POR: Camilo Jiménez Estrada ILUSTRACIÓN: Godie Arboleda Martes, 02 Mayo 2017

Escritores son Gustavo Bolívar y Dostoievski. ¿A quién quiere parecerse usted? ¿Cuánto tiempo está dispuesto a invertir para ser el escritor que soñó ser en su adolescencia? ¿Qué lee? ¿Cómo lee? Acá le damos una guía (pero no es como se la imagina). 

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i usted sueña con ser escritor y está buscando inspiración rápida, trucos para escribir mejor o fórmulas para llegar pronto al éxito, cambie de sueño. En la escritura no hay atajos. O sí, pero si los toma el resultado se nota. Por ejemplo, en la prosa tibia de esas novelitas famélicas que publican las personas que reemplazaron el esfuerzo de leer mucho, bien y durante mucho tiempo por un curso de “escritura creativa”. No estoy diciendo que estos cursos no sirvan: digo que no ahorran ningún trabajo. Digo que una maestría en Escritura Creativa no lo va a convertir en escritor aunque la haga en Columbia, o en Colombia a diez millones de pesos el semestre. Digo que un taller o curso de escritura creativa no lo va a convertir en escritor aunque el maestro sea un premio Nobel. El trabajo tiene que hacerlo usted y nadie más que usted. Solo. Lentamente. Palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo. 

El problema de pronto está en la palabra exprés. Repito, en la escritura no hay atajos. Hay que leer mucho y muy bien, a fondo. Hay que levantar de tanto en tanto la cabeza del libro y hacer preguntas, comentarios, en fin: construir la literatura a medida que se lee. Hay que estar solo. Hay que quedarse en casa. Quizá haya que soñar no con ser escritor, sino con escribir. Porque el trabajo no es nada agradable ni glamoroso, como muchas personas piensan que es. El trabajo de un escritor no es dar charlas ni firmar libros: es estar en su casa escribiendo y leyendo. Antes de firmar ejemplares de su libro en una feria del libro, tiene que escribir el libro. Y que se lo publiquen. Y que lo lea alguien diferente a su novia y a sus tres compadres de la universidad. Y que lo inviten a la feria. Etcétera. 

Con poquísimas excepciones que confirman la regla, nunca termina valiendo la pena nada de lo que publican los escritores de café o los que van de feria en feria repitiendo como loros lo mucho que les cuesta escribir. No es casualidad que los dos mejores escritores vivos de Colombia —Tomás González y Juan Gabriel Vásquez— sean escasos, esquivos. Mientras los demás están en un conversatorio en Cúcuta o dictando un taller de escritura creativa en Chapinero, ellos están en su casa escribiendo y leyendo. 

Ahora concentrémonos en la palabra inspiración. ¿Dónde encuentran inspiración los escritores? En la vida. Un escritor, un verdadero escritor, siempre está escribiendo aunque no escriba. Si no le obsesiona, déjelo, porque nunca va a ser lo suficientemente bueno. Así de simple. Funciona con la escritura y en general con todo. Si no está obsesionado con lo que hace nunca le va a invertir el tiempo suficiente para que su trabajo destaque sobre el de los demás. Porque cualquier cosa que valga la pena requiere de tiempo, y en la escritura esto sí que es cierto. Si quiere escribir, prepárese para estar sentado todos los días de su vida durante horas en su mesa de trabajo. Prepárese para escribir y reescribir y volver a escribir y volver a reescribir. Para leer despacio y con mucho cuidado, con cuaderno y lápiz al lado, descifrando lo que los libros quieren decir, desbaratando lo que los escritores hicieron para saber cómo lo hicieron. 

Hay libros que se siguen leyendo décadas después de haberse publicado. Son los que algunas personas llaman clásicos. Si usted aspira a que su libro se lea dentro de unos años, convendría que leyera algunos de estos libros e intentara identificar por qué se siguen leyendo, qué tienen esos libros para que treinta, cincuenta o cien años después de haberse publicado sigan diciéndoles cosas a algunas personas, aunque el mundo haya cambiado tanto. 

Lea con atención estos libros. Le regalo aquí una lista rápida, una lista exprés de libros que debería leer con juicio cualquier persona que quiera escribir cosas de algún valor: El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas; Rojo y negro, de Stendhal; Moby Dick, de Herman Melville; David Copperfield, de Charles Dickens; Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe; La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson; Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski; Ana Karenina, de León Tolstoi; Cumbres borrascosas, de Emily Bronte; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Los miserables, de Victor Hugo; La feria de las vanidades, de William Makepeace Thackeray. Eso para no salirme del siglo XIX y de las principales lenguas en que se publicó literatura durante ese siglo. Si quiere hacer la tarea bien hecha tendría que mirar también a Europa Oriental, América Latina, el siglo XX… Conocer la tradición literaria es la mínima cortesía que usted debe mostrar si quiere participar en la conversación. 

Algunos escritores han compartido sus experiencias en el oficio a través de entrevistas, memorias y artículos varios. Leer algunas de estas experiencias también puede ser inspirador. La serie de entrevistas titulada “Art of Fiction” que publica The Paris Review desde hace más de cincuenta años es una mina casi inagotable de ideas y técnicas de trabajo de grandes escritores. Hay también páginas y páginas dedicadas a publicar recursos para escritores: puede que esto no sea inspiración propiamente dicha, pero puede servirle para saber qué hacer en determinados puntos del proceso. 

Porque se trata de un proceso. Un proceso largo, tortuoso, difícil, solitario. Lo que quisiera dejar claro, en últimas, es que no hay algo así como “inspiración exprés para escritores”. Si quiere escribir algo que valga la pena, que se lea más allá de su círculo de amigos y al menos un par de años después de que salga publicado, tiene que trabajar mucho y solo. No hay nada más que pueda hacer.

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