POR: Adrián Atehortúa FOTOGRAFÍA: Federico Ruiz Miércoles, 23 Mayo 2012

 

Se llama Café Vallejo y es como un rincón de su casa en la Avenida del Jardín,
entre los dos parques de Laureles, en Medellín.

Anibal Vallejo y Cafe Vallejo para Bacanika por Federicoruiz.com 03

Adentro, flotan tangos y boleros, la luz tenue se derrama sobre las mesas donde algunos beben, otros leen, otros ríen. Las paredes son vitrinas de cuadros con nombres propios y en una de ellas descansa un piano que ya no suena. Sobre el piano, sonríe un muñeco con la cabeza inflamada que sirve para exhibir un borsalino de los años cincuenta. A sus pies, una bolsa plástica de supermercado de barrio, y en la bolsa, una cosecha de sobres de manila. 

El hombre deja una bandeja sobre la barra, toma la bolsa y dice “venga le muestro”. Abre uno a uno los sobres, y de ellos saca hojas de papel añejas escritas con tinta desteñida en tiempos de las máquinas de escribir. Y, con el índice, muestra fechas: “1941”, “1945”, “1988” y después de cada una frases como: “caballo electrocutado”, “vaca atropellada”, “matadero”, “hipódromo”, “plaza de toros”, “circo”. Son una pequeña muestra de actas sobre maltrato animal registradas a lo largo del siglo XX en Medellín, que hacen parte de un archivo irrepetible y casi desaparecido. 

-¿Sí ve? –Dice el hombre, el coleccionista- Con este archivo se podría hacer una historia de Medellín a partir de los animales. Pero a nadie le importa hacer eso. ¿A quién le va a interesar?

** 

Aníbal Vallejo Rendón nació en 1945 y creció entre Medellín y Támesis junto a sus ocho hermanos en el hogar que construyeron Aníbal Vallejo Álvarez y Lía Rendón; una familia ya conocida y contada en varias ocasiones en novelas como Los días azules, Mi hermano el alcalde y El desbarrancadero, todas de Fernando, su hermano, el escritor. 

Estudió Derecho y se licenció en Artes Plásticas. Ejerció la abogacía y fue cofundador de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia, donde trabajó durante 29 años, siendo profesor y decano. Fundó la primera galería de arte de Medellín, dirigió el Palacio de la Cultura de Antioquia, estuvo a la cabeza del Museo de Zea –hoy, Museo de Antioquia- y rescató a Fernando González, el filósofo deOtraparte, del olvido. 

-       Y ¿ha vuelto a esos lugares? 

-       No, yo no he vuelto. Ya no es lo mismo. Voy si tengo que ir o a deshacer los pasos. 

Sin embargo, solo después de sus cuarenta años emprendió la misión de su vida: los animales. “A mí el arte me llenó mucho y también me dejó vacíos. Pero si pudiera repetir, no repetiría lo del arte, pero sí lo de los animales. Yo siento como que llegué tarde”, dice Aníbal. 

Vive en la casa del barrio Laureles, donde se criaron todos y ahora están él, Norelia -su esposa-, dos perros y cuatro gatos. Es jubilado, atiende su propio Café, escribe sagradamente su columna de opinión de los martes en el periódico El Mundo y tiene un título honorífico: es el presidente de la Sociedad Protectora de Animales de Medellín. 

Su vocación lo ha llevado a los lugares indeseados que todos saben que existen y no visitan: mataderos, criaderos, centros de experimentación y un etcétera con el que se podría construir una ruta de la explotación animal en Colombia. 

Cómo llegó hasta ahí es una historia con baches y algo de mito. Pero, más o menos, es así: durante su infancia visitó un día a su abuela en la finca y la encontró triste porque le habían atropellado al perro y esos son sus primeros recuerdos. Luego, ya a mediados de los setenta, se mudaba a uno de los primeros edificios de apartamentos hechos en Medellín, con un cachorro a bordo, regalo que un importante pintor le hizo en su paso por la ciudad. El animalito fue rechazado por la administración del edificio y Aníbal protestó, tal vez por primera vez. 

Y vino la epifanía de un día de 1985. Camino al trabajo en la Universidad de Antioquia, Aníbal protagonizó un trancón. Asoleado y jadeante, en medio del asfalto yacía lo que había sido un perro y ahora era un perro macheteado. Aníbal detuvo el carro, se bajó, se acercó al cuerpo y contempló. Las bocinas y los gritos no se hicieron esperar y Aníbal, así, vestido de paño y sin saber nada de animales –y mucho menos heridos- se inclinó y lo amortajó entre sus brazos. Y ese día supo algo que no deja de repetir: la humanidad es indolente. 

Pasaron los días y con ellos, los recuerdos. Se documentó de todo cuanto tuviera que ver con animales y dejó de comer carne. Luego, se unió a la Sociedad Protectora de Animales. Después, comenzó a recibirlos, a atenderlos y ya en 1989, era una autoridad en esta materia en la ciudad, con el título que hasta hoy lleva. Fue de un lugar a otro profetizando en conferencias y eventos públicos y en uno de ellos, un hombre se acercó, le manifestó su admiración y le dijo: “Qué bueno que esté luchando por los derechos humanos de los animales”. Y ese día supo algo más: que eso era lo que hacía. 

*** 

A principios del siglo XX, Medellín no era más que un pueblo verde de unas cuantas calles empedradas y quebradas arrulladoras al sol. Vivían ahí unas setenta mil almas en un puñado de casas amplias de las que solo queda polvo y algunas fotografías. En todas ellas había solares. Y en los solares, cómo no, había animales: pollos, vacas, perros, mulas, caballos. La leche se vendía de puerta en puerta directamente de la ubre de la vaca, los huevos salían del solar a la cocina y caballos y mulas hacían las veces de carros y volquetas. 

Por supuesto, aunque de manera extraoficial, las urgencias y accidentes donde se veían involucrados los animales eran pan de cada día. El Concejo Municipal buscó una solución y por medio del Decreto No 67 del 27 de julio de 1917 se creó la Sociedad Protectora de Animales (SPA), la organización más antigua de este tipo en Colombia. De su historia y lo que fue poco o nada está documentado y su reconstrucción se ha hecho en excavaciones de basureros, casas abandonadas y otros lugares igual de ignotos que Aníbal visita en la quimera que emprendió desde 1988: reconstruir una historia de Medellín sobre el maltrato animal. Diariamente llegaban entre quince y veinte animales callejeros y era el único lugar en la ciudad donde se atendían a los que no tenían hogar. Solo hasta 2001, gracias a una acción de tutela el Municipio de Medellín comenzó a hacerse cargo de esta responsabilidad y la SPA tuvo un primer aliento. 

Hoy la SPA es una organización sin ánimo de lucro asentada a los pies del cerro El Volador, en un piso con la forma de una casa. Hay un cuarto que es la oficina de Aníbal y en ella el historial de siete mil casos atendidos. Las paredes son afiches y cuadros de animales –la ternura y la crueldad-, y en una de ella a modo de mosaico cuelgan los retratos curtidos de hombres y mujeres que miran de medio perfil hacia el horizonte. Son los activistas de antaño, los primeros que hablaron de animales como humanos en Colombia y que Aníbal admira y por eso los rescató del olvido y colgó ahí en la oficina sus rostros. 

Anibal Vallejo y Cafe Vallejo para Bacanika por Federicoruiz.com 04

En el patio, un claro de tarde gris se acuesta en el lomo de un perro cenizo que acerca su pata hacia la cabeza. “¡No Pilloux, no! ¡Shhh!” dice Adriana García, voluntaria de la organización y agrega “es que le acaban de hacer una cirugía en la oreja”. Al lado de Pilloux está Navidad, una perrita colimocha. Adriana carga a Pelitos, una perra posesiva que gruñe cada que aparece Barbarita, una perrita ensortijada y ciega y mientras la acaricia dice: “Sí, yo creo que sí hay conexiones especiales con los animales. Aníbal la tiene y es una enciclopedia ambulante. Le podés preguntar lo que sea y te lo responde, no es egoísta con el conocimiento, por el contrario, quiere que todos sepan sobre los animales.” 

Adriana acaba de graduarse en Música y durante cinco años ha cuidado y acompañado a los 35 perros y 15 gatos que viven en la SPA esperando un hogar. En un consultorio operan a un gato que rompe el aire en maullidos. “Es así todos los días, aunque hoy está más tranquilo. A veces dejan a los animales abandonados, llegamos y están amarrados a la reja. Y vos sabés, esto no es albergue, pero ¿cómo dejar a los animales ahí tirados?”. 

Hace un tiempo, Adriana comenzó a digitalizar los artículos que escribe Aníbal desde 1991 en su columna de opinión. Es la única de su tipo en Latinoamérica y en ella habla de todo lo que se relacione con animales, como lo hace sentado en el Café: desde corridas de toros, pasando por Historia de Medellín y Colombia, hasta algún rey europeo que caza elefantes en un costoso safari por África. “Es un archivo invaluable, inagotable. Yo reviso y reviso y pienso ¿de qué más puede hablar? Pero siempre hay algo nuevo. Sería una lástima que eso se perdiera” dice Adriana y sigue acariciando al perro. 

**** 

Después de la muerte de uno de sus hermanos, de su padre, y finalmente de su madre, Aníbal decidió que era tiempo de volver a Laureles. Uno de esos días, paseando a los perros por el barrio, notó que a Medellín le faltaba algo: un lugar para conversar. Y en esa idea se materializó un plan que tenía con Norelia desde hacía algún tiempo: tener un café donde se pudiera tertuliar. Y así nació Café Vallejo, donde todos se abstienen de comer carne mientras están ahí y las propinas son donaciones para la SPA. 

Aquí la gente habla y habla y Aníbal es uno de los más versados. Por ejemplo, ahora, habla de Godofredo Stutzin, -un animalista chileno que murió hace un par de años a los 93- y luego del arte latinoamericano. De cómo pintaron las mesas del Café y de Pedro Nel Gómez quien diseñó todas estas calles. De cómo se prepara uncappuccino y de la primera plaza de mercado en Medellín. Y así, una cosa lleva a la otra, pero todo conduce a una misma preocupación, que son los animales y de los animales al sufrimiento y del sufrimiento a la humanidad indolente. 

-       Y no quiero ser regañón –aclara- Pero dígame si esto es justo. 

-       Y, entonces, ¿cómo hace uno para vivir así? 

-       Pues… amargándose la vida. 

***** 

Ya es viernes, la tarde se cierra como un abrazo y el Café se abre entre murmullos de clientes, amigos y familiares. Las mesas se arruman en torno al piano y Fernando se sienta y toca tangos y después Chopin, al tiempo que Norelia desde un rincón dice “Sí, cuando conocí a Aníbal era muy apuesto. Y tan serio…” 

Corría el año de 1968 y Aníbal buscaba información sobre una tribu de pigmeos y cosas por el estilo para uno de sus estudios. Un profesor amigo suyo le recomendó a una estudiante de Antropología y Comunicaciones: Norelia Garzón. Trabajaron juntos, pero también se enamoraron y un año después ya estaban casados. Desde entonces Norelia y Aníbal son uno y ahora, mientras él atiende y corre mesas, ella -de delantal rojo y aretes con forma de gaticos- está tras la barra y toma los pedidos. 

Norelia se crió entre animales porque su padre tenía esa inusual costumbre de recoger perros y gatos que veía en la calle y se los llevaba para la casa. Por eso, cuando Aníbal tomó el destino con las manos y decidió entregarse a los animales, Norelia dijo “Claro, cómo no” y emprendieron su vida bajo esa doctrina que llevan hasta hoy: amar a los animales sobre todas las cosas. Así criaron a Natalia –música-, Silvia –correctora de libros- y Aníbal –pintor-, quienes también han pasado por la SPA durante un tiempo. 

Anibal Vallejo y Cafe Vallejo para Bacanika por Federicoruiz.com 02

Un día, su hijo a los diez años le reveló una verdad que había visto en la televisión: Para pescar atunes generalmente se mataban a los delfines. Fue entonces que Norelia decidió que ella y sus hijos no volverían a comer carne y que tomarían cartas en el asunto del sufrimiento animal. “Las primeras veces que íbamos a la Protectora con Aníbal yo no me bajaba del carro. Ver a los animales, así, sufriendo, no, no, no, no era capaz. No soporto verlos sufrir. Pero como siempre hemos hecho todo juntos, empecé de voluntaria”, recuerda Norelia, que luego hizo parte de la Junta Directiva y ahora administra el consultorio. 

Ella y sus hijos todavía recogen animales. Tanto así que durante un tiempo, cuando vivían en una casa campestre a las afueras de Medellín, tuvieron 24 animales entre perros y gatos bajo el mismo techo. “Yo creo que donde haya un hijo mío no van a dejar que sufra ningún animal. Pero no sé si se justifica que sigan con la entidad… es que ya va para los cien años y sería rico que alguien más la recibiera y se refrescara. Pero no quiero que el trabajo de nosotros con los animales se pierda” concluye Norelia. 

Cerca suenan los aplausos para el pianista que ya terminó de tocar. 

****** 

Afuera los laureles de la Avenida del Jardín se sacuden y Aníbal sentado ante una mesa de hierro forjado se acomoda las gafas y va enumerando todas las formas de explotación y maltrato animal que conoce. Y son muchas. Dice que ningún animal con sistema nervioso central debe ser sometido a la explotación y al sufrimiento y que claro ahora los jóvenes son una esperanza, aunque nos falta mucho y por eso cree que a él no le tocará ver esos días soñados, porque cómo puede uno sufrir y protestar por el toro en la corrida pero comer carne de vaca en la casa, porque sino dígame por qué unos dicen que son mejores los perros que los gatos si todos somos iguales. 

“No ha habido día ni noche, de tantos años, en que yo no haya tenido qué ver con los animales. Y todo me duele. Dirigir la Protectora no es un reconocimiento: es que no hay quién haga eso. No encuentro a quién entregarle. Es un trabajo muy duro y agotador”, dice Aníbal, cuando un hombre se acerca a la mesa, hace una seña y él se levanta y lo atiende. Pero se van, toman café y conversan. Es el contador. 

Aníbal regresa y en una mano carga una bolsa hermética y pesada como un ladrillo de papeles y los pone sobre la mesa. Apoya la frente en la palma de la mano y dice: “Mire –y señala una cifra de seis números entre los papeles-. ¿A usted le parece justo? Yo no reclamo reconocimientos, ni diplomas, ni medallas, ni me interesa, ni las busco, ni las deseo. Pero no hay que obstaculizar la labor social, yo no tengo por qué pagar por hacer labor social cuando es una responsabilidad del Estado y…” 

Un suspiro.

Y luego, todavía la mano en la frente: “¡Uy, qué pena! No te ofrecí ni siquiera café. Es que con esto de los animales… ¿qué querés tomar?”

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