Alguna vez comimos maíz y pescado

Sostenidos por agujas en vasijas hechas en La Chamba, cientos de granos de maíz evocan las estrellas, el cosmos y la complejidad del territorio que ahora habitamos. Junto a un comedor hecho con adobes y textos impresos en tipos móviles, María Buenaventura explora la historia de Bogotá a través de la comida.

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n el podcast La paz se cuenta la artista María Buenaventura narra cómo accidentalmente invirtió los colores de la fotografía de un grano de maíz. No era un grano amarillo y perfecto, sino que estaba cubierto de franjas negras. Por su error, en la fotografía “apareció el planeta tierra”.

La anécdota captura las sensaciones que genera Alguna vez comimos maíz y pescado, el proyecto con el que María está nominada al décimo Premio Luis Caballero y que estará expuesto en la Galería Santa Fe hasta abril: desplegadas a modo de planisferios, mazorcas de distintas variedades de maíz obligan al espectador a agacharse para poder observar la imposibilidad de sus colores, manchas y vetas. Los maíces son tan distintos entre sí y tan distintos al maíz que comemos habitualmente (si es que todavía lo comemos) que resulta asombroso que una estructura tan pequeña aloje tal complejidad. De la misma manera, al estar dispuestos sobre vasijas negras y adheridos a agujas de acupuntura con cera de abejas, los maíces parecen flotar sobre el espacio y demandar que se les observe con la misma dedicación que le entregamos al cielo estrellado. Por eso, este componente de la exposición es un observatorio de maíz.Maiz y pescado 4

María es una “investigadora de la comida de Bogotá” que se sumergió en la historia de la ciudad a través de dos alimentos que ahora parecen disonantes con las dinámicas de la capital: el maíz y el pez capitán. En su momento ambos hicieron parte de la dieta local, pero el movimiento de la ciudad los ha ido desplazando. El maíz se ha reducido a una mazorca amarilla o a una bolsa (también amarilla) de harina de maíz, mientras que el pescado se ha relegado a las costas o a los cultivos. La idea de que en el río Bogotá haya vivido alguna vez un pez comestible –el pez capitán– resulta sorprendente, y mucho más la idea de que alguien haya disfrutado comerlo.

En Alguna vez comimos maíz y pescado, ambos alimentos se encuentran de una manera inesperada: justo a la entrada de la exposición, tres pilas simétricas de adobe imitan tres camellones de siembra, una suerte de sistema de cultivo donde prosperaban distintas variedades de maíz (sembradas sobre los camellones, resguardadas de las heladas) y el pez capitán (navegando entre los camellones, que se construían en las riberas de las fuentes acuíferas bogotanas).

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La exposición es una muestra de lo que hubo. De acuerdo a Laura Escobar, productora del proyecto, los camellones escasamente se utilizan ahora en algunos humedales de la capital y aunque todavía es posible encontrar algunos peces capitán en el río Bogotá, sus aguas están tan contaminadas que los peces “son veneno”.

Sin embargo, María se acerca a este proyecto desde la alegría que representa encontrar al menos un vestigio de los alimentos que marcaron la historia de la ciudad. Para ella, que concentra gran parte de su práctica artística en la cocina, el arte ofrece la posibilidad de “ver con asombro la comida” y de comunicar ese asombro.

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El primer nombre que aparece en los agradecimientos de la exposición es el de Fabriciano Ortiz, un custodio de semillas que se dedica a preservar las de maíces como los que están expuestos en la Galería Santa Fe. Su trabajo es silencioso pero revolucionario: en Colombia, donde las semillas criollas se destruyen y la ley obliga a los campesinos a usar aquellas que están patentadas y registradas por grandes corporaciones, personas como Fabriciano se dedican a mantener con vida las semillas que se han creado en el campo y no en laboratorios. La labor de preservación que él lleva a cabo contradice el dicho “mirar y no tocar se llama respetar”. Con cualquier semilla, lo más respetuoso que se puede hacer es sembrarla y permitirle vivir.

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Fabriciano cultivó las mazorcas de maíz gato, pajarito, dominó, rojo, arroz y porva que están en Alguna vez. El pira, que es una variedad de maíz y no solo el nombre que le damos en Bogotá al maíz que venden en el cine (¡!), llegó a manos de María desde el mercado campesino del 20 de Julio. El adobe de los camellones hacía parte de una casa en el valle de Ubaté que estaba a punto de ser demolida, y se presentó como una oportunidad para el último elemento de la exposición: además de representar a los camellones como el punto de convergencia entre el maíz y el pescado, las construcciones de adobe servirán como un comedor para un almuerzo que tendrá lugar en la Galería el sábado 14 de marzo. El menú, como si necesitara alguna explicación, será maíz y pescado.

Alguna vez es un homenaje a la Galería Santa Fe, que se inauguró el año pasado en la misma edificación de la Plaza de mercado La Concordia, y que “se toma aquí como subsuelo del mercado. Lugar del mundo de abajo, de semillas, tierra, minas de sal o la profundidad barrosa de las aguas donde vive el pez Capitán, el más antiguo habitante del río Bogotá”.

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El proyecto se construyó con el tejido social “como única tecnología”. María, quien asegura que “más importante que la obra, son las personas”, logró construir un ecosistema humano y de oficios alrededor de su proyecto: quien le vendió el adobe, quienes construyeron los camellones con el adobe, quien le vendió las chambas y la cera de abejas, quienes cultivaron el maíz y quienes hicieron los maíces representan nodos de una red que María ha tejido alrededor de su práctica artística, y que como asegura Laura, su productora, conforman “la única posibilidad de resistencia”.

Con Alguna vez comimos maíz y pescado María no pretende satanizar lo que comemos ahora y lamentarse por el estado actual de las cosas. Más bien, a través de múltiples reflexiones comprimidas en un solo espacio físico y temporal, la exposición sugiere pensar la comida en una escala diferente y, en tanto que somos seres que necesitan comer para sobrevivir, también sugiere que pensemos a nuestros cuerpos en una escala diferente. Nos invita (esta vez de frente) a tener la posibilidad de afirmar que alguna vez comimos maíz y pescado.

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