Prueba

Entre pañales y cuentas de cobro

Al momento de quedar embarazada, el trabajo se vuelve una compleja pregunta: muchos empleadores te descartan y es complicado sortear el tiempo y las exigencias de ser madre, con el cumplimiento laboral. ¿Cómo se puede alternar el trabajo y la maternidad en la sociedad antimaternal?

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A
ntes de Nicolás no entendía por qué las mamás sienten culpa cuando dejan a sus crías con una niñera o en un jardín. No entendía por qué quieren salir temprano del trabajo a ver a sus hijxs. No entendía por qué se quejan del extenso horario laboral y de las reuniones que empiezan a las seis de la tarde. No entendía por qué dicen que la licencia de maternidad es corta (en Colombia es de cuatro meses), si mi madre ni siquiera tuvo eso: a los ocho días de parir se fue a terminar su práctica universitaria, dejándome al cuidado de mi abuela y una niñera. Para mí esas otras mamás que no fueron capaces de enfrentarse al mercado laboral, conciliar, cumplir sus metas profesionales, eran las equivocadas, las flojas, mientras que mi mamá, que en un acto de berraquera se fue a trabajar apenas nací, era el ejemplo que todas debíamos seguir. Por mi mente no pasaba la idea de que en un postparto lo que necesitamos es espacio para recuperarnos, descansar y vincularnos con nuestrxs bebés. Por mi mente no pasaba que una lo que más anhela es tiempo para maternar.

Cuando conté que estaba embarazada mis familiares cercanos se preocuparon, pues acababa de renunciar a mi trabajo, estaba cursando mi maestría y la inestabilidad económica era mi realidad. Ellxs, con buena intención, me hicieron prometerles que no iba a abandonar mi individualidad, sueños y metas por ser madre. Les prometí que terminaría mi maestría, seguiría trabajando, así fuera desde la casa, e ignoraría todas las dificultades de un embarazo. Y después, cuando trajera el bebé al mundo, me pararía de la cama rápidamente y conseguiría ayuda (una niñera o un jardín) para hacer “mis cosas”. Para mi familia y, por supuesto, para mí, dejar a mi hijo al cuidado de alguien más era lo normal, lo deseable, lo que se debe hacer. Así lo hicieron mi mamá y abuela para sobrevivir en una sociedad que exige que seamos tanto madres como trabajadoras ejemplares. En ese momento, yo no cuestionaba la crueldad de esto y solo hasta que lo viví me di cuenta lo alienada que estaba y lo difícil que es pensar en ser algo más que madre cuando se está recién parida.

La realidad es que una se convierte en una floja. Con el nacimiento de Nicolás, me pasé horas y horas amamantando, cuidando y desvelándome por él. Organizar la casa, lavar la ropa, bañarme era un suplicio en un momento en el que solo quería estar tirada en la cama con la criatura que acababa de parir. Sin embargo, ese era un lujo que no me podía dar, pues cada siesta que hacía mi hijo (y donde se supone que una debe dormir) la debía aprovechar para hacer los pendientes de la maestría, ya que sentía que debía seguir con ella, como si nada hubiera pasado. Yo debía ser más que una mamá contra viento, marea, sueño, cansancio y un recién nacido que solo quería dormir encima mío y estar pegado a la teta. Fue en ese momento cuando entendí la flojera de esas madres que yo tanto había criticado e incluso despreciado. Fue ahí cuando entendí lo cruel que es la sociedad con nosotras y lo poco hecha que está para que maternemos, trabajemos, estudiemos o hagamos algo que implique ser madre y otra cosa.

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En mi caso, en solo 9 meses (lo que hoy tiene mi hijo), he pasado por varios  momentos: primero fui solo madre, después más madre que trabajadora, luego más trabajadora que madre y finalmente volví a ser más madre que trabajadora, pues la conciliación se me apareció como una mentira y aunque no tenía que salir de mi casa, el horario laboral me ahogaba: todos los días trabajaba hasta las 11 de la noche, atendía llamadas mientras bañaba o le daba de comer a mi hijo, aceptaba reuniones a las que me era imposible ser puntual y dejaba de compartir con Nicolás porque cada hora que pasaba con él en el día se me convertía en una hora más de trabajo en la noche. Me sentí desamparada, floja y decepcionada de mí misma. Temblé cuando le conté a mi mamá que había renunciado al trabajo ideal (uno en el que ganaba bien y ejercía desde mi casa) pues estaba rompiendo la herencia familiar de desarrollarse profesionalmente como si no se tuvieran hijxs.

Y es aquí donde hay que recordar, así nos duela, que un hijx sí cambia las cosas, que nuestra labor de madre sí va a afectar cómo entendemos el trabajo, que nunca volveremos a ser tan “productivas” como antes, que nos vamos a enfrentar a muchas críticas por no estar siempre disponibles, ni como trabajadoras ni como mamás, que salir a trabajar a los ochos días  (o en mi caso a estudiar) no es un acto de berraquera, sino un acto suicida, pues además de lo difícil que es tener un recién nacido en casa se suma el hecho de estar pensando en un trabajo, un jefe, unas metas que cumplir, un mercado laboral y una sociedad que quieren hacerse los ciegos ante la situación de una nueva madre y aminorar su crueldad haciéndole sentir que es una “superwoman”, “una berraca”, “una vieja que todo lo puede”, cuando en realidad lo que está pasando es que esa mamá se está muriendo en vida al tratar de llenar todas las expectativas que hay a su alrededor.

—Es verdad, este no es un sistema hecho para maternar —me dice Valeria Calderón, abogada con énfasis en salud sexual y reproductiva, mamá de tres y quien, en la búsqueda de conciliar su vida de abogada con la de mamá, renunció a su trabajo en un departamento jurídico y creó Ayu, una empresa que acompaña a las madres y padres en la crianza—. En Colombia, las políticas obligan a las mujeres madres a emplearse antes de lo que quisieran —continúa Valeria—; un sistema que proteja la maternidad tiene unas licencias mucho más amplias y subsidios por parte del Estado. La realidad es que son muy pocos los países avanzados en los que los bebés permanecen cerca de su principal cuidador durante un tiempo suficiente, ignorando que un bebé tiene necesidades físicas y afectivas que deberían ser cubiertas por la pareja progenitora y que terminan siendo delegadas a otras personas.

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En Colombia, las leyes de maternidad tienden a reducirse a la licencia, la cual es demasiado corta respecto a países como los escandinavos. Aquí, una nueva madre con un empleo formal y contrato fijo (muchas veces las mujeres que trabajan por prestación de servicios están desprotegidas) tiene derecho a 18 semanas de licencia remunerada, es decir, a cuatro meses que aunque es un logro respecto a lo que era antes, no alcanza ni siquiera a cubrir los seis meses de lactancia materna exclusiva, por lo que, como me dice Valeria, “las mamás que amamantan tienen que sortear toda una serie de dificultades para poder seguir ofreciéndole a sus críos leche materna”, dificultades que, entre otras cosas, implica: buscar un sitio limpio y digno para extraerse leche, hacer la extracción cada tres horas para que la producción no disminuya, tener un extractor o saber extraerse manualmente, comprar recipientes para almacenar la leche y transportarla en una nevera del trabajo a la casa, todo esto para que el crío tenga la leche de su mamá y no la de otro animal (las fórmulas infantiles, normalmente, se hacen con leche de vaca). Lo complejo de esto es que muchas veces la leche no alcanza y se tiene que recurrir a la fórmula, incluso en contra de los deseos de la madre.

En la actualidad, en España, hay un movimiento muy fuerte por parte de grupos feministas que abogan por la ampliación de la licencia de maternidad, pues actualmente es de 112 días. La lucha es porque la licencia para las madres sea de mínimo un año y que además sea transferible, es decir, que el padre le pueda dar días a la madre para que esta tenga tiempo para maternar. Esto ha suscitado críticas por parte de otras corrientes feministas que dicen que esto es volver a encerrar a la mujer en el hogar. Y cabe decir que Estados Unidos, el país que Colombia quiere imitar en todo, es el peor lugar para maternar y paternar, pues es la única nación en el mundo en que la mamá no recibe salario por parte del empleador durante los solo 84 días que tiene de licencia. Por el contrario, los países escandinavos tienen unas políticas que protegen la maternidad de forma más integral: en Noruega, la licencia de maternidad es de 315 días y de paternidad de 112 días; en Suecia ambas licencias son de 480 días. En Islandia, Noruega y Finlandia el Estado otorga subsidios económicos a los padres, al igual que en otros países como Japón, Francia y Alemania.

—Además de todo lo relacionado con la licencia de maternidad y paternidad está el tema de la cultura empresarial—me dice Valeria—. Las empresas están viendo que hay un resultado positivo cuando apoyan procesos parentales, como que hay menos ausentismo y más compromiso y sentido de pertenencia. También se está promoviendo el homeoffice o llevarse tareas a la casa, condiciones estables de trabajo en tiempos en que se gesta o se amamanta, capacitaciones en las que las familias obtengan nociones sobre cómo se puede mantener una lactancia cuando hay separaciones momentáneas con el bebé o cómo puede existir una conciliación laboral, permisos para citas, facilidad en los horarios, tiempo para amamantar al bebé adentro y afuera del entorno, guarderías, información, apoyo y disposición.

Es verdad que todo esto está pasando, pero no tan rápido como una quisiera. La desprotección y las críticas que vivimos las madres se siente en cada una de nuestras decisiones y vivencias. Si se elige retornar al trabajo remunerado fuera de casa, sentimos (y nos hacen sentir) que abandonamos a nuestrxs hijxs; si se elige, por el contrario, quedarse en casa solo para criar, nos critican por dejar a un lado aquello que nos realizaba como mujeres (sin sentarse a pensar en que nos podemos realizar criando y que la crianza es quizá el trabajo más importante del mundo pues es la que da estructura a las nuevas generaciones); si en un acto intermedio buscamos conciliar a través del homeoffice o con algún emprendimiento, nos enfrentamos a dos trabajos tiempo completo y a sentirnos mediocres en todo, a creer, erróneamente, que somos madres a medias y trabajadoras a medias. Aquí, en nuestro país, y en muchos otros, conciliar es por un lado una utopía y por el otro un objetivo capitalista y patriarcal que parte de la idea de la “supermom” que se mata haciendo cosas para otros y no para ella misma.

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Sobre las madres y padres que deciden trabajar criando hay que decir que es una labor desagradecida. “Cuando le preguntas a una mamá o a un papá o un cuidador que se queda en casa con niños si trabaja, te van a decir que no lo hacen. Te van a decir ‘soy ama de casa o amo de casa y estoy criando’. Pero la realidad es que estas personas sí están trabajando, sin embargo, su trabajo tiende a ser invisible a nivel patrimonial”, me dice Valeria. Ni la madrugada a atender al bebé ni el siempre responder a sus miles de necesidades (las que muchas veces no entendemos) ni administrar el hogar, limpiarlo y tenerlo ordenado ni estar pendientes de las citas médicas de todxs y, en sí, ni la carga mental de ser la responsable de un hogar, hacen que ser ama de casa sea considerado como un trabajo por el simple hecho de que no nos están pagando con dinero, pues a las madres se nos paga con la sonrisa del bebé y la satisfacción del “deber” cumplido.

Y lo peor de todo es que muchas mamás nos creemos el cuento de que parir es pasar a un segundo plano (como me dijo hace poco la tía de mi compañero), que debemos trabajar remuneradamente sin quejarnos, que si nos partimos la espalda estamos haciendo lo mejor para nuestrxs hijxs (sin pensar en nuestra salud mental y el vínculo con ellxs), que si decidimos renunciar a nuestro trabajo para poder estar en casa, sea como madre 24/7 o como una mamá que logró tener homeoffice, debemos estar inmensamente agradecidas sin evaluar lo injusto que es que seamos nosotras las que en la mayoría de los casos debamos abandonar en contra de nuestra voluntad algo que tal vez nos hacía felices, nos realizaba como profesionales y nos daba independencia económica, pues aunque hayan familias (como la mía) en las que depender del esposo no es un problema, hay otras que esto se presta para chantajes y violencia doméstica.

Para mí este tema no ha sido fácil. He aceptado trabajos que me sobrepasaron en tiempo y fuerza y que cuando por fin los terminaba me sentía como si hubiera parido trillizos. He dudado de mis capacidades como madre y trabajadora, me he dado cuenta de lo duro que es hacer ambas cosas y de lo poco empático que son lxs jefes, compañerxs, el sistema en general, con nosotras, nuestras condiciones y nuestros esfuerzos. Me tocó en un momento en el que me quedé sin niñera renunciar a un trabajo que era perfecto para mí, que me hacía feliz, todo porque no tenía quien cuidara a Nicolás. He estado desesperada, he visto a mi hijo como un obstáculo en mi crecimiento profesional, he sido madre arrepentida. Todo esto porque el sistema no nos apoya, porque aquí se debe escoger entre ser madre o trabajadora, porque ser ambas cosas es imposible. Y si tal vez se quiere tener un poco de conciliación familiar, la única manera es renunciar al trabajo, echarse la bendición y emprender en algo que no se sabe si va a funcionar, como hizo Valeria, y que implica trabajar en horarios nocturnos o en seguir contratando una niñera o llevando al niñx a un jardín con la única diferencia que ahora podemos manejar nuestro tiempo aunque la carga siga siendo la misma. Ser mamá que busca la conciliación con el freelance y el emprendimiento es vivir en un vaivén, en un estado ambiguo donde solo podemos pensar en que se necesita más plata y tiempo para maternar y trabajar.

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Es por esto que hay días en que solo puedo pensar en que quiero trabajar fuera de casa, tener estabilidad, producir dinero, ser alguien más allá de la mamá de Nicolás y que aunque para él sea la persona más importante del mundo necesito ser indispensable para otrxs, pues estar confinada en mi hogar a veces me enferma, desespera, destruye. Pero hay otros días donde agradezco poder estar la mayor parte del tiempo con él, de tener el privilegio de verlo crecer, de estar presente en cada uno de sus logros, desde la primera dada de vuelta hasta su primera sentada; estos son días donde me siento realizada como madre y en los que no necesito nada más.

Este confrontamiento, lucha interna, sensación de que no tengo claridad de cómo maternar o qué tipo de madre quiero ser, la llamo ambigüedad, y es, quizás, la palabra que más define el ejercicio de mi maternidad. Es eso que sentimos cuando estamos en casa con un deseo inmenso de salir, estar solas, hacer algo que no sea ser madre, y que cuando por fin salimos no podemos evitar sentir un nudo en el estómago, en la garganta, en todo nuestro cuerpo, que nos hace sentir culpables por no estar con el bebé y que no nos deja disfrutar de hacer otras cosas que no sean ser mamá. Es eso que nos dice que somos mujeres, individuos con necesidades propias pero que al mismo tiempo nos grita que nuestrxs hijxs nos necesitan y que todo esto es pasajero. Es eso que me hizo darme cuenta de que tengo que buscar una forma de conciliar sin sentirme culpable por no cumplir promesas y expectativas que no tienen en cuenta lo que yo deseo, quiero y anhelo.

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