Porcelana china: cartografía personal de mis tatuajes

En el fondo son cicatrices. Vida, arte, cuerpos heridos en tinta. Esta escritora antioqueña descifra su biografía más íntima a través de las huellas que le han dejado los tatuajes.

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A mi mamá que, a pesar de todo, me cuidó mi primer tatuaje.

M

e hice mi primer tatuaje a los diecinueve años. Me levanté esa mañana para encontrar en el suelo de mi cuarto una carta que mi mamá había tirado por debajo de la puerta en la madrugada, antes de irse para la oficina. Mi mamá nunca me había escrito una carta. Nunca, a excepción de las que los papás debían escribirnos por petición del colegio cuando nos íbamos de retiro espiritual algunos días, cartas llenas siempre de lugares comunes del cariño paterno y sus expectativas sobre mi éxito y mi felicidad y su esperanza de que en el retiro aprendiera y reflexionara. Esas cartas las escribía sin falta mi papá, con su letra pequeña y temblorosa por la excesiva fuerza que le imprimía al lapicero. Al final firmaba y dejaba un espacio para ella, para mi mamá y su firma ilegible. Estoy casi segura de que esa carta que recibí bajo la puerta era el primer texto largo que me veía obligada a leer en la letra de mi mamá. Cuando ella era joven quería, más por ideales impuestos que por otra cosa, ser médica. Pero se desmayaba viendo sangre, le daban asco las personas enfermas y no era buena tratando amablemente a los demás. Hubiera sido una médica terrible. De su deseo, creo yo, solamente le quedó la letra ilegible y enredada. Y en esa letra me escribió la primera carta de su vida.

La tarde anterior me senté con los dos en la sala, con mi papá y mi mamá, y les dije que quería tatuarme. Soy mayor de edad, les dije. Tengo derecho y tengo la plata (que había ahorrado de sus mesadas, pero eso no lo mencioné). Mi idea de la estética y del cuerpo es distinta a la de ustedes, les expliqué. No quiero tatuarme y llegar aquí de sorpresa, ustedes saben que los respeto, y por eso comparto esta decisión con ustedes, porque no es una afrenta, insistí. Pero no permitiré que sus visiones del mundo determinen la manera en la que yo decida sobre mi destino –yo era un poco exagerada a los diecinueve–. Discutimos dos horas o más. Así me criaron, discutiendo. El que tuviera el mejor argumento tenía la razón. Al final yo tuve el mejor argumento y mi papá aceptó. Dijo que no estaba de acuerdo pero que respetaba mi decisión y mi mamá se quedó mirándolo con esos ojos que siempre pone cuando lo quiere matar, pero debe esperar hasta después. Me imaginé la pelea que habrían tenido luego en la pieza. Sentí un poco de pena por él, pero la cita ya estaba pedida y el tatuaje dibujado en un papel calcante: un mehndi diseñado por mí que iría a lo largo de la espalda, del cuello a la cadera. Ahora, muchos años y muchos tatuajes después, me duele un poco pensar en mi mamá escribiendo esa carta. La veo en la madrugada, a la luz de la lámpara de su nochero, escribir en una hoja de cuaderno las palabras que horas después yo leería con esfuerzo. Escribió rápido una carta dulce y triste en la que me pedía que lo reconsiderara, que no fuera a manchar mi piel de porcelana.

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***

Nací a las siete de la noche, o eso me dijeron, y me gusta eso de ser nocturna, pero tempranera. Mi mamá no quiso dormir. Muy fiel a su temperamento templado (malgeniado), dijo que se iba a comprar una escopeta, que le iba a disparar a cualquiera que medio me mirara feo. De la sala de parto salí junto a ella porque se negó a que las enfermeras me alejaran de su lado para ponerme en una cuna. Estaba paranoica con que me cambiaran por otra niña. Su forma del amor rayaba un poco con la fuerza y la rabia. Su forma de la maternidad era protectora y violenta, más que cálida. Los primeros días de mi vida mis papás se turnaban para verme dormir, y asegurarse de que no dejara de respirar. Los peligros que acechan a los bebés recién nacidos parecían, en ese momento, infinitos. Una de esas noches mi mamá me escribió una canción. Ese, más que ningún otro, es el gesto más tierno que ha tenido conmigo. Me la imagino viéndome, pequeña y blanquísima, entre las cobijas del hospital. Entonces compuso unos versos que decían: Yo tengo una muñeca de porcelana/ de pura porcelana/ porcelana china/ que se llama/ que se llama/ Lina. Le puso un ritmo chispeante y me arrulló con ella muchas noches. Hace años no la escucho cantar mi canción.

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La carta que encontré esa mañana hablaba de la piel de porcelana. Fue muy duro leerla porque la letra de mi mamá parece hecha para confundir más que para comunicar. Creo que entendí casi todo. Luego doblé la hoja de cuaderno con las palabras de ella, y me la guardé en el bolsillo del pantalón, como amuleto, como si ella me acompañara, sin querer, a hacerme el tatuaje.

***

Después del segundo o el tercer tatuaje, el proceso deja de sorprender y todo se vuelve más familiar, casi mecánico. En parte esa es una de las razones por las que se dice que el tatuaje se convierte en una adicción. No creo que sea tanto así. Pienso que lo que pasa es que se le pierde el miedo a tatuarse, se derrumba el tabú, el misterio. Para mí fue de esa manera. El primer tatuaje que me hice, con la carta de mi mamá en el bolsillo, era uno largo, que iba de la nuca a la cadera, entrelazándose con una cicatriz gruesa y rosada que me corta la espalda en dos. Me tatuó un man por el Éxito de Colombia, que me pidió un beso a cambio del tatuaje. Le dije que no y creo que, sorprendido por mi firmeza, me lo dejó a mitad de precio. A ese tatuaje le adjudiqué en su momento un significado barato sobre el dolor y la aceptación de las imperfecciones del cuerpo. Mis tatuajes, como mis cicatrices, contarían partes de mi historia.

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El segundo fue una calavera mexicana en la base de la cintura, justo arriba de donde empieza la nalga. Una amiga un día lo llamó mi tatuaje de grilla. Me lo hice porque me gustaban las calaveras mexicanas. Sin significado. O más bien, el puro significado. Así, ante la pregunta “¿qué significa esa calavera?” yo respondía “significa una calavera”. Nada más. Ese me lo hizo un tatuador de los clásicos de Medellín, que toca en una banda de metal. Con él me tatué luego unas flores rojas, simplemente porque sí, porque quería. Cuando iba a su local él aceptaba cambiar el metal y me ponía un disco de Ramones para amenizarme la cita.

El tercer tatuaje fue un brazalete en el brazo izquierdo, donde aparecen todas las fases de la luna y una frase que dice en latín que soy la hija de Soledad. Me lo hizo un tatuador que también era modelo y con el que luego me acosté porque sí. Esa sin razón no me gustó tanto. Cuando me miro ese tatuaje, que es a menudo, suelo olvidar ese dato. Me concentro en lo que dice, en la palabra Soledad, que es el nombre de mi mamá. Ese tatuaje es para ella, me lo hice pensando que si estaba triste podía agarrar mi brazo izquierdo con mi mano derecha, en donde su nombre está tatuado en rojo, y sentir su fuerza como un abrazo. El gesto lo repito con frecuencia y siempre funciona.

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En contraposición me hice un sistema solar en el brazo derecho, pensando en mi papá y en su amor por la astronomía. A veces, cuando las personas preguntan por ese tatuaje, piensan que es un átomo. No me molesto en corregirlos. Ese fue el primer tatuaje que me hizo una mujer. Yo tenía veinticinco años.

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Creo que cualquier tatuaje se convierte en el mapa de una vida, de sus recorridos, de sus búsquedas. Yo empecé ese mapa antes de tatuarme. Por diversas razones médicas, en mi piel blanca aparecieron cicatrices, huellas de la historia corta de mi vida. Esas marcas se convirtieron en un mapa involuntario que surgía a pesar mío, pero que reconstruye varios dolores, múltiples estadías en hospitales, los intentos de mi cuerpo por salirse de las márgenes. Pienso entonces en la enfermedad como otro tipo de mapa, como si el cuerpo quisiera cambiar su propio destino, deformarse.

También el sol me sacó pecas y lunares que yo unía con líneas de lapicero negro en el colegio, cuando la clase estaba aburrida. Llegaba a la casa con los brazos rayados de constelaciones y mi mamá se desesperaba, pero creo que nunca pensó que fueran el preludio de algo más permanente. Y es que la idea de los tatuajes me rondó desde chiquita. Cuando podía pagaba en las ferias de artesanías para que algún hippie me hiciera un tatuaje de jagua en el hombro, asegurándome de que no se fuera a asomar por la manga de la camiseta del colegio. De alguna manera, un día tuve la certeza de que yo era tatuada; simplemente aún no tenía los dibujos en la piel. Me tocaba irlos sacando despacio, uno a uno. Hasta que mi piel apareciera como debía ser desde el principio.

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La cosa es que la lectura de este mapa es complicada y secreta. Otros intentan leerme y no pueden porque no entienden el código, porque no saben lo que mi cuerpo sabe, por lo que ha pasado. A veces, cuando son curiosas, las personas me preguntan qué significan mis tatuajes y yo invariablemente respondo inventándome otras razones porque no quiero revelar las propias. La cartografía de uno no se va regalando por ahí a cualquiera para ser leída. Otras veces digo que no significan nada mis tatuajes, que me los hice por lindos, aun así las personas insisten, como si quisieran empelotarme. Pero el mapa de uno es de uno. Pienso, más bien, que está para yo misma poder leerme y acordarme de quién soy, de lo que me ha pasado. Si de pequeña tuve la certeza de que yo era tatuada, entonces el objetivo del mapa es su propia revelación constante, no el resultado sino el proceso. El camino que revela el mapa su propia construcción.

Ahora que me miro en el espejo no veo mis tatuajes, olvido que los tengo porque se vuelven parte del paisaje, como una mancha en la piel, como un lunar. No son algo extraño sobre mí, sino algo que sale de mí, que me revela un poco ante la mirada del otro. Todos los tatuajes que siguieron me los hice en los brazos y siempre elegí mujeres para el trabajo. Parte del mapa de mi historia fue encontrar a otras como yo, darles espacio sobre mí. Es una decisión radical que, de ahora en adelante, todos mis tatuajes los haga otra mujer.

***

El cuarto fue la frase “I am my father’s daughter” a lo largo del brazo derecho, junto al sistema solar atómico. La frase la saqué de una canción, y la puse sobre mí como recordatorio de la certeza de lo que soy, de donde vengo. Me tatuó en Ámsterdam una española bajita y pelirroja que puteaba por todo. Como yo.

El quinto tatuaje fue una pluma de caligrafía en el antebrazo derecho. La miro cada vez que dudo de mi escritura, que es casi todos los días. La pluma es un amuleto, una promesa, un recuerdo. Es ineludible. La hizo una de las tatuadoras más famosas de Alemania. Por pura casualidad. Yo no sabía quién era ella, ni cuál era la envergadura de su fama. Simplemente pedí una cita y me la dieron a los dos días porque una reserva de hacía meses, había cancelado. La chica era muy blanca como yo, y tenía la piel cubierta de tatuajes hasta el cuello, como un traje. Ya a esta altura la sensación de la aguja no me dolía, en cambio me adormilaba. Lamenté no haber diseñado un tatuaje más grande para que la alemana dibujara sobre mi antebrazo toda la tarde con su aguja.

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Después vinieron flores y plantas, una mujer desnuda, unas líneas que rodean el brazo derecho, una llave, otra calavera, un costillar y un fémur. Además, otras partes del cuerpo: una mano, un diente, un ojo, una vértebra, un pie. Siempre tatuados por mujeres. Me tatúo el cuerpo en el cuerpo, como una obsesión de reiterar lo que me compone y a la vez desbaratarlo en imágenes. Como si el mapa de mi vida, de mi historia, estuviera compuesto por las mismas geografías sobre las que se plasma. Mi piel es un mapa de un mapa, trazado en su mayoría por mujeres, en su mayoría sobre mis brazos, para no perderme, para poder mirar el mapa todos los días y saber dónde estoy y adónde quiero ir.

***

Desde el principio mi mamá me ayudó a cuidar de mis tatuajes, sobre todo los primeros que me hice en la espalda. Ella era quién me untaba la crema para hidratar, aunque siempre con un poco más de fuerza de la necesaria. Lentamente se fue acostumbrado a ellos, no sé si entendió que son importantes para mí o se rindió ante mi terquedad. Pero a veces, cuando la gente discute sobre tatuajes, mi mamá hace gala de un orgullo extraño, y se vanagloria de los míos, como si fueran sus logros también. Aunque no le gusten, saca pecho porque, hablando del tema, su hija es la más tatuada y eso a ella le da un estatus, una satisfacción particular y un poco rebelde.

Un día, que estamos hablando de cualquier otra cosa y para molestarla, le digo a mi mamá que estoy pensando en hacerme un nuevo tatuaje. Se fastidia con esa rabia resignada que tiene hace unos años, desde que ya su hija es adulta y ella ha perdido entonces la autoridad de la que estaba investida en mi niñez. Me dice que para qué otro tatuaje. Yo le digo que los tatuajes no son para nada. Y añado que la porcelana china casi siempre está decorada con dibujos hechos a tinta. Ella resopla exasperada y sigue caminando, mientras yo tarareo por lo bajo su canción, mi canción, aunque no sé si ella la recuerde todavía.

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