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Sebastián Santafé: identidad, perreo e ilustración

En las ilustraciones de Sebastián Santafé fluyen la identidad, la diversidad, los temas de género y hasta el perreo. Como un diario ilustrado, sus piezas son fragmentos de experiencias sobre las que necesitamos hablar y escuchar cada vez más.  

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ebastián tiene dos aros en la oreja derecha, las uñas pintadas intercalando rojo, negro, rojo, negro, rojo. Lleva una camiseta gris, pero no es lo que usa normalmente: en su perfil de Instagram publicó una foto donde tiene un saco cuello tortuga color turquesa y lleva un tono de azul más oscuro en los párpados; en otra nos mira detrás de unos lentes rosa y un mechón de pelo rubio se asoma bajo una gorra roja. Antes de la pandemia, salía rumbo al Transmilenio con un poncho de líneas negras y manchas azules, rojas y amarillas. 

El color que atraviesa el armario de Sebastián también está presente en su trabajo como ilustrador. Sus composiciones y estampados textiles se caracterizan por elevar el color al mismo nivel narrativo de la historia y de los personajes, y por cuestionar los códigos que los colores traen implícitos: amarillo para la felicidad, negro para la oscuridad. 

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Sebastián empezó a estudiar Ingeniería civil y se retiró, luego Publicidad, que sí terminó, y dos semestres de Artes Plásticas que le despertaron la curiosidad por la ilustración, un oficio que convirtió en un proyecto personal donde explora procesos personales: ser gay, empezar relaciones y terminarlas, vestirse de maneras más queer. 

Para Sebastián “la ilustración siempre ha sido una bitácora, un diario de vivencias en el que puedo expresar lo que me está pasando en ese momento. Si algo me tiene feliz o triste, si algo me emputa… la ilustración es donde empiezo a ver mi pasado y mi evolución”. Desde hace unos meses, esa evolución lo ha llevado a darle voz a necesidades, luchas e incluso conflictos dentro de la comunidad LGBT: En sus ilustraciones defiende el derecho a salir o quedarse en el clóset, le hace frente a quienes minimizan las luchas de la comunidad y cuestiona los privilegios que existen dentro de ella. Juntas, sus ilustraciones son una especie de manifiesto cronológico y sirven para que otras personas se vean reflejadas y se aferren a ellas como un salvavidas. “Los peladitos de ahora pueden ver sus historias en cualquier serie, en cualquier libro. Tienen referencias para agarrarse de ahí y decir ‘esto que le está pasando a él me está pasando a mí’”. 

Cuando empezó a ilustrar, Sebastián se remitió a las técnicas análogas que conoció mientras estudiaba Artes. Utilizaba mucho grafito, pero luego empezó a escanear sus dibujos y a darles color en Photoshop. Ahora trabaja en un iPad, usando Procreate, y su trabajo ha dado un giro cromático: lo que antes era un acercamiento tímido al color dio paso a lienzos donde no hay un solo píxel en blanco. 

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La decisión de explorar el color coincidió con el inicio de su relación con Andrés, su novio actual y con quien salió del clóset. En el espíritu de usar la ilustración como bitácora, todo lo que hacía entonces “eran puras mieles, todo era rosa”, pero se ha transformado en un ejercicio de “ver cómo el color puede cambiarse y resignificarse”. Así, su trabajo más reciente incluye personajes con pieles amarillas, moradas y verdes, y en un nivel más conceptual, relatos tristes narrados a través de tonos vibrantes.  

Tal vez el mejor ejemplo de esa resignificación del color se puede ver en Mi pecado, la serie de ilustraciones con la que Sebastián ganó el primer lugar del XI Catálogo Iberoamérica Ilustra en julio de este año. “El trío de ilustraciones muestra cómo me sentía cuando empecé a estar con mi primer novio, porque yo me imaginaba una vocecita en mi cabeza que me decía que estaba compartiendo mi intimidad con el pecado, y que eso estaba mal”. Esa vocecita, y las dudas persistentes que comunicaba, están rodeadas de muebles amarillos, paredes color magenta y pisos de rombos multicolores. Una mezcla de “colores estridentes y masa compositiva sólida”, como aseguró el jurado del concurso, “que invitan a penetrar una cotidianidad íntima que resulta desconcertante y conecta con el mundo honesto de los personajes”. 

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Cuando Sebastián recibió la llamada en la que le dijeron que era el ganador, desconfió. Era un número desconocido y pensó que seguro era alguien que quería robarle. Al otro lado de la línea, los jurados soltaron carcajadas cuando él les contó, y después celebró: en Instagram escribió “¡Mamá, papá, su hijo maricón ganó!”, y le agradeció, como dando un discurso digno de los Oscar, a su novio, su familia, sus amigues y su hermana.

El Catálogo Iberoamérica Ilustra es una iniciativa de la Fundación SM y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que convoca anualmente a ilustradores consagrados y a jóvenes talentos, a participar en un catálogo que visibiliza el trabajo que se genera en toda la región y que sirve como referencia y consulta para el medio editorial. Hacer parte de la publicación, y sobre todo ser el ganador, es un gran logro para cualquier ilustrador pues señala estar a la altura de artistas como Ana Penyas, Decur, María Luque y Luisa Uribe, quienes han sido seleccionados en otras ediciones del catálogo.

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Entre los referentes de Sebastián están varios ilustradores que también se preguntan por la vida diaria, lo queer y el uso del color. “Uno de mis primeros referentes fue Marcelilla Pilla. Me parece divina su forma de narrar la cotidianidad y de usar la ilustración como bitácora de viaje. Otre es Zay Cardona. Le sigo hace un montón y sus cómics fueron el primer referente gráfico queer que tuve, así estuviera en el clóset. Les daba like a escondidas, sin compartir nada, pero me sentía superidentificado. Otro ilustrador al que le he agarrado cariño y gusto es Matías Prado. Más que su forma de dibujar, me llama la atención su espontaneidad. Se me hace bellísimo que con pocos elementos visuales logre transmitir situaciones tan cotidianas que a veces uno deja pasar porque la vida es rápida. También quiero mencionar a Carolina Urueta. Ella es mi dupla en Circus, la conocí ahí a pesar de que seguía su trabajo desde antes, y antes de la pandemia era la persona que veía todos los días en la oficina. La veía dibujando, ilustrando, y ella me enseñaba. Verla de cerca… es una genia”. 

Sebastián tiene 26 y vive solo desde hace poco más de un mes. Dice que todavía no tiene un escritorio para sentarse a dibujar y que va de aquí para allá buscando dónde se siente más cómodo. A diferencia de la casa de sus papás, donde dibujaba dentro de su cuarto y mirando hacia la ventana, ahora que vive solo está enfrentándose a la libertad de escoger de qué color comprar la caneca, cómo vestirse para salir a la calle, con quién desayunar todos los días y cómo transmitir toda esa libertad en sus ilustraciones.

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