Prueba

Ilustrar (otra vez) los clásicos

Todos tenemos una imagen de Caperucita Roja y una versión mental de Alicia (la del País de las Maravillas); además han sido representadas en decenas de libros y películas. Lo mismo ocurre con muchas historias y personajes clásicos. ¿Cómo enfrentar de manera única esa repetición? Varios ilustradores hablan del reto de dar nueva vida a esas historias que ya han sido representadas cientos de veces.

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ncontrar a alguien que no conoce Caperucita roja es una tarea ardua. Es apenas normal que con solo nombrar el título de este cuento, en nuestra cabeza empiecen a caer como tetris las imágenes de una capa, una cesta, un bosque, una casa, un lobo, una abuela. Nuestra memoria se devuelve al cuento que nos leyeron, mostraron o contaron de niños o nos pone de nuevo en medio de una ronda infantil mientras cantamos Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?, al tiempo que convertimos a nuestro compañero, designado a ser el lobo, en una criatura peluda y peligrosa. La imagen de una niña con una capa roja la tuvimos siempre demasiado cerca. Lo mismo se puede decir de El quijote de la mancha, Pinocho, Barba Azul.

Entonces, si uno es ilustrador y lo convocan para contar en imágenes una de esas historias que la mayoría conocen y que cuentan con cientos de referencias y que se ha representado hasta el cansancio, la pregunta siempre aparece: ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya?, ¿qué nuevas formas se pueden adoptar para contar el mismo cuento de siempre?, ¿qué se puede hacer para no convertir los dibujos en simples accesorios?. El pintor español Fernando Vicente, que ha ilustrado clásicos como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde y Drácula, cree que “Pintar clásicos es como dirigir una película, con su director de arte, de vestuario”. El argumento de la película no varía en lo absoluto, pero la forma de presentarlo debe suscitar cierta fascinación y novedad.

Parece que hay una especie de tendencia a revisar esas historias tradicionales de la literatura y darles un nuevo look, como la Editorial Alma que hace únicamente clásicos ilustrados o las colecciones de Nórdica o Sexto Piso con grandes títulos como Moby Dick o Las aventuras de Tom Sawyer o como Benjamin Lacombe con su famosa representación Alicia en el país de las maravillas. Hablamos con algunos de esos ilustradores que han mirado de frente uno de estos libros enaltecidos y protegidos por el tiempo y han entrado a ellos con curiosidad de creadores para mostrarnos una nueva cara. Una imagen inédita de un tema que parecía agotado.

separadorTributo a un autor

Luisa Rivera nació en Chile pero vive en Londres. Desde allí hizo en el año 2017 la primera versión ilustrada en español de Cien años de soledad con la editorial Penguin Random House y dos años después publicó una versión en el mismo formato de El amor en los tiempos del cólera. Para ambos libros utilizó las técnicas de acuarela y gouache sobre papel y para ninguno tenía un referente en mente: “más bien quería hacer algo auténtico y cercano, que se vinculada con mi trabajo”. En medio de la investigación ardua –que incluyó leer la obra con cuidado pero también leer entrevistas, análisis, otras miradas– se dio cuenta que tenía un lenguaje en común con Gabriel García Márquez: el de la naturaleza. Las ilustraciones para estos dos clásicos de la literatura colombiana están plagadas de plantas y tienen paletas de color unificadoras hechas para crear una atmósfera de lo absurdo dentro de escenas y espacios cotidianos. Luisa hizo piezas que no solo acompañan el texto, sino que la hacen aparecer como autora de un universo compartido.

Cuando habla de estudiar a Gabriel García Márquez y que él fue quien la guió, ¿a qué se refiere?

En el proceso escuché muchas entrevistas y discursos y eso me hizo entender más al autor y no solo su obra. Con ese ejercicio descubrí su tono de voz, humor, velocidad, y fue casi como compartí con él mientras ilustraba las novelas.

¿Qué es para usted lo más difícil de ilustrar un libro que está ya tan revisado? ¿Cómo aportar algo diferente?

Lo más difícil es tomar ese imaginario colectivo, representarlo, pero a la vez hacer algo único, que sorprenda y llame la atención. Creo que la ilustración aporta siempre y cuando no recurra a una imagen preestablecida o a un lugar común.

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¿Cree que el realismo mágico ayuda a no tener tantos límites a la hora de ilustrar?

Es un género que te permite ampliar horizontes en la narración, donde lo inusual se plantea desde un punto de vista cotidiano, y por lo mismo es una maravilla para la creación porque te permite jugar con los límites de un texto o una imagen.

¿Cómo saber qué imagen escoger para ilustrar? Sobre todo en Cien años de soledad que es todo el tiempo arroja imágenes tan diferentes

Quieres rescatar escenas claves, pero además hay un ritmo que debes seguir cuando hay un número acotado de ilustraciones (en este caso 10 imágenes interiores), entonces también las repartes según el número de páginas. Ese ejercicio es un diálogo con la editorial, donde definimos las ilustraciones como si fuera un guión.

separadorLo que permanece y lo que cambia

Verónica Cardona lleva 8 años ilustrando. Se graduó en diseño gráfico de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y estudió ilustración y caligrafía en la Escuela de Artes Sótano Blanco en Argentina e ilustración narrativa en la Universidad Autónoma de México. Le gusta el collage, la acuarela, el grafito y el acrílico. Mientras estudiaba en Argentina hizo una serie de ilustraciones de Caperucita roja. El proceso fue así: primero miró referentes de otras versiones y luego pensó cuál era la historia que quería contar. Decidió narrar el cuento de un lobo que es al mismo tiempo el bosque y de una niña que estaba acostumbrada a ese bosque, que vestía con él, que vivía cerca de él y que por eso no tenía miedo a recorrerlo. Verónica cree que lo más importante a la hora de ilustrar un clásico es conocerlo lo suficiente para saber qué debe permanecer y qué puede cambiar.

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¿Cómo decidió cuál técnica quería usar?

Primero quería que Caperucita tuviera rasgos muy orientales que de alguna manera se asemejara a la técnica de dibujo del sumi-e, esto lo decidí porque mi intención era que hubiera una diferencia desde la parte visual con respecto a otras versiones. Luego me interesó que fuera muy gestual y la aguada permite esto, lo complementé con herramientas como el colapen y las plumas artesanales que se utilizan normalmente para hacer caligrafía. Estas plumas, además, me permitieron más expresividad en el trazo que utilicé para darle agresividad al lobo. Para elementos muy puntuales también usé transfer.

¿Cómo es su lectura de Caperucita, qué significa para usted?

Hay mil maneras de interpretarlo, hay unos que lo ven como el paso a la pubertad, donde el lobo es una figura seductora y el cazador una figura protectora y el camino que le indica su madre es el correcto; como ella desobedece, le paso algo malo. Una historia con moraleja. Yo no lo veo de una manera tan romántica y tan suave, tal vez porque no creo que en la época en la que se escribió, la temática de la obediencia fuera algo que agobiara a la población. Para mí es más directa y cruel. Es la historia de un abuso: el lobo hace un plan y Caperucita acaba cayendo en él, siendo comida (violada). Esa historia me parece, además, muy real, porque es lo que ha estado expuesta la mujer durante años.

¿Cómo hiciste para escoger los colores?, ¿el tipo de rojo?

Yo buscaba representar la parte oscura de la historia, por eso el rojo es más oscuro. Si bien hay mucho blanco de fondo, mi interés era mostrar una versión sombría y fuerte de Caperucita. Finalmente la paleta de color resultó algo restringida.

¿Cuál es el reto más grande a la hora de ilustrar un clásico?
El reto es que pueda ser único entre tantas versiones, que tenga su propia voz, que aporte algo nuevo. Eso se logra cuando has leído el texto varias veces, ahí podes encontrar nuevos caminos. El otro reto, aunque este considero que es con cualquier historia, sea clásica o no, es darle suficiente espacio al lector. Estoy en contra de explicarlo todo.

separadorRespeto por el texto

El argentino Agustín Comotto dibuja desde que tiene memoria pero cuando creció, tuvo un aprendizaje estilo renacentista. Fue ayudante de un ilustrador de cómics llamado Leopoldo Durañona a quien le debe la técnica del dibujo. Desde 1999 vive en Barcelona donde ilustra libros infantiles y juveniles. Esos libros a veces son de su autoría, pero también pueden ser clásicos de la literatura. Ha hecho versiones de La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe, La muerte de Iván Ilich de León Tolstói, y La maravillosa historia de Peter Schlemihl de Adelbert von Chamisso, utilizando diferentes técnicas: “En cuanto al color diría que soy acuarelista. Casi todo lo que hago termina de alguna manera en una computadora. Hoy día también trabajo en el IPad, pero nunca he abandonado el papel”.

Usted ha ilustrado varios libros clásicos y, aunque mantienen una esencia, todos tienen un trazo distinto, ¿cómo hace para escoger el que más se le acomoda a la historia?

Para mí es fundamental comprender el texto. Si abordas un clásico tratando de imponer eso que tienes en la cabeza, por encima del texto original, destruyes el trabajo. Por eso adapto mi trabajo a lo que me dice el texto. No es lo mismo ilustrar un Tolstói que un Verne. Para adaptarme suelo hacer dos lecturas como mínimo del original y, después de trabajar en pruebas, el estilo final se va decantando solo. He hecho libros directamente en computadora o simplemente en papel de 300 gramos de acuarelas.

Además de leerlo, ¿qué otro tipo de procesos hace para crear la atmósfera que debe ilustrar?

Un clásico está encajado en un contexto histórico. No puedo comprender La guerra y la paz sin saber qué pasó en la Rusia decimonónica. Tampoco excluyo los escritores cercanos a Tolstói, por continuar el ejemplo dado. En general leo e investigo tanta imagen de la época del libro como puedo. Si este ya es en el periodo fotográfico, como la Guerra Civil Española por poner un caso, miro fotos de manera compulsiva. Cada libro tiene su periplo particular.

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¿Qué es lo que más le parece un reto a la hora de ilustrar clásicos? Historias que de alguna forma han estado tan revisadas…

Hay clásicos de clásicos. Cuando dibujas uno que tiene mucho trabajo hecho previo, como por ejemplo Veinte mil leguas de viaje submarino, es inevitable ver que es lo que se ha hecho, como la versión fílmica de Disney. Pero, cuando te cae a las manos un clásico poco interpretado la cosa es distinta, algo así como una selva virgen por explorar. Siempre hay algo que le puedes dar a un clásico por más que esté muy versionado. Hay clásicos que me dan pánico y nunca hice, como por ejemplo Moby Dick o Alicia en el país de las maravillas. Me dan un respeto enorme porque son mis dos libros favoritos de todos los tiempos.

¿Hay un clásico que le gustaría ilustrar y aún no le han pedido?

Hay uno que es un clásico maldito para mí (porque no lo he publicado) y es Caballería roja de Isaak Babel. Tengo mucho trabajo hecho sobre ese libro pero, por alguna razón extraña, no hay manera de publicarlo. También sueño con ilustrar Crónicas marcianas de Ray Bradbury.

¿Le parece mejor ilustrar a un autor que ya no vive o le gusta poder conversar con el autor?

Es muy diferente según el caso. Trabajo con autores cercanos y, si tengo oportunidad, hablo con ellos sobre el texto escrito. A veces te encuentras con autores que no tienen ninguna imagen de lo que han escrito y otros tienen muy claro qué quieren o qué se han imaginado. En el caso de autores que ya no viven la cosa es diferente porque, al margen de tu honestidad con el texto, les puedes faltar el respeto (nadie te va a decir nada). Siempre me da risa cuando veo las versiones de las óperas clásicas de Puccini que se hacen. Si Puccini viviera y viera a Madame Butterfly ambientada en el espacio sideral, tipo la Guerra de las Galaxias… Entonces diría que la diferencia se crea por el respeto que el texto te produce y, por supuesto, su calidad intrínseca.

separadorMirar en el arte

Catalina Vásquez hace ilustraciones, cortometrajes, ropa, cómics. Sin importar el lenguaje que está utilizando en el momento, siempre parte de una investigación histórica y de referentes. A finales del 2018 la contactaron del proyecto Leer es mi cuento para ilustrar una adaptación de Charles Lamb de Las aventuras de Ulises. Para hacerlo hizo un storyboard que incluía tanto pinturas de Goya como vasijas de cerámica griega y dos meses después entregó unas ilustraciones con una paleta de color contenida y unos personajes imprevisibles.

¿Qué fue lo más difícil de abordar este texto?

Creo que había que tener mucho cuidado porque es un historia muy relevante llena de referencias históricas que yo quería de alguna manera respetar.

¿Cómo hizo para respetarla?

Buscando muchos referentes en la pintura, en la cerámica y viendo cómo los griegos se representaban a ellos mismos y tratando de alejarme de esas representaciones mainstream de los griegos, como la del imaginario que hay desde la película Hércules de Disney, por ejemplo. Quería alejarme de ese personaje blanco, acuerpado.

¿Cómo escogió la paleta de color?

Quería que dialogara sobre todo con los referentes que había encontrado de la cerámica griega. Entonces utilicé mucho rojo, negro, café. Le agregué rosa para darle contraste y toques inusuales y el azul para romper con todos los colores cálidos.

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Todas las imágenes tienen movimiento, ¿fue algo intencional?

La ilustración, para mí, no debe ser estática. Creo que la ilustración editorial es como extraer un segundo de lo que está pasando en la historia y normalmente son imágenes dinámicas. Sobre todo en un libro como este que es de aventuras que además tienen lugar en el mar.

¿Fue determinante a la hora de ilustrar el hecho de estar frente a un texto pensado para niños?

Sí porque el libro es violento, hay muchas muertes. Entonces sí pensé mucho en cómo representarlo de manera sutil, sin faltar a la veracidad del texto.

separadorSer también autor

Samuel Castaño nació en Cartagena, vive en Medellín y se dedica a ilustrar libros propios como El tiempo de mi casa, de autores contemporáneos como Mil orejas y también clásicos como Veinte mil leguas de viaje submarino y una adaptación de Celso Román de El quijote de la mancha. Cree que estos últimos son los que representan un reto mayor porque el clásico está más fijado en la mente de las personas que lo van a leer, en cambio en el inédito las imágenes que se presentan serán recibidas con ojos frescos, como quien recibe un universo nuevo. En el clásico, afirma, el lector puede no aceptarlas bien, sentir que no cumple de alguna manera con la historia.

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 apertura articulo ilustrar clasicos¿En la primera lectura del libro Veinte mil leguas de viaje submarino, supo qué imágenes quería representar?

No me quedó muy claro de entrada porque el autor crea muchas imágenes y el libro es muy rico en eso. Sobre todo porque sucede todo en las profundidades del océano y es una mezcla de fantasía y ciencia. Pero tenía algunas certezas: que debía ser algo oscuro, misterioso. Tenía más presente el tono de la ilustración que las imágenes como tal.

¿Y cómo encontró esas imágenes?

Basándome en los espacios que tenía para ilustrar en el libro, en una distribución que el director de arte ya había delimitado. Casi siempre son en los sucesos más importantes de la historia. Ahí ya es entrar a esos sucesos y mirar cómo lo vas a abordar para contar realmente algo y ser de alguna manera autor.

¿Cuál fue el proceso de investigación para ilustrar?

Yo miré lo que se había hecho y pues me encontré ilustraciones que yo considero “originales” porque este tipo de cosas iban muy a la par de la imagen desde el principio, entonces hay grabados del siglo XIX, por ejemplo, que hacen parte de ese universo. Porque hacen referencia a cierto romanticismo y a esa romantización de la ciencia y de la exploración pero que a la vez es una cosa súper colonial. Esas fueron las imágenes que revisé, para nutrirme pero también para saber qué imágenes no quería repetir. Prefiero evadir las representaciones muy icónicas.

¿Qué clásico le gustaría ilustrar?

Me gustaría hacer un cuento de los Hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen, de esa época en la que la figura del niño empieza a aparecer. Porque son textos muy revisados pero que uno puede hacer un paralelo muy claro con la realidad contemporánea. El traje nuevo del emperador o El rey midas tienen mucho potencial para ser llevados a un terreno de hoy.

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