitio que ni idea.

–¿Cuál fue la noche más fea?

–Una noche estaba muy borracho en la casa de mi hermano, que vive en un piso 17. Salí al balcón y sentí ganas de botarme por ese mismo desespero: “¿Por qué no puedo parar? Lo que yo quiero es estar en mi casa leyendo un libro, durmiendo, pero estoy acá borracho”. Y como ya era el más bebedor, todo el mundo estaba botado en el piso mientras yo seguía de pie, estaba amaneciendo y yo seguía mirando a ver qué podía seguir tomando. Entonces salí al balcón y ahí me agarró esa sensación. Mi hermano se levantó y me preguntó: “¿Usted qué hace?”. “Calculando la probabilidad de quedar vivo si me boto de acá”, le dije yo. “Si me llego a caer no hay ninguna probabilidad de que quede vivo, ¿sí o no?”.

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En este punto ya es un chiste. “Vamos a hacer trabajo de campo”, le digo a mi novia antes de destapar una botella, las copas tintineando entre las manos. Nuestra última fiesta fue en marzo del año pasado, una semana antes de que comenzara la cuarentena estricta a nivel nacional. Además de la hamburguesa con papas a las dos de la mañana, de la hueva que dejó caer una botella de champaña mientras intentaba destaparla y del par de personas que se pusieron jartas desde la medianoche, recuerdo a una desconocida con una botella de vodka en la mano pasando persona por persona en medio de un ridículo círculo de baile para darnos trago directamente desde la boquilla, todos bebiendo de las babas del otro. Vaya uno a saber cuándo volveremos a esa disolución de los límites del contacto.

El encierro obligado por la cuarentena debido al Covid-19 nos descubrió en la mentira de ser tomadores sociales. Por lo menos a muchos. Nadie puede ser un tomador social si toma solo. A pesar de que no hay cifras contundentes sobre el consumo del alcohol durante la cuarentena en Colombia, la dinámica en el mundo parece ser la misma: en América Latina el consumo aumentó un 12% durante los primeros cuatro meses de la cuarentena en comparación con los doce meses del 2019; en Estados Unidos el consumo aumentó un 14% respecto al año anterior; y en Europa el consumo aumentó alrededor del 12% en apenas los dos primeros meses de cuarentena. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en el caso latinoamericano la población entre los 18 y los 29 años de edad está representada en esa estadística con un 29,5 %, total que estaría repartido entre quienes disminuyeron el consumo severo que lleva a la intoxicación (un 40,8 %) y quienes lo aumentaron (un 23,3 %), el cambio más drástico entre los diferentes rangos de edad. Algo tenía que suceder al pasar de tomar cada semana a la salida de la universidad, en un bar, en la casa de amigos, a tomar encerrados en nuestras propias casas, sea que vivamos solos o con nuestra pareja o con nuestros amigos o con nuestros padres. Tanto la OPS como el psiquiatra Cote como Fernanda como Julián coinciden en que el trago no solo sirve para socializar sino para hacerle frente a emociones complejas, por ejemplo, eso que nos ha llenado el cuerpo soplo a soplo durante este año de mierda: la ansiedad, la incertidumbre, la depresión, el miedo, el aburrimiento, la soledad. 

Qué extraño será volver a lo de antes.

Viernes. Un grito desde otra mesa. “Foondo. Foondo. Foondo. Foondo”. Volteamos a mirar y un tipo con cara de recién nacido se toma de un sorbo un coctel verde que combina todos los pecados de este mundo y del otro. “¡Ehhhh!”, vuelven a gritar. Yo miro mi coctel y tomo. Allá son como diez en una mesa dispuesta para cinco o seis, pero no importa. Después de medianoche, él y un par más de su grupo correrán tambaleándose entre las mesas buscando el baño, la mano en la boca para frenar el vómito que amenaza con bañarnos a todos.

Sábado. Alguien en la mesa hace el comentario: “Vamos cinco fines de semana seguidos”. Todos parecen hacer la cuenta y, sí, tiene razón. Otro toma y los demás tomamos, igual que esas veces.

Domingo. La cervecería está llena y afuera hay una fila de gente esperando. A diferencia de un restaurante, donde uno come, paga y se va, aquí nadie tiene afán. La noche se estira una jarra tras otra, un coctel tras otro, con la música en el fondo y las voces y las risas y uno que otro grito terminando de llenar el espacio. No hay una sola mesa sin trago.

Lunes. Mientras vemos las noticias vamos recordando cómo pasábamos algunos de los fines de semana antes del aislamiento, del viernes al domingo. En la pantalla, el presentador dice que la policía encontró otra fiesta clandestina en la ciudad. Las imágenes de estos rumbeaderos pandémicos se parecen tanto a aquellas del recuerdo. Podrían mezclarse. Van no-sé-cuántas fiestas clandestinas intervenidas en los últimos días en las principales ciudades del país, dice el presentador, pero ya no le prestamos atención.

Martes. El restaurante junto a la universidad está vacío. Antes, a esta hora, seis y pico de la tarde, había gente con cervezas en la mano. La doble vida de los negocios universitarios: de día corrientazo, de noche tomadero. Aunque ahora bebo, pasé toda la universidad sin mandarme un solo trago, sentado en alguna de esas mesas tomando gaseosa mientras mis amigos acumulaban botellas vacías frente a mí. Conozco a varios para quienes la relación con el alcohol pasa por negarlo. De entonces tengo claro que pocos saben porqué hacen lo que hacen, sea tomar o no tomar, fumar o no fumar, como si se tratara apenas de un impulso.

Durante el colegio bebía cajas baratas de vino y aguardiente en los andenes del barrio con algunos amigos del salón. Nos hacíamos llamar los Drinkers, bendita pubertad. Ahí me presentaron al Flaco, un tipo alto y bacán y de quien se decía que había quedado casi ciego de tanto tomar licor adulterado. Recuerdo que un día fuimos juntos a una cabina telefónica a llamar a otros drinkers, él levantó la bocina, acercó la cara a diez centímetros del aparato, se quitó las gafas, miró los números y se quedó quieto ante ellos. “Ayúdeme que no alcanzo a ver”, dijo. Cuando volvimos, fue el primero en destapar la caja y mandarse un chorro largo. 

Miércoles. El psiquiatra Cote dice que el aislamiento llevó a mucha gente a buscar excusas para volarse unos minutos de la casa y tomarse una cerveza en alguna esquina, ante las ganas salvajes de la abstención. Con el alcohol, al principio se trata de querer o no querer. Tengo un primo de 26 años que nunca ha probado una gota de nada y no parece tener intención de hacerlo. Mientras compro un mandado, veo que la nevera de la tienda tiene una cinta cruzada que dice: “⊘Ley seca”. Me pregunto qué excusa estarán dando los bebedores de mi barrio para ir a buscar más lejos. Considero que mi consumo de alcohol es moderado, pero ahora no puedo dejar de preguntarme, ¿a cuántas copas estoy de que la voluntad me lleve a ir a buscar más lejos?

Jueves. Los veo cerrados, pero la imagen del recuerdo es clara. Frente a algunos rumbeaderos universitarios hay filas de gente esperando para mostrar la cédula o la contraseña y entrar al sitio. A leguas se ve que el filtro es protocolario. Aunque la ley diga otra cosa, cualquier adolescente sabe que para comprar alcohol solo hace falta tener algo de plata.

Otro viernes. Juega la Selección Colombia de fútbol masculino. Los bares están llenos una o dos horas antes de que empiece el partido y la cerveza corre de mesa en mesa y dentro de los cuerpos. ¿No es difícil pensar en el fútbol sin cerveza? La Federación y Bavaria llevan un matrimonio amoroso desde hace treinta años: cerveza Águila es patrocinadora de la Selección de mayores y hoy su nombre aparece en el título de la liga local. Días así no veo por qué la dura legislación colombiana obliga a las empresas de licores a poner en su publicidad frases del tipo “Prohíbase el expendio de bebidas embriagantes a menores de edad" o "El exceso de alcohol es perjudicial para la salud". El objetivo, claro, debe ser que los niños no piensen lo que no es cada que vean un comercial de cerveza luego de un gol de sus ídolos. Es un asunto de mano dura, de tener presente a través del fútbol (y de paraderos de buses en cada cuadra y de pancartas sobre cualquier edificio) que el exceso –y solo el exceso– es perjudicial. Cuando llega el gol, el narrador grita a través de las pantallas y todo el mundo brinda en cada casa y en cada bar.

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–En mi grupito del colegio todas teníamos contraseñas falsas e íbamos a bares en la 85.

Marcela, con su nombre falso, confirma lo que es un secreto a voces: acceder al mundo del alcohol es fácil para cualquier menor de edad que quiera hacerlo. Las restricciones apuntan a controlar el licor ilegal y adulterado más que el consumo general, lo que es apenas lógico en un mundo que superó hace un siglo la prohibición. Igual, muchos beben el primer trago en casa, algunas veces patrocinado, “tome, pruebe para que sepa a qué sabe”, “prefiero que lo haga en la casa”; otras, a escondidas, como Marcela, que abría las botellas del papá, sacaba un poquito y luego las rellenaba con agua. Eso explica en parte porque el 19,3% de los adolescentes colombianos entre 12 y 17 años toman al menos una vez al mes, para luego enlistarse en las filas de ese 50,8% de adultos jóvenes bebedores. Terminar el colegio, entrar a la universidad, comenzar a trabajar implica alejarse parcial o totalmente de los principales centros de control y vigilancia. La autonomía algunas veces desborda.

–Salí del colegio e inmediatamente entré a la universidad. En el colegio me iba bien en las materias, pero en comportamiento y disciplina era más bien malita. En la universidad yo no mantenía con los de mi facultad, ñoñitos preciosos, sino con los administración y derecho, tome, tome y tome. Sabía que tenía parcial y entregas y no valía. El alcohol no me dejó terminar mi carrera.

A pesar de que hay estudios que demuestran que al menos el 15% de los estudiantes universitarios colombianos corren riesgo de desarrollar alcoholismo, hasta la fecha no hay estudios que cuantifiquen cuál es el porcentaje de ellos que no terminan la carrera por andar enfiestados; esto, entre otras razones, porque la deserción puede ser por decisión propia o por expulsión de la institución debido a mal rendimiento o mal comportamiento y eso complica la ecuación. Pero es posible que esa sea otra de las consecuencias no revisadas del alcohol. Marcela es alta, delgada, trigueña –dice con orgullo que siempre fue de las bonitas del colegio–, habla con seguridad y repite tres veces algunas palabras. Sentada frente a una aromática de frutos rojos recuerda que su mamá sufría para pagar cada semestre mientras ella veía materias de primero, segundo, tercero, pero nunca del semestre que pagaba. Entonces se culpaba a sí misma porque la carrera le había quedado grande. “Excusas, excusas, excusas”, dice ella. Aplazó un semestre, luego otro, luego ya no terminó.

–No podía tomar tranquila sabiendo que tenía responsabilidades. Yo tomaba por evasión, me sentía bien, no necesitaba nada más, las responsabilidades no estaban.

Y en esa oración, “las responsabilidades no estaban”, cabe todo un mundo. Aunque Marcela está hablando de tareas y exámenes, andar por ahí sin responsabilidades, una hora, dos, tres, la noche entera, también significa negar aquello que excede los límites de nuestro cuerpo. “El embriagado pierde noción de toda dependencia –nadie, nada depende de él– y la reemplaza por la de independencia”, dice el filósofo Jean-Luc Nancy en Embriaguez. Este es el centro del alcohol: tomamos porque disfrutamos el estado que alcanzamos luego de tomar lo suficiente, el punto más alto de la montaña, el instante inmediato que antecede la caída. Ahí donde el placer inunda.

La responsabilidad implica dependencia, estar atado al entorno, a una persona. La independencia, en cambio, significa romper todo vínculo con el mundo que nos rodea, con su funcionamiento, con sus leyes, y crear nuevos. Esto puede ser: olvidar tareas, exámenes, parejas, amigos, cuentas por pagar, bocas que alimentar, cuerpos que cuidar; tomar unas tijeras y cortar en trozos una a una las preocupaciones de la mañana. Estar embriagado o prendido es como subir al escenario para recitar las líneas que le corresponde a la gente poderosa, a la gente ingeniosa, a la gente atractiva, a la gente que sabe mirar el mundo desde arriba. Estar prendido, encendido, con el fuego adentro. Ver el fuego sin tocarlo. Tal vez por eso tomamos el segundo trago: buscamos alcanzar ese estado en el que los sentidos son inundados por sonidos, imágenes, sensaciones y sabores que levantan lo instintivo del placer desde el fondo de nosotros hasta la superficie de ninguna parte. “El gozar que tiene lugar en ese otro lugar que no está en ninguna parte”, dice Nancy. Tal vez por eso tomamos de la forma en la que tomamos.

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Y así vamos pasando los veinte. Despertando y prometiendo, en broma o en serio, que nunca más, que no vamos a volver a tomar para no volver a sentirnos así de pateados. ¿No decimos eso?: “Ese trago me pateó”. Pero luego recordamos el fuego, las llamas iluminando la noche y sonreímos. Julián cree que el guayabo es más fuerte cuando uno se despierta y en los bolsillos no encuentra nada. “Si usted se levanta enguayabado pero con los bolsillos llenos de billetes no va a sentir el golpe tan duro”. Cuánta plata puede irse en una tomada. Depende de qué tomemos, en dónde y con quién, pero también de qué tipo de persona seamos tomando, sin importar cuán grande sea el fajo en nuestra billetera. Los hay tapados en plata que no gastan ni los chicles para bajarle al tufo, o vaciados que gastan en esta mesa y en las dos que hay más allá, o aviones que hacen la vaca y van guardando comisión. ¿Qué tipo de persona es esa otra que representamos con la copa en la mano?

Justo después de pedirme que le cambiara el nombre, Angie me contó que cuando dejó la universidad y perdió el trabajo, a los veintiséis o veintisiete años, decidió hacer plata negociando con hombres durante las fiestas. “Pero eso no tiene otro nombre que prostitución: me pagaban por sexo”, dice con dificultad, incómoda, y al mismo tiempo consciente de que es inútil ocultar lo que hacemos con nuestros cuerpos. “No era con todo el mundo, tenía cierto perfil, tipos con los que sabía que luego de salir me quedaría buena plata. Pero me emborrachaba y terminaba con otra gente, sin saber quiénes eran, y sin un peso en la cartera”. Llegó a pensar que se había contagiado de VIH. Y entre tanto amanecía golpeada, arañada, arrastrada, y con la ropa llena de marcas de tierra y barro, sin saber bien dónde había estado la noche anterior ni con quién. De Medellín se fue a Barrancabermeja para estar lejos de la familia y rumbear sin que nadie estuviera vigilándola, y debido al calor salía en shorts y blusas livianas que dejaban descubiertas las marcas que los hombres iban dejando  en su piel.

Los casos de violencia interpersonal a mujeres registrados en Colombia han llegado a sumar 33.989 en un año; los de violencia intrafamiliar, 51.731; los de violencia sexual, 20.668; los homicidios, 870. Aunque los datos entregados por Medicina Legal pueden filtrarse según el escenario –y uno de ellos es “Lugares de esparcimiento con consumo de alcohol”–, es difícil precisar cuántos de estos casos fueron ocasionados por el licor, porque no solo en bares se toma y no solo en bares se ejerce la violencia. Los golpes, las violaciones y los asesinatos como consecuencia del trago también suceden en la casa de la víctima o el victimario, o en la calle, o en hoteles, o en moteles, o en universidades. Tampoco hay cifras claras que relacionen el alcohol con la violencia en hombres: piense en las peleas que usted ha visto o escuchado luego de un partido de fútbol o de una fiesta cualquiera. Julián hablaba de los moretones con los que amanecía sin saber muy bien de dónde. No hablemos ya de los accidentes de tránsito en los cuales  el alcohol está vinculado, cuyo promedio anual en el país está en los 3179.

Fernanda me había respondido que no. Marcela lo dudó. Entonces le pregunto a Angie si alguna vez intentaron abusar de ella mientras estaba tomada. Es claro que hay un abismo entre la violencia que ejercemos por elección con nuestros cuerpos y la que ejercen otros porque se les da la gana. La respuesta sale como una bala. “Sí”, dice. Hace un gesto de qué-pregunta-tan-obvia, se acomoda en la silla y continúa.

—Una de esas veces en que estuve muy maltratada, tenía acá en el cuello dedos marcados. Yo me acuerdo qué pasó. Alguien que conocía de Medellín fue a un concierto a Barranca, me dijo que tenía un palco, entonces yo le dije que iba con él, pero esa vez llovió mucho y se canceló el concierto. Igual tomamos. Él no quería que yo llamara a una amiga para que nos acompañara, él solo quería tomar y luego que nos fuéramos al hotel donde se estaba quedando. Yo le decía que no, que siguiéramos tomando ahí. El tipo se emputó, pagó y se fue, pero luego se devolvió y me dijo que fuéramos a comprar más trago y durante todo eso siguió insistiendo con lo del hotel. Yo sé que fue él –pausa–. Me acuerdo de un parqueadero de piedra, me acuerdo de que me caí en las piedras. Tengo algunas imágenes de que él me pegó por no irme a su hotel.

–¿Abusó de ti?

–No. Pero sí me pegó feo.

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Hubo un tiempo en Colombia en que estar borracho era un delito. El historiador Sebastián Quiroga Cubides recuerda en el libro Cultura líquida que en el Código de Policía de 1892 todo borrachín que estuviera por la calle era encerrado de doce a veinticuatro horas. Hoy tomar no es un crimen porque la cultura líquida ya hace parte de los fluidos de la sociedad. Lo criminal es lo que viene antes o después: el trago ilegal y adulterado, y las diferentes violencias sobre el cuerpo propio o ajeno. Pienso en el Flaco. Que el tipo quedara casi ciego por tomar trago barato era apenas una anécdota entre los Drinkers, nunca una advertencia; el tipo era una leyenda. La toxicóloga de Colsanitas Pilar Acosta es rotunda con que “no importa mucho el tipo de bebida: la consecuencia final va a ser la misma, lo que cambia es la velocidad de ella”. Y si el trago está adulterado –alcohol etílico + alcohol metanol + alcohol propanol– la consecuencia es inmediata y casi fatal.

Pero a los quince o dieciocho o veintitantos años a muchos no les importa eso. Nosotros queríamos prendernos para sentir que la noche se calentaba desde el cemento del andén en el que estábamos sentados, que en alguno de esos sorbos algo haría mecha y el aire se quemaría dejando algo así como la luz de una llama sobre el agua. Queríamos ver ese reflejo que hace el fuego sobre un líquido. Por eso tomábamos directamente de la caja y por eso le pasábamos la caja al Flaco, aunque él no fuera capaz de ver la cara de quien se la pasaba; aunque él no fuera capaz de ver la llama y no le quedara más que sentirla.

Tomábamos sin saber realmente en qué sorbo nos quemaríamos con el fuego de la llama. Lo mismo le pasó a Fernanda o a Marcela o a Angie o a Julián: nadie conoce con precisión el número de ese trago. El alcoholismo, explica el psiquiatra Cote, es una enfermedad que en su desarrollo involucra variables biológicas, genéticas, psicológicas y sociales. Eso significa que usted y yo podríamos tomar lo mismo, en la misma cantidad y con la misma frecuencia y lo más probable es que uno de los dos desarrolle alcoholismo mucho más rápido que el otro. “Las personas con papás alcohólicos heredan una carga genética que las hace más susceptibles químicamente a desarrollar una mejor o una peor tolerancia al trago. Sucede igual con las personas cuyo organismo no metaboliza bien el alcohol, porque alcanzan el punto de intoxicación más rápido”. Es por eso que tomamos sin saber en qué sorbo nos quemaremos con la llama. Del contacto entre el fuego y un objeto siempre queda algún desecho. Y esa es otra de las pocas certezas del alcohol. Vamos sumando gotas al líquido del que está hecho nuestro cuerpo, a la red de fluidos y humores y fuentes que manan a diario dentro y fuera de nosotros, a la espera del desborde, del derrame, de la inundación, de que tanto fluir lleve finalmente al vertedero.

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