De la pintura a la animación con Carlos Gómez Salamanca

Hablamos con este artista y realizador que ha llevado sus cortos Carne Lupus a los principales festivales de animación del mundo.  

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Caminamos por la carrera Séptima a la altura de la calle 20 en el centro de Bogotá junto al animador y artista Carlos Gómez Salamanca y su hija Gabriela. Ella está acostumbrada a acompañar a su papá a entrevistas y se le ve en los ojos el orgullo, aunque lo disimula.

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Cuando llegamos a la Cinemateca Distrital, lugar en el que estrenó su cortometraje Lupus para Colombia, se saluda con el guardia de seguridad con un apretón de manos. Subimos las escaleras entapetadas con una alfombra color berenjena y nos sentamos en unos cojines de cuero negro, mientras, al otro lado de las cortinas, se celebra una función. Lupus hizo parte de la selección oficial del Festival International du Film Animation d'Annecy, Francia, después de Carne, por el que fue reconocido en 2012.

Antes de eso, Carlos Gómez Salamanca se dedicaba a la pintura y exponía constantemente. Su arte se vendía bien entre coleccionistas, pero cansado del ritmo de producir y vender, decidió darle un giro a su vida. Lupus y Carne representaron una ruptura definitiva con respecto a lo que venía haciendo.

“Me metí de lleno en Carne y casi me muero de hambre”

Gómez Salamanca cuenta que cuando quiso mostrarle a su galerista los primeros cuadros de su proyecto Carne, una animación hecha cuadro a cuadro de manera artesanal, este se asustó y le dijo que era mejor continuar por el nicho en el que estaban posicionados, óleo sobre lienzo, pero Gómez Salamanca se negó.

“Estaba agotado de pintar, exponer y que alguien comprara el cuadro y se lo llevara a la casa. Era una cosa cíclica. Quería justamente explorar otras técnicas y me parecía muy atractivo usar la pintura para otra cosa, que no se agotara en el cuadro, que pudiera expandir sus posibilidades”, cuenta.

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En 2011 Gómez Salamanca se ganó una beca para estudiar animación en la Universidad Javeriana y comenzó a probar con materiales como pintura gruesa acumulada, esfero y tierra sobre vidrio.

Mientras estaba en ese proceso de experimentación, su padre enfermó de cáncer. Ser testigo del proceso de transformación del cuerpo lo inspiró a destinar cada centavo y segundo que tenía a hacer su cortometraje Carne.

Mientras se encontraba en el proceso de producción, se separó de su esposa y su hija Gabriela se fue a vivir con él. Carlos siguió pintando obras por encargo para poder sostener su casa, lo justo para poder ocupar la nevera. “Me metí de lleno en Carne, y casi me muero de hambre”, dice con humor. Además convirtió su apartamento en un set de grabación. “No teníamos dónde sentarnos y mi papá no tenía tiempo, así que un amigo me cocinaba. Fue chévere”, cuenta Gabriela con tono aventurero. Su hermano Juan Pablo también lo ayudó en la posproducción de la pieza, pues a medida que Carlos sacaba secuencias de video de los cuadros que iba haciendo, Juan Pablo los editaba. 

Gómez Salamanca le asignó a cada secuencia una técnica como una forma de explorar narrativas desde lo plástico. Como en cualquier animación, el sonido tenía un rol protagónico (que trabajó con Randy Sánchez), por lo que decidió grabar paisajes sonoros en un lugar que tuviera la temperatura de la historia: una zona húmeda y tropical habitada por luciérnagas, zancudos y cultivos de maíz. 

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Carne no tiene personajes o escenarios. Es un solo movimiento que se inspira en los ritos de sacrificio de animales en el campo, el visceralismo del cuerpo y en los ruidos internos que predicen la muerte.

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El esfuerzo pagó y Carne, además de a Annecy, al Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao (ZINEBI), al São Paulo International Short Film Festival y obtuvo el Premio Especial del Jurado por Animación del Festival de Cine de la Habana en 2013.

“Hice mi propia paleta de colores”

Desde que estudió Artes Plásticas en la Universidad Nacional, cuando tenía quince años, el cine se convirtió en un vicio. Además de estudiar dibujo técnico, teoría del color y escultura, veía un promedio de dos o tres películas diarias y tomó cuanto curso de cine pudo inscribir.

Pero cuando estaba en segundo semestre, un profesor le pidió que fuera al oftalmólogo porque, según él, tenía un serio problema con el color: confundía el verde con el ocre y los negros o grises con azul. Después de que le practicaran algunas pruebas, Gómez Salamanca se enteró de que era daltónico.

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El médico le dijo que quizá era un impedimento para seguir estudiando artes, pero Carlos lo ignoró y decidió utilizar unas gafas que tenían un tinte especial en cada lente para corregir esas aberraciones cromáticas. Aunque intentó utilizarlas, se aburrió rápidamente, así que decidió pintar gran parte de su obra en blanco y negro y aprender teoría del color. Carlos sabe que lo que ve no es azul, pero sabe fabricarlo para que los demás veamos los colores en el código tradicional. Está convencido de que ser daltónico lo llevó a ganarse el primer puesto en un concurso de dibujo en tercero de primaria por un paisaje con un cielo y unas montañas, de esos que uno hace de memoria cuando chico. Su cielo era más púrpura que azul y su sol era casi naranja.

“En el fondo todos somos daltónicos. Lo que pasa es que hay unas convenciones que regulan las ondas y nosotros las traducimos en una serie de códigos. Pero hay que tener en cuenta que incluso hay marcas de pintura o de papel que tienen sus propias tablas de color. Por eso decidí entenderlo, porque necesitaba comunicarme”, afirma el animador.

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1. Latín. Del cual deriva el término “lobo”

2. Enfermedad autoinmune crónica que afecta al tejido conjuntivo, caracterizada por la inflamación y el daño de tejidos

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Durante la producción de Carne, en 2011, Gómez Salamanca vio una noticia que le impactó: una jauría de perros mató a un celador mientras cumplía el turno de noche en una obra en Bosa. La sola idea de que esos perros que estamos tan acostumbrados a ver deambulando en las calles podían convertirse en asesinos por simple instinto le pareció la metáfora perfecta sobre la fuerza del progreso combinada con la fuerza de la naturaleza en una Bogotá que, parece, viviera en obra negra.

Esta idea, que le palpitaba sin cesar en la cabeza, sumada a darse cuenta de que ir a festivales no solo representaba una responsabilidad por el proyecto que se mostraba, sino por lo que haría después, marcó el camino de lo que venía y en Annecy le presentó esta nueva apuesta a la productora francesa JPL Films que, sin pensarlo dos veces, le propuso hacer una coproducción entre Colombia y Francia.

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Así fue como decidió mudarse con su hija a la ciudad de Rennes durante un año, en el que desarrolló y grabó Lupus en estudios especializados, siempre conservando el proceso artesanal de exploración de texturas y narrativas. Gómez Salamanca utilizó el recurso noticioso como pauta rítmica e hizo sus cuadros con cemento y polvo para llevar a su composición el ambiente y el espacio en el que se desarrollaba la historia.

Lupus fue seleccionado en la competencia oficial del Festival de Cortos de Clermont –Ferrand, recibió el premio Emyle Reynad, hizo parte de la selección oficial del Festival de Annecy, del Bogotá Audiovisual Market (BAM), del Festival Anima Mundi de Río de Janeiro, del Guanajuato International Film Festival, del Supertoon International Animation Festival de Croacia, del Lago Film Fest International en Italia y recientemente, ganó el premio de la prensa en el Festival International du Court Métrage en Lille y el premio al mejor film de animación en el festival de cine de La Plata, Argentina.

Carlos Gómez piensa que la animación es mucho más que muñecos haciendo cosas imposibles en mundos imaginarios. Para él es un oficio que implica una responsabilidad, ya que es un tipo de modelación cultural que genera un sistema de valores. Aunque le encantan algunos programas como Hora de aventura, no siente presión alguna por comenzar a trabajar con animación digital o por contar historias más ligeras o graciosas. Él persiste en pintar fotograma por fotograma porque es su manera de ser coherente consigo mismo y con su proceso artístico.

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“Yo veía al Coyote poner bombas, tratando de asesinar al Correcaminos, o a José Miel, que deambulaba por el mundo y veía el espíritu de su mamá. Creo que eso explica mucho el tono emo de nuestra juventud”, dice en voz baja pues nos acaban de regañar por hablar muy alto.separador

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